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La señora Penélope toma un café con una porción de torta de limón como todos los días, de lunes a viernes a las cinco de la tarde. Es puntual, es un rito, una costumbre que solía tener con su esposo ya muerto hace unos años. Ahora, ya pasada de los cuarenta años, y viuda hace más de cinco, sigue manteniendo esa rutina. Toma tranquila el café, siempre en el mismo bar elegante de ese pequeño barrio de Buenos Aires, siempre en la misma mesa, si está ocupada espera que se habilite. Le gusta que siempre la atienda el señor Bledur; aunque nunca se lo dijo, hay cosas en su manera de andar, de mirar, que le recuerdan mucho a su marido.

Una vez sentada hace la orden, que el señor Bledur ya conoce de memoria, y finalmente se relaja por una o dos horas y toma su café, cada tanto voltea su cabeza y mira para los costados, como si esperara que de pronto apareciera su marido y le dijera que simplemente se retrasó. El señor Bledur suele mirarla con lástima, sabe de su pérdida, y aunque nunca se lo dijo, él también es viudo y de vez en cuando siente ganas de sacarse el delantal de mozo para poder sentarse junto a ella con una taza de café y entonces poder conocerla. Cree, está casi seguro que podrían llevarse muy bien.

Es viernes y la señora se dirige al bar; los viernes el café sabe un poco más amargo que de costumbre, quizás porque sabe que no regresará hasta pasado el fin de semana. En el camino se detiene y observa de lejos a un joven lustrador de zapatos, que también tiene una canasta con algunos ramos de flores para vender. Él se percata y le sonríe, ella se sonroja, él finalmente se levanta de su asiento y tomando una rosa se le acerca.

- Buenas tardes, que tenga usted un buen día - le da la rosa y vuelve a sonreír.
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La señora Penélope también sonríe y sigue su camino, da algunos pasos pero voltea y vuelve al joven.

- ¿Hasta que hora trabaja, joven?

- No tengo horario, podría cerrar ahora si quisiera.

- Oh, no sé si esto le pueda parecer atrevido, pero me dirijo a tomar un café y creo que tal vez hoy, me gustaría algo de compañía... - duda.

- Con mucho gusto - responde él sonriendo y comienza a recoger sus cosas.

El señor Bledur espera nervioso, la señora lleva unos minutos retrasada. Esta vez está decidido, va a sentarse junto a ella y a entablar una conversación. Piensa en eso cuando de pronto la ve entrar con el joven; Luciano tiene veinte años, y aunque es argentino el resto de su familia proviene de Italia, y se instalaron en Buenos Aires hace ya algunos años durante la inmigración europea. Para ganarse la vida lustra zapatos, vende flores y realiza algunas otras tareas, pero a lo que realmente quiere dedicarse es a pintar, él se sabe un artista.

El señor Bledur les sonríe débilmente y los dirige a la mesa de siempre, la señora Penélope pide un café con una porción de torta de limón, Luciano pide una copa de vino blanco.

Luciano seduce sin quererlo, es algo en su mirada, en sus palabras. La tarde pasa rápido, se despiden, y a partir de entonces vuelven a verse todos los días, de lunes a viernes a la hora del café. La relación crece, es indiscreta, la señora Penélope sabe que supera a Luciano en edad por más del doble; Luciano también lo sabe, pero no le importa. El señor Bledur los atiende siempre, y aunque no comprende el tipo de relación que llevan, sospecha que hay amor de por medio.

Hace tiempo que Penélope no siente que su corazón lata tan fuerte como ahora, algo en su rutina de años se ha roto tras la aparición de Luciano, eso la asusta, pero también la alegra.

La relación crece velozmente durante algunos meses, primero ella lo besa, luego él la pinta desnuda, y finalmente la pasión y el sexo se apodera de ellos noche tras noche, luego de cada tarde de café.

La señora Penélope se levanta un sábado y observa a Luciano todavía dormido junto a ella, tan niño, tan inexperto, tan entregado y enamorado, tan sensible, tan abierto al llanto. Se levanta sin hacer ruido, se dirige al baño y se mira al espejo. Algo en ella se rompe, algo en su interior, una grieta irreparable, un vacío que en realidad nunca dejó de tener, siente asco de sí misma, recuerda a su esposo y una gran depresión la invade como hace años atrás. El alma comienza a quebrársele, quiere gritar, pero no tiene voz, solo un llanto mudo. Cierra la puerta del baño con llave, llena la bañera con agua y se sumerge desnuda, completa, y no vuelve a salir.

Meses después, Luciano vuelve al bar todos los días de lunes a viernes a las cinco de la tarde, se sienta en la mesa en la que solían sentarse, y pide un café con una porción de torta de limón.

- ¿Qué sabe usted de la señora Penélope? - le pregunta el señor Bledur una tarde en la que se arma de valor.

Luciano se queda mudo y sorprendido por unos segundos.

- No creo que ella vuelva por acá - contesta finalmente mientras una lágrima delatora se arrima por uno de sus ojos.

El señor Bledur asiente en silencio y se marcha. Al traer la orden vuelve con una segunda taza de café, se saca el delantal y se sienta en la mesa.

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