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El joven Norman viajaba a gran velocidad en uno de los más modernos y aerodinámicos expresos, en dirección norte. Se recostó en su asiento de primera clase, en el vagón de fumadores, y encendió un cigarrillo. En la red de equipajes que tenía enfrente iba su estuche con el par de escopetas que jamás consentía perder de vista, si podía; al lado, la caja de munición con más de mil cartuchos; el resto de su equipaje, sabía, iba seguro en el furgón. Esperaba pasar una espléndida semana de caza en Greystones, uno de los mejores cotos de Inglaterra. Se daba cuenta de que había tenido una suerte increíble al haber sido invitado. Sin embargo, tenía una interrogante. ¿Por qué, se preguntaba, le habían invitado precisamente a él? Para empezar, conocía muy superficialmente a sir Hiram Digby, su anfitrión. Había hablado con él una o dos veces en otras tantas cacerías en Norfolk; y aunque había sabido causar buena impresión cuando estuvo cerca de él, no creía francamente que fuera razón para que le invitase. Habían participado demasiadas buenas escopetas para venir a escogerle precisamente a él. Estaba seguro de que había otro motivo. Sus pensamientos, mientras daba chupadas, ensimismado, al cigarrillo, se orientaron fácilmente hacia otra dirección: hacia Diana Travers, la sobrina de sir Hiram Digby.

El deseo, recordó, es a menudo padre del pensamiento; pero se aferró a él con obstinación y con morosa complacencia. Era Diana Travers quien había sugerido su nombre; podía muy bien ser así, y probablemente lo era; y cuanto más lo pensaba, más convencido se sentía. Eso explicaba la invitación, en todo caso. Un singular estremecimiento de emoción y placer le recorrió al retroceder en la memoria y evocar el recuerdo de ella. La veía como una criatura extraña, totalmente distinta de las chicas normales y corrientes; pero extraña en el mismo sentido en que era extraño él también; porque ya tenía años suficientes para darse cuenta de que era extraño, de que se mantenía algo apartado de los jóvenes de su edad y posición. De buena cuna, rico, deportista y demás, no pertenecía sin embargo a su tiempo en algunos aspectos. Podía beber, divertirse, enfurecerse, disfrutar con sus compañeros; pero sólo hasta un punto, a partir del cual se retiraba insatisfecho. Había «otras cosas» que le reclamaban con terrible fuerza interior; y no podía mezclar las unas con las otras. No lograba explicarse a sí mismo cuáles eran estas otras cosas, y menos aún explicarlo a sus alegres camaradas. ¿Eran cosas del espíritu? No estaba seguro. Eran cosas extrañas, paganas, que pertenecían a tiempos antiguos. No sabía. Eran de un encanto y un poder inefables, y le alejaban de la corriente de la vida moderna... Eso si lo sabia. No podía precisarlas para sí mismo; mucho menos hablar de ellas a otros.

Luego conoció a Diana Travers y supo —aunque no se atrevía a expresar con palabras su descubrimiento— que ella sentía algo parecido. La vio por primera vez en un baile en la ciudad, recordaba; y recordaba también cómo se había estado aburriendo, hasta que la conoció casualmente; y lo feliz, encantado y satisfecho que se había sentido después. No es que se hubiese enamorado de repente, por supuesto; ni que ella fuese irresistiblemente hermosa: era alta, rubia, con un rostro radiante aunque no bello, una voz suave y movimientos graciosos; Norman sabía que había miles que la aventajaban en todas estas cualidades. No; no fue el clásico flechazo, la fiebre del apareamiento, el instinto gregario que le decía que ella podía ser su chica, sino la vieja convicción, más bien, de que ocultaba los mismos anhelos misteriosos y oscuros que él, la fuerza deliciosa y terrible que le apartaba de la especie humana hacia «otras cosas» desconocidas.

Estando juntos en la terraza, donde se habían refugiado huyendo del calor y el clamor del salón de baile, reconoció ante sí mismo, aunque sin formularla, la abrumadora, la extraña convicción de que sus destinos estaban ligados de algún modo. No pudo explicárselo entonces; no se lo podía explicar ahora, mientras lo meditaba en este vagón de ferrocarril; y su razón lo tachaba de imaginario. Sin embargo, seguía allí. La conversación que habían sostenido, desde luego, había sido completamente corriente, y no recordaba haber tenido el menor deseo de flirtear o hacerle el amor; lo que ocurrió fue que «conectaron», como suele decirse, y que se habían encontrado deliciosamente a gusto en mutua compañía, felices y contentos. Fue casi, pensó, como si compartiesen un secreto maravilloso y profundo sin necesidad de palabras, un secreto que, evidentemente, estaba más allá de cuanto podían abarcar las palabras.

Se habían visto en varias ocasiones desde entonces, y en cada una de ellas había tenido él conciencia de ese mismo sentimiento; y una vez en que se encontraron casualmente en el parque, estuvieron paseando juntos alrededor de una hora, durante la cual había charlado ella con más libertad. De repente se había puesto a hablar de sí misma con toda franqueza y naturalidad, como si supiese que él iba a comprenderla. Al aire libre, descubrió Norman, era más espontánea que en un ambiente artificial de muebles y paredes. No era que dijera nada importante; sino más bien la voz, el ademán y los gestos que empleaba. Le había confesado lo mucho que le desagradaba Londres con todas sus obras, y que detestaba de manera especial la temporada con su brillante rutina de supuestas diversiones, añadiendo que ella siempre ansiaba volver a Marston, morada de sir Hiram en Essex. «Allí están las marismas —dijo con sosegado entusiasmo—, y el mar; allí voy con mi tío a la caza del palo, al atardecer, o de madrugada, cuando el sol sale del mar como un globo y disipa las brumas de las marismas... y, bueno, pueden ocurrir... cosas.»

Norman había estado observando con admiración sus movimientos mientras hablaba, pensando que habían elegido bien al ponerle nombre de cazadora; y había una nota de extraña pasión en su voz que en aquel momento percibió por primera vez. Toda su persona, además, transmitía la impresión de que daba por sentado que él comprendía cierto anhelo emocional que sus palabras no explicaban. Norman se detuvo, y se quedó mirándola.

—Es estar viva —añadió con una risa que hizo centellear sus ojos—. El viento y la lluvia te azotan en la cara, y los patos pasan en bandadas. Te sientes parte de la naturaleza. Se abren sus puertas, por así decir.

Así es como estaba previsto que viviéramos, desde luego. Tales palabras, de haberlas dicho otra muchacha, le habrían hecho sentirse tímido y cohibido; en ella, eran meramente naturales y sinceras. Norman no le siguió la corriente, sin embargo, aparte de reconocer que estaba de acuerdo con ella, y la conversación había derivado hacia otros temas. Aunque el motivo por el que no se había entusiasmado él, ni había seguido la pequeña clave que ella le brindaba, era que en lo más dentro de sí sabía qué quería decir. Su confesión, nada sorprendente en sí misma, ocultaba —y revelaba— toda una región de «otras cosas» significativas e importantes que era mejor no confiar a las palabras. «Tú y yo pensamos igual», fue lo que ella había dicho en realidad. «Tú y yo compartimos este anhelo extraño y preternatural, ¡pero por Dios, no hablemos de él...» «Rara chica, en verdad», sonrió ahora para sí, mientras el tren corría hacia el norte, y a continuación se preguntó qué sabía exactamente de ella. Muy poco, prácticamente nada, aparte que no tenía padres, que vivía con su tío viejo y soltero y que estaba pasando la temporada en Londres.

