FANDOM


Todavía recuerdo con tenebrosa exactitud la primera noche en que vi a Black. Me habían dado dos semanas de vacaciones en el trabajo y había arreglado con mi ex mujer que nuestras hijas pasaran esos días conmigo. Las nenas dormían y yo miraba un partido de fútbol por algún canal deportivo, porque no era demasiado tarde. La mascota de mi hija mayor era un gato gordo y peludo, probablemente descendiente de la raza Maine Coon, y su nombre era Aram. Lo que más me gustaba de él era su independencia: nunca exigía demasiado cariño, ni demasiada comida, ni demasiada atención. Lo único que generaba interés en Aram era su dueña, Allegra, ya que sólo respondía a su llamado. Y esa noche de invierno que hacía tanto frío que había dejado las hornallas de la cocina encendidas mientras miraba la televisión, vi que Aram salía por la ventana hacia el patio de la casa. Dejé que la sorpresa vagara por los rincones de mi inconciente mientras me preparaba un café, pero unos minutos más tarde tuve que salir yo mismo al patio a ver qué estaba pasando porque había oído algunos ruidos extraños.

– ¡Aram! –lo llamé abriendo del todo la ventana que siempre estaba casi cerrada con un espacio suficiente para que él pudiera salir.

Pero en cuanto mi voz inundó la noche, el silencio regresó automáticamente.

-¡Aram, adentro! –volví a llamarlo, inútilmente.



Allegra había encontrado a Aram una tarde cuando volvíamos del jardín de infantes dos años atrás y desde entonces había sido su mejor amigo. A mi también me gustaba, claro, pero lo más importante para mí era el amor que le tenía mi hija mayor. Así que le subí el cierre a mi campera y salí de la casa para ver qué estaba sucediendo con él.

Nuestro patio constaba de una pequeña zona de empedrado, colmado con todos los juguetes de Allegra y Ruth, y una zona un poco más amplia de pasto en donde había una parrilla y un banco de madera. En cuanto encendí las luces encontré a Aram observando fijamente hacia el banco, con los pelos encrespados, y tan estático que parecía una efigie. La verdad era que ya hacía algunos días que lo veía rondando ese banco. Estaba a punto de volver a llamarlo cuando percibí otra presencia y tuve que agacharme para encontrarme con otro gato, más grande que Aram pero también más delgado, totalmente negro y con unos ojos amarillos saltones que dejaron de amenazar a Aram para amenazarme directamente a mí. La luz que atravesaba los espacios entre las maderas del banco no era suficiente para que lo viera en su totalidad, pero cuando el gato se movió advertí que en la cabeza y en el lomo tenía poco pelo, casi nada, y en cambio alguna infección le había recubierto la piel de escamas parecidas a la soriasis. Le di dos patadas al suelo para ahuyentarlo, pero me ignoró. Entonces Aram maulló como jamás lo había oído y el gato negro huyó a toda velocidad saltando la medianera, aunque no se lo veía asustado, sino con prisa. De pronto salí del ensueño y me di cuenta de que hacía demasiado frío, así que tomé a Aram y regresé a la casa, cerrando la ventana para que no intentara salir nuevamente.

A la mañana siguiente, mientras les preparaba el desayuno a las nenas, noté que Allegra estaba demasiado silenciosa. Generalmente antes de ir a la escuela se ocupaba de leerme las etiquetas de todos los productos a su alcance, para demostrar lo avanzada que estaba en su primer grado.

-¿Pasa algo? –le pregunté.

– Tengo sueño –me respondió, sin más.

Me acerqué a ella y le toqué la frente para comprobar su temperatura, pero se sentía normal. Ruth se movía inquieta en su silla mientras esperaba su yogur matutino, vivaracha como siempre, pero también toqué su frente por las dudas. Las dos estaban bien.

-¿Dormiste mal, Allegra? –volví a indagar.

– Creo que sí. Y Aram ni siquiera durmió.

– Es que anoche Aram tuvo visitas –le comenté.

– Ya sé, papá. Hace más de una semana que Black viene a la casa.

– ¿Black? –me sorprendí, aunque supuse que se refería al gato negro.

– En la escuela estamos aprendiendo los colores en inglés. Y me pareció que Black le quedaba bien, ya que su verdadero nombre no sé pronunciarlo. Aunque Black es malo. A Aram no le gusta.

