Wiki Creepypasta
Advertisement

NOTA DEL AUTOR: Este relato es una secuela de “Lobos”. Por otra parte, su principio ya lo había publicado aquí, como cuento independiente, bajo el título de “La hija”.

(Narración del teniente Michael W. Duvalier, miembro del departamento de Policía de la ciudad de Nueva York, EE UU)

Ante todo, debo decir que el accidente que causó hace trece años la muerte de mi desdichado amigo, el doctor Robert Lee, no tuvo, en sí mismo, absolutamente nada de extraño ni de misterioso. Los hechos, confirmados por las declaraciones de numerosos testigos y por la labor de los peritos policiales, fueron desde el primer momento bastante claros: aquella noche Robert volvía a casa en coche, una vez finalizado su turno de guardia en el hospital, cuando, tras haberse visto obligado a realizar una brusca maniobra para esquivar a un perro que se hallaba en medio de la calzada, se salió de la vía y colisionó contra el surtidor de una estación de servicio, provocando así la explosión que acabaría con su vida. Puestos a buscar algún detalle anormal, sólo hallaríamos el hecho (a mi juicio insignificante) de que, según ciertos testimonios, el perro que provocó el accidente –un animal de gran tamaño y pelo negro, quizás un pastor belga abandonado por sus dueños- habría aparecido de repente, “como surgido de la nada”, y que luego se habría desvanecido de la misma manera. Pero era una noche muy oscura, la calle estaba mal iluminada y, por tanto, no considero necesario recurrir a teorías estrambóticas para explicar esos detalles, por lo demás absolutamente circunstanciales.

Yo, como amigo de la víctima desde la infancia, decidí asumir la dura responsabilidad de comunicarle los hechos a Pamela, su esposa, por lo que me dirigí hacia su casa para decírselo en persona y, en la medida de lo posible, intentar consolarla. Recuerdo perfectamente cómo llamé al timbre de la puerta y cómo, tras unos minutos de espera que se me hicieron eternos, la propia Pamela, aún medio adormilada, me abrió la puerta. Cuando le conté lo que le había sucedido a su marido, la pobre Pamela acogió mis palabras con sorpresa e incredulidad. Según sus palabras, tenía que haberse producido un error en la identificación del cadáver, pues Robert estaba dentro de la casa en aquel mismo momento, durmiendo en la misma cama que ella acababa de abandonar para atender mi llamada. Entonces le pedí a Pamela que me dejase entrar y ambos subimos al cuarto donde dormía el matrimonio. Robert no estaba allí. Ni tampoco estaba en ningún otro lugar de la casa. Del mismo modo, su coche tampoco se hallaba en el garaje. Pero Pamela, ya al borde de la histeria, me juró una y otra vez que ella había estado con su marido aquella noche, que él había entrado en el cuarto cuando ella ya estaba en cama, medio dormida, y que luego él, sin encender la luz ni decir una sola palabra, se había tumbado con ella, y la había besado, y acariciado, y… A Pamela se le quebró la voz y sufrió un desmayo. Tardó varios días en recuperarse del trauma y fueron necesarios meses de tratamiento psicológico para que aceptara que ella no había estado con su marido aquella noche, que todo había sido un sueño o una fantasía urdida por su cerebro para huir de la terrible realidad. Pamela quería mucho a Robert.

Nueve meses después, Pamela dio a luz a Danielle, la hija póstuma de Robert. Danny, como la solemos llamar los que la conocemos, no se parece mucho a su padre, pero en cambio es clavadita a su madre. Las dos son bastante guapas y esbeltas, de complexión atlética, tez rosada, pelo rubio y ojos azules. Sin embargo, presentan caracteres distintos. Pamela es una mujer de carácter vitalista y extrovertido, aunque al mismo tiempo sensible y emotivo. Danny, en cambio, es una niña seria, incluso introvertida, y las impresiones del mundo exterior apenas cuentan para ella, que parece vivir permanentemente inmersa en sus propios pensamientos y fantasías. Por lo demás, es una muchacha tranquila y educada, que en el colegio saca notas excelentes y que, según sus profesores, tiene una inteligencia y una imaginación francamente envidiables, casi inusitadas en una chavalita de su edad. Pero no se relaciona demasiado con sus compañeros de clase, ni tampoco con los demás niños de la vecindad. Cuando yo paso por los alrededores del colegio durante el recreo (lo hago siempre que puedo, sobre todo para espantar a los distribuidores de hachís que en ocasiones intentan camelar a los niños), la veo siempre sola, sentada en alguno de los desvencijados bancos del patio, completamente ajena a los juegos y conversaciones de sus alegres condiscípulos. Su ocupación predilecta en esos momentos, cuando no está leyendo o estudiando, es escuchar música con sus auriculares, a la vez que les echa migas de pan a los gorriones, que parecen ser sus únicos amigos.

Un triste día de otoño, mientras miraba desde el otro lado de la verja cómo Danny realizaba su monótona labor de alimentar a los hambrientos pajarillos, me fijé en que no era el único que la estaba observando. Allí estaba también un conocido mío, John Fitzgerald, que era sacerdote católico romano en una parroquia cercana. John, de niño, había sido muy amigo de Robert y de Pamela, pero luego habían interrumpido completamente sus relaciones, aunque nadie sabía muy bien por qué. Según algunos, John, antes de haberse hecho sacerdote, se habría enamorado de Pamela y no habría podido soportar su desengaño cuando ella prefirió a Robert. Según otros, John, como fervoroso católico que era, habría acabado por sentirse distanciado de sus amigos, quienes habían abandonado, hacía ya mucho tiempo, toda práctica religiosa. De hecho, Danny estaba sin bautizar.

Cuando yo le pregunté a John qué estaba haciendo allí, este palideció y me contó, en voz baja y a veces trémula, una historia tan absurda que me hizo poner en tela de juicio su salud mental. Sus palabras fueron, aproximadamente, las siguientes:

-¿Nunca te has percatado de que hay algo anormal en torno a esa niña? Piensa en lo que te contó su madre aquella noche, cuando murió Robert. Recuerda que ella nació exactamente nueve meses después de esa noche. ¿Alguna vez has distinguido algún rasgo del pobre Robert en su rostro? No, nadie podría hallarlo, pues, cuando Danielle Lee fue engendrada, su padre ya había sido devorado por las llamas.

-¿Quieres insinuar que ella no es hija de Robert, que efectivamente alguien se acostó con Pamela aquella noche y la engendró? ¡Tonterías! Toda aquella historia del hombre que se coló en el cuarto no fue más que un sueño, hoy la propia Pam lo reconoce.

-Sí, porque vosotros –la policía, los psiquiatras- la habéis convencido de eso.

-Por lo que tú quieras. En todo caso, yo registré la casa de cabo a rabo y te aseguro que allí no había nadie más que Pamela y yo… ni Robert ni nadie más.

-Es que quizás registraste la casa con los ojos de la carne bien abiertos, pero con los ojos del espíritu velados. ¡Escucha lo que te digo! Hace varios días, en la catequesis, les pedí a los niños que se preparan para la Confirmación que me hiciesen un dibujo de una persona especial para ellos. Uno de los folios que recogí había sido ilustrado con un dibujo del rostro de Danielle.

-Ignoraba que ella tuviera amigos en tu parroquia.

-Y no los tiene. Ningún chaval de mi parroquia la conoce, eso ya lo he comprobado yo.

-¿Pero estás seguro de que era Danielle la que aparecía en el dibujo?

-Lo estoy. Pero eso no es lo más extraño, ni mucho menos. Mi grupo de catequesis lo forman exactamente doce niños, ni uno más ni uno menos. Y estoy absolutamente seguro de que, cuando recogí sus dibujos, ninguno de ellos me entregó más de un único folio. ¡Pero cuando conté los folios… eran TRECE! -¿Qué me estás contando? ¡Eso que dices no tiene sentido! ¿Quieres decir que uno de los folios (supongo que aquel donde estaba retratada Danielle) surgió de la nada?

-Pues sí. Ya sé que es raro, incomprensible… Pero es la pura verdad. Cuando les mostré a los niños el retrato de Danielle, ninguno lo reconoció como obra suya. Por otra parte, era un dibujo artísticamente impecable, la obra de un maestro y no la de un crío.

-¿Y no podrías enseñármelo?

-Pues no. Lo quemé aquella misma noche. Aquel dibujo me estremeció el alma hasta el punto de que no pude conciliar el sueño hasta que quedó reducido a cenizas.

-¿Pero tanto te asusta ver el rostro de una pobre niña?

-No fue el rostro. El dibujo, por supuesto, no tenía firma. Pero sí presentaba una inscripción, una frase escrita con tinta roja en el ángulo inferior derecho. ¿Sabes lo que ponía? INCUBUS INCARNATE EST. ET HOMO FACTUS EST. Tú sabes algo de latín y creo que conoces el significado de la palabra “incubus”, así que podrás extraer tus propias conclusiones.

Dicho esto, John se fue a toda prisa, dejándome anonadado por la revelación. Cuando pude reflexionar, me di cuenta de que aquel hombre estaba en peligro de convertirse (si no se había convertido ya) en un fanático místico de la peor especie. Sus manías supersticiosas, mezcladas con el resentimiento que sin duda aún guardaba en su subconsciente contra los padres de la pobre Danielle, lo habían llevado a urdir aquella rocambolesca fantasía, basada en un dibujo de cuya existencia objetiva ni siquiera había la menor prueba. La cosa estaba terriblemente clara: John consideraba a Danielle la hija de un íncubo, aquellos demonios que, según las leyendas medievales, tomaban forma humana y se introducían en los dormitorios de las mujeres para copular con ellas. Por tanto, Danny sería para el enloquecido sacerdote un ser de origen diabólico. Y, como consecuencia, las intenciones del cura hacia la hija de mis mejores amigos podían ser cualquier cosa menos buenas. Contado así, sé que parece una historia demasiado ridícula para ser tomada en serio, pero no debemos olvidar que entre los siglos XVI y XVIII historias ridículas por el estilo causaron la muerte de muchas personas inocentes (especialmente mujeres y niñas) en las hogueras inquisitoriales. Y los Duvalier sabemos bien hasta dónde puede llegar el fanatismo de la Iglesia, pues, aunque somos católicos desde hace varias generaciones, descendemos de hugonotes que tuvieron que abandonar Francia durante las persecuciones religiosas del siglo XVII. Mi deber, como policía y como amigo, era poner a Pamela sobre aviso antes de que fuera demasiado tarde.

