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La maldición de Motabe
Motabe avanzaba sigilosamente entre los frondosos bosques de su selva. Sus ágiles movimientos y su piel oscura como la misma sombra le hacían parecer a ojos ajenos una pantera al acecho.

Las alimañas que iba encontrando a su paso desaparecían rápidamente, miedosas. Motabe era el chamán de la tribu, era la propia fuerza de la naturaleza, y como tal, era temido y respetado por toda vida animal del lugar.

Siguió caminando, con paso firme, decidido. Su objetivo no estaba lejos y necesitaba llegar antes del alba. Los hombres blancos conocerían el poder de la naturaleza, vengativa y letal.

Para darse fuerzas del acto atroz que estaba a punto de cometer, recordó cómo los hombres blancos habían violado, torturado y asesinado a la hija del jefe de la tribu, solo por diversión.

Cómo iban destruyendo a velocidades desproporcionadas la zona selvática cercana con sus enormes máquinas, arrasando flora y fauna por igual. Los hijos de la tribu, cazados como animales. Las aguas contaminadas provenientes de la zona de las máquinas dificultaban aún si cabe más la supervivencia.

No, esos malignos seres blancos habían llegado demasiado lejos. Era hora de la venganza.

Divisó ya cerca las luces que delataban el campamento de los hombres blancos, los gritos de los trabajadores y el ruido de las máquinas cortando los árboles. Incluso oyó risas. Toda la tranquilidad de la selva nocturna se había evaporado. Le hirvió la sangre, y se acercó sigiloso hacia la tienda más cercana, escondido entre los matorrales. Pasaron varias horas y el sonido del campamento poco a poco se fue apagando. Motabe esperaba entre las sombras, inmutable y estoico, esperando hasta que el último de los trabajadores se fuera a dormir.

Tan solo la hoguera central iluminaba tenuemente el campamento, y hacia allí se dirigió Motabe, silencioso como la sombra. Sintió su calor en su piel en contraste con el frío de la noche. Se agazapó junto a ella, mirando hacia las tiendas en busca de movimiento y al no ver nada, abrió su viejo zurrón. De él sacó una vieja y espeluznante estatua de unos 5 kilos con caracteres indescriptibles. El fuerte Motabe sintió un extraño sentimiento de pavor al observarla, como cada vez que la miraba. Por muchas veces que la observara, siempre le producía la misma sensación de respeto y miedo.

Según las leyendas de la tribu, la estatua representaba a la Diosa de la naturaleza, la parte vengativa y terrorífica de ella. Con ella se podía invocar a los destructivos hijos de la naturaleza: el fuego, el viento, el agua, la tierra y la muerte. A esta última entonó el horrible cántico que empezó a recitar, en voz baja, pero clara y firme. Sintió la magia a su alrededor, entrando y saliendo de su cuerpo constantemente. Cualquier otro acólito habría desfallecido con el conjuro, pero Motabe tenía una voluntad de hierro y una resistencia asombrosa. Era muy poderoso y creía firmemente en lo que estaba haciendo. Aunque sabía que le aguardaba un sitio en el infierno por este acto, lo creyó justo y necesario. No quería ver cómo su pueblo iba hacia la extinción por culpa de los hombres blancos.

Cuando, exhausto, terminó el ritual, con las pocas fuerzas que le quedaban hizo un agujero en el centro del campamento con una pala que encontró cerca y allí, enterró la horrible estatua. El conjuro ya estaba en marcha. Los hombres blancos sabrían en ese momento lo que era el terror. Solo faltaba completar la última parte del ritual. Caminó hasta la tienda más cercana, la más pequeña del campamento y se introdujo en ella. Había un hombre blanco de unos 45 años durmiendo tranquilamente. Se acercó hacia él con extremo cuidado. Puso la almohada encima de su cara y apretó con fuerza. El hombre se despertó exhausto e intentó luchar con todas sus fuerzas para poder respirar. Motabe era muy fuerte y atenazaba al hombre implacablemente. Cuando por fin la resistencia del hombre estaba llegando a su fin, sacó un puñal con punta de hueso y lo clavó en el pecho del hombre. Finalmente, su vida se evaporó. Motabe estaba tremendamente fatigado y tuvo que sentarse en la cama para recuperar fuerzas, sin quitar las manos aún de la almohada. No quería ver el rostro del hombre al que acababa de asesinar a sangre fría. Le puso la sábana encima, tapándole todo el cuerpo.

El ritual estaba finalizado y tenía pocos minutos para desaparecer del campamento antes de que la hecatombe del maleficio estallara. Oyó ruidos de pasos fuera de la tienda y volvió a sacar el puñal de forma instintiva. Se agazapó detrás de la cama dispuesto a saltar, cuando los pasos se alejaron de la tienda. Vio claro que era el momento de escapar cuando observó que el cuerpo muerto y lleno de sangre envuelto en la sábana se empezaba a mover lentamente, resucitado. Motabe salió corriendo de la tienda en dirección a la oscuridad de la jungla. Oyó disparos a sus espaldas y sintió una fuerte punzada en el hombro mientras corría con las pocas fuerzas que le quedaban. Por suerte la bala solo le había rozado la carne. Se perdió en la oscuridad de la jungla.

En el campamento empezaron los gritos de terror y los disparos. El hombre blanco había sido castigado. Motabe supo demasiado tarde las terribles y apocalípticas consecuencias de sus actos.