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Sobre la codicia del hombre en la historia universal, podemos destacar numerosos ejemplos que van desde hombres pobres que lograron robar a poderosos reyes hasta reyes sin ningún tipo de educación que extrajeron de sus súbditos y esclavos tanto moneda como vida. Uno de ellos, quizá el más recordado por los historiadores de la antigüedad, fue el rey africano Devandra Gandagee.

La avaricia y locura de Gandagee, en sus últimos meses de reinado, llegaron a ser tan grandes que muchos de los reinos cercanos se alejaron corriendo, dejando al rey loco aquellos espacios vacíos para extender su ya desplomado y pobre reino. El reino de Gandagee ocupaba todo el sur y centro de Túnez, África. Pero no el norte, pues era gobernado por los Zarabi, una familia de famosos pacifistas.

Y es la relación entre Gandagee y los Zarabi, específicamente el príncipe Alfonzo Zarabi, de lo que se trata la historia que les voy a contar el día de hoy:

Esta historia de avaricia empieza en uno de los muchos castillos de Gandagee, en una noche lluviosa, en el salón del trono. Gandagee, viejo y maltrecho por la edad, aplastaba su enorme trasero en su pequeño trono de oro, acompañado por su vasto tesoro y un sirviente vestido simplemente con unas sabanas dañadas.

Gandagee escuchaba con atención y con ambos ojos abiertos la narración, por parte de su miserable siervo, del contenido enviado en un pergamino desde miles de kilómetros de distancia por parte del príncipe heredero de los Zarabi, Alfonzo Zarabi.

-¡A su alteza el gran Devandra Gandagee! –dijo en voz alta, casi gritando-. Oh, celestial Gandagee, rey del centro y sur del mundo. Feliz me haría, como cada beso y abrazo de mi madre, el hecho de que fueras a la celebración del día, hacía quince años, en el que di mi primer respiro. Aunque, siendo sincero, tu sola respuesta sería un hermoso regalo. ¿Pues que mejor obsequio que la amistad y cariño de un conocido?

El sirviente terminó de recitar el pergamino, agotado y a punto de quedarse sin aliento. A Gandagee no le importó la invitación ni la condición de su sirviente. Si no se hablaba de oro, el quedaba sordo y mudo. Pero su codicia por el oro le impulso a siquiera reconocer la existencia del pergamino y buscar oro en él. Le ordenó a su sirviente de que le entregara la carta. El sirviente lo hizo al terminar se sentenciarse la última letra.

Miró primero la parte trasera del pergamino en busca de la mínima presencia de oro, no la encontró. Lo giró y miro la parte que contenía el mensaje escrito con tinta azul. En la parte inferior se lograba asimilar con ayuda de la luz de las velas un circulo de color plateado. Gandagee puso su nariz sobre el papel y olfateó. Olía a oro. Lo lamió dos veces. Sabía a oro. Era oro. ¡Oro!

El jubilo del obeso rey fue tan grande que inconscientemente se empezó a comer el pergamino. Trozo por trozo hasta que desapareció el papel completamente. Y no fue hasta que sintió el sabor a pegamento que paro de masticar.

Tosió fuertemente por unos minutos y después paró. Después, una sonrisa apareció en su rostro y sus enormes labios se hicieron presentes. El sirviente dio un pequeño salto y cayó al suelo. La peor parte del rey loco era su sonrisa, que era sinónimo de todo lo que se podía relacionar con la destrucción y la demencia a niveles extremos.

-Tú, cara de pez, a la llegada de la perla gigante en el cielo, partiremos a donde ese preciado oro provino –ordenó con voz grave pero a la vez feliz. Era la primera vez en mucho tiempo en la que habla sin un odio profundo.

