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Este cuento es la historia de unos hechos ocurridos hace muchos, muchos años, en una pequeña aldea, situada en la ladera de una montaña y rodeada de frondosos bosques, donde vivía un honrado trampero con sus dos hijos, Nicolás y Federico, y su esposa Catalina, que cuidaba de los tres con amor y dulzura.

Aquel invierno estaba siendo más duro de lo que ninguno de los habitantes de la pequeña aldea podía recordar y Anselmo, que así se llamaba el trampero, había conseguido, a duras penas, mantener la economía familiar, vendiendo en el mercado unas pocas pieles de animales que había capturado con sus cepos.

Una noche fría y oscura, tras un día durante el que había estado nevando sin cesar, desde primeras horas de la mañana hasta bien entrada la noche, Anselmo reunió a sus dos queridos hijos en su pequeña habitación, y les dijo con su voz grave, pero dulce y cariñosa a un tiempo.

-Hijos míos, como sabéis, este invierno está resultando muy duro, además, yo ya estoy viejo, me fallan las fuerzas y mi vista empieza a jugarme malas pasadas, por lo que temo pueda tener un accidente colocando las trampas.

El hombre suspiró hondamente, y se pasó una mano por los blancos cabellos-, por esta razón he pensado que, tal vez vosotros dos podríais empezar a trabajar durante el resto del invierno, y dejar que yo descansara hasta la primavera.

-Será un placer, padre -se apresuró a responder Federico, el mayor de los dos hermanos-, yo puedo dedicarme a cuidar y a colocar las trampas, mientras tú descansas, y mi hermanito puede encargarse de ir al mercado a vender la mercancía.

-¡Me haríais muy feliz, hijos míos! -El buen hombre, visiblemente emocionado, se abrazó a los dos muchachos y los estrechó con fuerza.

Afuera, la Luna llena se dejó ver entre las nubes, y una lechuza ululó en la copa de un árbol.

Los cuatro habitantes de la pequeña cabaña cenaron, aquella noche, cerca de la chimenea, al calor del fuego, mientras charlaban animadamente.

Cuando se acostaron, otra nevada comenzaba a caer, de nuevo, sobre la aldeíta y sus alrededores.

En el interior de la casita, nadie se dio cuenta de que Nicolás, el más joven de los hermanos, después de que todos se hubieron acostado, en silencio y con mucho cuidado, salía de la casa, ordenaba a su fiel perro Tundra, un hermoso ejemplar de mastín, que permaneciese callado y marchaba en dirección al bosque.

Caminaba tranquilo, tarareando una alegre canción, sin importarle, al parecer, que lo que había empezado siendo una débil nevada, se hubiera convertido, poco a poco, en una violenta ventisca, y que la nieve y el viento azotasen su rostro desprotegido.

Llegó al bosque, tan descansado y fresco como una rosa, sin dejar de tararear, y se adentró, lentamente, entre los nevados árboles, hasta llegar a un claro, en cuyo centro se alzaba, solitaria, una enorme roca de color negro.

El muchacho rodeó la piedra con sus brazos y, con un leve esfuerzo, la movió casi un metro hacia la izquierda, dejando al descubierto una losa plana, con una argolla metálica en el centro.

Nicolás se inclinó, tomó la anilla de metal con las dos manos, y dio un tirón, alzando la pesada losa.

Todo el suelo tembló de repente, y una súbita ráfaga de viento, agitó las copas de los árboles más altos y, a pesar de que no era la primera vez que Nicolás visitaba el lugar, no pudo evitar sentir un escalofrió recorriendo su espalda, cada vez que la tierra se abría bajo sus pies, y él se deslizaba, a toda velocidad, por un frío y empinado tobogán de cristal, que habría de llevarlo hasta una enorme caverna subterránea, a más de cincuenta metros bajo tierra,

El joven se levantó de un salto y, tras sacudirse el polvo de cristal y la suciedad de la ropa, sacó una caja de largos fósforos de madera, y encendió uno, rascando la negra cabeza con una uña; al instante, toda la cueva quedó impregnada de un mágico resplandor, después de que las paredes hubieran absorbido el débil brillo de la cerilla.

Nicolás, como ya hiciera otras veces, buscó con la mirada un lugar donde descansar y esperar, finalmente, sus ojos se posaron en una roca, hábilmente tallada para darle forma de sillón y, sin pensarlo dos veces, corrió hacia ella, quedando gratamente sorprendido de lo cómodo que resultó ser el pétreo asiento.