Varias horas después, acabada mi jornada laboral, decidí acercarme a la casa de Pamela para recomendarle que desconfiara de John. Mientras estuve en la comisaría intenté en varias ocasiones decírselo por teléfono, pero el aparato siempre comunicaba y al final decidí que lo mejor sería hablar con ella directamente. Cuando llamé a la puerta, Pamela me la abrió casi al instante, como si hubiera estado aguardando mi llegada (creo que ella murmuró algo de que había oído el motor de un coche, lo cual era raro porque yo había llegado caminando y hacía tiempo que ningún coche pasaba por aquella calle). Mi amiga parecía nerviosa y pálida, incluso advertí un temblor en sus manos que no aguardaba nada bueno, y llegué a pensar que acaso ya hubiera tenido una mala experiencia con John. Antes de que pudiera preguntarle nada, ella me invitó a entrar con un gesto nervioso, y yo di un paso para acceder al vestíbulo, el cual estaba bastante oscuro. Apenas hube dado ese paso hacia el interior de la casa, sentí en la parte superior de mi cabeza un golpe terrible, que me sumergió bruscamente en una oscuridad todavía mayor. Durante un tiempo (nunca llegué a saber cuánto exactamente) dejé de existir. Cuando me desperté, con la cabeza dolorida y la mente medio congestionada, vi que me hallaba en el salón de la casa de Pamela, que se hallaba en la parte de la casa más alejada de la calle y cuyas ventanas daban al patio trasero. Frente a mí, apuntándome con mi propia pistola, se hallaba John. Y a escasos metros detrás de él, atadas a sendas sillas y con los labios sellados por mordazas de cinta aislante, estaban Pamela y Danielle, con sus bellos rostros desdibujados por el terror de la muerte. John, que, pese a ser el dueño de la situación, no parecía mucho más tranquilo que ellas, me habló con una voz entrecortada por la emoción, tras cuyos acentos temblorosos sentí arder la furia inclemente del inquisidor y del cruzado:

-Sabía que vendrías a frustrar mis planes. Fue un grave error por mi parte haberte revelado mis conocimientos esta mañana, eso me ha obligado a precipitarme y a actuar con una violencia que yo nunca he deseado. Sin duda fue el Diablo quien me impulsó a contártelo todo, del mismo modo que fue Dios o uno de sus ángeles el que me avisó del peligro mediante un papel surgido de la nada. Yo vine aquí antes que tú, y lo hice con la mejor intención del mundo, sin armas en la mano ni odio en mi corazón. Intenté razonar con Pamela, le pedí que me permitiera bautizar a su hija para que las aguas sagradas limpiasen el alma de Danielle del estigma de iniquidad que la mancha desde su blasfema concepción. Pero ella –esta meretriz del Averno, a la que en otros tiempos consideraba mi amiga, y con la cual tuve… digamos, fantasías, antes de escuchar la llamada del Señor- me trató de loco y cubrió mi cabeza de blasfemias imperdonables. Tuve que usar la fuerza, la obligué a descolgar el teléfono y la amenacé con matar a su hija si no se sometía a mis órdenes. Ahora ya es demasiado tarde para solucionar el asunto de otra manera. Primero derramaré las aguas bautismales sobre la cabeza de ese ser abyecto al que llamáis “niña”, en la esperanza de que aún haya algo en ella que pueda ser salvado. Luego, le haré probar la Sagrada Forma. Si su cuerpo la admite, será que las aguas bautismales han conseguido lavar la impureza de su espíritu. Pero si no, no tendré más remedio que matarla. Luego podréis hacer conmigo lo que vosotros y las leyes del mundo dispongáis contra mí, pero yo estoy presto a morir en paz si antes consigo erradicar al Maligno de ese cuerpo infantil… de un modo u otro.

Yo estaba aterrorizado, anonadado en cuerpo y alma frente a aquel loco, que sin duda estaba dispuesto a acabar con la vida de Danielle. La pobre niña, por su parte, se hallaba visiblemente aterrorizada, al igual que su madre. Posiblemente, los nervios le impedirían tragar cualquier alimento que se le intentara introducir en la boca. Si John le hacía tragar la Sagrada Hostia y ella a continuación la escupía o vomitaba, como seguramente pasaría, el maldito cura ya tendría una buena razón para matarla sin miramientos. No podía permitirlo.

Aunque todavía estaba medio aturdido por el golpe, me arrojé sobre John, con la vaga esperanza de que él no supiera manejar la pistola. ¡Vaya si sabía! Me atravesó el hombro izquierdo de un balazo, y creo que me hubiera podido atravesar igualmente el corazón si no fuera porque él, un hombre moral aun en medio de su locura, no deseaba matar a nadie si no era estrictamente necesario. Sin duda, él creyó que el impacto me arrojaría al suelo, como sucede en las películas, pero en la vida real no siempre sucede así, y a menudo un hombre herido por una bala puede mantenerse en pie hasta que la hemorragia acabe con sus fuerzas.

Así, aunque medio mareado por el dolor y por la sangre que bañaba mi hombro, conseguí golpear a John y derribarlo, al mismo tiempo que le arrebataba el arma. Pero el cura no se rindió y apenas tardó unos segundos en levantarse, esgrimiendo en su diestra una pequeña pero temible navaja extraída de algún bolsillo oculto. Al parecer, no había sido del todo sincero cuando dijo que había venido sin armas. Yo intenté amenazarlo con la pistola, pero entonces sentí que el dolor y el mareo provocado por la hemorragia se aunaban para anular mis fuerzas, se me nubló la vista y la pistola se deslizó de mis dedos trémulos, cayendo al suelo con un ruido sordo que apenas fui capaz de oír. Tampoco pude ver claramente lo que pasó después y, en buena parte, hube de deducirlo a partir de los resultados.

Al parecer, John había retrocedido instintivamente algunos pasos tras ver que lo estaba apuntando con la pistola, aunque siempre había conservado su navaja en la mano. Pero luego, al verme flaquear y perder el arma, se había lanzado contra mí como un lobo hambriento que se arroja sobre un toro herido, con su arma y su corazón dispuestos a bañarse en mi sangre. El inquisidor había dejado su lugar al cruzado y el fanatismo místico del sacerdote, al ver en peligro sus designios, se había convertido en mera furia bestial. Pero entonces la propia Danielle, imponiéndose admirablemente al terror que la atenazaba, había conseguido hacerle la zancadilla introduciendo su pierna entre las de su raptor. Este perdió el equilibrio y volvió a caer el suelo, pero esta vez para no levantarse nunca más. Quiso la suerte que al caer se le clavara su propia navaja en el corazón. Cuando me hube recuperado un poco de mi mareo, me acerqué, tambaleando, a Pamela y a Danielle, las desaté, y luego los tres nos abrazamos llorando. Habíamos visto la muerte muy de cerca, pero al final, en parte gracias a la suerte y en parte gracias al valor de la niña, conseguimos salir con vida de aquella pesadilla. John había invocado a Dios, pero Él había estado con nosotros (fin del relato de Duvalier).

Varios días después, Danielle Lee, como todos los recreos, se dedicaba a desmigajar el pan para echárselo a los gorriones, aparentemente ensimismada y ajena a los ruidosos juegos de sus jóvenes camaradas. Los pajarillos, como es natural, parecía encantados con el banquete, pero al final hubieron de abandonarlo, mal de su grado, cuando un enorme cuervo, negro como una noche sin luna, bajó del cielo y los expulsó a todos, amenazándolos con sus lúgubres graznidos. Cuando vio al cuervo, Danielle pareció emerger bruscamente de su ensimismamiento y por primera vez en mucho tiempo una sonrisa se dibujó en su bello rostro de hada, mientras ella le guiñaba un ojo al cuervo. El guiño fue respondido.

La historia continúa, doce años después y muy lejos de los EE. UU., en la localidad de Pazos (Ourense, España). Conocemos esta villa porque en ella se ha ambientado la historia titulada “Lobos”, en la cual hemos conocido a Ana Vázquez, una adolescente que padecía los efectos de una terrible maldición ancestral. Ha pasado un año desde que Ana se salvó de la maldición que sufría y de una muerte segura gracias al sacrificio de su amigo Rui, que entregó su vida a cambio de la suya.


-extracto del diario de Ana Vázquez-

Un manso río, una vereda estrecha, un campo solitario y un pinar, y el viejo puente rústico y sencillo completando tan grata soledad.

Estos versos de Rosalía saben a ti, Rui. Me acuerdo de que los leímos en clase de Lengua, el día que te conocí. ¡Cómo olvidar que te saltaste todos los temas de gramática para disimular que no tenías ni idea de sintaxis! Y cuando estoy aquí, sentada junto al río, entre las piedras cubiertas de musgos que llegan hasta el agua y los álamos que les dan sombra durante todo el día, la naturaleza me hace pensar en ellos… y luego ellos me hacen pensar en ti. Ha pasado casi un año desde la última vez que soñé contigo, más tiempo aún desde que te fuiste para siempre… pero para mí es como si jamás te hubieras ido, porque yo estoy hecha de recuerdos de ti y sé que mientras viva tú nunca dejarás de estar conmigo.

Este último curso ha sido bastante tranquilo y, en general, me siento bastante contenta: he sacado buenas notas en todo (¡incluso en Física, con el hueso de Ortega!), todo va bien en casa, me lo he pasado genial con mis nuevos compañeros, el Celta ha conseguido la permanencia y vuelven a echar la serie de Son Goku en la TVG. ¡Firmaría que las cosas siguieran así para siempre!

Mamá sigue en el colegio, dándoles clases de Inglés a los peques, y creo que cada año que pasa está más guapa. Ya le digo que aproveche para buscarse novio, que aun está a tiempo, pero ella ni caso. En fin, supongo que yo tampoco soy la persona más adecuada para dar ese tipo de consejos, ¿no crees?

Nuestro amigo Manolo, el cura, está como siempre, o sea, discutiendo con todo el mundo en la cafetería del instituto, especialmente con Matías, el profesor de Historia, que sigue siendo su principal oponente ideológico. Por cierto, tengo que contarte alguna de las suyas…pero más tarde, no ahora.

Sandra Veiga ha terminado sin problemas 3º de ESO, está muy mona y sale con un chico de su clase llamado Brais. Cuando la veo en los recreos parece muy contenta y creo que lo de Clara Urrutia ya lo tiene totalmente olvidado… o al menos eso espero.

Ahora, gracias a ti, soy una persona distinta y puedo relacionarme mucho más y mejor que antes con mis compañeros de clase (sobre todo con las chicas, con los chicos… bueno, hago buenas migas con algunos, pero por ahora de novios nada, ¡tampoco tengo prisa, no te creas!). Últimamente me llevo especialmente bien con una chica que se llama Bea Sotelo. Bea es una muchacha muy simpática e inteligente, además de bastante guapa, por lo que resulta fácil congeniar con ella… ¡y eso que también tiene sus cosas! Básicamente Bea es una chica muy sana: no fuma, no bebe alcohol y practica el wu-shu desde pequeña. De hecho, hace un par de años fue la subcampeona de España en su categoría y desde entonces siempre lleva consigo su medalla de plata, como si esta fuera un amuleto de la buena suerte. Lo único que la hace algo pesada es que le da demasiada importancia a la política. Eso es algo que le viene de familia: su padre es militante de Izquierda Unida, su madre está afiliada a Comisiones Obreras y entonces no es raro que lleve la política en las venas. Por supuesto, y aunque todavía no puede votar, ya ha decidido que es muy “roja”, además de atea, feminista y partidaria del amor libre. Apenas nos conocimos, a las primeras de cambio ya me preguntó, con toda la seriedad del mundo: “¿Y tú eres de izquierdas o de derechas?” Para mí fue un marrón, porque, aunque esté un poco mal decirlo, la verdad es que nunca me he preocupado mucho por esas cosas. Realmente, preguntarme por eso es casi como preguntarle a un vietnamita si es del Celta o del Dépor, pero me tenía pillada y no podía salirme por la tangente. Realmente, si tuviera que responder A o B supongo que diría que soy “de izquierdas”, porque estoy en contra de los recortes en sanidad y educación que hacen los gobiernos derechistas, aunque para mí estar en contra de eso es cosa de sentido común más bien que de una ideología. Bueno, pues lo cierto es que al final le dije que era “de centro-izquierda”, lo cual no le causó demasiado entusiasmo, pero me lo dio por válido.

