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Tomás cerró los ojos por aburrimiento y cansancio cuando escuchó que alguien rompía un cristal a lo lejos.

Era más de media noche y Tomás venía medio dormido en el coche. Acababan de llegar de New York y estaban en un taxi que les estaba llevando por el centro a casa. Paula iba detrás completamente dormida. Venían de unas vacaciones en Roma a donde habían viajado con unos amigos. Se habían separado de ellos en el aeropuerto.

La ciudad estaba desierta ese martes a las dos de la madrugada y no había casi coches por las calles. Entonces el semáforo que encontraron en el cruce se puso rojo. Fue cuando sus párpados cayeron, fruto del cansancio y el ruido de cristales rotos le despertó.

Abrió los ojos y forzó la vista a ver qué había pasado. En otro semáforo había otro coche parado y unos vándalos golpeaban los cristales con unos palos y hierros. El conductor del coche se bajó encolerizado pero los asaltantes le recibieron con un palazo en plena cara, dejándolo KO de un golpe. 

- ¿Ha visto eso? - preguntó Tomás al Taxista.

- ¿Si he visto qué? -preguntó, huraño -. Disculpe no puedo estar pendiente de las cosas que pasan ahí fuera, mi trabajo es mirar a la carretera.

Tomás volvió a mirar hacia allá. Vio que seguían apaleando a aquel hombre y se lo señaló al taxista. Este miró sin demasiado interés.

- No veo nada, ¿qué pasa? - dijo, sin emoción alguna-. Lo veo todo muy oscuro.

- Están matando a un hombre. Tenemos que llamar a la policía… Mierda mi teléfono está sin batería.

- ¿Está seguro de lo que dice? Puede que sean unos borrachos en plena juerga. 

- He visto cómo lo sacaban del coche después de destrozarle los cristales - exclamó Tomás, despertando con su voz fuerte a Paula.

- ¿Qué pasa?

- Nada, cariño duérmete, luego te cuento.

Ella volvió a cerrar los ojos y casi al instante volvió a respirar con fuerza.

- Es mejor no meterse en líos - el taxista arrancó cuando el semáforo se puso en verde. 

Enseguida perdieron de vista a esa gente, que por lo que pudo distinguir Tomás, parecía que estaban saqueando al hombre del coche desnudándole y sacando el contenido de sus bolsillos.

- Pare, detenga el coche - ordenó.

- Si es verdad que hacen lo que usted dice, llame a la policía y diga la dirección, no ganamos nada con quedarnos - dijo el taxista -. Al contrario esos tíos podrían venir y cebarse con nosotros.

- Tiene razón, pero mi teléfono no funciona, está sin batería. Cariño, el tuyo.

- ¿Qué? - Paula se despertó otra vez-. ¿Qué pasa ahora?

- ¿Tiene batería tu teléfono?

- No lo sé - Paula metió la mano en su bolso pero se quedó mirando algo que pasaba fuera del coche -, Dios mío.

Se había quedado mirando a otro coche parado en medio de la calle que se bifurcaba por la que estaban pasando. Ese coche parado tenía las puertas abiertas y sus ocupantes estaban siendo golpeados salvajemente por otros vándalos. El taxista, al ver eso aceleró y no se detuvo en el siguiente semáforo en rojo porque justo se acercaban más jóvenes con palos y porras en las manos, como si quisieran hacer lo mismo con ellos.

- ¡La Virgen! -exclamó el taxista-. ¿Qué está pasando aquí?

- Corra, no pare nunca - gritó Tomás, aterrorizado.

- ¿Qué le pasa a la gente?, ¿Se han vuelto todos locos? 

El coche corrió por la calle acelerando cada vez más a medida que veían a decenas de jóvenes paseando con palos en las manos y mirándolos como si no existiera nada más, esperando que se detuvieran.

Todos los semáforos se pusieron en rojo y todos se los saltó el taxista. Algunos jóvenes comenzaron a tirarles piedras que fallaban, otros les siguieron corriendo como alma que lleva el diablo, profiriendo tacos y exigiéndoles que se pararan. En su paso a más de cien kilómetros por hora vieron coches de policía en medio de la calle, abiertos y curiosamente sin un solo policía a la vista. Había cuerpos inmóviles dispersos por las calles y con las caras enrojecidas por la sangre. El taxista los esquivó hábilmente pero en un cruce no vio que otro coche venía a gran velocidad y chocaron brutalmente.

