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La luna no había asomado todavía su cabeza. Era sin embargo inminente la llegada de la noche, y yo
Oscuridad
apenas había abandonado aquel caserón viejo y oxidado de los extrarradios de la ciudad, que en otros tiempos pudo ser el lugar vacacional de altos mandatarios pero que ahora emanaba un olor de podredumbre mezclado con el de las plantas.

El caserón era inmenso, su fachada estaba totalmente cubierta por vegetales y la disposición, en su interior, era hexagonal con numerosos patios con fuentes de agua. Yo me situaba en uno de los patios más alejados de la entrada principal, junto a mis amigos frente a frente, sentados alrededor del conocídisimo juego de Ouija, pero como ya he dicho anteriormente se hacia tarde y nosotros todavía seguíamos a la espera de alguna respuesta de ultratumba, algún signo de encantamiento.

Sin resultados, decidimos marcharnos, no en vano, hasta el día siguiente, entre jadeos y risas, arrastrando las piernas en señal de cansancio. Todos fuimos abandonando el patio donde nos encontrábamos, uno a uno, intentando recordar el camino de salida. Pero, aunque memorizamos el camino, algo en nuestras mentes falló y ninguno de los siete que formabamos el grupo supo acordarse. Nosotros seguimos caminando, precipitadamente, buscando la salida a aquel laberinto de patios y pasillos, a medida que nuestro corazón acrecentaba su ritmo por la angustia a la llegada de la noche.
Callejonoscuro

Negro era el color que en el cielo ya pintaba y nosotros nos hallábamos sentados en el suelo de alguno de los patios, en una esquina, angustiados por la situación y sin apenas dirigirnos la palabra. La oscuridad era casi total, solo se distinguían las estrellas en el cielo, frente nuestra era todo negro. Con miedo, esperamos sentados dos o tres horas, ahora si, hablando y autocriticando nuestra torpeza por haber olvidado el camino. Sin olvidar que todavía habría de esperar al menos seis o siete horas para el amanecer, decidimos levantarnos y tantear lo que se encontrase a nuestro alrededor. Sabíamos que frente al caserón había una carretera secundaria y que al menos era iluminada por algunas farolas por lo que cerca de la entrada habría un poco de luz al menos para salir a la calle.

Sin embargo, era demasiado arriesgado moverse del sitio sin luz ya que el suelo no era precisamente de planta regular, numerosas piedrecillas, plantas e incluso arboles cubrían el suelo y era casi suicidio andar en la oscuridad. La espera se hizo larga, y mientras tanto hablábamos para distraer nuestra atención, pero uno de nuestros compañeros se dio cuenta tras cabecear de que el cielo no era lo que nos cubría. Asombrosamente el cielo había desaparecido, encima nuestra no había nada, era la oscuridad lo que lo cubría todo. Las estrellas no eran ya visibles. Pero también pudimos caer en cuenta de que una luz blanca empezó a hacerse visible, de algún lugar del patio algún foco nos iluminaba. No entendíamos nada, todo resultaba confuso, el ruido de grillos se silenció y una sensación de calor invadió nuestro cuerpo. El patio ya no era un patio si no una habitación vacía y de paredes blancas, suelo blanco y techo blanco. De todas formas nuestro cerebro seguía sin comprender las dimensiones del sitio donde estábamos. Parecía pequeño pero si tomábamos algún otro punto de referencia la habitación aumentaba aparentemente de tamaño.

Todo resultaba extraño. Estábamos asustados pero seguíamos sentados en el suelo, en aquella esquina del antiguo patio. Sin embargo no recuerdo más de aquella escena. Mis recuerdos saltan directamente a otro punto del tiempo donde recuerdo que la habitación era de color rojo y yo y mis compañeros estábamos de pie, en fila, atravesando uno de los patios cuando una cuchilla proveniente del techo nos atraviesa a todos partiéndonos en dos partes y mi cabeza rodaba viendo todo girar en torno a mi y notando que mi cuerpo estaba en alguna otra parte del pasillo. Era todo terrorífico y nuestro (mi) desconcierto excepcional.

Pero de pronto todo se vio interrumpido cuando levanté mis párpados. Supuse somnoliento que todo aquello había sido un sueño, puesto a que la luz era fuerte. Mis compañeros seguían a mi lado todavía dormidos y me dispuse a levantarlos a gritos. Todos se contentaron debido a la llegada del día, ya podíamos abandonar aquel edificio y regresar a casa, teníamos hambre y nuestros músculos destrozados.

En la oscuridad

Nos levantamos del suelo y corriendo intentamos localizar la salida. De hecho divisábamos al fondo una potente luz proveniente de algún gran hueco, que supusimos que seria la alguna puerta de acceso al edificio. Cada vez nos encontrábamos mas cerca de aquella puerta, a zancadas nos íbamos acercando, pero cuando nos encontrábamos casi en frente de la puerta caímos en algún agujero o zanja del suelo. Uno tras uno fuimos picando en la trampa y todos acabamos en aquel agujero, de poca profundidad pero con altura suficiente como para no ser escalado fácilmente. Nuestros huesos parecían romperse y apenas teníamos fuerza para levantarnos.

Todavía llegan a mi mente recuerdos de aquella experiencia, ya sin embargo con poca claridad. Y yo ahora desconozco el lugar de nuestro paradero, la oscuridad más extraña nos invade, sigo dudando de si todo fue real, o si todavía estoy en este mundo. Aunque sigo conservando esperanzas de que todo esto sea un sueño, pues quiero volver a ver la luz del día.

¿Cuándo despertaré?