Luego me preguntó qué pensaba de la religión y ahí sí que chocamos. Yo le dije la verdad, que era cristiana católica, lo cual, claro, no le gustó nada en absoluto. Entonces empezó a sermonearme, a preguntarme cómo era posible que una chica “inteligente y moderna” como yo aún creyera “en esas paparruchas” y a criticar con saña la moral sexual de la Iglesia. Recuerdo que me dijo, citando a no sé quién, que creer en Dios era “como creer en el hombre lobo” (¡imagínate cuánto me afectaría a mí ese argumento!) y luego estuvo un buen rato recomendándome que me metiera en no sé cuántas páginas de Facebook… hasta que por fin me dejó hablar y pude decirle que no tenía Facebook. En esas estábamos (teníamos hora libre y nos encontrábamos en la cafetería del insti) cuando pasó por allí precisamente Manolo, que tampoco tenía clase y venía a tomarse su irrenunciable café de media mañana. Él a Bea no la conoce, pues ella no va a clases de Religión, pero debió de captar algo de nuestra conversación (tiene el oído de un lince) y no se lo pensó dos veces antes de intervenir. Él, para ser cura, es un tipo bastante liberal y abierto de mente, pero le encanta discutir con los progres antirreligiosos, por lo que no tardó en oponerse a la pobre Bea, que no estaba preparada para un interlocutor como él. Hay que decir que los dos se mostraron más amables que de costumbre: Bea rebajó un poco (pero sólo un poco) su tono y lo trató de usted, cosa que no hace nunca con los demás profes. Él, por su parte, no alzó la voz ni la llamó cosas raras, como suele hacer con el pobre Matías. Y yo escuchando, sin abrir la boca pero con los oídos bien abiertos, porque en el fondo me lo paso pipa con esos combates dialécticos. Bea al principio se mostraba algo tímida, pero no tardó en estallar:

-Mire, don Manuel, no quiero ser borde pero vaya la verdad por delante: con gente como usted el mundo nunca habría ido hacia delante.

Manolo aguantó el golpe y respondió, más divertido que ofendido:

-Bueno, según tu filosofía el destino final del mundo es convertirse en un inmenso desierto helado, así que no veo por qué habría que empujarlo hacia delante.

-¡Pero yo no me refiero al universo, me refiero a la gente, al Progreso humano! Desde que hemos sustituido a la religión por la ciencia hemos inventado muchas cosas útiles: ordenadores, aviones, satélites artificiales, teléfonos móviles…

-Ya, y antes de eso, cuando la gente no era tan “científica”, sólo se inventaron cosas inútiles, como la escritura, la agricultura, la metalurgia, la navegación…

-Bueno, pero la técnica tampoco es lo único importante. Ahora que la gente ya no cree en Dios, la sociedad tiene unos valores intelectuales y morales mucho mejores que en el pasado.

-Claro, donde estén Belén Esteban y Bárcenas que se quiten Platón y San Francisco de Asís, ¿verdad?

-Bueno, no hablo de todo el mundo, por supuesto… pero no se puede negar que la sociedad es cada vez mejor desde que ha desaparecido el dominio de las religiones. Hoy nos estremece pensar en Hitler y en los nazis, pero en la Edad Media ni siquiera hubieran llamado la atención, porque entonces en todas las guerras se mataba y torturaba sin compasión.

-Vale, puedo admitir que la sociedad actual quizás sea algo más pacífica que la medieval. Pero pacifismo no siempre equivale a bondad. También los leones y los lobos son muy pacíficos cuando tienen el estómago lleno. Pero espera a que tengan hambre y verás. Si, por alguna catástrofe (una guerra nuclear o un invierno volcánico, por ejemplo), perdiéramos la prosperidad material que tenemos hoy y no hubiera suficiente comida para todos, no tardaríamos ni un día en recuperar las viejas costumbres del canibalismo y del infanticidio.

-Bueno, en casos desesperados aparece lo peor del ser humano… Pero al menos hoy la gente no disfruta matando a los que no son como nosotros, mientras que antes existían las guerras santas y la esclavitud.

-En efecto, hoy ya no nos gusta matar a los que son diferentes… sobre todo porque hemos descubierto que es mucho más cómodo y rentable dejar que se mueran de hambre. Y, por cierto, a nivel mundial no tiene sentido que hables de la esclavitud en pasado.

-¡Pero si eso aún existe es precisamente por culpa de la religión!

-Sí, sobre todo de la religión del Dios Dinero, que es sin duda la más sanguinaria del mundo (ni siquiera Torquemada es responsable de tantas muertes como los muy materialistas directivos de algunas multinacionales modernas) Y, curiosamente, también es la menos criticada por los apóstoles del laicismo.

-¡Oiga, yo no soy partidaria de ese sistema, yo creo que otro mundo es posible!

-Pues mira por dónde, ¡al final estamos de acuerdo en lo que realmente importa!

Bea ya iba a protestar, pero entonces sonó el timbre y, como teníamos clase con Ortega (que, además de ser el profe más cateador del instituto, te pone falta como llegues un segundo tarde), tuvo que salir pitando de la cafetería. Para mí que Manolo ya tenía el tiempo bien calculado, él es más pillo de lo que parece. Por supuesto, sus argumentos no hicieron que Bea cambiase ni un ápice su forma de pensar, pero sí que desde entonces le entraran ganas urgentes de ir al baño siempre que veía a Manolo entrando en la cafetería (fin de la narración de Ana Vázquez).

La amistad que Beatriz Sotelo (Bea para los amigos) sentía hacia Ana era sincera, pero no totalmente desinteresada. También tenía algo que ver con Alberto, el hermano mellizo de Bea, que también estaba haciendo el Bachillerato en el IES Carla Padrón de Pazos, aunque le había tocado una clase diferente, por haber escogido otras asignaturas. Resulta que Alberto llevaba varios años enamorado en secreto de Ana, aunque era tan tímido que apenas se había atrevido a hablar con ella en un par de ocasiones. No sabiendo cómo acercarse a la dama de sus sueños, cuando supo que Ana iba a ser compañera de clase de su hermana llegó a un acuerdo con esta: Alberto ayudaría a Bea con la Física siempre que fuese necesario (ella estaba algo verde en dicha asignatura, en cambio a Alberto se le daba tan bien que hasta el temible Ortega le ponía dieces) y, a cambio, ella debería acercarse a Ana, estudiar sus costumbres y sus gustos, hablarle bien de Alberto siempre que viniera a cuento… en suma, estudiar el terreno, como si fuera una mezcla de espía y confidente. Además, debía sacarle fotos siempre que pudiera y pasárselas a su hermano (impresas a todo color, pues si se las enviaba por Facebook o Tuenti alguien podría sospechar lo que se estaba cociendo). De este modo, y aunque Alberto todavía no se había atrevido a declararse, al menos el enamorado muchacho ya tenía las paredes de su cuarto prácticamente empapeladas con fotos de Ana a tamaño póster. Por supuesto, aquello era un secreto para todo el mundo más allá de su propia familia. Además, tenía la inmensa suerte de que sus padres, tan progres ellos, no le llamaran la atención al respecto, poniéndole como únicas condiciones para permitirle semejante decoración que siguiera llevando buenas notas y que tirara las fotos donde Ana aparecía en la piscina, luciendo bikini, porque a su madre le parecieron “machistas”.

De Alberto podemos decir que era un muchacho apuesto, aunque físicamente no demasiado fuerte, tímido, introvertido, más reflexivo que dinámico, muy inteligente y, al mismo tiempo, bastante sensible. Al igual que su hermana, tenía el pelo y los ojos oscuros, mientras que el tono de su piel era más bien pálido. No era muy alto, pero tenía el cuerpo bastante bien proporcionado, estaba bastante delgado y necesitaba gafas para leer, pues era un poco miope, pero generalmente no las llevaba puestas. Compartía las ideas progresistas y ateas de sus padres y de su hermana, pero no se las tomaba tan en serio como ellos. En el fondo, su idea básica era que cada uno puede pensar o creer en lo que quiera siempre que respete a los demás, por lo que no le gustaba discutir ni pretendía convencer a nadie. Pasaba mucho tiempo en su cuarto, estudiando, leyendo, jugando con el ordenador o, simplemente, contemplando las fotos de Ana, pero todas las tardes solía dar un largo paseo solitario por las calles de Pazos.

Precisamente fue durante uno de esos paseos cuando un viernes por la tarde, a principios de agosto, se encontró con Ana, que estaba sentada en uno de los bancos del parque infantil. Se hallaba completamente sola, tenía el rostro muy pálido y parecía triste o preocupada. Venciendo su timidez, Alberto se acercó a ella y le dijo (después de tragar saliva tres veces seguidas para ganar seguridad):

-Hola, Ana. ¿Te… pasa algo? Es que… te veo… no sé… así, como algo triste, y…

Ana le dirigió una dulce sonrisa, que no alivió, sin embargo, la sombra de tristeza que flotaba sobre sus pupilas, y le respondió:

-Muchas gracias por preocuparte, Alberto. La verdad es que sí me pasa algo, pero… no sé si debo contártelo. Supongo que no es algo fácil de entender.

Alberto no sabía qué pensar. Alentado por la expresión amistosa de Ana, osó sentarse a su lado, pero durante un largo rato no osó despegar de nuevo los labios y se limitó a estudiar el rostro de la muchacha, buscando en él las respuestas que le habían escatimado sus palabras. Al final, temiendo que el silencio acabara volviéndose demasiado incómodo para ambos, dijo:

-Puedes… puedes contarme lo que quieras, Ana… Bueno, claro, si crees que yo puedo ayudarte en algo. Ya sé que… bueno, no solemos hablar mucho y eso, pero… Los amigos de mi hermana son mis amigos, y los amigos estamos para esto, ¿no? Para escucharnos, comprendernos, ayudarnos si podemos… y si no, al menos apoyarnos. Pero si es un secreto…

Ana, que ya parecía un poco más animada, acentuó la dulzura de su sonrisa y dijo:

-Te agradezco tus buenas intenciones, de verdad, pero no sé si debo contarte… Es que… la verdad, tengo miedo de que me tomes por loca. Motivos no te iban a faltar, te lo aseguro.

-¡Bah, no te preocupes! Muchos piensan que yo también estoy mal de la cabeza porque me gusta más leer que jugar al fútbol, así que…

-Bueno, creo que llegados a este punto toca lanzarse. Pero antes de nada dime una cosa, Alberto… Bueno, supongo que tú no creerás en la religión ni en nada sobrenatural, al igual que tu hermana…

-La verdad es que no creo en Dios… aunque, por supuesto, tampoco considero que mis creencias o increencias tengan que ser verdades absolutas. Pero no entiendo qué tiene que ver…

-Tiene mucho que ver con lo que seas capaz de creer, Alberto. ¿Y si te digo que hace unos pocos minutos… he estado cerca de un demonio?

-¿Có… cómo?

-Sí, he visto un demonio, un ser maligno con forma humana.

-Pero… a ver, si tenía forma humana, ¿cómo pudiste reconocerlo?

-Es difícil explicarlo. A veces adivino cosas, como si pudiera leer las mentes y los corazones de algunas personas… no de todo el mundo, ni mucho menos, pero sí de algunas. Por ejemplo, no puedo saber lo que estás pensando de mí en estos momentos… aunque supongo que me estarás tomando por loca. Pero sí pude percibir la perversidad que se ocultaba en ella.

-¿Dijiste… en ella?

