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Nuevamente, como todas las noches, para no variar, sonaban los truenos, y veía los relámpagos a lo lejos, por la ventana, rasgando el cielo sin piedad. Seguía sentado en la biblioteca, en mi cómodo sillón, leyendo un libro. Bueno, más que leerlo miraba las letras sin verlas. Estaba agotado, exhausto. ¿Cuántos años habrían pasado ya? La verdad es que lo desconocía. Me aburría esta soledad. Sí, era cierto, era la vida que elegí, pero en aquel tiempo era joven e impulsivo, y una muerte prematura me aterraba. Además, en aquel entonces solo veía el lado bueno. Pero ya era conocedor de la carga que había de llevar sobre los hombros, y daría lo que fuera por no haber elegido esto. Y mi orgullo... ¡Ay!, el orgullo siempre me había llevado de cabeza. Pudiendo ganar, ¿para que perder?”

De repente oí abrirse la puerta de la entrada, con un crujido: Primer fallo. Lástima, pensaba que esta vez lo harían mejor. Me levanté de mi sillón, y avancé hacia la puerta, abriéndola. El pasillo, largo y oscuro, me esperaba. Esa oscuridad me abrazó, y avanzando a paso ligero y silencioso, llegué hasta la escalinata. Me asomé, oculto entre las sombras, a inspeccionar el recibidor. Vaya si era joven esta vez... Desde la oscuridad podía observarle sin que me viera. El chico observaba todo muy seguro de si mísmo. Hice que se cerrara la puerta con un ademán, para que se asustara. Porque además de orgulloso, he de admitirlo, en ocasiones soy condenadamente perverso. Pobre muchacho, ahí tuvo el segundo fallo, caer en mi trampa. Con un respingo se dió la vuelta hacia la puerta, momento que aproveché para dar un salto etéreo y aterrizar a su espalda. Tal y como caí le agarré los brazos y lo inmovilicé. La estaca cayó al suelo, y relamiéndome, hundí mis colmillos en su cuello. La sangre manaba, cálida y abundante, y yo la bebía lleno de gozo. Era una sangre exquisita, jóven, llena de fuerza. Al cabo de un momento, el cazador cayó en el recibidor de mi castillo, inherte y sin vida. Pardiez, que había sido un sabroso bocado. Cogí su cadaver y lo arrojé desde una ventana al precipicio al borde del cuál se hallaba mi morada. Ya no tenía sangre, y no me servía. Volví a mi biblioteca, me senté en mi cómodo sillón, y cogí mi libro. Todos querían ver al vampiro muerto, y se afanaban en envíar cazadores. ¡Ay!, maldito orgullo, que no me permitía dejar una afrenta sin limpiar. ¿Cuántos años habrían pasado ya?¿Cuántos años desde que decidí dejar de salir a cazar, desde que decidí dejarme morir de hambre? Creo que los mismos que hacía que llegaban cazadores a mi morada. ¡Ay!, maldito orgullo, que no me permite rechazar una suculenta invitación a comer cuando me la sirven... ¿Cuándo podré descansar?¿Cuándo dejarán de enviar cazadores a mi castillo?¿Cuándo seré libre de la maldición? Si alguna vez alguien lee esto, que sepa cual es el precio que pagará por seguir este camino. Que sepa cual es el verdadero lado oscuro de la maldición. La auténtica maldición no es la sed de sangre: La auténtica maldición es la vida eterna... La soledad eterna...