De vez en cuando, para evitar que la caverna volviese a quedar a oscuras, encendía otra cerilla, y las rocosas paredes volvían a absorber la tenue luz del fósforo.

Habían pasado unas dos horas, desde su llegada al lugar cuando, un coro de risas y cánticos llegó a sus oídos.

Sonriendo, se alzó de su asiento, y se dirigió al lugar de donde provenían las voces. De repente, una figura, de aspecto humano, pero de piel gris oscura y pequeño tamaño, entró en el lugar, atravesando la maciza pared de roca fosforescente. El recién llegado hizo una reverencia a Nicolás, y se sentó en el suelo a esperar a sus compañeros. Estos no se hicieron esperar, y, en pocos minutos, toda la inmensa caverna se llenó de cientos de aquellas criaturas, que rodearon al muchacho, y a punto estuvieron de hacerle caer.

-¡Nicolás, amigo, aquí eres bienvenido tú! -Abriendo sus brazos en señal de saludo, el primero de los hombrecillos, se acercó al chico, tras abrirse paso, a empujones, entre sus congéneres-. ¡Tiempo sin verte ha pasado!

-¡Yo también me alegro de volver a veros, mis oscuros amigos! Pero es un asunto triste el que me trae hasta la caverna- Nicolás volvió a sentarse en el sillón de piedra, mientras los pequeños seres, cuya altura no era superior a la de un niño de dos años, sentábanse a su alrededor, en el suelo.

-Lo que te aflige cuéntanos. Nicolás amigo -pidió el hombrecillo con tono impaciente-, que te ayudaremos sabes, en lo que podamos todo, Nicolás amigo.

- Bueno, está bien, si me dejáis hablar, os contaré todos mis problemas - Nicolás suspiró y, durante unos diez minutos, se dedicó a contar a los pequeños seres todos los problemas por los que estaba pasando su familia.

-... Y mi hermano y yo hemos prometido a nuestro padre, que le ayudaremos a pasar el invierno.

-¿Trampero tu padre es?

El que debía ser el Jefe de la extraña tribu de enanos se acarició la barbilla en actitud pensativa.

-¿Qué trabajo un trampero hace, Nicolás amigo?

-Mi padre se dedica a colocar trampas y cepos por el monte y el bosque, espera a que caiga algún animal, y después vende las pieles en el mercado.

-Y, ahora, ayuda nuestra necesitas, Nicolás amigo.

-¿Podéis ayudarme? -Lleno de excitación, el muchacho tomó al hombrecito en sus manos, y comenzó con él una extravagante danza a base de giros.

-¡Qué te ayudaremos, claro, pero en el suelo déjame o marearme lograrás, Nicolás amigo!

-Oh, perdona, amigo.

-Gracias -el ser se arregló la túnica que le servía de traje y siguió hablando-; escuchar lo que te digo ahora debes, si a tu padre ayudar deseas -el joven Nicolás escuchó atentamente las palabras de su amigo.

-... Si eso tú haces, vuestros problemas todos podrás solucionar, jurártelo a ti yo puedo, Nicolás amigo -tras decir esto, la pequeña y oscura criatura, en compañía de sus congéneres, se despidió del chico, que quedó solo en la enorme caverna subterránea.

-Bien, es hora de volver a casa -cuando el último de los enanos hubo desaparecido, atravesando la sólida pared de roca, Nicolás encendió otra cerilla y se encaminó al tobogán.

>Una vez allí apoyó su mano izquierda en una piedra que sobresalía de la pared y, presionando con fuerza, la hundió hacia dentro; acto seguido, se escuchó un rumor lejano y la pared de roca se abrió ante el muchacho, que no tuvo mas que dar un paso hacia la abertura para encontrarse, de nuevo, a la entrada del bosque.

Su fiel perro lo recibió con una algarabía de saltos y cabriolas a su alrededor, aunque sin emitir el más leve ladrido.

Se despertó a la mañana siguiente, dispuesto a cumplir su parte en el trato hecho, aquella noche, con sus misteriosos amigos subterráneos.

Durante aquella mañana que, afortunadamente, estaba resultando ser más calurosa y agradable, Nicolás se dedicó a ayudar a su padre a arreglar unos muebles viejos y algunos cepos en mal estado, mientras Federico recorría los alrededores, en compañía de Tundra, buscando las trampas, y recogiendo las presas para llevarlas a casa, para que su padre las preparase debidamente, y tener a punto las pieles para el mercado.