Los jóvenes que deambulaban por la calle aullaron de felicidad al ver que su presa al fin se había detenido. El coche había quedado con el morro totalmente destrozado y los ocupantes del otro coche parecían inconscientes. Tomás tenía un fuerte dolor de cuello y Paula estaba llorando histérica. El taxista no tuvo tanta suerte ya que el volante se empotró contra sus piernas y la puerta le había aplastado la cadera. Había muerto en el acto.

- Paula, cálmate... tenemos que salir de aquí ahora mismo.

Tomás abrió su puerta con dificultades y luego abrió la de Paula. Escuchaba los gritos de júbilo de los jóvenes que acudían como lobos feroces, corriendo cuesta abajo por la calle. 

- Vámonos, corre, corre, corre - una vez sacó a Paula, la chica corrió calle abajo, hacia la plaza. Los chicos estaban a menos de cien metros y Tomás al ver que Paula corría con todas sus fuerzas la siguió como pudo prometiéndose a sí mismo que si le cogían tenía que evitar que la cogieran a ella. Tenía que enfrentarse a ellos. No le importaba su propia seguridad, solo pensaba en la de Paula.

Entonces ella tropezó y cayó. Tomás se detuvo para ayudarla. 

- Corre cariño – suplicó él.

- Tenemos que escondernos o nos cogerán – gimoteó ella, tan aterrada que las piernas le temblaban.

- ¿Dónde?, ¿Todo está cerrado?

- Tiene que haber algún Pub abierto. Vamos por esa calle, intentemos perderlos - dijo ella.

- Tienes razón corre.

Se adentraron por las callejuelas y corrieron buscando alguna luz, algún bar, Pub o local abierto. Todo estaba apagado, incluso los hoteles estaban cerrados sin una sola luz. ¿Desde cuando cerraban todo a las dos de la madrugada? Torcieron a la derecha, a la izquierda, otra vez a la derecha y pronto los gritos de los jóvenes se perdieron en la distancia. Tomás y Paula estaban exhaustos. Por suerte los vándalos debían estarlo más.

- Un teléfono - jadeó Tomás -. Hay que llamar a la poli.

Vieron una cabina en una esquina y metieron varias monedas de diez céntimos. Marcaron el 091 y esperaron.

- Comunica - siseó Tomás, incrédulo.

- Vuelve a llamar, insiste hasta que te lo cojan.

Repitió el intento y volvió a comunicar, lo repitieron unas diez veces hasta que por fin entró la señal.

- Cuerpo de policía, dígame.

- Estamos en el centro, la calle... 

- Disculpe todos los agentes de policía están ocupados.

- ¿Ocupados? ¿Qué demonios pasa? - preguntó Tomás.

- Verá, hay disturbios en casi toda la capital y no dan a basto. Muchos de los agentes ni siquiera contestan. Si pueden resguárdense en un lugar seguro y no salgan a la calle bajo ninguna circunstancia.

- ¿Está loca? No tenemos donde escondernos, nos van a matar.

- Lo siento, tengo que atender otras llamadas, gracias por colaborar. Y colgó. Paula estaba llorando.

- Tomás qué está pasando, qué te ha dicho.

- No lo sabe, dice que hay disturbios en toda la ciudad.

- ¿Disturbios de qué? ¿Qué le pasa a la gente? - preguntó ella, aterrada y con las manos temblorosas.

- No tengo ni idea cariño, pero no te preocupes, les hemos despistado. Nos esconderemos en algún cajero automático que tenga cerrojo. 

Encontraron uno bien iluminado después de caminar un poco. Entraron y pusieron el pestillo.

- Estaremos bien aquí – suspiró Tomás.

Se sentaron en el suelo del pequeño recinto y por el cansancio que tenían, incluso a pesar del miedo, se durmieron profundamente esperando despertar con el Sol de la mañana. Un golpe terrible les despertó. Cuando abrieron los ojos vieron un coche empotrado contra las vidrieras del banco. Unas vidrieras que estaban preparadas para impactos así y habían resistido a duras penas el golpe del coche. Vieron horrorizados cómo un joven conducía ese vehículo y al ver que no había abierto hueco, dio marcha atrás al cuatro por cuatro que conducía y volvió a embestir contra los cristales del cajero. Esta vez el coche se terminó de romper y la puerta del cajero saltó en mi pedazos llenando de cortes a Tomás y Paula. Por suerte el conductor quedó inconsciente y pudieron salir de allí corriendo. Otros amigos de ese chico estaban esperándoles fuera.

- ¿Qué queréis? ¿Dinero? -ofreció Tomás -. Aquí tenéis, todo lo que nos queda, que no es mucho.

Dejó caer su cartera para que la cogieran y quizás se pelearan por tenerla. Lo que les heló la sangre a él y su mujer fue que ninguno miró la cartera del suelo. Sin mediar palabra les golpearon con sus bates y palos y ambos perdieron el sentido.

