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LimboP MORADOR DEL LIMBO
"Se estremece la tierra, ruge la espuma de los mares sobre las montañas, y el cielo arde en música de sombras y liras infernales"

Este es un descarriado del Limbo, penitente del Purgatorio con fecha de nacimiento en un guiño de ¡CreepyLooza! Abstente de la arena, que esto es más legal que tu jfa. Burló La Guillotina y a los Jueces del Infierno, así que cómete tu teclado.


Alzando el vuelo. Sus alas que a simple vista podían tapar el sol o la luna.

Contemplando la grandeza del cielo. Sintiendo como alcanzaría la eternidad volando más y más alto.

Pero se equivocó, siempre lo hace. Una piedra, fuese casualidad, coincidencia, destino u otra cosa; chocó con la pobre ave.

Esas pequeñas alas chocaron contra el frío pavimento. ¿Qué hacía tan lejos de su anhelado bosque? Rodeado por los cantos de sus compañeros, amigos y familia.

Deseó estar en su tronco, o en la copa de un árbol. Sentir la delicada brisa mover sus plumas, cosa que le recordaba a cuando remontaba el vuelo. Algo que ahora estaba muy lejana de volverse a repetir.

Mientras su vista se nublaba, logró ver a su atacante: Un joven, no más de 15 años, un “polluelo” que intentaba romper el cascarón infantilmente, atacando a su pobre especie. Apretó su pico contra el suelo, intentando ahogar su rabia.

Desesperada, empezó a arrastrarse con su ala sana. Parte de su plumaje se quedaba en el suelo, mientras escuchaba la risa de aquel ser vil y despreciable que le había arrebatado lo más preciado que tenía; su libertad. Casi quedándose sin fuerza, se dio por vencida. Inmóvil, indefensa y sin nadie que le pueda brindar ayuda. Quizás algún depredador esté cerca.

Sintió unas garras en su espalda, pero que no intentaban lastimarle. Un agarre gentil, como una madre que protege a su hijo. La lechuza giró su cabeza, vio a una de sus pares. Que con firmeza alzó el vuelo, llevándola hacia su tan ansiado tronco.

Quizás olvide la última vez que voló, pero nunca olvidará al rostro del joven que le quitó sus alas.

Una vez en su hogar, miró con vehemencia a sus compañeros. Anhelando una venganza. Una mirada que el resto de lechuzas no rechazó.

Los días pasaban. Los seres alados se apegaron a una rutina, mientras observaban al joven. Al parecer, se iría de campamento en unos días. Como si la balanza del destino se inclinara a su favor.

Soles y lunas pasaban, iniciando la danza de aquel cruel juez llamado tiempo. Los relojes iniciaban su vaivén, un sonido repetitivo capaz de interrumpir el silencio más grande de todos; el pasar de los segundos.

Pero un día dejaron de pasar. Un día la danza del tiempo se frenó, el rito de las lechuzas había empezado.

El joven montaba una tienda con unos amigos, mientras las aves observaban desde sus nidos, huecos de árboles, expectantes a lo que pasaría. Esperando la noche. Donde la luna marcaría el inicio de su ritual, y el amanecer marcaría su final.

Irremediablemente, cayó la noche. El joven se calentaba con las brasas de su fogata, iluminado por la luz de la luna. Sus acompañantes estaban dormidos. Estaba él solo, viendo como las chispas se levantaban más y más, hasta perderse en el cielo. Quizás formando una nueva estrella para formar la obra de arte más bella y natural del mundo; la noche estrellada.

Mientras en las ramas de los árboles adornados por la nieve, se posaban en hileras centenares de lechuzas. Una al lado de la otra, recordando a un ejército, listo para su bautismo de fuego, para desatar una cruel guerra.

Aunque esta guerra sería una muy rápida.

El muchacho vio con asombro las lechuzas, sus tan negros ojos que parecían un vórtice absorbiéndolo todo, se veían casi blancos por la luz de la luna. Juró escuchar como si susurraran entre ellas. En un idioma desconocido para él.

De pronto, las lechuzas empezaron a danzar, mientras el arrastre de sus garras por las ramas marcaba los tiempos, como si una orquesta se tratase. Un verdadero espectáculo que fue prácticamente eterno. El joven observaba con estupefacción, mientras tanto una lechuza alzaba el vuelo entre tantas. Las demás aceleraban el ritmo de sus pasos. Tapando la luna con sus inmensas alas, sobre ella empezó a verse una luz brillante, cegadora; similar a la luz del sol

Acercándose paulatinamente al joven, abriendo sus alas. Tapando el cielo con sus inmensas alas, tapando la luna. Mientras al joven aún no le cabía en la mente la gala de las lechuzas que estaba presenciando.

Cuanto más tiempo miraba, menos ganas de dormirse tenía. Ya no sabía ni qué hora era, ni le importaba. Estaba presenciando la obra de arte más majestuosa jamás creada, el baile de las lechuzas.

Pensamientos que como a poco abandonaron su mente, sustituyéndose con otros; ¿quién era?, ¿qué hacía ahí? Pero poco le importaba, estaba viendo a… ¿Qué estaba viendo? Sus ojos poco a poco se tornaban blancos. Debía haber muerto, se encontraba en el paraíso. Quizás había sucumbido ante el holocausto de sus más horribles penumbras, quizás solo había presenciado una obra de arte como muestra de su partida al más allá.

Pronto dejó de entender el concepto de la existencia, para él todo consistía en aquel momento tan maravilloso que estaba presenciando. Dejó de hacer diferencia a si él era algo distinto al espectáculo, para él, eso lo era todo. Formaba uno con él, con todo lo que lo rodeaba.

De pronto, todo cesó. Las lechuzas volaron con tal velocidad que el bosque parecía un lugar vacío ahora. Intentó gritar, evitar que se fueran, una última voluntad. Pero no fue escuchado. Solo pudo presenciar en el cielo como dos grandes esferas estaban una junto a la otra. Sus ojos le dolían por estar mirando eso. ¿Acaso eran el… Sol? ¿Y la luna? ¿Al mismo tiempo? ¿Acaso así se llamaban?

Escuchó un chirrido delante de él, una lechuza había aparecido. Sus alas se encontraban junto a las dos esferas de luz. Abría sus garras, se acercaba poco a poco a su rostro. Sintió un pinchazón en sus ojos; para después ver una penumbra eterna.

Aquella fue la venganza de la naturaleza, mostrando como la más bella de las fantasías puede significar el fin de los tiempos. Donde nos demuestra que nuestro más querido hogar puede ser también el más temible de los infiernos, donde la muerte estuvo siempre presente, disfrazándose de lo que sería una obra de arte. Muchos dirán que las lechuzas estaban locas.

Pero como fanático desquiciado del arte, tengo la obligación de preguntar…

¿Qué artista no está loco?


Aleksai Sagir-Lazzuli