-Sí, era una mujer, una chica de unos veinticinco años, muy rubia, de piel pálida y ojos azules. No parecía de aquí, sino inglesa o norteamericana. La verdad es que era muy guapa y hasta parecía buena persona, con su rostro angelical y su mirada azul, tan pura, tan limpia... Pero el Mal que pude sentir en su interior era tan intenso que estuve a punto de marearme. ¡Y puedo asegurarte que ya me he encontrado con seres así anteriormente! Pero nunca he visto a nadie tan profundamente maligno.

-A ver, no sé si entiendo… ¿cómo fue?

-Yo estaba paseando por la calle comercial y tenía algo de prisa porque quería ir a la librería antes de que cerrase, para ver si ya tenían el último libro de Muñoz Molina (es que quiero regalárselo a mi madre por su santo… pero bueno, esto ya es desviarse del tema). Tanta prisa tenía que me despisté y me llevé por delante a una chica que salía supermercado cargada de bolsas. De hecho, le tiré todas las bolsas y estuve a punto de tirarla también a ella. Yo debía de estar roja de vergüenza y le pedí mil perdones. Ella, que no parecía nada molesta, me sonrió amablemente y me dijo que no importaba en absoluto, que eso le podía pasar a cualquiera. Hablaba con mucha educación y su español era bastante bueno, pero se le notaba cierto acento extranjero. Yo le cogí las bolsas que le había tirado, se las di… y fue entonces, al rozarle un poco la piel de la mano, cuando sentí una sensación de maldad tan enorme que durante un momento estuve cerca de desmayarme. Sentí que el mundo entero daba vueltas a mi alrededor y las piernas me temblaban tanto que tuve que sentarme en el bordillo de la acera. No puedo decir durante cuánto tiempo estuve así, pero debió de ser bastante, porque cuando me recobré ella ya había desaparecido.

-Bueno, pero… A ver, no digo que la rubia esa no pueda ser una mala persona… pero eso no significa que se trate de un ser sobrenatural. En el mundo hay mucha gente malísima que no tiene nada que ver con los demonios… Vamos, digo yo.

-Sí, pero existen diferentes tipos de maldad y la que yo percibí en aquella chica no era algo propio de este mundo. Alberto, muy a su pesar, sintió un estremecimiento al oír las últimas palabras de Ana. Tras unos segundos de muda reflexión, Alberto dijo, con una sombra de miedo en la voz que apenas se molestó en disimular:

-Y entonces, ¿no sabes adónde se fue ido la tía esa?

-No. Supongo que no vivirá en el pueblo, pues una persona así no pasaría desapercibida. Además, llevaba las bolsas muy cargadas, como suelen hacer las personas que sólo pasan por el centro de vez en cuando y que entonces aprovechan para hacer de una vez las compras de varios días. Pero claro, estas sólo son conjeturas. Bueno, además de una cosa que se le cayó con las bolsas y que ella se olvidó de recoger. Ahora está en mi bolsillo. Si quieres echarle un ojo…

Dicho esto, Ana extrajo del bolsillo de sus pantalones vaqueros una medalla de plata, sobre cuya superficie se veía la figura dragón, finamente labrada.

El dragón de plata era un objeto francamente bello, a la vez que vagamente inquietante, y no presentaba ninguna inscripción que aludiera a la identidad de su presunta dueña o a su lugar de fabricación. En cambio, sí podían verse en su dorso unos extraños signos, que desde luego no tenían nada que ver con las letras de nuestro alfabeto. A simple vista parecía un objeto antiguo y de procedencia exótica, además de bastante valioso, pero estas eran simples suposiciones, pues, a fin de cuentas, la antigüedad y el exotismo también se pueden falsificar.

Alberto, aunque no acababa de creerse aquella extraña historia de vampirismo y sensaciones maléficas, pensó que si se involucraba en el asunto podría vivir una aventura bastante interesante. Sería una buena forma de no aburrirse durante las vacaciones, además de una buena excusa para acercarse definitivamente a Ana. Por eso no dudó demasiado antes de decir:

-Si quieres que te ayude en este asunto, para mí será un placer. Bueno, la verdad es que por ahora no se me ocurre ninguna idea, pero…

Ana le dirigió la más dulce (e involuntariamente seductora) de sus sonrisas, así como una mirada de sincero cariño, y le dijo:

-No sabes cuánto te lo agradezco. Será complicado encontrar a esa chica y descubrir quién o qué es realmente, por lo que tu ayuda me resultará muy útil. Pero primero hay que sacar de esta medalla toda la información que pueda darnos… y para eso creo que conozco a la persona adecuada. ¿Podríamos quedar el domingo sobre la una de la tarde, junto a la iglesia parroquial?


(extracto del diario de Ana Vázquez)

Desde luego no sé qué tiene este lugar, que funciona como un imán para los seres extraños. Puede ser cosa del azar (o del Destino, según se mire), o quizás tenga algo que ver con lo que dicen algunos historiadores, eso de que en tiempos antiguos este valle era una tierra sagrada y que en sus bosques se celebraban ritos misteriosos antes de que llegaran los romanos. En fin, dejemos en paz a los romanos y centrémonos en lo importante.

¡Ay, Rui, si tú estuvieras aquí todo esto sería mucho más fácil! Alberto (el hermano de mi amiga Bea, ya sabes, la “política”) se ha ofrecido a ayudarme con toda la buena voluntad del mundo. Yo le dije que sí sin pensármelo demasiado, porque la verdad es que en aquel momento necesitaba sentirme apoyada por alguien, y ahora estoy algo arrepentida. Si mis intuiciones son ciertas (y mucho me temo que lo son) este no es sólo un asunto extraño, sino también un asunto peligroso. Desde luego, ante la menor señal de amenaza tengo que dejarlo fuera del asunto, pues no quiero que corra el menor riesgo por mi culpa. ¡Ay, si le pasara algo nunca podría perdonármelo! Ya es bastante duro que tú hayas dado la vida por mi culpa para tener que echarme algo así sobre mi conciencia. ¡Pero es que me siento tan indefensa, tan débil... tan sola! Si le contara algo de esto a mamá le daría un patatús, y la pobre ya sufrió demasiado en Costa Rica, así que no voy a decirle nada. Supongo que hago mal, pero la alternativa podría ser mucho peor. Lo cierto es que a veces casi echo de menos al lobo. Si siguiera siendo lo que fui en el pasado esto sería pan comido.

Para encontrar a la desconocida sólo tendría que olfatear la medalla y seguir su rastro hasta localizarla. Y luego supongo que la degollaría de un mordisco... con lo cual demostraría no ser mucho mejor que ella misma. Pero no tengo derecho ni a pensar en esto. Tú te sacrificaste para salvarme del lobo y sería un insulto a tu memoria echar de menos el cautiverio que él me había impuesto. Además, prefiero luchar contra un monstruo como un simple ser humano a correr el riesgo de convertirme yo también en un monstruo. Volviendo a Alberto, hoy le he contado una pequeña mentira. No me refiero a nada relacionado con la historia de la rubia misteriosa y del dragón de plata, sino a cuando le dije que no podía leerle la mente. ¡Si para mí es como un libro abierto! Gracias a eso, sé que es muy buen tío, que, aunque no se cree del todo mi historia, está dispuesto a todo por ayudarme y que en el fondo siempre ha deseado vivir una aventura emocionante, como las que se cuentan en las novelas. Además sé que está perdidamente enamorado de alguien, aunque ignoro de quién exactamente. Sea quien sea, debe de ser una chica muy afortunada, porque realmente Alberto es alguien que merece mucho la pena. No sé quién será, pero desde luego ya le tengo envidia.

(Extracto del diario de Ana Vázquez, dos días después)

¡Jolín, Rui,si supieras qué susto me llevé esta mañana, cuando vi que Alberto acudía a nuestra cita acompañado por Bea! Él me había prometido no contarle nada a nadie sobre este asunto, pero parece que, siendo Bea su hermana y mi mejor amiga, consideró que su promesa no iba con ella. No es que a mí me moleste demasiado que Bea se meta en el asunto, pero es que precisamente mi intención era hablar con Manolo cuando acabara la misa de la mañana, para enseñarle la medalla y preguntarle si reconocía los caracteres de la medalla (él estudió lenguas semitas y creo que entiende bastante de paleografía). Y ya sabes que entre Manolo y Bea no hay precisamente buen rollito, por eso de las diferencias ideológicas. Ella, por lo demás, está bastante entusiasmada con el asunto de la medalla de plata (por supuesto no cree en nada, pero le van bastante los misterios) y me confesó que no quería perderse ningún detalle de nuestra investigación (sí, dijo “nuestra” y no “vuestra”: toda una declaración de intenciones). Claro que no le hizo ninguna gracia saber que íbamos a hablar con el cura, pero el mal ya estaba hecho y, aunque le hice alguna insinuación sobre el frío que hacía dentro de la iglesia incluso en pleno verano, mientras que fuera se estaba de maravilla, o no la entendió o no quiso entenderla.

Abordamos a Manolo cuando este se estaba quitando sus ropas de misa y lo encontramos de bastante buen humor (quizás porque ayer el Barça, su equipo de toda la vida, había goleado al Madrid en la ida de la supercopa). Si le molestó la presencia de la atea número uno del instituto (que aquella mañana pisaba una iglesia por primera vez desde… bueno, quizás por primera vez en su vida), lo disimuló a las mil maravillas y nos recibió a los tres con la mejor de sus sonrisas. Como él ya sabe que yo soy una persona “especial” (o sea, rara) y que me meto a menudo en asuntos extraños, apenas le sorprendió la historia que le conté. Aunque, eso sí, me guardé mis sospechas sobre la dueña de la medalla, pues, aunque él cree firmemente en lo sobrenatural, no suele tomarse en serio las historias de demonios y hombres-lobo.

Tras examinar la joya durante un buen rato, dijo, empleando esta vez un tono bastante más serio que al principio: -Desde luego los signos que hay en el dorso pertenecen al alfabeto hebreo y, si no me falla la memoria, aluden a Asmodeo, uno de los demonios más mencionados en las tradiciones judías. Se dice que representa a la lujuria y que es capaz de mantener relaciones con las mujeres mortales, como los íncubos y súcubos de las leyendas medievales. Si esta joya no es una falsificación, yo diría que es un objeto maligno, relacionado con la brujería o con la magia negra. Mi consejo es que se lo entreguéis a la policía y que os olvidéis del asunto para siempre, pues estas cosas pueden resultar muy peligrosas.

Entonces Bea (que, si no decía algo para picar a Manolo, reventaba) lo interrumpió con cierta brusquedad:

-Perdone, pero no creo que el satanismo sea la más peligrosa de las religiones. En la época de las brujas, no eran ellas precisamente quienes mataban o torturaban a personas inocentes para aterrorizar al Pueblo, sino que quienes hacían esas cosas eran precisamente los inquisidores encargados de darles caza.

Manolo, que parecía más interesado por la medalla que por las palabras de Bea, apenas le prestó atención y se limitó a decir: -Para mí, eso también fue satanismo. Si Torquemada, el gran perseguidor de judíos, tenía sangre semita en las venas, ¿por qué no pensar que operaba alguna influencia diabólica, consciente o inconsciente, sobre aquellos criminales con sotana que dirigían la caza de brujas?

-Resulta muy fácil eso de echarle la culpa de todo lo malo al Diablo. Pero si, según ustedes, su Dios es todopoderoso, ¿por qué no acaba con el Diablo y con el Mal de una vez por todas?

