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Cuando un cáncer intestinal acabó con la vida del anciano catedrático de Historia don Miguel S., muy conocido en Santiago por su afición a la arqueología y al ocultismo, sus bienes fueron divididos en varios legados por los albaceas, para ser repartidos entre los herederos de acuerdo con las disposiciones testamentarias del difunto. La mayor parte de sus propiedades, incluyendo las piezas que componían su extraordinaria colección de antigüedades, fueron a parar a manos de su sobrino Manuel S., pero, para pasmo de abogados y herederos, resultó imposible hallar la joya de la colección.

Nos referimos a la enigmática estatuilla de jade verde conocida como “la esfinge de Leng”, hallada en el desierto chino por el propio Miguel S. durante una de sus últimas expediciones arqueológicas. Dicha esfinge, de exquisita factura e incalculable valor artístico, representaba un monstruo de aspecto siniestro: una especie de grifo o esfinge, con cuerpo de león, alas de águila y cabeza de lobo o hiena.

Aunque se trataba, sin duda, de un objeto sumamente antiguo, varias veces milenario, su origen y su simbolismo seguían planteando numerosas dudas, si bien la mayoría de los investigadores opinaban que representaba a uno de los demonios necrófagos adorados en la legendaria ciudad de Leng, antes de que aquella fascinante y misteriosa civilización fuera arrasada por los tártaros.

Según el relato del difunto profesor Miguel S., la estatuilla había aparecido en pleno desierto, lejos de cualquier lugar habitado e incluso de las rutas habituales de los pastores nómadas, y la habían encontrado entre los rígidos dedos de un cadáver humano, momificado por los áridos vientos del Takla-Makan desde tiempos inmemoriales. Hay que decir que el Profesor S. (hombre supersticioso, pero no cobarde) solía palidecer y estremecerse cuando hablaba de las circunstancias que habían rodeado el hallazgo de la estatuilla, como si se estuviera guardando algún detalle inquietante en el tintero. 

Tras infructuosos esfuerzos por hallar la esfinge, los investigadores sólo encontraron un manuscrito del difunto profesor, que decía literalmente:

“Es sabido que ciertos objetos, al igual que muchas personas y algunos lugares, aparecen en el mundo rodeados por un aura de maldad incomprensible, que los hace fuente de desgracias y perversiones sin cuento. La llamada esfinge de Leng es uno de esos objetos. Sólo los que nos hemos iniciado en las artes mágicas del mundo antiguo sabemos protegernos, durante un tiempo, de esa maldad que he mencionado, pero siempre llega un momento en el que hasta el más poderoso de los hechizos protectores se vuelve ineficaz, y en verdad os digo que la proximidad de la muerte es para mí un motivo de alivio antes que de pena. He ocultado la esfinge donde espero que nadie pueda hallarla y heredar la maldición que ha ensombrecido los últimos años de mi existencia.

Y si alguien pretende buscarla, desafiando mi última voluntad, que recuerde que el Mal siempre atrae al Mal, según dicen las Escrituras: “Y las Bestias se reunirán (Isaías, 34, 13)”. Que Dios tenga piedad del buscador si este tiene éxito.”

En el mismo papel donde se podían leer estas extrañas palabras también se veía un dibujo hecho por el propio don Miguel, que, curiosamente, no representaba nada que tuviera que ver con la reliquia desaparecida, sino una de las escenas iniciales de la Divina Comedia de Dante. En la ilustración se veía al propio Dante acosado por tres bestias que representaban sus pecados, tal como se lee al inicio de su famoso poema: el león, símbolo del orgullo, el leopardo, símbolo de la lujuria, y la loba, símbolo de la tristeza.

Como al parecer ni el texto ni la ilustración ofrecían la menor pista que pudiera llevar al paradero de la estatuilla, todos se resignaron a que el valioso objeto se perdiera para siempre, por culpa de las estúpidas supersticiones de un anciano excéntrico. Alguien se molestó en coger una Biblia para comprobar si la cita era correcta, y descubrió que, efectivamente, aquellas palabras (u otras semejantes, según la traducción) aparecían en el capítulo 34 de Isaías, si bien el Profesor S. había cometido el error (por lo demás, sumamente trivial y disculpable) de equivocarse en el versículo, poniendo 13 donde debería haber escrito 14. 