– Creo que es un gato enfermo, Allegra. Así que preferiría que no lo toques, ni dejes que Ruth lo vea, porque ella es más chiquita que vos y lo va a querer tocar aunque yo lo prohíba, porque todavía no entiende.

– No te preocupes, papá. Black no viene por ella. Black me quiere a mí.

– En ese caso tampoco quiero que te le acerques –le dije siguiéndole la corriente de que un gato callejero quisiera entablar algún tipo de relación con ella.

Allegra me miró con cansancio, como si la pequeña conversación le hubiera quitado todas las fuerzas que le quedaban y luego se dedicó a tomar el té en silencio. Y durante todo el rato Aram estuvo a su lado, alerta.

Esa noche cerré la ventana de la cocina antes de ir a dormir. La verdad es que con el frío que hacía no quería tener que volver a salir a buscar a Aram si decidía pelearse con el gato negro nuevamente. Pero algunas horas más tarde, cuando me desperté para ir al baño, escuché susurros. Fui al cuarto de las nenas y encontré a Ruth durmiendo plácidamente en su catre, pero Allegra no estaba. Así que seguí el camino hasta la cocina y me topé con Black, que observaba fijamente a mi hija a menos de un metro de distancia. Cuando el gato me vio, retrocedió unos pasos y luego huyó por la ventana, que cerré inmediatamente después.

– ¡Allegra! –llamé y ella me miró, silenciosa- ¿Qué dije esta misma mañana? ¡No quiero que dejes entrar a ese gato!

– Tuve que hacerlo, papá –y rompió en llanto. La abracé y la contuve, hasta que pudo hablar más o menos claro, y dijo:- Se llevó a Aram.

-¿Quién se lo llevó? Allegra, debe haber salido a tomar aire o algo. Ya va a volver, siempre vuelve.

– Aram no sale a tomar aire nunca. Aram sólo come y duerme. Aram no es así, papá. Aram no vuelve porque no puede –y volvió a llorar.

– Pero si hace unas horas cenó con nosotros, hija.

– Y después Black se lo llevó. Se lo llevó porque Aram  no lo dejaba acercarse a mí.

-¡Si cerré la ventana!

-Entonces fue antes… –y cuando Allegra me dijo esto, repasé mentalmente los hechos de la cena y definitivamente no recordaba haber visto a Aram antes de cerrar la ventana, pero tuve que mentir.

-No, hija, yo lo vi. Seguro que anda por acá –y volví a abrazarla.

Pero por la mañana las cosas seguían iguales y Allegra no se movía de la ventana, llamando una y otra vez con voz melancólica a su mascota desaparecida. Me dolía tanto verla así, que tuve que obligarla a ir a la escuela, para que se despejara. Y a media mañana, mientras Ruth dormía, me dediqué a diseñar volantes en la computadora con una foto de Aram, sus datos y la leyenda “Recompensa”. Llevaba imprimiendo algunos cuando decidí repasar los hechos una y otra vez en mi cabeza, pero no lograba recordar cuándo había sido la última vez que había visto a Aram… E inmediatamente me puse a pensar en el gato negro. Abrí el Google y busqué enfermedades de gatos que se manifestaran en la piel, pero ninguna de las imágenes cuadraba con lo que yo había visto en Black. Y abriendo páginas y páginas, me encontré con una que hablaba sobre la capacidad felina de absorber energías negativas. Según el artículo los gatos buscaban puntos negativos del hogar para habitar en ellos, porque poseían la capacidad de transformar esa energía negativa en positiva, siempre y cuando disfrutaran de buena salud y estuvieran bien cuidados. Y entonces recordé que hacía varios días Aram dormía en el banco de madera por las mañanas, cuando Allegra no estaba en la casa, para luego volver a resguardarla. El mismo banco donde había visto por primera vez al gato negro, enfermo y mal cuidado.