«Una chica con clase, en todo caso», se dijo; «y encantadora como una ninfa, además...»; y sus pensamientos siguieron divagando caprichosamente. Luego, de repente, mientras encendía otro cigarrillo, emergió.-en su cerebro un pensamiento mucho más concreto. Le produjo cierto sobresalto, porque irrumpió súbitamente en su ensoñación a la manera como suele hacerse de pronto evidente un juicio en ese estado entre la vigilia y el sueño. Diana sabe. Conoce esas otras cosas bellas y misteriosas que siempre me han subyugado. Las ha... sí, las ha experimentado. Puede explicármelas. Quiere compartirlas conmigo.,.»

Norman se enderezó en su asiento con un respingo, como si le hubiese asustado algo. Había estado soñando, estas ideas eran fantasmagorías de un sueño. Sin embargo, notó que el corazón le latía deprisa, como si le hubiese acometido una honda excitación en su estado de somnolencia. Alzó los ojos hacia el estuche de las escopetas y los cartuchos, en la red de equipaje, luego se asomó a la ventanilla haciéndose sombra en los ojos. El tren iba lo menos a sesenta millas. La fisonomía del campo iba cambiando. Habían desaparecido los setos típicos de la región central y empezaban a ser sustituidos por tapias de piedra. El paisaje se volvía más agreste, más solitario, menos habitado. Exhaló, inconscientemente) un largo suspiro de satisfacción. Sin duda había dormido mucho rato, comprendió, porque su reloj indicaba que dentro de unos minutos iba a llegar a la estación de empalme donde debía hacer trasbordo. Recordaba que Bracendale, estación vecinal de Greystones, estaba en un pequeño ramal que serpeaba entre los montes. Y unos quince minutos más tarde se encontraba, con equipaje y todo, en el tren traqueteante que iba a dejarle en Bracendale hacia las cinco. Oscurecía ya cuando, con gran esfuerzo al parecer, la trabajosa locomotora le depositó con sus preciadas escopetas y cartuchos en el andén desierto, en medio de remolinos de vapor y aire húmedo, dispuesto a afrontar su recibimiento. Con gran alivio, vio que había un automóvil esperando para llevarle las diez millas restantes hasta la Residencia de caza, y un momento después se hallaba confortablemente instalado entre lujosas mantas de viaje, presto para el trayecto a través de los montes.

Se arrellanó, dispuesto a disfrutar del aire penetrante de la montaña. Tras dejar la estación, el coche tomó un camino que durante un tramo corría por un estrecho valle; un arroyuelo caía de los montes a su izquierda, donde de vez en cuando surgían oscuras plantaciones de abetos que descendían en tropel hasta el borde del camino; pero lo que le sorprendía sobre todo era el aire de desolación y aislamiento que reinaba en todo el contorno. El paisaje le parecía más agreste y menos habitado, incluso, que las tierras altas de Escocia, No se veía ni una casa, ni una huerta. Una sensación de abandono, debida en parte, sin duda, a la oscuridad, flotaba sobre todas las cosas, como si no fuese bien recibida aquí la influencia humana, o no fuese posible, quizá. La impresión que producía era, desde luego, de lugar desolado e inhóspito; aunque para él, esta soledad contenía un temblor de belleza salvaje que le atraía. De cuando en cuando pasaban en fila unas pocas ovejas de cara negra por el camino, y una de las veces vio un pastor con barba que bajaba presuroso con su perro- Desaparecieron en la niebla como espectros. A Norman le parecía increíble que el campo tuviese este aspecto tan desolado y desierto, cuando sabía que a sólo una veintena de millas estaban las grandes urbes industriales de Lancashire. El coche, entretanto, seguía subiendo por el valle; y poco después llegó a un terreno más abierto, con unas pocas granjas dispersas y algún campo de avena junto a ellas.

Norman preguntó al chófer si vivía mucha gente por allí, y el hombre se mostró encantado de tener ocasión de hablar.

—No, señor —dijo—; es un lugar desolado en la mejor época del año; yo me alegro —añadió— cuando llega el momento de regresar al sur —había sido una época estupenda para el urogallo, y prometía ser un año récord.

Norman observó un detalle sorprendente en las casas que pasaban: muchas de ellas, si no todas, tenían una gran cruz tallada en el dintel de la puerta; incluso algunas de las verjas que daban paso del camino a los campos tenían crucifijos más pequeños tallados en el último barrote. Los faros del coche los hacían resaltar. Le recordaban las capillas y crucifijos diseminados por el campo en los países católicos; pero parecían algo incongruentes en Inglaterra. Preguntó al chófer si la mayoría de la gente de por aquí era católica; y la respuesta del hombre, en la que puso todo el énfasis, picó su curiosidad.

—Oh, no; no creo —dijo—. En realidad, señor, ya que me lo pregunta, la gente de aquí es tan pagana como la que pueda encontrar en cualquier país cristiano.

Norman le señaló las cruces que había por todas partes, preguntándole cómo se explicaba esto, siendo paganos los habitantes; y el hombre vaciló antes de responder; como si, aunque contento de hablar, no acabara de gustarle el tema de la conversación.

—Bueno, señor —dijo por fin, fijando la mirada en el camino que tenía delante—, esta gente no me cuenta gran cosa de lo que piensa, porque para ellos soy forastero, puesto que vengo del sur. Pero hay algo raro, en mi opinión. Lo que me han dicho —añadió tras una nueva pausa—, es que tallan esas cruces para protegerse.

—¿Para protegerse? —exclamó Norman un poco sobresaltado—. ¿Para protegerse de qué?

—De... bueno, señor —dijo el hombre, vacilando otra vez—; eso es más de lo que sé decir. He oído hablar de casas encantadas, pero nunca de campos encantados. Sin embargo, eso es lo que creen, según tengo entendido. Está encantado, señor,, todo él. Es endiabladamente difícil hacer salir a ninguno de ellos después de anochecer, eso lo sé muy bien; incluso durante el día, no se quieren alejar de sus hogares sin un crucifijo colgado del cuello. Ni siquiera los hombres.

El coche había cogido velocidad mientras hablaban, y Norman tuvo que pedirle que redujese un poco la marcha; estaba seguro de que algún supersticioso temor había asaltado al hombre, mientras corrían por el camino cada vez más oscuro, si bien se alegraba de hablar, con tal que él no se riese. Tras su última parrafada, había aspirado profundamente, como aliviado de habérsela sacado de dentro.

—Lo que me cuenta es de lo más interesante —comentó Norman, halagador—; me he tropezado con ese tipo de cosas en el extranjero, pero nunca aquí, en Inglaterra. Debe de haber algo detrás, ¿no le parece? añadió persuasivo—, aunque no sabemos qué. Me gustaría averiguar el motivo; porque estoy convencido de que es una equivocación reírse de todo esto—encendió un cigarrillo y tendió otro a su compañero, obligándole a aminorar la velocidad mientras lo encendía—. Veo que es usted persona observadora —prosiguió—, y apuesto a que ha visto más de una cosa rara. Ojalá tuviese yo su oportunidad. Me interesa muchísimo,

—Tiene razón, señor —concedió el chófer, mientras volvían a coger velocidad—; no es cosa de reírse, ni mucho menos. Hay algo en estos parajes que no es normal, podríamos decir. Me chocó un poco la primera vez que vine aquí, hace unos años; pero ahora estoy acostumbrado.

—Yo creo que no me acostumbraría nunca del todo —dijo Norman—, hasta que no llegara al fondo del asunto. Cuénteme algo que haya observado. Me encantará oírlo... ¡y lo guardaré para mí!

