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Victoria era la chica más bella. Las de su edad le tenían envidia y no de la sana. No. Las chicas de su clase la odiaban a extremos inimaginables. Como era de esperar, a Victoria la mataron. Eso pasó hace unos treinta años. Algunos dicen que murió en su cama, mientras dormía, otros que murió en la ducha, otros que murió en la cocina... No creo que nunca se sepa cómo murió en realidad; ni los medios, ni la prensa, ni la familia dijeron cómo se encontraba el cuerpo de Victoria cuando la hallaron muerta. No sé si sea cierto o no, pero se dice que, momentos antes de morir, maldijo a todo aquel que la mencionara.

Las puertas y ventanas de la casa de Victoria habían sido tapiadas; había pasado de ser una casa normal a ser la típica casa que da repelús. Los de mi clase se las ingeniaban para colarse. Esa gente. A los muertos hay que dejarlos descansar. Aunque uno de mi clase afirmaba haberla visto, yo no me creía nada.

Como fuera, Laura tenía curiosidad y, pues, bueno, me convenció para que le hiciéramos una pequeña visita a Victoria. Yo no quería ir, que conste. A diferencia de otra gente, nosotros hicimos bien las cosas; fuimos de madrugada. Nos colamos sin hacer ruido; no queríamos llamar la atención de ningún vecino porque nos caería una multa.

Laura era una chica guapa, la más guapa de su clase. Su problema era que se lo tenía creído y eso, en un mundo como el nuestro, pues, era un problema. Laura me cogió de la mano y me pidió que no la soltara en toda la noche. Sacó de su mochila una tabla ouija hecha por ella misma. Saqué un par de velas grandes y las coloqué en el suelo. A continuación, saqué un meche de gasolina y las prendí.

Quise darle un ambiente más tétrico. Así que me aseguré de que las velas fueran negras. Laura metió la mano en su bolsillo y sacó una fotografía de Victoria. Dios mío. ¿Era esa Victoria? No me extrañaba que le hubieran tenido tantísima envidia. Fuera de clases, Laura era mi prometida, pero, si Victoria hubiera estado en nuestra clase, con seguridad, habría salido con ella.

Victoria tenía los cabellos dorados. Los tenía tan rubios que parecía que se los lavaba con cerveza. Se dice que es un hábito saludable. Sus ojos eran negros, negros como el azabache. Y su sonrisa... fue lo que más me gustó de ella. Sonreí al ver su foto. Por Dios, ¡se molestó! No había quién la entendiera ¿De veras tenía celos de una difunta? Incluso llegó a decir que era más bonita que ella cuando sabía a la perfección que no podía superarla en belleza. No hablaba ella, hablaban los celos.

Puso la foto delante de la tabla ouija y, antes de empezar, nos cogimos de la mano.

"¿Hay alguien aquí? Si hay alguien, que se manifieste ahora, dé un golpe."

Sentí mi móvil vibrar; había recibido una llamada de un número que no había visto en mi vida. Laura me regañó por haber soltado su mano; se decía que romper el vínculo traía mala suerte. Pero tenía una llamada. ¿Y si era mi madre? Laura no entendía lo estricta que era mi querida madre, por no hablar de mi padre.

"¿Hay alguien aquí? Si hay alguien, por favor, dé un golpe."

A mí me empezó a cansar la broma. De nuevo, el móvil vibró. Laura me cogió la mano y me la apretó hasta hacerme un poco de daño. La miré desafiante. Pero ¿¡se podía saber en qué pensaba?! Con ese tipo de cosas paranormales, se volvía de estúpida... Perdón por la expresión, pero me había tocado lidiar con una quinceañera un poquito... insoportable.

Cogí el móvil con la mano que tenía libre y lo dejé cerca de mí. Desconocía el número que me llamaba; era privado. Dicho número llamó unas diez veces; Laura me dijo que apagara el móvil. Harto, esperé a que llamara y, cuando llamó, lo cogí.

"Mira", le dije. "No sé quién eres ni me importa, pero te has equivocado de persona. Así que haz el favor y deja de llamar, ¿de acuerdo?"

Esperé la respuesta de la otra persona, pero tan solo obtuve silencio y más silencio. Había quedado bastante claro. No quería que me molestara nadie. Sin embargo, me volvió a llamar el mismo número de antes. La cosa se había pasado de castaño oscuro. Lo volví a coger. Ahora tenía un cabreo del quince; ya se habían acabado las formalidades. Laura me miraba expectante.

"Soy Victoria", dijo una voz oscura, tenebrosa y escalofriante.

Laura me preguntó quién era pero no podía responderle. Estaba atónito. Pensé en huir. No era fácil ser valiente. Nada fácil. Claro estaba, huiría con Laura. Ni por asomo la dejaría sola en esa casa.

"Si eres la verdadera Victoria, ¿cuál era tu hobbie preferido?", le dije. Un amigo de mi madre, que había estudiado con Victoria, me había dicho que a esta le encantaba el hockey. Si de verdad era la auténtica Victoria, sabría responder a mi pregunta. Si no..., ay, ay..., me enfadaría.

Durante un momento, reinó el silencio. Cuando me contestó, cogí el teléfono y lo revoleé lo más lejos que pude; era Victoria. Cogí a Laura de la mano y le dije que teníamos que irnos. Laura no entendía qué sucedía. La puerta del salón se cerró de golpe. Ambos nos asustamos.

Probamos a salir por la otra puerta pero también se cerró con brusquedad. Las velas se apagaron. Eran nuestra única fuente de luz. Estupendo. Encerrados con un espíritu y sin luz. ¿Sería nuestro fin? Laura me abrazó. Pensé en lo que había dicho antes y opté por idear un plan. Laura tenía que admitir que Victoria era más hermosa que ella. A lo mejor, así nos dejaría ir. Le dije que retirara lo dicho pero Laura se negaba.

"¡Es cien veces más bonita que tú! Solo tienes que admitirlo y dejará que nos vayamos."

Laura solo empeoraba las cosas. Cogió la foto y la rompió de coraje y envidia. Un fuerte terremoto sacudió la casa. Me caí y tropecé. Me había hecho un daño tremendo. No pude mantener el equilibrio. Consciente de lo que había provocado, Laura pidió perdón una y otra vez y reconoció a regañadientes que ella en vida era más bella que ella. Las dos puertas del salón se abrieron. Más nunca volvimos a esa casa. Más nunca nos volvimos a reír de los muertos.

[...FIN...!]