La orden se cumplió. Cuando el sol se levanto totalmente, Gandagee y los pocos sirvientes de su enorme palacio partieron en línea recta al reino de los Zarabi, en el norte. Durante toda la travesía, el rey fue llevado en una carroza con las ventanas tapadas por unas telas oscuras, pues no les valía a los súbditos que el rey viera el sol. Siempre que lo veía, corría en dirección a él, creyendo que de verdad era una perla y que yendo más adelante la podría alcanzar. Pero jamás lo lograría coger, debido a que su preciosa perla no estaba a unos pocos metros sino a cientos de millones de kilómetros de distancia.

El viaje duro unos cinco días. Cuando se llegó al enorme reino edificado de un tipo de roca blanca, con los sirvientes débiles y muertos de hambre, Devandra Gandagee puso su atención por primera vez en la vida en algo que no fuera oro: las edificaciones, la naturaleza, la gente. Era el paraíso y todo lo que jamás tendría. Sus ojos no lograron adaptarse al ambiente y se vio forzado a cerrarlos cada rato. Todo era demasiado brillante.

La celebración del cumpleaños del príncipe se realizó en una enorme carpa que ocupaba una gran parte del sur este del reino.

Todos los invitados, los reyes y reinas de reinos tanto cercanos y lejanos, vestían ropas largas y poseían accesorios de oro en sus muñecas o cuellos. Gandagee caminaba entre la multitud, estrellándose con objetos y tambaleando se cada cierto tiempo. Sus ojos se movían descontroladamente y en todas direcciones. El delirio paró al ver el objeto de oro que más brillaba: unos aretes de oro blanco.

Se acercó, tumbando descaradamente a todo cosa que se fuera un obstáculo entre él y el oro blanco. Al llegar, cayó al suelo como atacado por una bestia y empezó a temblar mucho. Estaba en frente al único ser que tomó como dios: un joven delgado, bello, de cabello negro, vestido de túnicas blancas, con un sombrero con forma de hongo y… ¡y unos aretes de oro blanco!

El joven hablaba con un rey que tenía por pies unas patas de palo anchas. Al ver al gordo rey llegar, se devolvió en su dirección y le dirigió una sonrisa sincera y amigable. El rey con patas de palo se espanto con la llegada de aquel hombre obeso, con el ojo derecho viendo siempre al cielo, y se largo corriendo y gritando.

El príncipe era lo único que captaba su ojo, lo demás era solo oscuridad. El joven extendió los brazos y le dio un gran y cariñoso abrazo. En el proceso le dio un pequeño beso en las rechonchas mejillas.

-¡Amigos, amigos! Mirad, atended y saludar. El invitado especial ha llegado a mi día de fiesta, a voluntad propia y con las mejores intenciones –dijo, levantando al rey loco del suelo. Todos miraban al hombre obeso con detenimiento y asco.

-Divino ser… contadme, os lo ruego. ¿Cuántos palacios, monedas de oro y hermosas mozas quisieras tu por esos aretes del más puro oro?

El príncipe pareció haber malinterpretado la pregunta, pues junto a una risa leve respondió:

-Eres gracioso, celestial rey. Pero acuérdate de que el único ser vivo que se vende es el animal. Al ser humano, al amigo, al compañero lo único que se le hace es abrazarlo y brindarle todo, y ellos lo harán también por ti. ¿Por qué no te lo explico mejor, brindando un buen vino, junto a la compañía de todos nuestros amigos? –preguntó, señalando al gentío esparcido por todas partes.

Gandagee no escuchó nada de lo que dijo el príncipe. Su destruida mente hacía que viera al príncipe señalar sus aretes y afirmando con la cabeza, mientras su sonrisa se hacía cada vez más grande a cada momento.

El rey loco movió la boca sin hacer ningún sonido. Luego, empezó a abrir su boca, haciendo una expresión de terror extremo. Cuando su boca no se podía mover más, gritó tan duro que se pudo oír por todo el reino. Y otra vez actuando sin control, se abalanzo sobre el príncipe y le arrancó el arete de la oreja izquierda de un zarpazo.

El príncipe gimió por un largo rato. La gente se aparto rápidamente sin hacer el menor ruido. El rey loco levanto al cielo el arete y un pedazo de oreja. Lo miraba con mucho regocijo.