Convencido de que el hombre tenía cosas interesantes que contar, y habiéndose ganado su confianza, le rogó que condujese más despacio; temía llegar a la casa antes de que le diese tiempo a contar más; tal vez, incluso, alguna experiencia personal.

—Hay una especie de camino, o vereda más bien; puede que la vea usted durante la cacería —prosiguió el chófer bastante animado, aunque algo nervioso—. Cruza el páramo, y ningún hombre ni mujer lo recorrerían a pie aunque les fuese la vida; ni siquiera de día; no digamos de noche.

Norman dijo ansiosamente que le gustaría verla, y le pidió que le indicase por dónde caía; pero como es natural, las explicaciones no hicieron más que confundirle.

—Puede que la vea uno de estos días, señor, cuando salga de caza; y sí se fija en los de aquí, comprobará que tengo razón.

—¿Qué le ocurre? —preguntó Norman—, ¿Está encantada?

—Así es, señor —reconoció el hombre tras una pausa bastante larga—. Aunque con una rara clase de encantamiento. Dicen que es demasiado hermoso de ver... que se le mete a uno en los sentidos.

Ahora le tocó al otro vacilar; porque algo se le estremeció dentro. El joven Norman tuvo clara conciencia de dos cosas: primera, que no era éste el tipo de información que sonsacar a un empleado de su anfitrión; y segunda, que lo que el hombre decía tenía un interés extraordinario, casi alarmante para él. Todo el folclore le interesaba enormemente, leyendas y supersticiones locales incluidas. ¿Acaso era éste un territorio «infestado de duendes»? Sin embargo, no estaba en Irlanda, donde habría sido natural, sino en la flemática y materialista Inglaterra- El chófer era claramente un vulgar habitante del sur; sin embargo, lo que había observado le había impresionado, incluso le había asustado un poco. Eso era evidente; y le aliviaba hablar con alguien que no se burlaba de él; aunque le asustaba un poco a la vez. Una tercera impresión se hizo clara a su mente también: esta conversación sobre el campo embrujado, fantasmas, hadas y demás, aunque fantástica, despertaba en su interior—en su corazón, sin duda— la rara y deliciosa sensación de que se relacionaba de alguna manera con Diana, la sobrina de su anfitrión. Es difícil descubrir el origen de una profunda intuición. No hizo intento alguno de averiguarlo. Éste era el lugar natal de Diana; debía de saber estas cosas de las que hablaba el chófer, e incluso más. Sin duda había algo en la atmósfera que la atraía.

Debió de pedir a su tío que le invitase. Era ella la que quería que fuese, que probase y compartiese cosas —«otras cosas»— que eran vitales para ella. Todos estos pensamientos se le ocurrieron con una elaboración y un detalle imposibles de describir. Era indudable que el deseo había vuelto a actuar de generador de pensamientos; sin embargo, persistía el convencimiento, y el destello intuitivo proporcionaba, al parecer, la inspiración; así que acosó al chófer con nuevas preguntas que obtuvieron valiosos resultados. Habló incluso de duendes, de hadas, sin mostrar desprecio ni sarcasmo... con el resultado de que, finalmente, el hombre dio muestras de cierta peligrosa confianza. Advirtiendo solemnemente a su pasajero que «sir Hiram no debía saber nada de esto», o él perdería el empleo, describió un incidente extraordinario que había ocurrido ante sus propios ojos, por así decir. La hermana de sir Hiram se había extraviado en los páramos unos años atrás, y no la habían encontrado... Y la creencia y rumores locales eran que «se la habían llevado». Aunque no en contra de su voluntad: ella había querido ir.

—¿Era ésa la señora Travers? —preguntó Norman.

—Esa era, señor, exactamente; porque ya veo que conoce a la familia. Y fue la más extraña desaparición con que me he tropezado jamás —se estremeció ligeramente y, aunque no con entera sorpresa de su oyente, se santiguó de pronto.

¡La madre de Diana!

Una pausa siguió a esta extraordinaria historia; y, a continuación, siquiera por una vez. Norman dirigió unas palabras (destinadas a Horacio) a un hombre que jamás las había oído, el cual las recibió como correspondía.

—Sí, señor —prosiguió—; y ahora la ha traído, por primera vez desde que ocurrió eso, aquí, al mismo terreno donde se llevaron a su madre... me han dicho que la idea de sir Hiram es que espera que se ponga bien...

—¿Que se ponga bien?

—Quiero decir, que se cure, señor. Se dice que tiene el mismo... el mismo... —buscó con torpeza la palabra— desequilibrio que su madre.

Una extraña oleada de esperanza y terror cruzó por la mente y el corazón de Norman, pero hizo un gran esfuerzo y rechazó ambas cosas, de manera que su compañero ignoró por completo esta furiosa tormenta. Cambiando de tema lo mejor que pudo, dominando a duras penas la voz para que sonase normal, preguntó como sin dar importancia:

—¿Desaparece... o sea ha desaparecido más gente, aquí?

—Eso dicen, señor —fue la respuesta—. He oído contar muchas historias, aunque no podría decir que se haya demostrado nada. Según dicen, ha desaparecido gente de aquí, sin que hayan encontrado nunca el menor rastro de ella. Niños sobre todo. Pero no quieren hablar de esto; y es difícil esclarecer nada, ya que jamás acuden a la policía, y lo ocultan entre ellos...

—¿No pueden haberse caído en una sima o algo parecido? —le interrumpió Norman; a lo que el hombre replicó que sólo había una en toda la región, y dicho lugar estaba cuidadosamente cercado a todo su alrededor.

—Es la región, señor-—añadió finalmente con convicción, como si pudiese hablar de una experiencia personal de primera mano, si se atreviese—; la región entera, que es muy extraña. Norman arriesgó una pregunta directa.

—¿Y lo que usted ha visto con sus propios ojos —preguntó—, le... le asustó? Me refiero a que, como es usted tan observador, cualquier cosa que usted denunciara sería de gran valor.

—Bueno, señor —contestó tras una breve vacilación—; no es que me asustara exactamente; aunque, ya que me lo pregunta, no me hizo ninguna gracia. Me produjo una sensación muy rara, y no soy hombre religioso...

—Por favor, cuéntemelo —le apremió Norman, dándose cuenta de que ya no estaban lejos de la casa y quedaba poco tiempo—. Guardaré el secreto... y le creeré. Yo también he tenido experiencias extrañas.

Pero el hombre no necesitaba que le insistiesen: parecía alegrarse de poder contar su historia.

—En realidad no es mucho —dijo, bajando la voz—. Verá, señor; fue lo siguiente: el garaje y mi alojamiento están abajo en una vieja granja, como a un cuarto de milla de la residencia; y desde la ventana de mi dormitorio puedo ver una perspectiva bastante amplia del páramo.

Incluida esa vereda de la que le he hablado; y a lo largo de ella precisamente he visto a veces luces que avanzaban en una especie de procesión balanceante. Un poco débiles eran, y como danzantes; y desaparecían y volvían a aparecer; al principio las tomé por fuegos fatuos: yo he visto los fuegos fatuos en los pantanos de nuestra tierra: gas de los pantanos, lo llaman. Eso es lo que me parecieron al principio; pero ahora sé qué eran.

—¿Nunca ha salido a verlas de cerca?

—No señor, no he salido —replicó con énfasis.

—¿Ni preguntó a la gente qué les parecían?

El chófer dejó escapar una curiosa risita; una risita medio tímida, medio de embarazo. Sí, una vez topó con uno de aquí con ganas de hablar; pero a Norman le costó trabajo convencerle para que se lo repitiese.

