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La patrulla policial se estacionó frente a la casa. Algunos vecinos salieron a curiosear, murmurando entre ellos. Bajaron de la patrulla la agente Laura y su compañero el agente Claudio. Observaron a los vecinos curiosos y se miraron. Claudio dijo en voz baja:

Te

- Creo que ya todos deducen lo que ha pasado. 

- Sí. Es casi seguro que su vecina está muerta -opinó Laura-. Bueno, vamos.

Tocaron el timbre, nadie respondió. Intentaron varias veces sin obtener resultado. Laura bordeó la casa y espió por una ventana cuya cortina se encontraba media descorrida.

Vio a la dueña de la casa: estaba sentada en un sofá, con la boca media abierta, y unas moscas enormes entraban y salían de ella, caminaban sobre los ojos abiertos y zumbaban alrededor de la muerta.

Otro sofá se hallaba ubicado frente al de la difunta, y a Laura le pareció que había alguien en él, pero desde la ventana no veía bien. Volvió a la entrada donde estaba su compañero y le informó lo que vio. 

Desde que habían recibido la llamada sospechaban que iban a encontrar una escena así. Es algo bastante común; alguien vive solo, los vecinos dejan de verlo por unos días, sienten un olor desagradable y llaman a la policía: la persona de la casa ha muerto. 

Pero cuando consiguieron entrar vieron algo que no esperaban. En el sofá ubicado frente al de la señora difunta, había una muñeca bastante grande; se hallaba sentada como si fuera una persona, sus ojos apuntaban al cadáver y sonreía como si se burlara de éste. 

- Qué escalofriante -opinó Laura.

- Un poco sí, pero sólo es una muñeca. A mi hija le encantaría una como esta. Voy a llamar a la central. El caso está claro, pero voy a revisar un poco por aquí, ¿sí?

- Claro, ve. Yo voy a salir para que los vecinos no intenten entrar -dijo Laura, sin dejar de mirar a la muñeca, pues ésta la había impresionado mucho, aunque no entendía por qué, allí había un cadáver y no la impresionaba, pero aquella muñeca… 

Cuando Laura quedó sola, la muñeca volteó hacia ella de repente y le habló con una voz chillona: “¡Deja de mirarme, maldita zorra!”. Laura se estremeció por el susto, y empezó a retroceder hacia la puerta; la muñeca la seguía con la mirada.

Al salir de la casa se recostó a la pared. No podía creer lo que acababa de pesarla. Su compañero salió de la casa cuando iban llegando otras patrullas. Él, sin mirarla, le comentó el resultado de su inspección: 

- Parece que esta señora era coleccionista de muñecas. Las hay de todos los tamaños. Ven a verlas.

- No, yo, me quedo aquí. Es el olor, ¿sabes? No me siento del todo bien -se excusó Laura. 

- A todos nos ha pasado alguna vez. Hay días que andamos con el estómago más frágil. ¿Quieres irte en otra patrulla? Algunos de los que vinieron se van a ir enseguida. 

- Creo que es mejor que me retire, sí. Pero el informe…

- Yo me encargo -afirmó Claudio. 

Varios oficiales saludaron y entraron a la vivienda. Laura se asomó para ver a la muñeca, pero esta ya no estaba, lo que la asustó todavía más. Salió a la calle y le pidió a un colega que la llevara hasta su comisaría.

Pasaron unos días. Laura sentía que debía hablar con alguien sobre aquella muñeca, y quién mejor que su compañero. Se dispuso a contarle cuando estaban bebiendo café en un pequeño restarán:

- El otro día -empezó a contarle Laura-, en la casa de la mujer muerta, me pasó algo muy raro con la muñeca.

- Me preguntaba cuándo ibas a hablar sobre eso -dijo Claudio-. Sí, tomé la muñeca cuando estabas afuera. La tiré por la ventana. Cuando casi todos se habían retirado fui a buscarla y la oculté entre mi abrigo. 

- ¿¡Qué!? 

- Sé que estuve mal. Pero su dueña no la iba a extrañar. Sabía que a mi hija quería una como esa y, bueno, la tomé. Tampoco es algo tan grave -Claudio terminaba de decir aquello cuando sonó su celular.

Lo atendió y enseguida quedó muy serio, porque una voz chillona le dijo: “¡Jajaja! ¡Estoy matando a tu hija!

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