Y sólo a mi joven amiga, la bella e inteligente estudiante de Periodismo Lara S. S., se le ocurrió pensar que la cita y el dibujo sí podrían contener pistas ocultas relativas al paradero de la esfinge de Leng. Pensó que acaso la sustitución del número 14 por el 13 en la mención del versículo se pudiera relacionar, de algún modo, con las bestias que aparecían en el dibujo. La tercera bestia que acosaba a Dante era la loba, símbolo de la tristeza.

Y, curiosamente, una de las estatuas de mármol que se alzaban en el jardín del difunto Profesor S. representaba a la Loba Capitolina dando de mamar a Rómulo y Remo. Lara decidió que merecería la pena ir allí a echar un vistazo de la forma más discreta posible. En primer lugar, consiguió entrevistarse con el joven Manuel S. y obtener su permiso para pasar la tarde visitando el hermoso jardín de la familia S. Cuando vio que la estatua de la loba sólo tenía a su alrededor tierra removida, mientras que todas las demás estatuas estaban rodeadas de parterres floridos y primorosamente cuidados, Lara sintió que su fe se fortalecía. Ahora sólo faltaba realizar las comprobaciones oportunas, preferentemente cuando no hubiera nadie mirando.

Aquella misma tarde, poco antes del anochecer, Lara, aprovechando una distracción de los dos guardias que custodiaban la puerta de acceso al jardín, volvió a entrar en él de forma clandestina. Los agentes, que estaban discutiendo, con pasión digna de mejor causa, sobre si cierta ave de gran tamaño que llevaba varias tardes planeando sobre el jardín era un águila o un búho, no se enteraron de nada. Lara permaneció oculta entre los setos hasta que oscureció completamente y luego, iluminada por una linterna, se dirigió a la estatua de la loba. Su intención, por supuesto, no era robar lo que pudiera estar enterrado en los alrededores de la estatua, sino simplemente corroborar su teoría para luego entregarle la esfinge a Manuel S., legítimo propietario de la reliquia. Pero, por temor al ridículo, había decidido asegurarse antes de hablar.

Pocos minutos después, Lara introducía un palo largo en un terrón próximo al pedestal de la estatua. Aunque la capa de tierra que cubría aquella parte del jardín era muy blanda, la punta del palo no tardó en chocar con un objeto duro, que permanecía oculto a unos diez centímetros de profundidad. Tras hacer un agujero ayudándose de una azada de jardinero que había por allí, Lara pudo sacar de su escondite un objeto pequeño, primorosamente envuelto en un lienzo de tela espesa e impermeable.

Hecho esto, desenvolver con cuidado el objeto y encontrarse cara a cara con el siniestro rostro de la esfinge de Leng fue cosa de pocos segundos. Lara estaba a punto de gritar de alegría para celebrar su acierto cuando una mano, fuerte y enguantada, le tapó la boca, ahogando su voz hasta convertirla en un gemido aterrorizado. Media hora después, y tras un breve viaje en la parte trasera de un todo terreno, Lara, atada y amordazada, había sido escondida por su raptor entre los espesos matorrales que crecían en las laderas de un monte cercano a la propiedad de los S.

El agresor de la muchacha no era otro que Roberto S., el hermano menor de Manuel. Roberto había pasado el día en la mansión del viejo don Miguel, haciéndole una visita al nuevo dueño de la propiedad, y había estado presente cuando Lara le había pedido permiso a Manuel para visitar el jardín. Tras pasar un buen rato examinando la estatuilla de jade para cerciorarse de su autenticidad, Roberto se dirigió a la indefensa Lara, con una sonrisa maliciosa en lo labios, y le dijo:

-Así que querías robarnos la estatuilla, ¿verdad, guapa?

Lara intentó protestar para defenderse de la acusación, pero la mordaza que le cubría la boca se lo impidió. Indiferente a sus gemidos, Roberto continuó:

-No te fue difícil engañar al imbécil de mi hermano, él es capaz de hacer cualquier tontería con tal de tener contentas a las chicas monas. Pero yo no soy ningún imbécil y la vida me ha enseñado a desconfiar de caritas bonitas e inocentes como la tuya. No sé cómo llegaste a saber dónde el viejo (otro imbécil) había escondido la estatuilla, pero sí adiviné que habías venido aquí a buscar algo, y por eso te he estado vigilando desde que llegaste hasta que encontraste la esfinge.

En fin, ahora será para mí. Precisamente había venido a pedirle un préstamo a Manuel (tengo bastantes deudas, ¿sabes, cariño?), pero esto será mucho, muchísimo mejor, seguro que vale millones. 