—Pues verá, señor, lo que me dijo —otra vez soltó esa risita—, lo que me dijo fue que «era la Gente Alegre que cambiaba de terreno de caza». Eso es lo que dijo; y se santiguó al decirlo. Siempre cambian de terreno de caza cuando llega lo que llaman el equinoccio.

—La Gente Alegre... el equinoccio...

No eran nuevos para Norman estos nombres; pero ahora los oyó como por primera vez: tenían sentido. El equinoccio, el solsticio; naturalmente, sabía qué significaban estas palabras, pero la «Gente Alegre» pertenecía a cierta fantasmagoría personal suya que hasta ahora había supuesto imaginaria. Es decir, pertenecía a cieno «credo imaginario» particular en el que creía él cuando leía a Yeats, a James Stephens, a A.E., o cuando intentaba hacer pinitos en poesía. Ahora, junto a este chófer fornido del escéptico Sur, tropezaba justamente con ella. Y reconoció ante sí mismo que le había producido un casi increíble estremecimiento de asombro, placer y pasión.

—La Gente Alegre —repitió, medio para sí, medio para el conductor—. ¿La llamó así el campesino?

—Sí —Así es como la llamó —repitió el prosaico chófer—-. Y pasaba —añadió, casi desafiante, como esperando que le llamasen embustero, y merecerlo—, pasaba como un río de luces danzantes a lo largo de la Senda.

—La Senda —murmuró Norman.

—La Senda —repitió el hombre en un susurro—; la vereda de la que le he hablado... —y el coche dio un viraje, como si la rueda hubiese resbalado un segundo; aunque recobró instantáneamente firmeza, al meterse por el camino de entrada.

Pasaron la casa del guarda —que tenía su cruz, observó Norman, como todos los demás edificios—, y unos minutos después surgió a la vista la residencia de caza, edificio pequeño y sencillo de piedra gris. La propia Diana estaba en la escalinata para recibirle, para gran satisfacción suya. «¡Qué estampa!», pensó al verla en traje de tweed, su perro cobrador junto a ella, la lámpara del recibimiento alumbrando sus cabellos dorados, y protegiéndose los ojos con una mano. Radiante, embriagadora, deliciosa, preternatural... Norman no encontraba palabras; y en ese súbito instante se dio cuenta de que la amaba mucho más de lo que el lenguaje podía expresar. El fondo oscuro del edificio de piedra gris, con los sombríos, misteriosos páramos detrás, era justo el preciso. Allí estaba —enmarcada en el prodigio de dos mundos— ...¡su chica!

Pero la acogida que le dispensó le enfrió hasta los huesos. Llegaba excitado, burbujeante, con las palabras de agradecimiento prestas a salir atropellándose unas a otras y el corazón henchido de historias encantadas y prodigios; sin embargo, ella se limitó a anunciarle que el té estaba dispuesto, y que esperaba que hubiera tenido un buen viaje. No hubo respuesta ninguna a sus propias emociones: la encontró cortés, amable, cordial incluso, pero apañe de eso, nada. Intercambiaron frases triviales y ella comentó que había abundancia de urogallos, que su tío había reunido algunas de las mejores «escopetas» de Inglaterra —lo que halagó la vanidad de Norman un momento—, y que esperaba que disfrutase.

La desalentadora reacción de ella le dejó sin habla. Se sintió culpable de una fantasía idiota y pueril.

—He sido yo quien le ha pedido especialmente que le invitase —reconoció ella con franqueza, mientras cruzaban el recibimiento—. Imaginé que le gustaría estar aquí.

Norman le dio las gracias, pero no manifestó nada de su primer entusiasmo, ahora frío y enmudecido.

—Es la clase de terreno que le va —añadió, volviéndose hacia él con un susurro de su falda—. Al menos, eso creo.

—Si le gusta a usted —replicó él suavemente—, por supuesto que me gustará a mí también.

La joven se detuvo un momento y le miró con atención. «Pues claro que me gusta —dijo con convicción—. Y es muchísimo más hermoso que esas marismas de Essex.»

Recordando su primera descripción de las marismas de Essex, a Norman se le ocurrieron un centenar de respuestas; pero antes de dar con la adecuada se descubrió a sí mismo en el salón, hablando con su anfitriona, lady Digby. El resto de los invitados estaba todavía en el páramo.

—Diana le enseñará el jardín, antes de que se haga de noche —sugirió lady Digby poco después—. Tiene una vista preciosa.

La «vista preciosa» emocionó a Norman con su belleza salvaje; porque más allá se extendía el páramo hasta el mar, en Saltbeck, y en la otra dirección se alineaban tos pliegues, uno tras otro, hasta la lejanía borrosa y azul. La residencia y el jardín parecían un oasis en medio de la soledad de primordial belleza, tosca y silvestre como cuando Dios la creó. Se dio cuenta de que su intensa y seductora belleza llamaba a cuanto había de extraño y misterioso en él, pero al mismo tiempo sentía la poderosa, incitante atracción humana de la Joven que le guiaba. Y ambas fuerzas entraron en violento conflicto en su alma. Conflicto que le tenía perplejo, turbado, atontado, ya que unas veces dominaba una y otras otra. Lo que le salvó, probablemente, de una súbita y tumultuosa confesión de su imaginada pasión fue la serena, casi fría indiferencia de la joven. Evidentemente sin respuesta, no sentía nada del tumulto que le dominaba a él. Admiraron Juntos la «vista preciosa» intercambiando lugares comunes; luego, al cabo de un rato, regresaron a la casa, «Oigo sus voces —comentó Diana—, Entremos a escuchar lo que han hecho y las aves que han cazado.» Y fue al cruzar la puertaventana cuando le asombró ella y, a decir verdad, casi le asustó.

—Dick —dijo, utilizando su nombre por primera vez, para su completo asombro y placer, y cogiéndole fuertemente una mano entre las suyas—: puede que necesite tu ayuda —habló con encendida vehemencia. Sus ojos centellearon de repente—. Yo estaba aquí. cuando mi madre... se fue. Y creo, estoy segura, que van detrás de mí, también. No sé qué es mejor: si irme o quedarme. Todo esto —hizo un movimiento con al brazo abarcando la casa, la habitación donde estaban los demás charlando, el jardín— es inmundicia barata y despreciable. Lo otro es gratificante: eterna belleza; aunque... —su voz se convirtió en un susurro— sin alma, sin esperanza, sin futuro- Tú puedes ayudarme —sus ojos se volvieron hacia él con un fuego súbito, asombroso—. Por eso he querido que vinieras.

Le besó los ojos: fue un beso impersonal, desapasionado; y un instante después estaban en el atestado salón, con «las escopetas» que acababan de llegar de una larga jornada de caza. Nunca comprendió Norman cómo se mezcló con la ruidosa muchedumbre y desempeñó su papel como un invitado más. El caso es que lo hizo, mientras sonaba en su corazón la música salvaje de ese susurro del hada irlandesa: «Con mi beso, el mundo empieza a desvanecerse». Le invadió la extraña sensación de que iba a perderse para la vida tal como la conocía; de que Diana, con su beso dulce y desapasionado, había sellado su destino; de que el mundo conocido debía desvanecerse y morir, porque ella conocía el acceso a una región más hermosa donde nada podía ocurrir, ni nadie podía morir, puesto que era literalmente eterna: el estadio de evolución correspondiente al país de las ha das, al país de la inmortal Gente Alegre...

