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Benjamín y su novia, Jenny, vivían en un pequeño y cómodo apartamento en el centro de la ciudad. Cada uno estudiaba una carrera en una facultad. Ambos se graduarían en dos meses. Ninguno de los dos salía a fiestas con frecuencia, ya que ambos preferían estar el uno con el otro.

Mientras que el amor de Benjamín a Jenny era puro y este deseaba pasar el resto de su vida con ella, Jenny se había aburrido y gustaba de otro chico.

Un día, Jenny le dijo a Benjamín que saldría con una amiga y salió con el chico. Aunque Jenny no solía salir tan de repente, Benjamín confió en ella. A altas horas de la madrugada, ambos se habían alcoholizado y mantuvieron relaciones. Al haber terminado, el chico se duchó. Mientras lo hacía, Jenny revisó su celular. Había navegado por páginas de cultos, pactos e invocaciones; era un aficionado a las historias de terror.

Una semana después, Benjamín se fue cuatro días de intercambio a ocho horas de su ciudad. Jenny fue al hogar de su compañero. Este le confesó una fantasía; quería dibujarle un pentagrama desde sus pechos hasta su cintura, hacerle cortes y lamerle sus heridas. Jenny aceptó.

Al haber regresado, una chica que los había visto por la ventana le contó a Benjamín la infidelidad de su novia. Benjamín habló con Jenny, pero esta fingió no saber nada. Esa noche, se ducharon juntos. No había pentagrama alguno.

Esa madrugada, Jenny gimió y pataleó. Benjamín le abrió sus párpados, pero sus globos oculares se habían volteado por completo. Al otro día, Jenny solo recordaba haber tenido un sueño sádico. Las semanas posteriores, fue igual y peor. Se levantaba por las madrugadas, se pegaba contra la pared, colocaba sus manos las hornillas prendidas de la cocina, comía fragmentos de vidrio y se despertaba por las mañanas con moretones y sangre. Luego, salía de la casa y volvía con restos de sangre y carne en su boca.

Benjamín instaló una polaroid frente a la cama. En las grabaciones, los ojos de Jenny se veían negros. Ambos fueron a la iglesia e hicieron ofrendas. Un sacerdote iría a encontrarse con ellos. La noche antes de la cita, Benjamín le colocó una minicámara. Al amanecer, Benjamín despertó solo. Jenny no estaba ni en la cama, ni en la puerta como solía. Sus vecinos la habían visto ir al bosque.

Allí, su cuerpo mutilado. Sus uñas habían sido arrancadas de sus manos. Sus pupilas habían sido succionadas. Sus dientes habían sido apedreados. Sus órganos habían sido derramados. Su corazón tenía una apertura. En ella, la cámara.

Esta había grabado cómo ella se dirigía al bosque y caía en un pozo. Fue golpeada, pateada, escupida, orinada y defecada. Fue arrastrada en frente de un demonio. Fue ahorcada, azotada y pisoteada. Cuando ya había sido torturada, fue violada.

En su funeral, el chico con el que ella había tenido sexo le dijo a Benjamín «Amigo, fue una perra contigo y es ahora, por eso, la perra del diablo»