Regresó Federico a la cabaña, bien entrada la noche, llevando, sólo, cuatro cepos en los cuales habían caído: dos tejones, un conejo y una comadreja.

-Lo siento padre, pero esto es lo único que he podido traer hoy -el muchacho dejó la pequeña carga y se sentó en una silla-. He visto muchos cepos saltados y con restos de sangre y pelo..., pero ni rastro de animales.

-No te preocupes hijo mío, te agradezco mucho todo lo que has hecho - Anselmo tomó asiento frente a su primogénito y encendió su vieja pipa-. Y no te preocupes tampoco por los otros cepos -añadió, mientras daba una larga chupada a su pipa-. Habrán sido los lobos.

En ese momento. Catalina se acercó a Federico y, colocando un plato de sopa caliente sobre sus piernas, le dijo, cariñosa y maternal:
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-Toma, querido, te hemos guardado una poca sopa de la cena, tómatela rápido, o se enfriará. >-Gracias, madre -el joven sonrió y empezó a engullir el contenido del plato, con avidez; una vez terminó, se levantó de la silla y dejó el plato en un cubo lleno de agua,

Fuera de la casa, Nicolás jugaba con su perro y pensaba en las palabras de los oscuros hombrecillos, habitantes de la caverna bajo el bosque.

"Una piel de tu padre coge cuando a tu casa llegues, muy bien guárdala, y la vez próxima que a vemos vengas, contigo tráela"

Tan ensimismado en sus pensamientos se hallaba, que no se dio cuenta de que su gran perro, en sus ansias por jugar, se preparaba para saltar sobre él y, antes de darse cuenta, se encontró tendido en la nieve, cuan largo era, con el enorme animal encima, ladrándole en la oreja.

-¡Quita de encima, perro idiota! -Como mejor pudo, se quitó de encima al can, y se levantó.

Después, entró en la cabaña y se sentó junto a su hermano, con Tundra tendido a sus pies.

-¿Sabes si padre ha preparado ya las pieles para mañana venderlas en el mercado?

-Creo que si, pero será mejor que le preguntes a él -Federico se alzó de la silla y marchó a su habitación-. Buenas noches, Nicolás, voy a dormir, esta mañana me he levantado muy temprano, y tengo sueño -el muchacho bostezó y añadió-. Sería mejor que tú también te acostases pronto.

-¿Por qué?

-Creo que mañana el mercado empieza temprano, y tendrás que estar descansado si no quieres llegar tarde.

-Si, es una buena idea, pero primero hablaré con padre. Buenas noches -Nicolás, una vez quedó solo, se levantó de la silla y salió de la cabaña, seguido de su perro.

Afuera, su padre, sentado a la puerta de la casa, limpiaba los cepos y preparaba las pieles traídas por Federico, para la venta en el mercado, a la luz de un farol de gas.

¡Hola Nicolás! -El anciano alzó la vista hacia su hijo y dejó a un lado todo lo que tenía entre manos.

-¿Qué estás haciendo padre, tienes ya las pieles listas?

-Claro, ahí están -Anselmo hizo un gesto con la cabeza en dirección al pequeño montón de pellejos, limpios y cepillados con esmero-. Mañana es día de mercado, no hay mucha mercancía, pero algo es algo -el hombre se alzó de la silla apagó la lámpara de gas y, tras recoger las pieles y las trampas, entró en la cabaña.

-Nicolás, mañana cuando llegues al mercado, quiero que preguntes por D. Sancho, es un buen hombre, y seguramente comprará la mercancía a buen precio.

-Como desees, padre -durante un breve instante, los dos quedaron en silencio.

Finalmente, Nicolás dio las buenas noches a su padre y marchó a dormir.

Esa noche, como la anterior, el muchacho marchó al bosque, y descendió por la rampa de cristal, hasta la enorme caverna subterránea.

Esa noche, sin embargo, sus pequeños y oscuros amigos, ya estaban esperándolo cuando llegó.

-¿Lo qué te pedimos trajiste, Nicolás amigo? -El jefe de los hombrecillos se acercó al chico y extendió sus manos, para recoger lo que el muchacho le entregaba.