Sir Hiram le dio cordialmente la bienvenida, y a continuación le presentó a los demás; tras lo cual siguió la habitual descripción de la Jornada por parte de los cazadores. Estuvieron tomándose sus whiskies con soda; llegado el momento, subieron a vestirse para cenar; pero después de la cena no hubo juerga, ya que su anfitrión mandó a todo el mundo a la cama temprano. Al día siguiente iban a dar la mejor batida al páramo y era muy importante tener la vista clara y las manos firmes. Iban a hacer los dos recorridos por los que era célebre Greystones: el de Telegraph Hill y el de Silvermine; conocidos los dos allí donde había una reunión de cazadores; de modo que era comprensible la expectación y el entusiasmo. Acostarse temprano era un precio pequeño; y Norman, ávido y deseoso como el que más, se alegró de llegar a su habitación cuando el resto subía en tropel. Naturalmente, verse incluido como buen tirador entre todos estos cazadores famosos era todo un acontecimiento para él. Estaba deseando justificarse. Sin embargo, sentía el corazón oprimido y descontento: le roía una extraña inquietud, pese a todos sus esfuerzos por pensar sólo en las emociones del día siguiente. Porque Diana no había bajado a cenar, ni la había visto en toda la noche. Al preguntar cortésmente por ella, su anfitrión le contestó, riendo alegremente: «Se encuentra bien. Norman, gracias; se retrae un poco cuando estamos de caza. La caza no es lo suyo exactamente; pero puede que salga con nosotros mañana —no habló de los gustos de ella—. Intente convencerla, SÍ puede. El aire le sentará bien».

Una vez en su habitación, trató en vano de ordenar de manera satisfactoria sus pensamientos y emociones; tenía una extraña confusión mental, una sensación de inquietud que era medio placentera, medio de temerosa espera, aunque espera de no sabía exactamente qué. El haberle llamado ella de repente por su nombre por primera vez, el extraordinario beso que establecía una repentina, profunda aunque desapasionada intimidad, le habían dejado durante la noche en un estado de expectación, con los nervios a flor de piel. ¡Ojalá hubiera acudido a cenar, ojalá hubiera podido tener otra conversación con ella! Se preguntó cómo Iba a conciliar el sueño con este tumulto en el cerebro; y si dormía mal, cazaría mal. Esta reflexión de que podía cazar mal le convenció de repente de que su súbito «amor» no era de los normales y corrientes; de haberse «enamorado» humanamente, ninguna consideración de este tipo le habría venido al pensamiento ni un momento. Aumentó su extraña inquietud medio mezclada de gozo. El vínculo era sin duda de otro género. Apagó la luz eléctrica y se asomó a la ventana a mirar más allá del páramo, preguntándose si podría ver las extrañas luces de las que le había hablado el chófer. Sólo vio el tapiz confuso de ondulado páramo que se perdía en la oscuridad, donde la luna se ocultaba detrás de unas nubes algodonosas que iban a la deriva. Un soplo de brisa fragante, suave, pasó junto a él; se oía un murmullo de cascada. Era embriagador; aspiró profundamente el aire delicioso. Durante un segundo, imaginó una Diana de cabellos dorados, con la cabellera agitada y los ojos llameantes, persiguiendo a su madre en medio de nubes plateadas y el páramo sombrío... Luego volvió a meterse en la habitación, y la inundó de luz... instante en el que descubrió algo concreto encima de la almohada: un trozo de papel; no, un sobre. Lo abrió.

«Lleve siempre esto cuando salga. Yo llevo uno también. No pueden alcanzarte a menos que usted quiera, si lo lleva. Mi madre...» La palabra «madre», llena de sugerencias, estaba tachada; en la firma ponía «Diana». Con débil tintineo musical, del interior de la nota se escurrió un pequeño crucifijo de plata que cayó al suelo. Estaba Norman junto a la cama, con el papel en la mano, e iba a inclinarse a coger el crucifijo, cuando le llegó con asombrosa certidumbre la extraña convicción de que todo esto había sucedido ya. Por regla general, esta rara impresión es demasiado fugaz para poderla someter a análisis; sin embargo, consiguió conservarla varios segundos sin esfuerzo. Sobresaltado, comprendió claramente que no estaba ocurriendo según el tiempo ordinario que conocía, sino en algún lugar fuera de él. Había sucedido «antes» porque estaba sucediendo «siempre». Lo había sorprendido in fraganti. Durante un instante fugaz, comprendió: el crucifijo simbolizaba la seguridad en circunstancias conocidas, y si lo conservaba estaría protegido, mental y espiritualmente, contra una terrible atracción hacia condiciones desconocidas. No representaba más que eso: un apoyo para la mente. Esa «atracción» antagónica de terrible poder comprendía los anhelos secretos de su naturaleza fundamental. Diana, conocedora de este conflicto interior, participaba de ese gozo y ese terror. Su madre —cuyo caso le había brindado la oportunidad— había cedido... y había desaparecido de la vida según la conocen los seres humanos. La misma Diana estaba sufriendo ahora la misma tentación, y tenía miedo. Le pedía ayuda a él. Los dos se habían conocido en alguna situación ajena al tiempo ordinario, se habían enfrentado ya muchas veces a este conflicto. Norman había experimentado todo esto antes; el incidente del crucifijo, su petición de ayuda, el gozo, la alegría, el temor que encerraba. Y aunque se daba cuenta de todo esto, se diluyó esta sensación extraña y misteriosa, y desapareció como si jamás hubiese existido. Se volvió inasible, irrecuperable. Le dejó con una impresión de pérdida, de frío, de aislamiento, con un sentimiento de desamparo, aunque de intensa atracción hacia un mundo no realizado.

Se inclinó, recogió el pequeño crucifijo de plata, releyó la nota escrita a lápiz, palabra por palabra, besó el papel que habían tocado las manos de ella, y luego se sentó en la cama y sonrió con una súbita oleada de alivio y de dicha. La singular sensación había desaparecido de manera definitiva. Lo único importante era que Diana había pensado en él. Era dulce y conmovedora esta pequeña superstición, de llevar puesto el crucifijo; y por supuesto, lo llevaría sobre el corazón. ¡Y haría lo posible por que ella saliese por la mañana con él, también' Su alivio era sincero. Ahora podía dormir. No lo haría demasiado mal con la escopeta, mañana. Pero antes de acostarse, consultó en su agenda cuándo era el equinoccio, y vio, para su asombro, que el 23 de septiembre; ¡y que hoy era 2l! Este descubrimiento le produjo cierto sobresalto; pero no tardó en dormirse con la carta junto a su mejilla, y el pequeño crucifijo de plata alrededor del cuello. Se despenó a la mañana siguiente, cuando le llamaron, para descubrir que el sol entraba a raudales en su habitación, prometiendo un tiempo espléndido para la caza. Con el día, como suele suceder, llegaron las reacciones normales; ahora parecían algo ridículos los incidentes del día anterior: su conversación con Diana, el crucifijo, y sobre todo el cuento fantasmal del chófer. Había topado con un nido de delirios histéricos, originados por una misteriosa desaparición hacía muchos anos. Era natural, pensó mientras se afeitaba, que a su anfitrión le desagradase (oda referencia al asunto y sus secuelas. A pesar de todo, mientras bajaba a desayunar, se sintió secretamente reconfortado llevando alrededor del cuello el pequeño crucifijo de plata.

Hizo plena justicia al bien provisto aparador; y estaba terminándose el café cuando entró Diana en el comedor desierto; y el cerebro de Norman, concentrado ahora en las prosaicas perspectivas de la inminente cacería, acusó un sobresalto. En él chocaron la realidad y la imaginación. La Joven estaba pálida y demacrada. Antes de que él tuviese tiempo de levantarse para saludarla, se dirigió ella directamente a la silla que tenía al lado.

—Dick —empezó inmediatamente—, ¿Lo has cogido?

