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Me levanté con un escalofrió, helado como si estuviera en mitad del invierno. Pero aún era Julio y los dos últimos días habían sido los más calurosos del año.

Me levanté de la cama, sintiendo el sudor resbalar por mi cara. Mi cabeza se sentía como si estuviera llena de arena, pesada y lenta. La luz que se filtraba por la ventana cegaba mis ojos. Todo giraba. La fiebre aún no había terminado. Por al menos una semana, mi cuerpo estaba combatiendo contra algún tipo de gripe. Si me encontraba mejor o peor hoy, aún no podía decirlo. Sabía que necesitaba desayunar, pero no tenía hambre.

Con mi cabeza impidiéndomelo, despacio caminé escaleras abajo hasta la cocina. No había nadie, me acerqué al frigorífico por algo para comer. Puse mi mano sobre la puerta.

“Buenos días, Robin.”

La voz de mi madre tras de mí me hizo darme la vuelta. Su cara me miraba, pero sus ojos... No estaban allí. Sin pestañas, cejas o incluso agujeros. Era como si la frente los hubiera consumido y hubiera hecho ese espacio suyo.

Me desperté en mi cama, tal vez por el grito que había dado. Estaba temblando. Sudado. Mi cabeza latía. El sol brillaba tras las cortinas. Un mal sueño, nada más. Despertarme de esta manera hacía que mi cabeza no parara de dar vueltas. Cerré los ojos, esperando que parara. Me levanté de la cama y recorrí despacio el camino hasta la cocina. Estaba vacía.

¿Dónde estaba todo el mundo?

Siempre hay alguien en la cocina, al menos. Entré y puse mi mano sobre la puerta del frigorífico.

“Buenos días, Robin.”

No sé si alguna vez me he movido tan rápido en mi vida, pero la voz de mi madre me hizo girarme tan rápido como…

Me estaba mirando, pero su cara… No estaba ahí. No tenía boca, ni nariz, ni ojos. Había sido borrada por alguien o algo.

Pesadilla

Me desperté de nuevo en mi cama. Mi habitación aún estaba oscura y podía ver la luz de las farolas por mi ventana. Miré mi teléfono. Las 3:47 AM.

Mi boca estaba seca como un desierto. Necesitaba algo de beber pero mi cabeza se sentía como un bloque de cemento. Estaba sudando y las sábanas se sentían pegajosas y mojadas. Conseguí levantarme de la cama. Mi cabeza latía con cada paso en la escalera a través de la oscuridad de la casa silenciosa, intentando no quejarme por el dolor. Entro en la cocina y camino hacia el frigorífico. Agarro la puerta, me preocupo por un segundo. Tan sólo es una pesadilla.

Abro la puerta y tomo la botella de agua. Casi la vacío por completo antes de cerrar la puerta y pensar en volver a subir por la escalera.

“Buenos días, Robin.”