Cuando terminé de imprimir los volantes decidí salir al patio a buscar indicios de Aram, a llamarlo hasta quedarme sin voz, a despejar la mente e intentar no obsesionarme por la desaparición de la mascota, como mi hija. Estaba juntando algunos juguetes que Ruth había dejado tirados cuando por casualidad giré el rostro hacia el banco y me encontré con que el pasto que lo rodeaba estaba seco y amarillento, contrastando con el verde del resto del jardín. Las plantas de las macetas más próximas se habían marchitado y la tierra estaba tan seca como si jamás la hubieran regado. Me acerqué a inspeccionar, pero no encontré nada que mis ojos humanos pudieran ver. Así que dejé todo como estaba y regresé a la computadora; en otras páginas de internet encontré leyendas sobre gatos como intermediarios para acceder a otras dimensiones, como guardianes de otros mundos, como mascotas de espíritus. Entonces Ruth empezó a llorar y su voz me sacó de la fantasía, regresándome al mundo real donde los gatos son mascotas comunes y corrientes, que van y vienen por los techos de los vecinos.

Cuando fui a buscar a Allegra a la escuela su maestra me dijo que había estado en silencio durante toda la clase y se había negado a realizar cualquier tarea, cosa sorprendente. Pero la maestra no estaba enojada, sino preocupada. Yo también estaba preocupado.

– No me siento bien –me dijo Allegra cuando llegamos a la casa, sin siquiera preguntar por Aram, que siempre la esperaba en la puerta porque conocía la hora en que ella volvía de la escuela.

– A ver, amor… –le dije atrayéndola hacia mí y toqué su frente, que ardía- Vamos a la cama.

Tenía la temperatura arriba de los 39° y temblaba. Ruth la observaba taciturna desde su catre, como si con su año y medio de vida pudiera comprender a la perfección la empatía. Tuvimos que posponer nuestra travesía por el barrio para repartir volantes y me quedé el resto del día sentado en una silla en su cuarto, poniéndole paños fríos a Allegra y administrándole antibióticos. Por momentos me quedaba dormido, pero sus susurros me despertaban…

-¡No quiero ir! –dijo con potencia antes de un súbito temblor.

– No vas a ir a ningún lado, hija –intenté tranquilizarla, pero no me oía ni tampoco me hablaba a mí.

– No quiero, no quiero…

Por la noche le di un baño de agua tibia y la fiebre le bajó, pero me rehusé a moverme de su lado. Cenamos los tres en la cama y luego me instalé en un colchón desocupado junto a Allegra.

-Esta noche deja la ventana abierta, papá –me pidió antes de dormirse-, por si Aram vuelve.

Unas horas más tarde los gritos de Ruth me despertaron. Ella siempre se despertaba cerca de las cuatro de la mañana, pero cuando abrí los ojos y tomé el celular para chequear la hora, todavía ni siquiera eran las dos. Entonces encendí el velador, preocupado, y la vi llorando horrorizada, mientras señalaba con el dedo hacia la cama de Allegra. El gato negro estaba a los pies de mi hija mayor, literalmente hinchado, con los pelos de punta y los ojos cargados de odio.

– ¡Fuera! –grité con furia y Allegra se despertó.

El gato negro me gruñó con una voz visceral y ronca casi humana, pero cuando me levanté del colchón salió a toda velocidad del cuarto. Mientras las nenas gritaban lo perseguí dando tumbos, pero cuando llegué hasta la cocina ya no había rastros de él. Salí al patio y al encender las luces reconocí fugazmente la silueta de una figura cuasi humana sentada en el banco. Fue tal la impresión que sentí que regresé al interior de la casa y cerré con llave. Ninguno de los tres volvió a dormir esa noche.

Recién cuando salió el sol mis hijas pudieron volver a dormir y llamé a la escuela para avisar que Allegra no iría. Sin que me importara el supuesto regreso de Aram cerré la ventana y le puse cerrojos que ninguna de las nenas pudiera abrir. Luego le eché querosén al banco y al pasto seco y lo reduje todo a cenizas. Por la tarde Allegra se sentía mucho mejor físicamente, aunque peor de ánimo, y le propuse salir a pegar los volantes por el barrio. La posibilidad de encontrar a Aram era lo único que le despertaba vitalidad en la mirada. Así que salimos a recorrer las calles y ella se ocupó de hablar con los vecinos, porque nadie más que ella podía describir a su mascota con tanto detalle. En eso estábamos cuando pasamos por una veterinaria y Allegra entró a dejar volantes, pero como tardaba demasiado, Ruth y yo entramos a ver qué sucedía. El lugar estaba colmado de personas con sus mascotas esperando a ser atendidos, pero Allegra se había sentado junto a una señora mayor que sostenía un gato en su regazo.

