FANDOM


A diez mil pies de altura, lo bastante lejos como para que nadie le otorgue la importancia merecida o sepa de las preocupaciones ajenas, a un avión con ciento ochenta y dos personas a bordo le ha explotado uno de los motores. De la explosión, que nunca se sabrá su procedencia, el ala ha comenzado a desintegrarse, o al menos eso es lo que dicen las personas de ese lado del avión que contemplan a través de las ventanillas como se deshace un puzzle.

A nadie, excepto a las ciento ochenta y dos personas le importa si el motor es del ala derecha o izquierda, si bien el desconocimiento del accidente nos hace vulnerables a opiniones desagradables. Realmente, con el pensamiento frío, siquiera a las ciento ochenta y dos personas les importa mucho si ha sido la derecha o la izquierda. El caos dentro del aparato es de tal magnitud que es imposible de describir.

─Hijo… Te quiero.

─Lo sé mamá. Yo también te quiero.

Los pasajeros del lado de la explosión, diferente cultura y edad y sexo y religión y situación económica tararean la misma frase al unísono: ¡Oh, Dios mío! La penuria no discrimina, actúa. Cuando las mascarillas de oxigeno caen del techo, se origina el caos y el frenesí por hacer algo que no sea lógico pero sí válido en este momento. Correr, gritar, desesperarse, llorar. Todo es lógico, hasta pensar en la salvación porque siempre, hasta el último momento de la ilógica es comprensible pensar en la salvación.

─No te preocupes, hijo. Todo saldrá bien...

─No sé cómo puedes decir eso.

─De verdad. Todo saldrá bien. Confía en mí. ¿Confías en mí, cariño?

─Claro. No tienes que preguntármelo.

El ruido es ensordecedor y nadie hace caso de las indicaciones de las azafatas que heroicas, se aferran a la profesionalidad de la ingratitud para intentar mantener el desorden.

“Mantengan la calma, por favor. Siéntense y mantengan la calma” dice una de ellas con lágrimas en los ojos. A través del caos, entre maletas y pisadas y agresiones y bolsas de oxígeno, una madre y su hijo, se han mantenido en sus asientos desde el comienzo del fin y, allí continúan. Observan sin mostrar sentimiento al resto de pasajeros y tal vez la única demostración de que forman parte de la desventura son sus manos, que permanecen agarradas, unidas.

¡Joven! ¡Oiga Joven! ¡Acaba de perder su vuelo!

Se despertó bruscamente. Retiró sus audífonos dejándolos reposar en su cuello. No puede evitar bañarse en lágrimas luego de que minutos después le comunicaran que el avión se había estrellado, extinguiendo todo signo de su vida en su interior.

Hacia 2 años aproximadamente que su madre había fallecido.

Avion-explosion.