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Gran abismo

Edgar era un niño encantador. Podías verle revoloteando por el barrio con sus amigos; le encantaban las escondidas y el fútbol, eran sus juegos favoritos. Edgar tenía once años, estaba a punto de cumplir los doce. Su altura era acorde con su edad, su cabello castaño combinaba con su piel apiñonada; sus ojos no eran oscuros, ni claros, eran de ese color miel que resalta cuando la luz da con ellos directamente.

Ahí se encontraba Edgar, en la acera al frente de la casa esquinera que quedaba en diagonal a la tienda del barrio, parado frente a un poste de luz y recitando una secuencia de números a un ritmo lento, mientras sus amigos corrían en diferentes direcciones buscando un lugar donde poder acurrucarse para luego poder soltar pequeñas risas ahogadas y algunos leves murmullos con el fin de despistar a quien fuese en su encuentro.

Un inocente juego de niños que iniciaba con un grito que se extendía por el lugar: “¡Listos o no, allá voy!” exclamó Edgar mientras dejaba de cubrir su cara con sus manos y separaba su cabeza del poste.

Miró en todas direcciones un poco desubicado y salió en busca de sus compañeros; los conocía bien, sabía que eran buenos ocultándose pero también sabía muchos de sus escondites preferidos. Edgar había vivido en aquel lugar gran parte de su vida y recordaba todos los caminos casi de memoria, se dirigió en dirección izquierda a paso rápido pero en estado de alerta por si alguno de ellos saltaba por detrás de él y corría hacía la base para gritar ¡Paz por mí y por todos mis amigos!

Caminó  con ese paso constante, fijándose en cada rincón de cada casa o en los espacios donde la acera se torna alta y da un lugar para refugiarse. Siguió avanzando tan concentrado en este juego, pensando dónde podrían estar sus amigos, que pronto se vio sumergido en sí mismo, en sus pensamientos; distante del mundo pero caminando a ese mismo paso constante por aquella carretera larga de su barrio.

Edgar parecía ya no interesado en el juego, su mirada estaba perdida en el horizonte. Tenía una expresión pensativa, como si algo lo estuviera jalando para que siguiese en esa dirección, algo que no lograba comprender pero que hacía que sus pies se movieran casi involuntariamente.

Caminó por algunos minutos que se hacían extrañamente largos, hasta que un golpe muy similar al de un manotón en la espalda lo arrojó de su trance; Edgar reaccionó y quedó perplejo y confuso, mirando hacia el frente un poco desconcertado. ¿Pero qué mierda hago aquí? ¿Cómo he llegado? Sólo recordaba que estaba jugando a las escondidas con sus amigos, y que había ido a buscarles y ahora estaba aquí, en frente de esta vieja casa, ¿Cómo se llama su dueña? Se preguntó.

Magnolia, sí, así le decían; maldita vieja loca: sólo sabe quejarse y gritar a todo el que se acerca a su casa.

Pensó, mientras fruncía el ceño sin despegar la mirada de aquella casa un poco vieja y destartalada, una casa que ya había visto antes y que no generaba ni la más mínima pizca de confianza, pero que pasados unos pocos segundos de haber sostenido una mirada fija y curiosa de un modo frenético casi sintiendo la frustración de no poder despegar sus ojos de ella, aquella casa se empezó a tornar interesante, de un modo que lo asustaba; el misterio lo invadió por completo.

Una horrible sensación de curiosidad que llegaba al punto de lo excitante acompañada por un vacío y un cosquilleo en el estómago se apoderaron de su cuerpo, sus manos quedaron heladas; tenía una sensación parecida a la que generaba la entrega de notas en el colegio, o alguna travesura malsana de la cual sus papás se enteraran.

Se sentía ansioso, y algo ajeno a él le impulsaba a caminar hacia aquella casa a pasos lentos, horrorizado viendo como sus pies se movían casi involuntariamente. En un crudo chillido retomó control sobre su cuerpo y huyó despavorido con los ojos cerrados y derramando lágrimas por todo el camino de vuelta a casa.

Estando ya en ella, Edgar guardó silencio y no quiso contar nada de lo sucedido a sus papás, subió a su habitación que quedaba en un segundo piso, se recostó en su cama a pensar en lo que había pasado. Era tan pequeño y estaba tan asustado, realmente estaba confundido, qué era aquello que le había pasado, por qué le había pasado.

Al caer la noche, Edgar ya estaba más tranquilo y aunque aún seguía asustado logró concentrarse en un trabajo escolar que tenía pendiente, al finalizar decidió ir a dormir. Ya tenía puesta la pantaloneta con la que usualmente dormía; se tendió en la cama, levantó su almohada y saco la cobija con la que se arropó y en un movimiento rápido apagó la luz y cerró los ojos para sumergirse en un sueño profundo.

Esa noche, Edgar tuvo una larga serie de pesadillas extrañas y aterradoras; debido a ello se despertó repentinamente con un grito ahogado.

Eran aproximadamente las 12:00 de la media noche, respiraba fuerte y rápidamente, su corazón latía a un ritmo acelerado y lo podía escuchar resonar por la habitación. Edgar abrió los ojos pero los sentía irritados y estaba todo muy oscuro para poder observar su entorno, se sentó en su cama para alcanzar el interruptor que quedaba cerca y que podía alcanzar fácilmente sin descender de ella.