El despertar fue doloroso. Todo el cuerpo le dolía a Tomás pero no se sentía cómodo ni cuidado por algún enfermero. Abrió los ojos, uno de ellos morado y se encontró en un lugar terrible. Trató de levantarse pero algo le impedía mover los brazos y las piernas. Tenía un montón de cuerpos encima del suyo y solo tenía libre una mano.

- ¡Socorro! - sollozaba una mujer que no debía estar a más de diez metros de distancia. Su voz se escuchaba muy débil, debía estar bajo la pila de cuerpos. Tomás la reconoció enseguida. 

- Paula, - siseó Tomás -. ¡Paula!

No escuchó respuesta. ¿Dónde demonios estaba, en una cámara de los horrores? No podía ser, veía el cielo estrellado y había soldados por allí. Él se encontraba en una pila de cadáveres sangrantes de más de una veintena de personas aparentemente normales, como él. Todos apaleados y ninguno despierto, salvo él. Pensó que la pesadilla estaba terminando pues los soldados al fin se habían hecho cargo de la situación y habían puesto fin a los disturbios.

- ¡Escuchen! ¡Estoy aquí!, ¡Ayúdenme!- gritó Tomás moviendo el brazo y con la voz quebrada. Su voz salía muy débil, sentía que su cabeza tenía alguna brecha y tenía toda la cara llena de sangre.

Al principio pensó que estaban rescatando supervivientes pero luego vio la verdad. Los soldados sacaban cuerpos de camiones y los arrojaban a la montaña de cadáveres. Uno de los soldados se volvió y le apuntó con su fusil.

- Uno sigue vivo - dijo el soldado, pletórico.

Se volvió y le apuntó con su arma directamente a la cara. Tomás solo escuchó el disparo y todo se hizo luz.

Paula escuchó el disparo y abrió los ojos. Había tratado de pedir auxilio y escuchó a lo lejos, como a través de un muro extraño, la voz amortiguada de Tomás invocando su nombre. Iba a gritar para llamarlo cuando volvió a escuchar su voz y un disparo lo silenció. Al abrir los ojos se encontró la oscuridad y empezó a notar la asfixia. Tenía un cuerpo sobre ella que apestaba a descomposición y a heces. Sin duda al morir esa persona se había hecho sus necesidades y todo ese penetrante olor lo tenía que soportar. Sin embargo el miedo a que alguien la disparara la hizo mantener el silencio cuanto pudo a pesar de que poco a poco se iba quedando sin aire.

Se movió levemente, serpenteando hacia arriba, intentando encontrar una separación entre cuerpos para poder respirar. Era horrible, como estar bajo toneladas de arena. Con un esfuerzo sobrehumano logró mover todo el brazo derecho hacia la parte de arriba y después empujó con todas sus fuerzas para apartar levemente el cuerpo que tenía sobre ella. Así consiguió una vía de ventilación que la permitió respirar un poco mejor. Lo malo era que ahora el hedor era mucho más insoportable. Si sobrevivía a esa situación tendría pesadillas toda su vida sobre esa noche.

Al cabo de unos minutos notó que se le estaban entumeciendo las piernas. El ruido de gente fuera se alejó y creyó que era más seguro tratar de salir de allí. Empujó un poco más al cuerpo que tenía encima, que debía pesar como setenta kilos y se deslizó hacia arriba como pudo. Fue espeluznante notar que su pie tenía que apoyarse en la cabeza de alguien y cedía a su fuerza sirviéndole de poco apoyo. Deseó con toda su alma que quien quiera que fuera, ya estuviera muerta y no padeciendo una agonía.

Cuando su cara salió al exterior se detuvo para observar lo que pasaba fuera. Lo primero que vio fue varios soldados rodeando el montón de cadáveres, que debían ser un centenar. Hombres, mujeres, niños donde ella se encontraba. Eran cinco soldados y por su forma de bromear y reírse supo que no estaban allí para rescatar supervivientes. Llevaban armas y uno de ellos estaba rociando con gasolina a los cuerpos más cercanos a ellos. El olor era penetrante y no tardarían en prenderlo. Quiso chillar, salir de allí de prisa, quitarse los muertos que tenía encima y salir corriendo pidiendo auxilio. Quiso matar uno por uno a esos desgraciados pero se obligó a sí misma a no dejarse llevar por el odio y debía esperar el momento oportuno para moverse. Ya pagarían esos desgraciados, pero no lo harían si no sobrevivía nadie para contarlo.