– Allegra, vamos –la llamé, pero no me hizo caso. Entonces me acerqué-. Allegra.

– Ella sabe dónde está Aram –dijo con determinación.

– Disculpe, señora, ¿vio al gato de mi hija? –pero antes de que la señora pudiera responder, Allegra habló sobre ella:

-¡La señora no! ¡Su gata!

-Mi gatita se estuvo comportando raro estos últimos días –empezó a hablar la señora-, yo vivo en la casa que está del otro lado de la suya, a la vuelta de la manzana –y entonces la reconocí como mi vecina.

-¿Y eso qué tiene que ver con Aram? –cuestioné.

-Bueno, la otra noche salí a llamarla, porque ella nunca sale de noche, y me encontré con un gato negro que se veía enfermo. Lo llamé para revisar sus heridas, pero me gruñó y se marchó. Bueno, ya lo vi otras veces a ese gato, y en una de esas ocasiones también vi al gato de su hija, que lo perseguía. Y mi gatita también los persiguió, pero más tarde volvió a la casa.

– ¿Y usted le dijo a mi hija que su gata puede decirnos dónde está Aram? No se hubiera molestado –comenté con ironía, sin decir en voz alta que estaba loca-. Allegra, vamos.

Todo el camino de regreso a la casa Allegra me ignoró, como si yo hubiera sido el culpable de la demencia de la vieja. Como si yo hubiera tenido la culpa de que los gatos no pudieran hablar o de que el suyo se hubiera ido, en primer lugar. Así que cuando llegamos se encerró en el cuarto y yo me quedé en la cocina con Ruth, para que comiera algo. Como hacía menos frío decidí abrir la ventana para ventilar la casa, pero un escalofrío me recorrió el cuerpo y se me secó la garganta cuando corrí las cortinas y miré hacia el patio. Llevé a Ruth con su hermana y le pedí que la vigilara mientras yo preparaba el almuerzo, pero en cambio fui hasta la zona que había incinerado esa misma mañana para encontrarme con el cadáver de Aram en medio de las brazas. Estaba duro, pero no había entrado en descomposición, así que su muerte era reciente. En su rostro se leía una expresión de horror que no sabía que los animales podían encarnar. De un instante al otro pasé de la conmoción a la histeria y comencé a darle patadas al suelo, apretando los puños, sollozando. Entonces me agarré la cabeza con las manos y reprimí un grito para no asustar a mis hijas. Lo que fuera que le hubiera hecho algo así a Aram quería a Allegra. Aram nunca había sido el blanco. Aram sólo había intentado protegerla. Tomé su cadáver y lo embolsé, para luego enterrarlo en la zona donde todavía había pasto. Por último escondí la tierra removida con macetas. Todavía seguía presa de la histeria, así que me di unos momentos antes de regresar a la casa. Impulsivamente saqué el celular del bolsillo y llamé a mi ex mujer.

– Hola, Víctor –me saludó sin ganas después de tres tonos-, ¿pasó algo con las nenas?

– Necesito que las vengas a buscar –le dije reprimiendo el sollozo, casi sin éxito.

– Yo sabía que no ibas a poder con ellas.

– No es por eso, Laura –hablé sobre sus palabras-, no podría estar más feliz con mis hijas en mi casa. Pero necesito que te las lleves, no puedo explicártelo por teléfono. Por favor.

– Hoy no puedo, Víctor. Como se quedaban con vos ya hice planes, mañana voy.

-¿A qué hora?

– No sé, mañana cuando pueda.

– No te retrases –le pedí, y algo en mi voz debe haberla preocupado, porque luego de una pausa me preguntó:

– ¿Estás bien?

– No.

-¿Las nenas están bien?

-Por ahora sí.

-Víctor no me asustes.

-Laura, vení cuanto antes.

-Estoy lejos, pero si salgo ya con el auto, para la mañana estoy en tu casa. Espero que no estés jugando conmigo, porque

– Te juro por mi vida que no. Vení cuanto antes –le repetí y corté la comunicación.

El resto del día Allegra continuó ignorándome y secretamente lo agradecí, porque me costaba verla a la cara sabiendo que había enterrado a su tan querida mascota unas horas antes. Pensé en contárselo algunas veces, pero no pude. No sin una explicación.