Cuando acercó la mano al lugar donde debía estar y no encontró nada, palpó en diferentes lugares buscando el dichoso interruptor sin obtener resultados. En vez de ello notó un cambio en la textura de la pared de su habitación, ya no era concreto lo que recubría aquellas paredes del lugar donde él se encontraba, era madera vieja, lo sabía por las astillas que sentía al deslizar la mano por la pared, se levantó de un giro rápido y fue a su mesa de noche en busca de la linterna que siempre guardaba en el primer cajón, pero tropezó con una silla.

¿Una silla? Se preguntó.

Estaba seguro que no había ninguna silla en su habitación antes de acostarse.

Sus ojos empezaban a adaptarse a la oscuridad y podía ver con más claridad lo que estaba a su alrededor. El corazón de Edgar se aceleraba más de lo que ya estaba a medida que se desvanecía poco a  poco la penumbra ante sus ojos, ¡No estaba en su casa! ¿¡Pero qué maldito lugar es este!? Pensó.

Quiso gritar pero su voz no salió, la silla con la que había tropezado era una vieja mecedora carcomida por las termitas, la cama en la que estaba acostado estaba compuesta por un colchón roto que se sostenía casi mágicamente sobre las desgastadas patas de metal oxidado, la habitación estaba medio vacía y había telarañas por todos lados. Al mirar al lado derecho vio un viejo closet de madera con un candado asegurando las puertas y al lado de él una ventana entreabierta que producía un lento "tac, tac, tac" cuando entraban leves ráfagas de aire.

Edgar estaba perplejo mirando aquella escena aterradora; el miedo se apoderó de Edgar al acercarse lentamente a la ventana. A cada paso que daba, le parecía oír un estruendoso chirrido; finalmente cuando estuvo frente a ella vio que estaba en su barrio, pero no precisamente en su casa: se hallaba en la casa de aquella mujer a la que se había referido como loca. Edgar dio un salto de terror.

Las lágrimas brotaban de sus ojos, sumergido entre murmullos sollozos y desesperados volteó para salir corriendo de aquella casa. Al hacerlo vio la escena más perturbadora de toda su vida: el closet que antes estaba sellado ahora se encontraba abierto de par en par, y en frente de él, a pocos centímetros se encontraba flotando un cuerpo que parecía carente de vida.

Se trataba de Magnolia, era ella, Edgar la reconocía; su cuello estaba torcido de una forma antinatural como si estuviese colgada de una cuerda, su cara tenía una expresión de dolor y de odio, sus ojos sin vida lo miraban fijamente, inmóviles, pero tan penetrantes que hacían sentir hielo bajando por la espalda de Edgar; su cuerpo estaba tieso y envuelto en una bata blanca que cubría más abajo de sus pies que se balanceaban levemente.

El cuerpo de Edgar no respondía a sus impulsos, estaba petrificado.

La cara inexpresiva, arrugada y demacrada de Magnolia se introducía en su mente como agujas, taladrando la poca cordura que quedaba en Edgar; su cara fría, blanca, tiesa, sin vida, de repente sonrió, de la forma más grotesca y colapsó contra el piso desapareciendo entre cenizas. Edgar gritó y salió corriendo despavorido, abrió la puerta y salió a un pasillo muy largo donde corrió hacia unas escaleras que conducían hasta el piso de abajo.

Mientras corría, podía escuchar unas risas y unos gritos espectrales y terroríficos, no sabía de donde provenían, pero sentía que se acercaban y se alejaban de él de una forma inconsistente y agresiva.

Veía cuerpos mórbidos que se atravesaban frente ha él y se desvanecían al contacto; el pasillo parecía hacerse cada vez más largo y los gritos cada vez aumentaban de intensidad. Siguió corriendo, ya se sentía fatigado; su corazón parecía no poder más, hasta que por fin llegó a la escaleras, bajó corriendo despavorido y se encontró con una puerta al final de estas.

La abrió rápidamente y vio que se encontraba de nuevo en el mismo cuarto donde despertó, en el mismo lugar donde empezó esta pesadilla. Ahí dentro lo estaba esperando Magnolia, colgada del cuello con una sonrisa que parecía sobresalir de la cara y unos dientes podridos amarillentos que parecían carcomidos y que daban un aspecto de ser puntiagudos.

Ella se hacía cada vez más grande y se acercaba más y más como haciendo lances, abriendo sus fauces y estirando su cuello partido como intentando alcanzar a Edgar en movimientos torpes; él no pudo soportar aquella escena y cayó desmayado, su débil y frágil cuerpo de niño cayó rendido en aquella habitación.

Tiempo después de reportada su desaparición, los policías allanaron la casa y encontraron en un habitación 5 cuerpos: 4 de ellos habían sido reportados como desaparecidos en diferentes lugares y en diferentes fechas, todos niños, con signos de tortura y violación, el otro cuerpo era de una anciana, con estos mismo signos de agresión, pero ella sostenía un sonrisa aterradora en su cara…