-La Biblia nos enseña que para Dios todo es posible, no que todo le resulte fácil. Él pudo crear el mundo, pero luego tuvo que descansar. Él pudo redimir a la Humanidad, pero eso le costó los tormentos de la crucifixión. Al final Dios siempre gana, pero hasta para Él la victoria tiene un precio. Y el Diablo no es un pequeño adversario: según la tradición, antes de la Caída era el más bello (y seguramente también el más poderoso) de los ángeles. Quizás era tan poderoso que para ser omnipotente no le faltaba nada, simplemente le sobraba el que Dios fuese algo más omnipotente que él. En las imágenes sagradas se ve a San Miguel aplastando al Dragón Infernal, pero ese sólo fue el final de la lucha. Antes de eso, es muy posible que fuera Satán el que estuviera a punto de aplastar a San Miguel. Y si en el último momento el arcángel obtuvo la victoria, eso no se debió tanto a su fuerza como a su valor, pues, a pesar de todo el sufrimiento que pudieran infligirle las huestes del Maligno, jamás dejó de luchar ni de tener esperanza. El verdadero Ángel de la Luz no es el que gana siempre, sino el que nunca se rinde.

Bea no dijo nada más. Aquella peculiar perspectiva de Manolo sobre la Guerra del Cielo nos había sorprendido a todos, ateos y creyentes. Y entonces yo me acordé de ti, Rui, y también me acordé de mi querido Son Goku (¿qué quieres? una no deja de ser una cría de la noche a la mañana). Superman siempre aplasta a sus enemigos sin despeinarse el tupé, gracias a sus superpoderes infinitos. En cambio, durante las interminables batallas de Dragon Ball Son Goku sufre, sangra y lleva las de perder durante veinte o más capítulos seguidos, hasta que en el último episodio de la saga, y sólo entonces, consigue vencer a su adversario. Y eso no porque sea realmente el más fuerte, ni siquiera porque sea el “bueno” de la serie, sino simplemente porque nunca se rinde y conserva la esperanza incluso cuando todo parece perdido. Quizás ese sea el secreto de la vida y el único punto débil de las fuerzas del Mal. Por mucho que te machaquen nunca podrán conseguir que dejes de soñar.

Yo estaba pensando en eso cuando Manolo cambió de tema y dijo:

-Pero si queréis seguir investigando, puedo deciros el nombre y la dirección de alguien que sabe de estas cosas mucho más que yo. Y, además, es mucho más guapo que yo.


(continúa el diario de Ana Vázquez)

Por suerte, el experto en objetos extraños que nos recomendó Manolo no vivía demasiado lejos de la parroquia. Se trataba de un estudiante de Historia del Arte que normalmente vive en Santiago, donde está haciendo la carrera, pero que suele pasar los veranos en su casa familiar, situada en la zona vieja de Pazos. Según nos dijo Manolo, y pudimos comprobar después, Ricardo Moriñigo, pese a tener poco más de veinte años, ya es una verdadera eminencia en reliquias arqueológicas y símbolos esotéricos. Su padre, el difunto profesor Fernado Moriñigo, llegó a ser uno de los investigadores más célebres de nuestro país, además de uno de los profesores más eminentes de la USC. Al morir prematuramente a causa de una enfermedad contraída durante su última visita a la India, legó a su familia una importante cantidad de estudios, muchos de los cuales todavía permanecen inéditos, así como una valiosa colección de reliquias, halladas en zonas tan distantes como Irlanda o Guatemala. Desde la muerte de su padre, Ricardo pasa las vacaciones en su casa de Pazos, donde vive con su madre y con una hermana menor que aún va al colegio (de hecho, es alumna de mi madre), aunque a veces abandona el país para visitar lugares lejanos, donde realiza investigaciones arqueológicas por su cuenta, empleando los manuscritos de su padre como guía.

Manolo, que es bastante amigo de su familia, lo había avisado mediante un SMS de que íbamos a ir a verlo, así que cuando llegamos a su casa él ya nos estaba esperando. Tal como nos había dicho el cura, es un chico muy guapo, que parece sacado de una película de aventuras americana, algo así como una versión juvenil de Indiana Jones. Yo estaba demasiado preocupada por el asunto del dragón de plata para prestarle especial atención a su físico, pero Bea se quedó prendada de él al instante. Hay que decir que, además de guapo e inteligente, Ricardo también parece una persona bastante amable y simpática. Y, aunque no pude percibir nada relevante en su mente, me dio la impresión de ser un buen tío. Espero que sea tan estudioso como dice Manolo y que, por tanto, aún no haya tenido tiempo de buscarse una novia en Santiago, porque de lo contrario sé de alguien que va a coger una depresión como un castillo.

Ricardo nos invitó a entrar en su estudio y nos ofreció unos refrescos, que preferimos rechazar. La verdad es que yo me hubiera tomado con gusto una Coca-Cola, pero eso hubiera retrasado lo importante y la paciencia no ha sido nunca una de mis virtudes. Una vez que nos hubimos sentado en torno a la mesa del estudio, yo saqué la medalla del bolsillo, se la puse delante de los ojos y pude ver cómo palidecía bruscamente después de reconocer la imagen del dragón. Incluso vi cómo le temblaban los labios y hasta llegué a pensar que iba a desmayarse. Pero no tardó demasiado en reponerse y, tras tragar saliva un par de veces, nos dijo, en un tono muy serio e incluso algo agresivo:

-Conozco demasiado bien estas cosas. No hace mucho que tuve en mis manos una que, si no era la misma, sería otra de la misma clase. Lamentaría que me interpretarais mal, pero debéis saber que si ahora mismo os marcharais de aquí sin hacer más preguntas, dejarais ese objeto en manos de las autoridades y os olvidarais del asunto para siempre… realmente, eso sería lo más aconsejable.

Alberto y Bea se miraron con ojos dubitativos (especialmente la segunda, que, pese a su escepticismo, estaba empezando a asustarse con tantas admoniciones). Pero yo ya me he metido en asuntos más serios y no podía dejar las cosas a medias, especialmente si eso podía traer consecuencias nefastas para los niños de la zona. Por supuesto, mis amigos no tenían por qué correr riesgos por mi culpa, pero yo, que debía mi vida a un sacrificio, no tenía derecho a sentir miedo ante ninguna amenaza. Así pues, le dije a Ricardo:

-Por favor, cuéntanos lo que sabes. Te aseguro que no pienso correr ningún riesgo innecesario (hablé en singular, pues ya daba por perdidos a mis compañeros, quienes, a su vez, no parecieron reparar en este detalle).


Ricardo titubeó un poco y dijo:

-“Bueno, supongo que no os haré ningún daño contándoos mi historia. Aunque familiarizado desde la infancia con el esoterismo y las viejas leyendas, nunca había creído realmente en lo sobrenatural hasta que, hace aproximadamente un año, me fui a Jordania con unos amigos de la facultad. La idea era aprovechar las vacaciones para visitar a uno de nuestros profesores, el catedrático Seoane, que estaba realizando excavaciones en el norte del país, y colaborar en la medida de lo posible para hallar nuevos yacimientos arqueológicos. En el hotel donde nos alojamos conocimos casualmente a una joven y bella estudiante norteamericana, llamada Danielle Lee, con la cual no tardamos en hacer buenas migas, pues era una chica bastante simpática. Sin embargo, y según nos contó ella misma cuando hubimos llegado a cierto grado de intimidad, su vida había sido bastante truculenta: su padre había muerto antes de su nacimiento en un accidente de coche, siendo una niña un perturbado mental había estado a punto de asesinarla y, apenas llegada a la adolescencia, había perdido a su madre y a su padrastro, un tal Duvalier, ambos asesinados en extrañas circunstancias. Luego había vivido con unos tíos hasta alcanzar la mayoría de edad y heredar los bienes de sus padres, que, al parecer, no eran nada despreciables. Finalmente, había abandonado a sus tíos, que la acusaban absurdamente de haber causado la muerte de una prima suya, pese a que se había demostrado que esta había sido un fatal accidente. Realmente, nadie que conociera un poco a Danielle (o Danny, como le gustaba que la llamasen) podría acusarla de estar involucrada en hechos luctuosos, como mucho cabría pensar que era “gafe”. En cuanto a lo que podría pensar alguien que la conociera bastante bien… bueno, eso sería difícil decirlo porque en el hotel no había nadie que se hallara en esa situación. Yo creo que todos, incluso el profesor Soeane, estábamos un poco enamorados de ella, aunque durante las semanas que compartimos nadie llegó a conocerla íntimamente. De hecho, los jóvenes americanos que la acompañaban, en su mayoría compañeros suyos de la universidad, tampoco la conocían demasiado bien, aunque nadie pensaba que pudiera ser una mala persona.

Las cosas se complicaron cuando los hombres de Seoane encontraron una especie de amuleto plateado mientras examinaban las ruinas de una ciudad de la época alejandrina. Se trataba de un objeto idéntico al que me habéis mostrado, si no el mismo. Nadie sabía muy bien cuál podría ser su significado, aunque supusimos que podría tratarse de un amuleto contra los malos espíritus o algo así. Sin embargo, la siniestra imagen del dragón sugería una intención maligna que no encajaba demasiado bien con dicha teoría.

Tras dedicarle un somero examen, Seoane mandó limpiarlo y guardarlo en el almacén donde se hallaban las reliquias más valiosas, bajo la custodia de un guardia armado. Aquella misma noche, mientras cenábamos todos juntos en el comedor del hotel, uno de mis compañeros, un chico que se llamaba Marcos, introdujo en la conversación el tema del hallazgo misterioso, cuyas características describió con bastante exactitud. Su descripción llamó la atención de Danielle, quien escuchó sus palabras con sumo interés y luego expuso su propia teoría sobre el dragón de plata. Según sus propias palabras, ella ya había oído hablar de tales objetos, que antiguamente eran utilizados por una secta de hechiceros para invocar impunemente a los más terribles habitantes del Infierno. Quien llevara consigo el distintivo del dragón de plata sería reconocido por los espíritus malignos como un miembro de la secta y no sería atacado al realizar sus conjuros. Dicho esto, Danielle se calló y se negó a especificar de dónde había extraído esa información, diciendo únicamente que lo había leído en un viejo libro cuyo título y autor no podía recordar. Poco después nos retiramos a nuestras habitaciones y nos acostamos.

Pero un grito desgarrador nos despertó a todos en el momento más oscuro de la noche. Aquel grito procedía del almacén donde se hallaba el dragón de plata y pronto nos congregamos allí todos los que pernoctábamos en el hotel, con la única excepción de Danielle, a la cual nadie había visto últimamente. El guardia del almacén había sido asesinado mediante una cuchillada en la espalda y el arma utilizada había sido uno de los cuchillos que formaban parte de la cubertería del hotel, probablemente uno de los que habíamos utilizado durante la cena. Todo parecía indicar que el asesino tenía que ser algún cliente del hotel, pues, dejando aparte la naturaleza del arma, el guardia había sido asesinado a traición y cuando se hallaba totalmente desprevenido, cosa que no habría ocurrido de haberse encontrado con un extraño. En cuanto a las reliquias del almacén, todas seguían en su sitio salvo el dragón de plata, que había sido robado forzando la vitrina donde había sido depositado.

Lo cierto es que no volvimos a saber de Danielle ni a tener la menor noticia sobre su paradero. Parecía imposible que ella hubiera sido la asesina, pero todas las evidencias parecían apuntar en esa dirección. Se organizó una expedición para rastrear los alrededores en su busca, pero una fuerte tormenta de arena retrasó durante varias horas su partida y eliminó todas las posibles pistas, de modo que no se pudo hallar ni rastro de la desaparecida.”