La cuarta noche desde que había visto por primera vez a Black entré en una psicosis sin precedentes, que me llevó a clavar maderas en la ventana para que nada pudiera entrar o salir y le instalé nuevas trabas a la puerta del patio. Luego de cenar me encerré con mis hijas en su cuarto y Allegra por fin me habló.

– ¿Estás bien, papá?

– Estoy cansado.

– Hace mucho que no dormís…

– Es que tengo que protegerlas. Pero mañana viene mamá, Allegra. Mañana nos vamos a otro lado.

–  Black no me va a dejar que me vaya –me confesó con la voz cortada.

–  Yo soy el que no va a dejar que te vayas, nunca –y la abracé-. ¿Hace cuánto ves a Black?

– Desde que vinimos a quedarnos con vos…

-¿Y te habla?

– Sí.

– ¿El gato negro te habla, así como te hablo yo? ¿Te dice cosas?

– Bueno, él no. Pero su dueño, sí.

– Ah, ¿tiene un dueño? –pregunté después de una pausa, con la voz áspera y conteniendo la respiración.

-Siempre está afuera. Le gusta sentarse en el banquito que está al lado de la parrilla y desde ahí lo manda a Black para que me llame. Porque quiere que yo vaya.

-¿Para qué quiere que vayas?

– No sé. Black nunca me dijo. Pero Aram sabía, por eso no lo dejaba entrar… hasta que se fue y no volvió más.

Quería seguir preguntándole cosas, pero supe que si continuaba hablando no iba a poder contener más las lágrimas, así que simplemente asentí y me acosté a su lado, abrazándola. Todavía la sentía algo afiebrada, pero en unas horas su mamá tocaría a la puerta y se la llevaría… Hasta que yo encontrara una solución.

Y entonces, de alguna manera, por mala suerte o por destino, me quedé dormido.

El sonido del timbre me despertó. Me levanté y caminé con los ojos casi cerrados hasta la puerta de entrada, para encontrarme con un sol radiante que me cegó por unos momentos.

-¿Y las nenas? –me preguntó Laura.

-En el cuarto –dije bostezando.

Y cuando llegamos Ruth se reía, probablemente porque había escuchado la voz de su mamá. Pero Allegra no estaba. En su lugar, había una nota escrita con lápices de colores.


PAPÁ: NO FUE TU CULPA. NO ESTOY ENOJADA CON VOS. PERO BLACK ME PROMETIÓ QUE SI ME VOY CON SU DUEÑO, VOY A VOLVER A VER A ARAM.

TE AMO.

ALLEGRA Desesperado, corrí hasta la cocina y me encontré con la puerta abierta. Ese fue el último rastro que tuve de mi hija.




*  *  *

Por supuesto que absolutamente nadie me creyó el infierno que vivimos mis hijas y yo durante esos cuatro días en que un gato negro nos visitó por las noches. Allegra desapareció sin más y Ruth era demasiado pequeña como para recordar o dar testimonio. Laura anuló la tenencia compartida y son pocas las veces que me deja ver a Ruth, siempre con algún acompañante. Haber enterrado al gato de mi hija en el patio, después de que todo el barrio me había visto buscarlo con ella, sonaba sospechoso. Incluyendo la parte en que había prendido fuego mi propio jardín. Como si fuera poco la maestra de Allegra había testificado que su personalidad había cambiado rotundamente desde que había ido a quedarse conmigo, en mi casa. Y mi vecina, la vieja, la única que podía corroborar que el gato negro existía… Bueno, yo mismo la había llamado loca. Así de creíble era su relato. Así que quedé como el único sospechoso de la desaparición de mi hija, aunque nunca pudieron procesarme por falta de pruebas.

Nunca sabré qué pasó con Allegra. Y no puedo dejar de preguntármelo, a cada instante, a cada hora; sobre todo durante la noche, cuando la culpa no me deja dormir. Culpa de haberle ocultado a Allegra la muerte de Aram, porque si ella hubiera sabido que él había muerto, no hubiera aceptado irse con Black y su dueño. No se hubiera ido a seguir el mismo destino que su mascota tan querida, porque la única forma que Allegra tiene de reencontrarse con Aram, es corriendo su suerte.