-Sí, he traído la piel más bonita y mejor cuidada, ¿para qué la queréis? -Como única respuesta, los extraños seres comenzaron a marcharse de la caverna, atravesando, como tantas otras noches hicieron, la pared de roca maciza, uno tras otro, hasta que sólo quedaron en el lugar, Nicolás y el cabecilla de la tribu

-SÍ seguirnos quieres, Nicolás amigo, este cinturón ponerte debes -el hombrecito entregó a Nicolás un cinturón hecho de un extraño material-. Sígueme -ordenó después y, al igual que sus compañeros, atravesó la pared sin esperar al joven-

Nicolás, con miedo, extendió su mano y tocó la pared.

En es instante, un cosquilleo recorrió su cuerpo, ¡y su mano se hundió en la roca! Nicolás lanzó un grito y retiró la mano. Finalmente suspiró hondamente y, armándose de valor saltó hacia la pared y la atravesó como si fuera una cortina de agua.

-En llegar mucho tardaste, Nicolás amigo -la voz del hombrecillo oscuro sonó a su lado y un par de pequeñas manitas grises le ayudaron a levantarse cuando cayó al suelo, tras salir de la pared-. Una experiencia nueva para ti atravesar paredes es, Nicolás amigo.

-Si, ¡y espero no tener que repetirlo! -Mientras hablaba miraba fascinado todo lo que le rodeaba.

-Interesado estás veo, en lo que te rodea, Nicolás amigo -por primera vez el hombrecillo sonrió y sus facciones se suavizaron-. Nuestro hogar esto es, Nicolás amigo. Gran Nave darte la bienvenida desea, Nicolás amigo.

- Se te saluda joven humano -una voz, que parecía salir del fondo de la tierra, sonó en todo el lugar-. Llámame Gran Nave si deseas algo de mí, por ahora, si deseas conocerme, sólo tienes que seguir al jefe O\'x -dicho esto, la misteriosa voz se extinguió.

-Bien, a la voz de Gran Nave ya escuchaste, ahora, si conocer esto quieres, por favor, sígueme -el hombrecillo tomó la mano del chico y añadió-. Nicolás amigo.

El muchacho se dejó arrastrar por su anfitrión en su recorrido por el interior del inmenso vehículo espacial.

-¿Vosotros vivís aquí? ¿Qué... qué se supone que es esto?

-¿El día que llegamos recuerdas, Nicolás amigo? -Se detuvieron ante una puerta metálica, y O\'x colocó su mano derecha sobre una placa circular situada junto a la entrada, y esta se abrió, silenciosamente, deslizándose hacia la derecha.

-Sí. Lo recuerdo -Nicolás dejó volar su mente hasta aquel día, meses antes, en que paseaba cerca del bosque en compañía de su perro, y vio aquella cosa brillante precipitarse sobre una colina cercana; aquella misma noche, Nicolás marchó al bosque, guiado por una misteriosa llamada, que lo llevó hasta el claro de la arboleda, y le mostró la entrada secreta a la cueva subterránea.

-Mucho nos has ayudado, desde que aquí llegamos, amigo nuestro eres, y agradecértelo queremos, Nicolás amigo -el interior de la sala donde se encontraban se iluminó de repente, y el joven pudo ver varias máquinas que funcionaban emitiendo un zumbido apenas audible, y desprendían una tenue luz amarillenta.

Entonces, O\'x se apartó de Nicolás y caminó hasta una consola de metal plateado, en la que se apreciaban un grupo de pequeñas palancas y dos monitores.

El extraño hombrecillo activó una de las palancas, y uno de los monitores se encendió, mientras, a su lado, surgía una tubo de metal, también plateado, coronado por una esfera de cristal.

O\'x pronunció unas palabras en un idioma desconocido para Nicolás y, acto seguido, otro de los seres de piel gris se personó en la sala, emergiendo del suelo sobre una plataforma redonda.

O\'x se apartó del tubo metálico y saludó al recién llegado, el cual, tras una reverencia, le entregó la piel que Nicolás había llevado a la caverna.

Después se retiró, dejando de nuevo, solos a Nicolás y a O\'x.

-Acércate, Nicolás amigo -El hombrecito gris corrió hacia una de las extrañas máquinas y esperó a que el chico se aproximase.

-¡Esa es mi piel!

-Si, tu piel es, pero déjame con ella algo hacer, Nicolás amigo -O\'x volvió a sonreír.

-¿Qué piensas hacer? -Nicolás comenzaba a mostrarse nervioso e impaciente.