Ricardo terminó su relato y nos mostró una foto que guardaba en su móvil, donde aparecía la tal Danielle. Desde luego, era la misma chica con la que había chocado el viernes. Supongo que en aquel momento todos estábamos bastante pálidos, pues la cosa no era para menos. De hecho, la incrédula y audaz Bea era la que parecía más asustada. Sin duda les costaba menos aceptar la existencia del Diablo que la de Dios, actitud esta que, por otra parte, resulta fácil de comprender teniendo en cuenta cómo es el mundo en el que vivimos. Alberto también parecía algo nervioso, pero no tanto como su hermana. Y yo misma, pese a que a estas alturas ya debería estar curada de espantos, no pude evitar un estremecimiento al recordar que apenas dos días antes había estado a escasos centímetros de aquella mujer tan terrible y enigmática. Tras un rato de silencio, Bea no pudo contenerse y dijo, con la voz algo trémula y sin disimular su angustia:

-Ricardo tiene razón, no debemos seguir con esto. Ana, deberías llevar el dragón a la comisaría y que se arreglen allí con él. Además, si ella es sospechosa de asesinato, deberíamos denunciarla para que la busque la Guardia Civil.


Ricardo habló de nuevo:

-No creo que la Guardia Civil pueda hacer nada contra un ser semejante. En cuanto a lo de dejar el dragón en manos de la policía, admito que fui yo quien lo propuso, pero, pensándolo mejor, ya no estoy seguro de que sea suficiente para conjurar el peligro que puede amenazarnos. Ella ha visto a Ana, sospechará sin duda que tiene el dragón… y probablemente la buscará para recuperarlo, si es que no la está buscando ya. Y, si no me equivoco, después también buscará a todas las personas que tengan relación con ella y que puedan conocer su secreto. Estoy empezando a pensar que lo mejor sería que fuésemos nosotros los que la buscáramos a ella para cogerla desprevenida y hacer lo que sea necesario para detenerla.

Bea palideció aún más. Parecía a punto de desmayarse de puro miedo, pero se atrevió a preguntarle a Ricardo:

-¿Y en ese caso… tú vendrías con nosotros?

-¡Por supuesto! Sólo faltaría que os dejara solos en esto, como un vulgar cobarde.

Yo, pese a estar bastante preocupada, no pude contener una sonrisa y un intercambio de miradas con Alberto cuando mi amiga, tras oír las palabras de Ricardo, recuperó rápidamente los colores del rostro, como si la posibilidad de compartir una peligrosa aventura con aquel atractivo universitario fuera un remedio infalible contra el miedo, y dijo a su vez, irradiando seguridad:

-¡Pues entonces que se prepare! A fin de cuentas, sin el dragón no podrá hacer gran cosa, ¿verdad?

Entonces fue Alberto el que intervino, en plan aguafiestas:

-Ya, hasta ahora sin él lo único que ha hecho ha sido matar a unas cuantas personas, empezando por su propia familia y terminando por aquel pobre guardia.

Pero Bea, que parecía estar bajo los efectos de un repentino subidón con el que intentase compensar su flaqueza anterior, no se amilanó y dijo:

-Esa gente estaba desprevenida, pero nosotros ya sabemos, más o menos, a lo que nos enfrentamos. Y, por muy mala que sea, tampoco debe de ser muy lista. Si tan valioso es el dragón de plata para ella, debió haber tenido más cuidado para no perderlo. Mi medalla de wu-shu no vale tanto, pero yo siempre sabría conservarla, pasara lo que pasara.

Entonces intervine yo:

-Bueno, pero ahora el caso es dónde encontrarla. Suponemos que debe de vivir fuera del núcleo urbano, pero ni siquiera eso es seguro. Ricardo tomó la palabra nuevamente para decir:

-Ahí quizás pueda ayudaros de nuevo. No creo que esté aquí, tan lejos de su país, por casualidad. Cerca de Pazos, a no más de diez minutos en coche si coges la comarcal de Verín, se encuentra el Monte do Demo (Monte del Demonio, en castellano), que ha sido siempre un lugar de muy mala fama en las tradiciones de la comarca. Siempre se ha dicho que en los espesos y tenebrosos pinares que cubren su ladera occidental se celebraban aquelarres de brujas durante la Edad Media, e incluso en tiempos más recientes. Por otra parte, en su cumbre se han hallado recientemente restos de la época romana, incluyendo epigramas votivos dedicados a los faunos, dioses de los bosques que los primeros cristianos solían identificar con los íncubos. Y mañana por la noche la luna entra en su fase menguante, que es cuando solían celebrarse los aquelarres de brujas y las misas negras en honor del Maligno. Creo que si entonces nos damos una vuelta por ese sitio, podremos encontrar a nuestra amiga y darle una sorpresa que no le resultará demasiado agradable. Y acordaos de llevar el dragón, pues si las cosas se ponen feas quizás lo necesitemos para negociar.

Desde luego un paseo por un bosque embrujado en plena noche no me parecía el más alentador de los planes, pero ni a mí ni a ninguno de mis amigos se nos ocurrió nada mejor, así que nos pusimos de acuerdo para quedar los cuatro mañana a las diez en la plaza del ayuntamiento. Luego Ricardo nos llevaría en su coche a la falda del monte y luego seguiríamos a pie por el sendero que atravesaba los bosques de la ladera. Habría que ir bien provistos de linternas y de valor, además de contarles buenas bolas a nuestros padres, pero siendo cuatro contra una y teniendo el dragón de plata en nuestro poder contábamos con bastante ventaja, o al menos eso creíamos (fin de la narración de Ana Vázquez).


Sería muy complicado, además de poco relevante, explicar lo que les contaron Alberto y Bea a sus padres para que les permitieran pasar la noche del lunes fuera de casa. En cuanto a Ana, que era capaz de ocultarle cosas a su madre, pero no de mentirle descaradamente, fue más expeditiva: simplemente se marchó de casa sin decirle nada, dejándole una nota más bien breve en la cocina. Además, se dejó el móvil encima de la nota, para disuadir a su progenitora de malgastar el dinero haciéndole llamadas inoportunas. Aunque las noches estivales son largas, ya era noche cerrada cuando los cuatro amigos llegaron a la falda del Monte do Demo. Además una borrasca poco frecuente en aquella época del año había encapotado los cielos durante las últimas horas de la tarde, por lo cual el ambiente era bastante lóbrego e incluso hacía un poco de frío.

Cuando dejaron el coche y se internaron en los viejos bosques que cubrían las laderas del monte sintieron que se sumergían en un reino de tinieblas que seguramente resultaba oscuro y amenazador incluso en pleno día. Sólo las linternas que se habían acordado de traer les permitían avanzar por aquella angosta pista de tierra, mal cuidada y en algunos trechos bastante resbaladiza, debido a la perenne humedad de la espesa capa musgosa que cubría las piedras. Durante varios minutos avanzaron en silencio (al bajar del coche habían acordado no hablar en absoluto si no era indispensable y aun entonces hacerlo mediante susurros), adentrándose cada vez más en aquel siniestro reino de pinos y helechos, donde sólo se oían el silbido de la brisa nocturna y el canto melancólico de alguna solitaria ave nocturna. Cuando ya llevaban un buen rato de caminata, Ricardo, que iba de primero, se paró en seco y giró la cabeza para decirles a sus acompañantes en voz baja:

-He dejado el mapa del bosque en el coche y me temo que vamos a necesitarlo, pues este camino se bifurca a pocos metros de aquí. Esperadme en este mismo sitio, que voy a ir por él. Supongo que no tardaré mucho, pero pase lo que pase procurad no moveros de aquí, ¿vale?

Los demás asintieron y observaron en silencio cómo Ricardo desaparecía en la noche, caminando a buen paso pero sin hacer demasiado ruido. Durante algún tiempo Ana, Alberto y Bea se limitaron a esperar su retorno sin decir ni mu, cada uno de ellos embebido en sus propios pensamientos y todos esforzándose por dominar el miedo que les inspiraba el bosque misterioso y ancestral que los rodeaba por los cuatro costados. Incluso Ana, con mucho la más experimentada de los tres en aquellos lances, sentía que la sombra del miedo oscurecía cada vez más su imaginación. En otros tiempos, aún no demasiado lejanos, ella se había enfrentado con valor a situaciones igualmente peligrosas, conocía bien los bosques de la zona y no ignoraba lo que se siente cuando la muerte nos ronda de cerca, pero aquel lugar le sugería una nueva forma de temor que hasta entonces nunca había sentido, ni aun en aquella siniestra selva de Costa Rica donde su amigo Rui había encontrado la muerte. Porque aquella selva, aunque indeciblemente oscura y peligrosa, al menos se hallaba bajo la jurisdicción de los espíritus ancestrales que rigen la Naturaleza indómita, los misteriosos Señores de la Vida y de la Muerte que el hombre ha adorado y temido desde al alba de los tiempos. Pero aquel bosque maldito no pertenecía a los dioses de la Naturaleza, sino a otras divinidades aún más oscuras y terribles que acechaban desde la eterna noche del Inframundo.

Pasó bastante tiempo antes de que Alberto se atreviera a sugerir, venciendo su miedo y su timidez habitual, que Ricardo estaba tardando demasiado. Nadie realizó el menor comentario, ni tampoco hacía falta, pues había dicho lo que todos estaban pensando. Si no habían tardado más de diez minutos en llegar a aquel lugar, y ya había pasado casi media hora desde que Ricardo se despidiera de ellos para dirigirse hacia el coche, era evidente que no salían las cuentas. Bea, que si bien hasta entonces no se había atrevido a verbalizar su angustia, era la que más preocupada se sentía por la suerte que hubiera podido correr el joven arqueólogo. Dijo:

-Si me esperáis aquí, yo puedo ir a buscarlo. Tengo buenas piernas (esto era completamente cierto) y no me da miedo ir sola (esto ya no lo era tanto).

Ana y Alberto contestaron lo mismo y casi simultáneamente:

-Ni hablar, no podemos volver a separarnos.

Bea les dio la razón, pero preguntó a su vez:

-¿Y, entonces, qué hacemos, seguimos esperando, subimos o vamos los tres en su busca?

La tercera opción era la más razonable y nadie se opuso a dar media vuelta de inmediato y volver al coche todos juntos. Esta vez era Bea quien iba en cabeza, mientras que Alberto y Ana iban casi a la par, un tanto retrasados, él porque, no siendo un buen deportista, empezaba a sentirse cansado y ella porque cada vez parecía más sumida en sus pensamientos. Hubo un momento en el que la distancia entre Bea y los demás aumentó tanto que estos llegaron a perderla de vista. Y tampoco oían sus pasos. Algo preocupados, aceleraron la marcha, pero ya era demasiado tarde y no pudieron alcanzarla. Pronto se vieron obligados a aceptar que a Bea también le había sucedido algo, pues no podía haberles sacado tanta ventaja en tan poco tiempo. Alberto, aterrorizado por la desaparición de su hermana, se olvidó de toda prudencia y se puso a llamarla a gritos. Pero sólo el viento que movía los pinos le dedicó su inútil respuesta. Ana, que aún conservaba un poco de sangre fría, le dijo:

-Es inútil que sigas gritando, si ella pudiera volver ya lo habría hecho.

-¿Y qué podemos hacer, entonces? ¡Por favor, piensa algo, se trata de mi hermana!

-Lo único que podemos hacer es seguir hasta el coche. Allí supongo que estaremos seguros y podremos pensar más fríamente lo que debemos hacer. Y ten tu móvil preparado, porque seguramente tendremos que pedir ayuda antes o después (Ana empezaba a arrepentirse de no haber traído el suyo).

