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Despertó con una angustia que le oprimía el pecho y su corazón latiendo cual mil caballos desbocados. -¡Horrible pesadilla!-pensó mientras se miraba en el espejo. Tuvo que frotarse los ojos ante la imagen que tenía frente a sí. Era ella misma, por supuesto, aunque su dorado cabello estaba teñido de reflejos plateados, confiriéndole un aspecto de envejecimiento.

Recordó el sueño de la noche anterior y se dio cuenta de lo que sucedía. En su mundo de sueños, en el inframundo, existía un maquiavélico ser, “El devorador de Vida”. Un monstruo con el rostro deformado y sangrantes cuencas sin ojos, aunque con una mirada que cada noche la apresaba y absorbía parte de su vida. Si continuaba así en varios días habría muerto, por lo que se preparó para la batalla.

Llamó a la oficina alegando que se encontraba mal y preparó todo lo necesario para la llegada de la noche. Una vez se hubo escondido el sol tras las montañas, se tumbó en la cama portando una gran espada y una daga que llevaba a la espalda.

Tras varios minutos de nerviosismo, un sueño profundo se apoderó de ella y se encontró en un largo y angosto pasillo de una negrura infinita. Palpó las paredes y al tacto notó vísceras chorreantes de sangre y un hedor a azufre. Tuvo que llevarse la mano a la boca para evitar el vómito y emprendió la huida corriendo con todas sus fuerzas.

A lo lejos vio una pequeña luz que, a medida que avanzaba, se agrandó hasta llegar a ser una gran y amplia sala. Estaba iluminada por antorchas con cabezas de cadáveres a medio descomponer, notó un aliento frío a su espalda y girando sobre sí misma le vio. Era enorme, sus manos eran huesudas y con afiladísimas uñas y su cuerpo a medio descomponer dejaba entrever las vísceras malolientes.

-¿Sabes que perderás?- Dijo el monstruo.

Sin mediar palabra, desenvainó la espada y le asesto un enérgico golpe que le amputó el brazo derecho. Un grito atronador, de ultratumba, la dejó un poco atontada, y aprovechando esos segundos, el Devorador cogió la espada y lanzó el arma junto con ella, varios metros a la derecha.

Se acercó a la muchacha y le dijo.

-¿Aún no sabes que vivo en ti desde siempre?- Afirmó.- ¿No comprendes que me has alimentado con tu ira y odio?

De pronto todo encajó como un puzzle. Siempre había sido una muchacha tímida y sumisa, incapaz de negarse a nada. Las insatisfacciones y rencores que sentía fueron el alimento del Devorador.

Mientras el monstruo se acercaba, sacó de la espalda la daga y traspasó su corazón. Mientras el monstruo caía sin vida a sus pies notó un lacerante y profundo dolor en el pecho que le hizo perder el conocimiento.
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A la mañana siguiente despertó algo mareada pero con un vigor y unas energías que jamás había sentido.

-¡He ganado la batalla!- Se dijo para sus adentros y se encaminó al baño. Una vez dentro se dio un largo y relajante baño que le hizo sentirse mucho mejor. Se secó con sumo cuidado, sobre todo, la zona del pecho cubierto por una horrible cicatriz y se vistió lentamente.

Frente al espejo se maquilló y se encontró más rejuvenecida y bella, aunque en sus ojos había un brillo maligno. Giró y saliendo del baño escuchó la voz del Devorador.

-Te olvidas algo- Dijo. Y a través del cristal alargó el brazo para tomar la daga ensangrentada y guardarla en su bolso. Una vez se hubo marchado El Devorador de Vidas, al otro lado del espejo, comenzó a reír con grandes carcajadas, sabiendo que la tenía bajo su control.