En eso llegó apresurado el sirviente que le relató el pergamino, se lo llevo agarrado de la mano y escaparon lo más rápido que pudieron del reino de los Zarabi. El rey loco al principio se desistió, murmurando frases sin sentido y liberándose de las manos que le llevaban lejos del otro objeto precioso. Se hizo necesario de ocho sirvientes más para arrastrarlo a la carroza y otros cuatro para amarrarlo a la carroza mediante el uso de unas cadenas oxidadas tiradas en una hoguera.

Durante todo el trayecto lloró y gritó hasta la medianoche, donde por milagro se quedaba dormido, para al día siguiente continuar con el horroroso berrinche. Al llegar al castillo, ni las miles de monedas de oro ni jovencitas danzantes pudieron complacerlo. El lloriqueo no paró hasta que en una tarde, con las ropas sucias tras rodar por el suelo varias veces mientras lagrimas salían de sus ojos, dio lo que sería su última y más dura orden:

-Llamen, llamen a los Hermanos Tres Hoguera de la –ordenó balbuceando, diciendo de manera errada el nombre del grupo de sicarios-. Quiero ese oro, mi oro, que se me fue arrebatado por ese maldito príncipe. ¡Lo quiero ahoraaa!

Los Tres Hermanos de la Hoguera llegaron al palacio dos días después. Vestían todos túnicas grises que les ocultaban la cara. Uno de ellos, el del medio, al ver al rey loco de frente vomitó todo el desayunó.

-¿Quién es? ¿Cuál es su nombre? –preguntó el más alto, el líder del grupo.- Solo dilo y desaparecerá de este mundo hasta volver a reencarnar.

El rey loco respondió lo más fuerte que pudo:

-¡Aaalfoonsooo Zaaraabii!

Los Hermanos afirmaron al unísono y se fueron sin decir más ni pedir dinero.

Pasó un largo y aburrido mes para el rey. Cada día parecía que menos eran las probabilidades de que Los Hermanos de la Hoguera regresarán con la cabeza cortada del inmundo príncipe.

Cuando se le informó de que los Hermanos habían vuelto, saltó del trono y cayó, sin darse cuenta ni importarle mucho, sobre una sirvienta anciana. Los huesos de la espalda y el tórax de la mujer se rompieron al instante.

Los Hermanos no entraron al salón del trono, solo se dignaron a tirar una cabeza cortada con la sangre seca. La cabeza rodó hasta el pie del rey. En efecto, era la cabeza de un joven de cabello negro. La expresión de sus últimos segundos de vida fueron de puro terror y sorpresa.

El rey rió de manera descontrolada mientras se agachaba para quitar de la oreja del príncipe el arete restante.

Al tocar el arete todo se puso en blanco, sus pupilas se encogieron al máximo. Una luz lo segó y una fuerza desconocido lo empujo a la pared más cercana.

Cuando pudo abrir los ojos, dejo escapar un bufido largo. Estaba paralizado del miedo. Al frente de él había una criatura deforme de grandes proporciones. Se extendía por todo el salón. Era de piel negra. Tenía muchos orificios y de todos y cada uno salía un humo blancuzco. Y la boca de la bestia poseía millones de dientes afilados. Babeaba un liquido que, al caer al piso, dejaba huecos en el piso.

La bestia, sin necesidad de pensarlo, se tiró sobre el rey loco y lo empezó a engullir lentamente. Primero la cabeza, después el pecho, las piernas y finalizó con los pies. El rey loco había desaparecido y no pudo hacerse con el oro blanco que tanto anhelaba.

Todos los sirvientes, tras escuchar un fuerte sonido arriba, salieron de la cocina para arribar lo más rápido al salón de su rey. No encontraron al rey, ni la cabeza decapitada, ni todo el oro coleccionado durante décadas. Solo encontraron pedazos de metales derritiéndose en el piso. Y por primera, en sus miserables vidas, pudieron reír, abrazarse los unos a los otros y dormir en algo que no fuera un piso sucio y húmedo.