Él sacó el crucifijo tras manotear un instante.

—Por supuesto que sí —dijo—. Me has pedido que lo lleve.

Recordando su vacilación en el dormitorio, se sintió un poco estúpido. En todo caso, se sentía así ahora, por llevar un supersticioso crucifijo el día que iba a salir de caza.

A continuación, las palabras de ella disiparon toda sensación de incongruencia.

—He salido esta madrugada —dijo con voz tensa, baja—, y he oído la voz de mi madre llamándome en el páramo. Era inconfundible. Cerca de mi oído; y luego muy lejana. Llevaba al perro conmigo, y el perro la ha oído también, y ha corrido a esconderse. Estaba erizado.

—¿Qué has oído? —preguntó Norman con suavidad, cogiéndole la mano.

—Mi diminutivo: «Diss» —dijo—; así es como mi madre me llamaba.

—¿Qué palabras has oído? —preguntó Norman, temblando a pesar de sí mismo.

—He oído que decía claramente, con esa voz distante y apagada: «¡Ven, Diss, ven conmigo; corre!».

Durante un momento. Norman no dijo nada. Sentía temblar la mano de ella entre las suyas. Luego se volvió y la miró directamente a los ojos.

—¿Y querías ir? —preguntó.

Hubo una pausa antes de contestar. «Dick—dijo—; al oír su voz, ninguna otra cosa en el mundo me pareció que tenía importancia...»; en ese momento irrumpió en el comedor la figura de su tío, gritando que los coches esperaban, y la conversación terminó de esta forma repentina. Esta súbita interrupción en el momento de mayor interés dejó a Norman, como es fácil imaginar, excusable y terriblemente desasosegado. Cualquier palabra de su anfitrión sobre esta cacería en particular era, como es natural, una orden. No se atrevió a hacer esperar a estas grandes «escopetas». Diana, también, salió como disparada. Pero sus últimas palabras: «Ninguna otra cosa en el mundo me pareció que tenía importancia», quedaron resonando en los oídos y el corazón de él. Comprendía en lo más hondo de su ser qué quería decir. Era una «llamada» para alejarla de las cosas humanas, y atraerla a algún inimaginable estado de beatitud que ninguna palabra podía describir; y Diana la había oído; la había oído con la voz de su madre, el vínculo más fuene que conoce la humanidad. Su madre, que había abandonado este mundo, le había transmitido un mensaje. Norman, temblando inexplicablemente, se apresuró a recoger sus escopetas y acudir al coche; y Diana, obediente a las órdenes de su tío, subió al Ford con su perro cobrador. Tuvo el tiempo justo para susurrarle: «Mantente apartado de la Senda; no pongas los pies en ella»; y arrancaron los dos coches a gran velocidad, y les separaron.

Por lo que se refiere a Norman, no obstante, la cacería se desarrolló con normalidad; porque su pasión de cazador era demasiado fuerte para que quedase sofocada. Aunque tenía un alma mística, su cuerpo era primitivo. Era cazador nato a los ojos del Señor. Su concepción mística, imaginativa de la vida, como en los campesinos y los leñadores, se hallaba muy en el fondo; las primeras aves pusieron fin a todas sus reflexiones. No tardó en estar demasiado ocupado para pensar en nada que no fuera disparar lo más deprisa posible y cambiar de escopeta con presteza y soltura. Abriéndose paso en esta excitación práctica, no obstante, le venían pensamientos e imágenes: el rostro y los ojos y la voz de Diana, la llamada preternatural de su madre, sus propios anhelos secretos y, sobre todo, la advertencia de ella sobre la Senda. Los dos lados de su naturaleza mixta trabajaban furiosamente. Al parecer, disparaba bien; pero sólo Dios sabía cómo lo conseguía.

Llegaron al final del trayecto y completaron el reparto de puestos. Sir Hiram se acercó a preguntarle si le importaba ocupar el del extremo exterior en la primera batida.

—Verá —explicó cortésmente—, siempre pido a los más jóvenes de la partida que se encarguen de la parte exterior, porque supone una caminata fatigosa para los viejos camaradas. Probablemente —añadió— tendrá más caza que nadie; porque las aves se desvían con cierta ingenuidad hacía ese extremo. ¡Ya verá cómo merece la pena el esfuerzo de más!

Norman y su cargador emprendieron el largo recorrido, en tanto el resto de los cazadores se dirigía a los coches que les llevarían hasta donde permitiese el camino. Tras un rodeo de casi una milla. Norman vio con sorpresa que su cargador echaba por entre los brezos, en vez de seguir el camino evidente. Naturalmente, él siguió por el sendero, ya que era lo más cómodo. No había avanzado diez yardas cuando le sobresaltó la voz del cargador, que le gritó:

—¡Por el amor de Dios, señor, salga de ahí! ¡Está caminando por la Senda!

—Es buen camino —exclamó Norman—. ¿Qué tiene de malo?

El hombre se le quedó mirando un momento. «¿Qué tiene de malo? —dijo gravemente, como si con eso fuera suficiente—. Los de aquí no andamos por ella..., sobre todo en esta época del año —se santiguó—- Salga de ahí, señor, y venga por los brezos.»

Los dos hombres se miraron un minuto.

—Si no me cree, señor, observe a las ovejas —dijo el hombre, con una voz llena de excitación y emoción—. Ya verá cómo no ponen la pezuña en ella. Ni ningún otro animal.

Norman vio un grupo de ovejas de cara negra que caminaba vacilante, cuesta abajo, por el páramo. Estaba impaciente por seguir, medio irritado. Por un momento, había olvidado la advertencia de Diana. Se puso a observar, contrariado y molesto. Para su asombro, el pequeño rebaño, al llegar al sendero, lo saltó claramente. Todas saltaron por encima de la Senda. Ni una la tocó. Fue una escena asombrosa. Los animales la fueron saltando, uno tras otro, como si la Senda pudiese quemarles o herirles. Siguieron por el brezal y se perdieron de vista. Recordando la advertencia con desazón, se detuvo y encendió un cigarrillo.

—Qué raro —dijo—. Es el camino más cómodo.

—Puede ser —replicó el cargador—. Pero puede que el más cómodo no sea el mejor... ni el más seguro-

—¿El más seguro?

—Yo tengo hijos —dijo el cargador. Fue una declaración significativa. Hizo reflexionar a Norman un momento-

—El más seguro —repitió, recordando todo lo que había oído, aunque deseoso de saber más—. ¿Quiere decir que es especialmente peligroso para los niños? ¿Para sus hijos? ¿Es eso? —un momento después, añadió—: sepa que lo creo de veras; es un campo raro... en mi opinión. Su comprensiva simpatía ganó la confianza del hombre, como era su intención.

—Y es el equinoccio, ¿verdad? —aventuró Norman. El hombre contestó con rapidez, al haber dado con un cazador que no se burlaba de él. Como le había sucedido al chófer, mostró evidente alivio de poder expresar sus temores supersticiosos, de los que en el fondo se avergonzaba, y en los que al mismo tiempo creía.

—No me importa por mí, señor —prorrumpió, contento de hablar—, porque yo voy a dejar estos lugares tan pronto como termine la temporada del urogallo; pero tengo dos chicos aquí, y quiero seguir teniéndolos. Se han perdido demasiados muchachos en el páramo, para mí gusto. Mañana mismo los voy a mandar a casa de una tía mía, en Crossways...

—Bien hecho —dijo Norman—. Precisamente empieza ahora el equinoccio, ¿no? Y ésa es una época peligrosa, dicen.

