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Recientemente comencé un nuevo trabajo en un McDonalds en el centro de Chicago, a solo 20 minutos de mi apartamento, ya no estaba en una situación económica muy buena.
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Hace unas semanas algo verdaderamente trágico ocurrió: mi vecino asesinó a su esposa. Apenas les conocía, pero a juzgar por sus fuertes discusiones cada noche, no pude evitar pensar que por mi impotencia tenía parte de un sentimiento de culpa.

Esa noche, cuando estaba acostado en mi cama, no pude dejar de pensar en la idea de que alguien fuese asesinado a pocos metros de donde yo estaba. Cuando por fin empecé a quedarme dormido, abrí los ojos, y me di cuenta que estaba dentro del apartamento de mis vecinos para presenciar el susodicho asesinato. Pero en lugar del homicida, había una criatura encorvada, que llevaba el uniforme de la mascota de Ronald McDonald. Incluso estaba embadurnado de pintura, imitando los colores del clásico payaso.

No me podía mover. Los enormes dientes de esa cosa se clavaban en la carne de la mujer de avanzada edad, dejando escapar un gruñido sonoro. Entonces desperté, jadeante y cubierto de sudor.

Unas semanas más tarde comencé a padecer insomnio. Después de la rutina, al caer la noche, mientras me dirigía a casa, sentía que alguien me seguía, respirando en mi cuello, casi pisándome los talones, literalmente. Luego sonaron los golpes, sentí un dolor agudo y todo se envolvió en la oscuridad.

Me desperté atado a una cama en una habitación de hospital brillante. Al instante entré en pánico. Grité, pero no vino nadie. Una figura oscura de pie en la esquina de la habitación parecía mirarme fijamente.

Yo estaba somnoliento. Una mano larga con garras se alargaba delante de mi cama, y aquella sonrisa de grandes dientes. El olor a carne podrida y de sangre llenaba el aire de la habitación. Tenía el pelo largo de rojo grasiento, untada la criatura con la pintura de payaso, dibujando la imagen del traje de una pesadilla ya conocida.

Se puso de pie sobre mi cama, mirándome fijamente hasta que finalmente caminó hacia el otro lado de la habitación. La sangre corría por sus dedos, mientras escribía en la pared levemente iluminada. Luego se acercó a mí, y antes de que todo acabase, pues sabía que así sería, pude leer débilmente el mensaje en la pared: "M".

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