Alberto dijo algo inaudible entre dientes y siguió avanzando hacia la carretera, cada vez más rápido, hasta el punto de que Ana, que generalmente era bastante más veloz que él, tuvo que hacer un esfuerzo para poder seguir su ritmo. En un meandro del camino lo perdió de vista durante un instante… y luego vio que el muchacho también había desaparecido. Ana no se molestó en llamarlo, pues sabía que era inútil. Se había quedado completamente sola.

Sin embargo, la misma conciencia de su soledad aumentó su coraje de una forma que la sorprendió a ella misma, como si una chispa del viejo espíritu ancestral que en otros tiempos había poseído su cuerpo estuviera calentando sus venas. Aunque no cambió de forma ni se enturbió la claridad de sus pensamientos humanos, sintió que una parte de ella volvía a ser un lobo salvaje, que ya no temía a la oscuridad porque formaba parte de ella. Durante un instante su razón vaciló, temiendo que la maldición de Louis Brown estuviera intentando apoderarse nuevamente de su ser, pero entonces tuvo una especie de intuición que llenó su alma de una extraña serenidad. No se trataba de la maldición, era el espíritu de Rui el que había entrado en ella para ayudarla a enfrentarse a la oscuridad que la cercaba. Ana no pudo contener una sonrisa y dijo en voz baja:

-Sé que tú estás conmigo, como en los viejos tiempos. ¡Pues que se preparen!

Apenas había acabado de pronunciar la última palabra cuando el peligro emergió súbitamente de la maleza que bordeaba el camino. Rápido como el viento y silencioso como el ataque de una cobra, el enemigo se abalanzó sobre ella. Y ella esquivó su ataque con un movimiento más propio de un animal salvaje que de un ser humano.Él se sintió desconcertado. Atrapar a Bea, que era una chica atlética y una buena artista marcial, había resultado sumamente fácil. En cambio, aquella otra mocosa parecía que iba a ser una presa bastante más difícil. Pero el desconcierto no paralizó sus movimientos ni un solo segundo y volvió a la carga, esta vez con más fuerza y rabia que antes. Esta vez sus garras de acero estuvieron a punto de rajar la blanca garganta de Ana, pero esta lo esquivó de nuevo y el atacante acabó perdiendo el equilibrio por culpa de su propio ímpetu. Cayó pesadamente al suelo y, cuando pudo erguirse, Ana se había desvanecido en la oscuridad. Su linterna se hallaba sobre el suelo, iluminando inútilmente las piedras del camino, pero ni la menor agitación de los arbustos delataba su escondrijo. Su misterioso enemigo la estuvo buscando durante un tiempo, pero no pudo hallar ni rastro de ella. Los demás habían desaparecido porque él los había atrapado sin darles tiempo para pedir ayuda ni oponer la menor resistencia, pero Ana parecía haberse disuelto entre las tinieblas de la noche. Cansado de buscar, el enemigo decidió que sería mejor irse de allí cuanto antes. A fin de cuentas, Ana no podría llegar muy lejos sin su linterna en aquel bosque tan oscuro, donde no resultaba difícil dar un paso en falso y partirse el cuello. Además, él mismo le había oído decir que no llevaba móvil, por lo que tampoco podría pedir ayuda a la Guardia Civil ni a nadie. Aun si conseguía llegar al coche, no le serviría de nada, pues no tenía las llaves ni sabía conducir. Por otra parte, era muy raro que alguien pasara por allí en plena noche. En todo caso, Danielle sabría qué hacer con ella.

El enemigo se encaminó hacia su destino, siempre silencioso como un felino al acecho. Cuando llegó al claro del bosque donde lo aguardaba su compañera, se quitó la máscara, que imitaba las facciones diabólicas tradicionalmente atribuidas a los faunos, y también los guantes de cuero, armados con cuchillas de metal semejantes a garras. Una vez despojado de su máscara y de sus garras, Ricardo Moriñigo suspiró profundamente y le dijo a su rubia amiga, la señorita Danielle Lee:

-No pude coger a la otra chica. Esa zorra es más rápida y lista de lo que parece.

Danielle lo miró contrariada durante un instante y a Ricardo no le gustó nada el destello de rabia que creyó distinguir en sus pupilas azules bajo la tenue luz de la luna. Pero luego la rubia muchacha sonrió y dijo, con voz serena, casi dulce:

-No importa. Mientras tengamos a sus amigos ella no se alejará del bosque. Es por eso por lo que te dije que convenía mantenerlos con vida… hasta que llegue el momento del sacrificio. ¿Verdad que es bonita la vida cuando se acerca su fin, queridos?

Alberto y Bea, que estaban atados al grueso tronco de un viejo roble y tenían los labios sellados por sendas mordazas, gimieron asustados, pues sabían que no podían aguardar la menor compasión de sus raptores. Bea apenas había podido contener las lágrimas cuando descubrió que su admirado Ricardo había sido desde el principio cómplice de la diabólica Danielle, pero en aquellos momentos era el miedo a la muerte, y no el despecho por su traición, lo que humedecía sus ojos y desdibujaba el color de sus mejillas.

Danielle les dirigió una mirada irónica, que combinaba la crueldad con una sarcástica parodia de la dulzura femenina, y les dijo con un tono hipócritamente meloso:

-Tranquilos, lo vuestro será rápido, sólo queremos vuestra sangre… y antes de eso quizás un poco de actividad carnal. Es a Ana a quien queremos hacer sufrir.

-Pues en ese caso… ¡podéis empezar cuando queráis, porque estoy aquí!

Ricardo y Danielle se volvieron sorprendidos al punto de donde habían surgido esas palabras desafiantes. Ana estaba allí mismo, donde segundos antes sólo había unos arbustos azotados por el viento, y los contemplaba impávida. Su mano derecha sostenía firmemente un objeto plateado que todos los presentes creyeron reconocer. Y a su lado se abría una oscura sima de profundidad incierta. Ana no les dio tiempo para decir nada y retomó la palabra, sin que su voz reflejase la menor sombra de temor, sino únicamente indignación y valentía:

-Escuchadme, sé lo que este maldito objeto significa para vosotros. Tú, Danielle, lo dejaste caer el otro día para tenderme una trampa, casi desde el primer momento sospeché que nuestro encuentro no había sido casual… pero seguro que tampoco pretendías perderlo para siempre, ¿verdad? ¡Pues eso será lo que pasará si no sueltas a mis amigos! Esta sima es demasiado profunda incluso para una bruja como tú y estoy dispuesta a tirarlo si no los liberáis ahora mismo.

Tras unos instantes de inmovilidad y silencio, Ricardo hizo ademán de lanzarse sobre Ana, pero Danielle, que había captado su amenaza, lo contuvo con un gesto imperioso y habló, aparentemente tranquila y dirigiéndose a Ana:

-¿Por qué empezaste a sospechar de que todo esto era una trampa?

-Tal como dijo Bea, no era verosímil que un ser tan astuto como tú fuera a perder su tesoro así como así. Sabías que yo iba a coger el dragón de plata y que yo misma haría lo necesario para encontrarte en el lugar que a ti te conviniera. Me habías seleccionada para matarme desde antes de que te viera por primera vez. O tal vez me seleccionaron los dioses del Infierno, probablemente para vengar alguna vieja afrenta. Supongo que algunos de ellos, como Kali, diosa de la Muerte, no sienten demasiado cariño por mí. Que me habías tendido una trampa lo tuve bastante claro desde el principio, pero sólo podía caer en ella o dejar pasar el tiempo sin hacer nada, por lo que decidí confiar en mí misma y elegir la primera opción. En cuanto a Ricardo, no puedo decir que sospechara de él desde el primer momento, pero sí que siempre hubo en él y en su historia algo que no me encajaba del todo.

Esta vez fue Ricardo quien habló, sorprendido e iracundo:

-¿Qué coño quieres decir con eso, pequeña zorra?

-No me pareció muy lógica tu vacilación sobre lo que debíamos hacer con el dichoso dragón de plata. Al principio, para no despertar sospechas, nos recomendaste hacer lo más sensato, lo que casi todo el mundo habría hecho en nuestro lugar, es decir, poner la joya en manos de la policía. Y luego, amenazándonos con la posibilidad de que tu amiga fuera por nosotros, nos convenciste para hacer lo que, en realidad, significaba meterse en la boca del lobo. ¿Por qué ella habría de molestarse en buscarme a mí, a una entera desconocida, y no acudir a la policía para preguntar si alguien les había entregado algo de su propiedad, que es lo primero que haría cualquiera que hubiera perdido en la calle un objeto de valor? ¿Qué peligro corría si seguía los cauces normales, quién hubiera podido relacionarlas a ella y a esta joya con un crimen cometido a miles de kilómetros de distancia? Pero tú nos convenciste para que conserváramos el dragón de plata. Y también para que lo trajéramos aquí, para que tu amiga pudiera recuperarlo después de acabar con nosotros, tal como lo habíais planeado. Además, tú mismo dijiste que el guardia del almacén había sido asesinado por alguien en quien confiaba y conseguiste que diéramos por supuesto que el criminal sólo había podido ser Danielle. Pero él, en realidad, no tenía por qué tener confiar en Danielle, pues seguro que en el hotel había entonces muchos clientes y el pobre guardia difícilmente los conocería bien a todos. Y, en cambio, seguro que a ti sí te conocía bien, puesto que colaborabas en las investigaciones arqueológicas de su jefe, el profesor Seoane. En todo caso, tantas oportunidades habías tenido tú como ella para asesinarlo. No sé cuál de los dos forzó la vitrina para hacerse con el dragón, pero estoy segura de que fuiste tú quien empuñó el cuchillo asesino. Hasta esta noche sólo tenía sospechas sin fundamento, pero ahora ya conozco toda la verdad.

Mientras Ana hablaba, Ricardo parecía sumido en la mayor de las confusiones, pero Danielle, tras un intervalo de estupefacción, recuperó su sonrisa cruel de un momento antes y dijo, rubricando sus palabras con carcajadas carentes de alegría humana:

-Muy bien, guapa, has sido muy lista y descubierto nuestros planes… aunque demasiado tarde, ¿no te parece? Es verdad que el demonio que me engendró en carne mortal hace veinticinco años es servidor de Kali, por lo que me ordenó matarte para vengar la afrenta que le hiciste en el pasado a la Diosa. También es cierto que perdí a propósito el dragón de plata para que tú lo cogieras. Sabía que él acabaría llevándote a Ricardo, que es el mayor experto de la provincia en reliquias esotéricas, para que luego él, a su vez, acabara llevándote hacia mí. ¡Pero no sonrías, porque básicamente todo ha sucedido según mis planes: tanto tus estúpidos amigos como tú misma estáis donde yo quería!

Ana no sonrió, pero sí conservo la serenidad y dijo:

-Con una pequeña diferencia: yo estoy libre y tengo en mi poder vuestro precioso dragón de plata. Sin él no podéis hacerme daño y ya os he dicho lo que le sucederá si no soltáis de inmediato a mis amigos y nos dejáis en paz para siempre.

-Eso no será así, mocosa. ¡Nosotros tenemos más recursos de los que tú piensas!

Dicho esto, Danielle chasqueó los dedos y casi al instante un enorme cuervo, más negro que la misma noche, le arrebató la medalla a Ana sin que esta pudiera realizar un solo movimiento para impedirlo. Hecho esto, el ave entregó mansamente el colgante a Danielle, quien tras recibirlo lo aferró con todas sus fuerzas y gritó, ebria de odio:

-¡Ahora verás cuál es el verdadero poder de esta joya milenaria! Voy a invocar a las más terribles fuerzas del Infierno para que acaben contigo.