Uno de ellos encendió una cerilla y la soltó sobre el primer cuerpo. Los demás soldados se apartaron y se cubrieron la nariz con sus bragas militares. 

- Vámonos, tenemos mucho que hacer - dijo uno de ellos.

- Gracias a Dios - siseó Paula, esperanzada.

- Yo me quedo - dijo el soldado que había prendido el fuego -. Quiero ver cómo arden estos cerdos. Seguro que alguno sigue vivo, disfrutaré escuchando sus lamentos.

Otro soldado se acercó a él y le empujó por el hombro.

- No les faltes al respeto a los muertos. Vámonos.

- No te preocupes hombre - siguió disfrutando del espectáculo el otro -. El ejército es la ley y nosotros somos el ejército.

- ¡Vámonos! - el otro le agarró de la manga y tiró de él con fuerza para alejarse de la enorme pila funeraria.

El fuego alcanzaba ya a todo alrededor de Paula, extendido al instante por la gasolina desparramada, y el hedor y el humo casi la impedían respirar. Con tanto fuego era imposible saber si alguien seguía observando de modo que si ella no podía ver nada, ellos tampoco. Se movió lo más rápido que pudo y empujó al cadáver que tenía encima. Por un instante quiso quedarse a buscar a Tomás, pero supo que cada segundo era un regalo divino que debía aprovechar para salvar la vida. El fuego se acercaba poco a poco comiendo los cuerpos y sintió que el infernal calor le quemaba los pelos de los brazos y le encrespaba el de la cabeza. Pensó que si corría por entre las llamas moriría incinerada pero si no lo intentaba, moriría asfixiada antes de que el fuego la redujera a cenizas. Con desesperación arrancó la camisa a uno de los muertos, estaba ensangrentada y eso le daría un par de segundos de resistencia al fuego. Se cubrió la cabeza con ella dejando una rendija únicamente para los ojos y corrió en la dirección contraria a la que vio a los soldados.

Los cuerpos crujieron bajo sus pies y el fuego se ensañó con sus brazos y piernas. El dolor fue tan agudo que a punto estuvo de perder la cordura y el equilibrio. Corrió como si sus piernas tuvieran vida propia y atravesó el infierno envuelta en llamas. Su ropa había prendido y estaba ardiendo sobre su piel. Una vez fuera de aquel infierno arrojó lejos la camisa que había usado para protegerse el rostro y el pelo y luego usó la poca fuerza que le quedaba en arrancarse el resto de su ropa ardiente o apagarla desesperadamente y usarla para apagar el fuego que aún prendía en su propia piel. Cuando el fuego se extinguió de su cuerpo perdió el sentido.

Abrió los ojos y vio la sala de espera de un hospital. Estaba rodeada de gente herida, muchos de ellos inconscientes. Los servicios de urgencia trabajaban sin descanso. Veía enfermeros entrar y salir a toda prisa, trayendo más y más camillas. Debían ser decenas de heridos. La sala de espera estaba repleta de camillas y pronto no entrarían más.

- Por favor - dijo, con un gemido lastimoso a uno que pasaba junto a ella, después de que dejara a un enfermo -. ¿Qué es lo que ha pasado? Mi novio ha muerto y necesito saber...

- Ha habido un golpe de estado, señora - dijo el chico con expresión triste -. El ejército a decretado el toque de queda y a los que no lo han cumplido...

- ¿Toque de queda? ¿Qué es eso? - preguntó ella, confusa.

- Todos los que encontraran por las calles a partir de las nueve de la noche los han linchado - explicó el joven-. Tienen miedo a un levantamiento popular.

- ¿Por qué? - siguió lamentándose ella, empezando a ser consciente de que esos criminales nunca serían juzgados.

El muchacho se encogió de hombros y la examinó las heridas. 

- No se preocupe, pronto la atenderán. Ha tenido suerte - dijo -. La mayoría de los que están aquí no lo van a contar pero lo suyo no es tan grave.

-¿Cuándo me atenderán?

- En cuanto el médico de urgencias pueda.

Le puso una mano en su hombro y se alejó a continuar su trabajo.

Paula cerró los ojos y por fin comenzó a escuchar lo que estaba ocurriendo. Un golpe de estado había destrozado su vida para siempre, y ¿había tenido suerte? Por un momento deseó no sobrevivir a aquello pero luego su corazón se aferró a la vida y apretó los puños con fuerza. Viviría, lo haría por Tomás. Algún día esos miserables pagarían sus crímenes y ella lo vería con sus propios ojos.

Después de esa decisión dejó de pensar, conmovida por lo único que podía escuchar... Los lamentos de los moribundos.