Dicho esto, Roberto acarició, con falso cariño, las pálidas mejillas de Lara, le dio dos besos de despedida como si fuera su amigo y, antes de marcharse, le dijo:

-Bueno, aquí te quedas. Puedes denunciarme si quieres, tengo muchos amigos que jurarán que a estas horas estoy en Santiago, tomando unas cañitas con ellos en algún bar de la zona vieja. En cambio, tú ni siquiera podrás probar que encontraste la estatuilla (me he encargado de rellenar de tierra el agujero que hiciste, por si acaso), ni mucho menos justificar tu presencia a altas horas de la noche en una propiedad ajena. Así que tú misma. Cuando consigas soltarte, será mejor que te vayas a tu casita a llorar y no que le vayas con rollos raros a mi hermano o a la policía.

En todo caso, te estoy haciendo un gran favor. Esta estatuilla valdrá mucho dinero, pero es demasiado fea para una chica tan linda como tú, ¿no crees? ¡Adiós, y ya te buscaré otro día para que nos conozcamos mejor, preciosa!

Tras haber abandonado a Lara en el monte, Roberto entró en su vehículo y llevó su precioso botín a su domicilio, un lujoso chalet situado en las afueras de Santiago. Allí era donde vivía habitualmente, con Sara, su novia, y Dog, su pastor alemán. Tras dejar el coche en el garaje, Roberto entró en la casa y se sentó cómodamente en un sillón de la sala, dispuesto a examinar de nuevo la estatuilla mientras despachaba una botella de cava para celebrar su triunfo. Sara no estaba, seguramente había salido con sus amigas, pero Roberto no lo lamentó, pues no deseaba que nadie lo distrajera durante el examen de su botín.

En cuanto a Dog, se lo oía ladrar con furia en el jardín y aporrear la puerta trasera con sus zarpas. Debía de tener ganas de entrar en la casa, pero Roberto decidió que estaba mejor fuera y que, en todo caso, aquella noche él tenía entre manos asuntos más importantes que los caprichos de su mascota. Apenas llevaba un minuto sentado, examinando tranquilamente la esfinge, cuando oyó sonar su móvil. Había recibido un SMS de Sara:

ESTOY EN EL PARQUE DE… PASEANDO A DOG, QUE TENÍA MUCHAS GANAS DE SALIR. SI YA ESTÁS EN CASA, HAY UNA PIZZA EN…

Roberto ya no siguió leyendo. Aquello no tenía sentido. Si Dog no estaba en el jardín, ¿qué maldito perro podía estar atronando la noche con sus ladridos infernales al otro lado de la puerta trasera? Entonces, se oyó un fuerte crujido, como de madera rota por un impacto brutal, y una nueva oleada de ladridos, que esta vez parecían resonar en el interior de la casa, y también algo así como un aleteo… Lo que no se oyó nunca fue el grito de horror que estaba a punto de surgir de la garganta de Roberto, pues unos colmillos de acero se clavaron en su yugular antes de que hubiera podido articular un solo sonido. 

A la mañana siguiente, Lara –pálida, sucia, agotada, con la ropa medio destrozada por las plantas espinosas del monte y acatarrada tras una noche a la intemperie- llegó a su piso. Le había costado mucho aflojar sus ligaduras lo suficiente para poder desatarse, y luego había tenido que caminar durante horas por oscuros senderos forestales, antes de ver las primeras luces de Santiago cuando ya faltaba poco para el amanecer.

Una vez que se hubo duchado, se sentó en el sofá de la salita para ver la televisión, pues no se sentía con ánimos para ir a la facultad tras una noche tan movida. En el telediario se hablaba sobre todo de la horrible y misteriosa muerte de Roberto S., que había sido encontrado por su novia en un estado tan atroz que ella había tenido que recuperarse de un desmayo antes de poder llamar a la policía. El cuerpo de la víctima, degollado y parcialmente devorado por un animal desconocido, se hallaba salvajemente mutilado y los rígidos dedos de su mano derecha aún sostenían la siniestra esfinge de Leng, cuyo rostro de jade, manchado por la sangre de Roberto, parecía deformado por una sonrisa de crueldad intolerable.

Lara pensó que, después de todo, el desdichado Roberto realmente le había hecho un gran favor al quitarle la estatuilla. Al final, las Bestias se habían reunido, y sin duda había sido una inmensa suerte para ella no haber estado presente en el momento de la reunión.

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