Ana, tras unos instantes de pasmo, le respondió con una audacia realmente inaudita:

-¡Pues llámalas cuando quieras, que las estoy esperando!

-Eso voy a hacer. ¡Ricardo, agárrate a mí y no me sueltes si no quieres morir! De esa forma, también te alcanzará a ti la protección del dragón de plata y las fuerzas oscuras no podrán hacernos daño a ninguno de los dos.

Tras decir esto, Danielle musitó unas palabras en una lengua desconocida, cuyos ecos parecían rebotar hasta más allá de nuestro mundo. Entonces una esfera de fuego verdoso surgió súbitamente en medio del claro y su resplandor espectral se extendió por doquier, convirtiendo el bosque en un lívido mundo de pesadilla. Dentro de aquella diabólica llamarada se podían distinguir unos rostros monstruosos y multiformes, que en medio de sus continuas metamorfosis nunca llegaban a ser ni enteramente humanos ni completamente bestiales, y que contemplaban a los presentes con una mezcla de impío sarcasmo y repulsiva avidez.

Pero Ana no se molestó en dedicarles ni una sola mirada, sino que corrió hacia donde estaban atados sus amigos y los agarró a ambos con todas sus fuerzas, mientras les decía frenéticamente:

-¡Por favor, quedaos quietos como estatuas y procurad no mirar!

En realidad, estas palabras eran bastante innecesarias, pues tanto Alberto como Bea se habían desmayado de puro terror tras haber contemplado durante un solo segundo aquellos rostros demoníacos. Sólo las ligaduras que los sujetaban al tronco del roble habían impedido que cayeran al suelo, pues el shock había borrado toda conciencia de sus mentes.

Ana, por su parte, cerró fuertemente los ojos, apretó los dientes y se abstuvo incluso de pensar. Lo único que quería era que aquello acabara cuanto antes.

Y la verdad es que no duró mucho. Apenas tuvo que esperar unos pocos segundos para escuchar los gritos de terror que proferían sus enemigos. Cuando esos gritos se extinguieron, abrió los ojos y volvió la cabeza para mirar. Aunque lo que había sucedido era precisamente lo que ella esperaba, no pudo evitar un escalofrío cuando vio lo que las fuerzas de la oscuridad habían hecho con Ricardo y Danielle. De aquellos seres perversos sólo quedaban dos amasijos de ropa quemada y huesos calcinados, entre los cuales humeaba el cadáver chamuscado de cierto cuervo. Lo que quedaba de la mano derecha de Daniella aún aferraba con sus dedos esqueléticos un objeto plateado, el mismo objeto que ella había recibido del cuervo antes de realizar su conjuro y que, cegada por el alborozo de su presunta victoria, ni siquiera se había molestado en mirar. Aunque de haberlo mirado tampoco hubiera podido ver gran cosa en aquel bosque oscuro, apenas iluminado por los débiles rayos de una luna pálida y gibosa. Aquel objeto, aunque era desde luego una medalla de color plateado, no tenía nada que ver con el dragón de plata: era sólo una vulgar medalla deportiva. Y no era, ni mucho menos, una joya milenaria, sino que apenas tenía un par de años.

Ana emitió un profundo suspiro y recogió la medalla, que colocó suavemente en el bolsillo de la aún desmayada Bea, mientras le susurraba unas palabras que esta no podía oír:

-Siento haberte robado tu medalla de wu-shu, cariño, pero compréndelo… No podía decirte nada porque tenía miedo de que acabaras contándoselo a Ricardo. Tú te estabas enamorando de él y seguramente no habrías sabido guardarle ningún secreto.

Dicho esto, Ana desató a sus amigos, que permanecían sumidos en la más absoluta inconsciencia, y los tumbó suavemente sobre la hierba que crecía al pie del roble. A continuación, sacó de uno de sus bolsillos el verdadero dragón de plata, se encaminó hacia el borde de la sima con él en la mano y, una vez allí, le dirigió estas palabras:

-Tú nos has salvado la vida esta noche, protegiéndonos a los tres del fuego infernal que ha devorado a nuestros enemigos. Supongo que esto que voy a hacer te parecerá bastante ingrato… pero no conviene que cosas como tú circulen por nuestro mundo, al alcance de cualquier mano perversa. De todas formas, simplemente voy a enviarte de vuelta a la oscuridad, que es tu elemento, así que no te enfades demasiado conmigo.

Dicho esto, Ana dejó caer la reliquia a las tinieblas de la sima, donde la joya tintineó varias veces al rebotar en las piedras y luego se perdió para siempre, hundida en las negras aguas de algún misterioso lago subterráneo.

A continuación, Ana se volvió y vio que los cadáveres de sus adversarios se habían descompuesto completamente, hasta convertirse en motas de polvo y cenizas que ni el más avezado forense hubiera podido relacionar con cadáveres humanos. Ella conocía el significado de aquel fenómeno: en realidad, sus enemigos no habían muerto aquella noche, sino que en realidad ya llevaban mucho tiempo muertos y sólo una impía parodia de la vida había animado sus cuerpos hasta que estos fueron devorados por el fuego infernal. La verdadera muerte de Ricardo habría tenido lugar cuando eligió entregar su alma a las fuerzas del Infierno, aunque seguramente ni él mismo llegó a ser consciente de cuál había sido el verdadero precio de su elección. En cuanto a Danielle, la hermosa muchacha concebida por un demonio que había usurpado la forma y el esperma de un muerto, lo más probable era que nunca hubiera llegado a estar verdaderamente viva. Toda su existencia había sido un engaño, tanto para ella misma como para los demás. Ana estuvo unos minutos contemplando lo poco que había quedado de ellos, triste y apesadumbrada, pero sin remordimientos de conciencia. Ella no había matado a dos personas con sus argucias, simplemente les había arrebatado sus máscaras de vida a dos seres que ya estaban muertos. Entonces un soplo de brisa acabó de dispersar aquellas pobres cenizas y Ana, tras dedicarle un pensamiento de gratitud al espíritu de Rui, se acercó a sus amigos, que gracias al aire fresco de la noche estaban empezando a recuperar lentamente la conciencia.

Dos días después, Alberto y Ana se encontraron de nuevo en el mismo banco del parque donde habían sostenido su primera conversación sobre el dragón de plata. Pero esta vez era Alberto el que parecía sumido en la más sombría de las tristezas, mientras Ana lo miraba con cariño y se esforzaba en animarlo con palabras teñidas de dulzura:

-Vamos, Alberto, no merece la pena que sufras por el pasado. Todo ha terminado.

-Todo no. Mi hermana aún no se ha recuperado. Tiene fiebre y pesadillas, a veces delira. Y nuestros padres aún no comprenden qué ha pasado. No sé cómo podré explicárselo.

-¡Tranqui, ya se te ocurrirá -o se nos ocurrirá- algo que contarles! Peor estoy yo, que le he tenido que contar toda la verdad a mi madre y está furiosa conmigo. Pero en fin, estamos vivos y eso es lo que importa. Bea es una chica fuerte, una guerrera, y se recuperará pronto. Lo que pasa es que no está acostumbrada a estas cosas. Ha sido la primera vez en su vida que ha tenido que enfrentarse a un peligro serio y, además, ella siempre ha sido una persona muy segura de sí misma y de sus ideas, por lo que no ha podido encajar fácilmente algo que le ha roto completamente sus esquemas. Pero no tardará en recuperarse: te lo digo yo, que tengo experiencia en estos rollos. Si siento lo que ha pasado es sobre todo por la familia del pobre Ricardo. Su madre y su hermana nunca llegarán a saber qué clase de persona era él realmente y cuál ha sido su final.

-¡No comprendo cómo puedes decir “pobre”! ¡Ojalá él y su amiga estén ardiendo en el Infierno! ¡Y espero que se queden allí para siempre!

-Pues yo espero que no. Creo que ya han sufrido bastante castigo en este mundo. Y no lo digo sólo por su destino final, que después de todo debió de ser algo bastante rápido y poco doloroso, sino por la falsa vida de traición y crimen que llevaban. ¡Eso sí que era estar en el Infierno, aunque ellos mismos no llegaran a comprenderlo!

-¿Pero entonces tú, que eres tan cristiana, crees que no merecían condenarse para siempre?

-Precisamente porque soy cristiana creo que incluso los seres más malvados tienen derecho a un poco de compasión.

Alberto, algo confuso, optó por cambiar de tema:

-Lo que no entiendo es lo que dijo Danielle sobre una afrenta que le habías hecho a no sé qué diosa. Y tampoco he podido explicarme cómo pudiste esquivar a Ricardo. Él debía de ser un tío de cuidado. Mi hermana es cinturón negro en wu-shu y él pudo amordazarla como si fuera una niña de cinco años.

-Bueno, lo primero es… una vieja historia que te contaré en otro momento. En cuanto a lo de Ricardo… ¡bah, tampoco era tanta cosa, después de todo! Y yo no voy a wu-shu, pero bueno… ¡he visto todos los capítulos de Dragon Ball!

-La verdad es que he sido un simple pelele en esta historia. Me había ofrecido a ayudarte y al final sólo he sido un estorbo y un motivo de preocupación para ti.

-La verdad es que si no te hubieras ofrecido a ayudarme nunca habría podido hacer lo que hice.

-No entiendo por qué dices eso.

-Es bastante evidente: si no hubieras hablado conmigo el otro día, no te habría contado la historia del dragón de plata. Si no te la hubiera contado, tú no se la habrías contado después a Bea. Si no se la hubieras contado, ella no se habría metido en esta aventura con nosotros. Y, si ella no hubiera estado con nosotros, no habría podido robarle su medalla de plata para engañar a nuestros enemigos. Además no te preocupes. Yo tengo un don excepcional para meterme en líos, seguramente algún día serás tú el que me salves a mí y así estaremos en paz.

-La verdad… no sé si algún día seré capaz de salvar a nadie. ¡Me siento tan débil!

-No creas que no comprendo lo que sientes. También yo me sentí así una vez.

-Me cuesta creerlo. Pareces… no sé, tan autosuficiente.

-Sin embargo, una vez fue necesario que una persona que me quería sacrificara su vida para salvar la mía. Y creo que la otra noche, en el bosque, el espíritu de esa misma persona estuvo siempre a mi lado, ayudándome cuando más lo necesitaba. Te aseguro que no soy nada autosuficiente. Y, de hecho, no creo que nadie en el mundo lo sea.

-Supongo que tienes razón. La verdad… es que he aprendido muchas cosas desde que te conozco. Y, por cierto, tu amigo, el cura, me pareció un tío bastante listo para ser… bueno, lo que es. No es que piense convertirme al catolicismo ni nada por es estilo, pero creo que me gustará conocerlo más a fondo. Seguro que también se pueden aprender muchas cosas de él. Y, después de todo, si existen los demonios… ¿por qué no pueden existir también Dios y los ángeles buenos? Me encantaría que don Manolo pudiera convencerme de esas cosas.

-Al menos conseguirás que de vez en cuando te invite a un café. Pero bueno, volviendo a lo más importante, ¿ya te sientes más animado?

-Bueno, esto… sí. Sólo me gustaría… hacerte una pregunta más.

-Vale. Tú pregunta sin miedo, que yo soy como un oráculo, ¡tengo respuestas para todo!

-Sí, bueno… no sé cómo decirlo… Yo… es que… ¿Te gustaría... ser mi novia?


FIN

Advertisement