-Por favor, que te tranquilices quiero, Nicolás amigo -sin dejar de sonreír, O\'x pulsó un botón de la máquina, y una abertura rectangular apareció en la parte frontal del aparato-. ¿Preparado estás para esto, Nicolás amigo?

-¿Para qué? -O\'x no respondió, se limitó a arrojar el pellejo al centro de la abertura, para asombro de su invitado.

-A tu casa vuelve, y tranquilo descansa, Nicolás amigo -el hombrecillo extendió su mano, y tocó el pecho de Nicolás, que cayó al suelo sumido en profundo sueño. Cuando despertó vio, con asombro, que se encontraba en su cama. Corriendo, se vistió y marchó a buscar a su madre y a su hermano.

-¿No vas a desayunar, cariño? -Su madre preparaba unas rebanadas de pan tostado, cuando su hermano entró en la casa y, sin darle tiempo a decir una palabra, lo agarró del brazo y lo sacó fuera de la vivienda.

-¿Q-qué ocurre?

-¡Mira! -Federico, lleno de excitación apuntó, con su índice derecho, el pequeño cobertizo de madera, donde su padre almacenaba las pieles y los cepos, de donde surgía una cegadora luz blanca.

-¿Y padre? -Nicolás caminó hasta la diminuta construcción y miró el interior. Dentro de la casita, envueltas por un extraño resplandor, las pocas pieles, que su padre y su hermano habían conseguido colectar durante aquellos días comenzaban a multiplicarse, ¡y cada una de las nuevas pieles era de una calidad y textura inmejorables!

Lleno de alegría, Nicolás comenzó a bailar en torno a Federico, que se limitó a mirarle sin decir una palabra.

Entonces, tan misteriosamente como había empezado, la luz se extinguió, dejando el cobertizo lleno hasta el techo de pieles nuevas y relucientes.

-¡-Hola, hijos! -Anselmo apareció en ese momento, llevando un cepo en cada mano.

-¡Hola, padre! -Nicolás, sonriente y pletórico de alegría corrió a su padre y lo abrazó con fuerza.

-¿Ha visto eso, padre, ha visto el cobertizo?

-No, ¿qué pasa con el cobertizo? -El hombre apartó a su hijo y se asomó al interior de la caseta de madera, para salir, un instante más tarde, corriendo hacia la cabaña, cargando en sus brazos un montón de aquellas pieles, mientras llamaba a su esposa a voz en grito.

La sorprendida mujer, salió a la puerta.

-¿Qué ocurre? ¿Por qué gritas así? -Catalina se detuvo ante su marido-. ¡Santo Dios! ¿¡De dónde has sacado todas esas pieles!?

-¡En el cobertizo hay muchas, muchísimas más! ¡Si las vendemos todas, tendremos mucho dinero! -Anselmo abrazó con fuerza a su esposa, mientras, Nicolás y Federico miraban divertidos y felices.

Aquel día decidieron dedicarlo a recoger todas las pieles del cobertizo y ordenarlas para la venta en el mercado. Incluso Tundra colaboró con la familia, ayudándoles a sacar los pellejos de la caseta o, simplemente, permaneciendo tendido en el suelo, sin molestar a su amo y a su familia.

Cuando llegó el mediodía, ya lo tenían todo preparado y listo: todas las pieles recogidas en diversos paquetes, perfectamente apilados en la caseta.

-Ahora tendremos que esperar al próximo día de mercado para vender las pieles -comentó Federico, con cierto pesar en su voz, mientras comían-

-Bueno, no será necesario, hijo mío -Anselmo sonrió y añadió, en tono satisfecho.

-Creo que ya te hablé de don Sancho.

-Sí.

-Te puedo asegurar que a él no le importaré acercarse por aquí, cuando vea una muestra de la mercancía.

Sin dudarlo un instante, el joven Nicolás, se ofreció para marchar al pueblo, en busca del comerciante.

En pocos minutos, tuvo preparado el caballo, y uno de los paquetes atado al lomo del animal.

Marchó al galope, con Tundra a su lado, ladrando feliz.

Se encontraba a unos quinientos metros de la entrada del pueblo, cuando una voz familiar llegó a sus oídos, y el muchacho se apeó de un salto.

- Hablar contigo, para despedirme en nombre de mí pueblo, deseo, Nicolás amigo -Allí, sobre una roca cubierta de nieve, O\'x le observaba.

Llevaba en sus manos el cinturón que la noche anterior utilizase el joven Nicolás.