El cargador le miró un momento con cautela, calculando quizá su valor como destinatario de secretos temores, creencias, figuraciones y demás, aunque finalmente decidió que Norman merecía su confianza.

—Es lo que ha dicho siempre mi padre —reconoció.

—¿Su padre? Siempre es prudente escuchar lo que dice un padre —sugirió el otro—- Sin duda debió de ver algo... digno de ver.

Cayó un silencio entre ellos. Norman pensó que quizá se había mostrado demasiado ansioso de sonsacarle; sin embargo, el cargador estaba pensando solamente. Había algo que estaba deseando contar.

—¿Digno de ver? —repitió el hombre—; bueno... tal vez. Pero no de este mundo; y desde luego, fue pavoroso. Se le helaron los huesos, eso se lo puedo jurar. Y no era él de los que se dejan embaucar fácilmente, permita que se lo diga. Fue en su lecho de muerte; me lo contó... y un hombre no miente cuando tiene la muerte delante de los ojos.

El hecho de que Norman estuviese parado, sin hacer nada, en una cacería tan importante como ésta, era prueba suficiente de su enorme interés; y el hombre se dio cuenta evidentemente.

—¿Fue de día? —preguntó Norman tranquilamente, dando por sentado que era verdad lo que esperaba oír.

—Fue justo al anochecer —dijo el otro—; regresaba de visitar a un amigo enfermo que vivía en una granja que hay pasado el garaje. El médico le había asustado, creo; de manera que era un poco tarde cuando emprendió el regreso por el páramo; y, sin acordarse de que era la noche del equinoccio, se encontró en la Senda antes de darse cuenta. Y para terror suyo, estaba (oda llena de luces, y vio una columna de figuras que avanzaba hacia él. Eran todas brillantes y hermosas, según las describió él, alegres y terribles, e iban riendo y cantando y gritando, y con joyas en el pelo; y lo peor de todo, jura que vio algunos de los niños que se habían perdido en el páramo años atrás; y a una muchacha a la que él había querido hacía veinte años, con la misma cara que cuando él la vio por última vez, y riendo contenta y feliz como si los años transcurridos no significasen nada...

—¿Y le llamaron? —preguntó Norman, extrañamente emocionado—. ¿Le pidieron que fuera con ellos?

—La chica sí —replicó el hombre—- La chica, dijo, sin un año más a sus espaldas, le llamaba de manera terrible. «Ven con nosotros», jura que le decía seductora; «ven con nosotros y sé feliz y joven eternamente», y si mi padre no llega a agarrar a tiempo su crucifijo, ¡Dios mío!, se habría ido...

Calló, pensando, nervioso, si no habría dicho demasiado.

—Si llega a irse, habría perdido su alma —dijo Norman, movido por una horrible intuición.

—Eso es lo que dicen, señor —convino el hombre con evidente alivio.

Echaron a andar los dos a la vez, presurosos, al irrumpir de pronto el mundo práctico de sir Hiram en este extraño intermedio. Estaba en curso una gran cacería. No debían llegar tarde al punto asignado.

—¿Y dónde empieza la Senda? —preguntó Norman poco después; y el hombre describió la pequeña caverna de Aguas Negras, de la que manaba el riachuelo, negro a causa de la turba, que discurría hacia el mar por los páramos desolados.

El paisaje prestaba un admirable escenario al «cuento de hadas» que acababa de oír; sin embargo, sus pensamientos, mientras avanzaban entre las matas de brezo, volvieron a la historia mágica y fascinante, al sueño supersticioso de la «Gente Alegre» que cambiaba de terreno de caza a lo largo de esta Senda impía cuando el equinoccio se inflamaba con resplandor ultraterreno, cuando la juventud humana, insatisfecha con los placeres mundanos, podía ser invitada a unirse a otra evolución intemporal que, s¡ no conocía la esperanza, participaba al menos de un presente eterno, feliz y sin mancha. La tentación de Diana, la increíble desaparición de su madre, los anhelos abrasadores de su propio corazón, incluso, adoptaron una extraña forma de posibilidades prácticas.

El efecto acumulado de todo lo que había oído al chófer, al cargador y a la misma joven, empezaba, quizá, a influir en él. Porque la esencia de la mente humana, especialmente la imaginativa, está siempre expuesta a los ataques en los frentes de menos resistencia. Marchaba tropezando, con la escopeta fuertemente sujeta, como si una moderna arma de destrucción pudiese transmitir firmeza a sus pies, por no decir a su mente, ahora llena de agitadas fantasías. Llegaron al puesto asignado. Y no había hecho más que instalarse en él cuando empezaron a llegar las primeras aves, de manera que fue imposible toda conversación. Era la famosa «batida de Silvermine»; en su vida había visto Norman tantos urogallos. Sus escopetas se calentaron tanto que no podía sostenerlas; sin embargo, seguían llegando bandadas... Concluyó la batida a su debido tiempo, y tras un almuerzo apresurado llegó la igualmente famosa de Telegraph Hill, en la que cobraron más piezas incluso que en la primera; y al terminar, Norman se dio cuenta de que le dolía el hombro a causa del retroceso, y la cabeza a causa de los estampidos; de manera que se alegró de subir al coche y regresar a la residencia a tomar el té. La excitación, naturalmente, había sido grande; su nerviosismo, esperando haber cazado lo bastante bien como para justificar su inclusión en la partida, había influido también en su vitalidad. Notó que estaba agotado, y después del té se alegró de refugiarse en su habitación durante una hora o dos.

Tumbado cómodamente en el sofá con un cigarrillo, pensando en el fuego y la furia de las horas recientes, su meditación fue derivando gradualmente hacia otras cuestiones. El cazador, al parecer, se retiró, y reapareció el soñador, que jamás quedaba sepultado del todo. Su imaginación revivió los relatos que le habían contado el chófer y el cargador, en tanto la historia de la madre de Diana y las extrañas palabras de la propia joven se adueñaron de sus pensamientos. Demasiado cansado para adoptar una postura crítica, dejó simplemente que desfílase todo en su memoria. Su inclinación natural reforzaba su posible veracidad, a la vez, que el agotamiento hacía muy difícil el análisis para empeñarse en él; de manera que la imaginación ejerció su seductor hechizo sin obstáculo... Ardía en deseos de conocer la verdad. Por último, decidió salir la noche siguiente a observar la Senda. Sería la noche del equinoccio. Tenía que poner en claro las cosas de una manera o de otra: confirmándolo o desmintiéndolo. Sólo que debía examinarlo primero a la luz del día. Le llenó de desasosiego descubrir, a la hora de la cena, que no estaba Diana; que de hecho —según sir Hiram—, se había ido a pasar uno o dos días con una antigua compañera de colegio que vivía en un pueblo vecino. De todos modos, añadió, estaría de regreso al finalizar la cacería; explicación que Norman interpretó como que su tío la había alejado deliberadamente para que no corriese ningún peligro- Estaba convencido de que era eso. Quizá sir Hiram se burlaba de estas «patrañas», pero no quería correr riesgos. Fue en el equinoccio cuando había desaparecido misteriosamente su hermana. Era mejor que la muchacha no estuviese- Las gratas felicitaciones que expresó a Norman por su buena actuación en las dos batidas no pudieron ocultar la sincera inquietud de su anfitrión. Era mejor que Diana «estuviese en otra parte».