-¿De verdad vais a marchar? -El muchacho, visiblemente apenado caminó hacia la roca y se sentó en ella junto a su oscuro amigo.

-Saberlo ya deberías, era temporal nuestra estancia en el planeta Tierra; pero olvidarte jamás podremos, ayuda mucha nos has ofrecido, por eso, un regalo hacerte queremos, Nicolás amigo -El pequeño ser extendió sus manitas y colocó el cinturón en tomo a la cintura del muchacho.

-G-gracias, prometo guardarlo como un tesoro.

-¡De guardarla como un tesoro no se trata, Nicolás amigo! -O\'x, meneó la cabeza de izquierda a derecha, y añadió, en voz muy, muy bajita.

-Que lo utilices sabiamente quiero, si así tú lo haces, de mucho podrá ayudarte, Nicolás amigo. Ahora, marcharme debo, que vivas feliz y en paz muchos años te deseo, Nicolás amigo -dicho esto, O\'x comenzó a elevarse, lentamente, hacia el cielo de la tarde, dejando a Nicolás con el cinturón puesto y los ojos clavados en el firmamento, mientras las palabras del enano de piel gris resonaban en su cabeza.

Pasaron varios minutos antes de que Nicolás decidiese emprender, de nuevo, la marcha; por fortuna, estaba cerca del pueblo y no tardó en llegar ni en encontrar la casa de don Sancho, que lo recibió con mucha amabilidad, invitándolo a descansar en el salón de su vivienda, mientras, él examinaba las pieles.

-¿Y dices que en tu casa tenéis más como estas, chico? -Don Sancho se sentó frente a su invitado, con sus manos acariciaba una de las suaves y brillantes pieles.

-Sí, señor -Nicolás sonrió satisfecho-. ¡Tenemos el cobertizo lleno!

-Ah, siendo así, será cuestión de ir a tu casa -el hombre se levantó y, tomando su abrigo, se dispuso a partir-. ¿No?

-¡Claro, señor! -Loco de alegría, el muchacho se alzó de su asiento y corrió hacia la puerta-. Mí padre estará muy contento de su visita.

-Tu padre es un buen hombre, y espero me diga dónde ha conseguido estas pieles tan maravillosas -don Sancho montó sobre su yegua y, seguido de cerca por Nicolás y su fiel perro inició el camino hacia la cabaña de Anselmo el trampero.

Quedó tan encantado don Sancho con la mercancía que, no sólo compró todas las pieles, si no que pagó por ella más del doble de su precio habitual y, aunque Anselmo no pudo revelarle el origen de las pieles, el comerciante ofreció a la familia del honrado trampero, toda la ayuda y amistad para tiempos futuros.

Y, así, Nicolás y su familia pudieron dejar la cabaña y trasladarse a un hogar más grande y acogedor en el pueblo, donde, Anselmo y Catalina pasaron el resto de sus días juntos, mientras, Federico, joven, inteligente y trabajador marchaba a la ciudad a buscar fortuna y donde, al cabo de los años, logró, honradamente, amasar una importante riqueza, casarse y vivir feliz por muchos años, en compañía de su mujer y tres maravillosos hijos.

Y, qué fue de Nicolás?

El buen Nicolás, tras una última visita a la cueva bajo el bosque y encontrar un último regalo de O\'x decidió dedicar su vida a la búsqueda de tesoros perdidos, con la ayuda del cinturón "mágico" que le permitía penetrar en cualquier lugar sin dificultades, siempre acompañado de su fiel perro Tundra.

Sin embargo, nunca olvidó sus humildes orígenes, ni a su familia, y no olvidó, en toda su larga vida, a sus pequeños y oscuros amigos del bosque, que tanto hicieron por él.

Un día, años después, siendo ya muy, muy viejecito, Nicolás recibió una visita inesperada, que le llenó de alegría: Se encontraba sentado a la puerta de la vieja cabaña de sus padres, cuando una voz conocida, y que no escuchaba desde hacia años le hizo ir hasta la cueva subterránea, donde un viejo amigo le esperaba.

-Para recogerte he venido, ¿con nosotros deseas venir, Nicolás amigo?

-¡Ya soy viejo, 0\'x! ¿Dónde voy a ir?


-Con nosotros, Nicolás amigo -y, diciendo esto, O\'x tomó la arrugada y ya frágil mano del anciano y, como hicieran años atrás, atravesaron la maciza pared de roca y entraron en la nave.