Norman se acostó, firmemente decidido a explorar la Senda al día siguiente con buena luz, poner señales, salir por la noche cuando la casa estuviese tranquila, y ver qué ocurría. Al día siguiente no hubo cacería. Su empresa fue fácil. Los guardas y los perros habían salido a recoger las aves abatidas el día anterior. Después de desayunar, se fue secretamente a recorrer el páramo de brezales, y no tardó en descubrirla: era un surco bastante hundido que a veces corría por depresiones donde no había agua, ni se veía rastro alguno de hombre o animal en su negra superficie de turba. Evidentemente, era un sendero en el páramo que nadie —ni hombres ni animales— utilizaba. Volvió a comprobar cuidadosamente los puntos de referencia, y tuvo la seguridad de poderlos reconocer a oscuras... y el día transcurrió con toda normalidad; después de cenar, las «escopetas» deliberaron sobre la batida del día siguiente, y se retiraron temprano, disfrutando de antemano de la Jornada que les esperaba. Norman subió a acostarse con el corazón palpitante, dado que su plan de salir en secreto más tarde —cuando todos durmiesen— a explorar el páramo y su «Senda encantada» no era precisamente lo que sir Hiram esperaba de un invitado. La ausencia de Diana, además, planeada con toda intención, aumentaba su profunda inquietud. Su súbita marcha para ir a visitar a «una antigua compañera de colegio» era poco convincente. Ni siquiera le había dejado una línea de explicación. Se le ocurrió que, además del chófer y del cargador, había otros que se tomaban en serio estas fantasías. Los pensamientos le bordoneaban como abejas alrededor de una colmena...

Se asomó a la noche desde su ventana. La luna, en su segunda fase, brillaba de vez en cuando con esplendor, luego se ocultaba tras alguna nube algodonosa. Arriba, evidentemente, soplaba un viento furioso; abajo en el páramo, en cambio, reinaba una quietud mortal. Esta quietud afectaba a sus nervios; y los perros, aullando en sus perreras, aumentaban cierta sensación de supersticioso desasosiego que le corría por la sangre. La profunda quietud parecía ocultar una afanosa actividad detrás del silencio. Algo se movía en la oscuridad, allá en el páramo. Se volvió de espaldas a la ventana y miró la habitación encendida, su acogedora comodidad, su bien iluminado lujo, su cama deliciosa aguardando dar descanso a sus miembros agotados. Vaciló. Chocaron las dos partes de su naturaleza... Pero la extraña ausencia de Diana, sus palabras, su beso repentino y sensacional, su singular silencio, el sentimiento quijotesco de que podía ayudarla... todas estas cosas le decidieron al final. Se puso rápidamente las ropas deportivas, comprobó que todas las ventanas de los dormitorios estaban con la luz apagada, bajó a la puerta principal en calcetines, con un par de zapatillas de tenis en la mano. La puerta no estaba cerrada con llave; abrió sin ruido, y cruzó calladamente el camino de grava hacia la yerba; de ahí, tras ponerse las zapatillas, se dirigió al páramo. La casa se perdió detrás de él; entre las nubes veloces surgían manchas plateadas de luz lunar; era embriagadora la fragancia del aire de la noche- ¿Cómo podía haber dudado? El prodigio y misterio del campo agreste le fascinaron o, mejor, le agarraron por el cuello. Al saltar la valla que separaba la huerta del páramo, oyó detrás un susurro débil, extraño; así que se detuvo y prestó atención un momento. ¿Había sido el viento, o rumor de pasos? Ninguna de las dos cosas; sólo el golpe de su abrigo abierto al rozar sobre la valla. ¡Bah!, tenía los nervios a flor de piel. Se rió —casi soltó una carcajada, tal era el alborozo que sentía— y echó a andar deprisa entre claridades semiespectrales. Y por alguna razón, se le levantó el ánimo y la sangre comenzó a galoparle: ante sí tenía una aventura que entusiasmaba a la otra mitad de su naturaleza, aunque esa «otra mitad» predominaba de manera inquietante.

Cuán primitivas eran, en realidad, «estas partidas» de caza! ¡Que hombres con inteligencia y carácter, los mejores que era capaz de dar Inglaterra, dedicaran todo este tiempo y dinero a cazar como lo hicieron los hombres de las cavernas! El hombre primitivo necesitaba del zorro, del ciervo, de las aves... para alimentarse; sin embargo, miles de años después, los hombres más inteligentes del siglo XX —deportistas todos ellos— gastaban millones en armas superiores, que no dejaban ninguna posibilidad de escapar a la pieza, para abatirla. ¡No ser «deportista» equivalía a ser un inglés inferior...! El «deportista» era la flor y nata de la raza. Le pareció —y no era la primera vez— un ideal mezquino y siniestro. ¿No había otra cumbre de proeza caballeresca más deseable? Estos pensamientos se le habían ocurrido ya un centenar de veces, aunque reconocía que también él era «deportista» nato. Frente a esto, sentía una extraña atracción hacia las cosas eternas e inmortales que no tenían que ver con matar, hacia cosas que le embargaban el alma. Los cuentos de hadas sólo eran cuentos de hadas, por supuesto; aunque dentro de su dorada «insensatez» encerraban verdades imperecederas de la vida y la naturaleza humanas, tratando de perfilar los contornos del prodigio luminoso, susurrando secretos intemporales del alma, sugiriendo atisbos de glorias inefables que estaban más allá de la escala espacio-temporal aceptada por la razón lógica. Y esta actitud se alzó ahora sobre él como un viento incontenible, fragante, delicioso, embriagador. Las hadas, los duendes, la «Gente Alegre»... habitantes felices de alguna región no-humana...

La madre de Diana, desaparecida, susurraba secretas, furtivas llamadas a su hija para que corriera a reunirse con ella. La misma joven reconocía esas llamadas y tenía miedo, mientras que su práctico y duro tío se preocupaba especialmente de alejarla. Incluso para él, «deportista» típico, era peligroso el equinoccio. Estas reflexiones, tras irrumpir en la mente y el corazón de Norman, inundaron todo su ser, al tiempo que su anhelo y deseo de la muchacha le abrasaba como una llama. El páramo, entretanto, por el que de día se caminaba con facilidad, parecía inesperadamente dificultoso de noche, el terreno más desigual, las matas de brezo más altas. Andaba pisando constantemente desniveles que no veía; y se alegró cuando al fin logró vislumbrar el garaje, que era uno de los puntos de referencia. Sabía que no quedaba mucho que andar para llegar a la Senda.

El tumulto de su cerebro era tal que prestaba poca atención a los leves ruidos que de vez en cuando oía, como si llevase a alguien a sus talones; pero ahora, al llegar a la Senda, tuvo el convencimiento de que alguien marchaba no lejos de él. Tan convencido estaba de la presencia de otro que se agachó en silencio entre los brezos, y esperó. Prestó atención, respirando muy suavemente. En ese mismo instante supo que estaba en lo cieno. No eran imaginados los ruidos. Sonaban pasos detrás. El siseo de un cuerpo al avanzar entre los matorrales era inequívoco. A continuación oyó claramente pasos. Pasos que se detuvieron cerca de donde él se había agazapado. Justo en ese momento se apartaron las nubes de la luna, y ésta proyectó un área de luz plateada, lo que le permitió ver perfectamente recortado al «seguidor». Era Diana.

—Lo sabía; estaba seguro desde hacía rato —dijo casi en voz alta, mientras .su corazón, enfrentado a una anhelada esperanza y a un temor, ambos medio colmados, no tuvo un solo laudo de alivio ni placer. Un estremecimiento le recorrió la espina dorsal. Bien agazapado entre los brezos, en el borde de la Senda, experimentó más terror que alegría. Todo era demasiado claro para tergiversarlo. La joven había sido atraída de manera irresistible, la noche del equinoccio, hacia la zona de peligro donde su madre había «desaparecido» misteriosamente.

—Estoy aquí —añadió con gran esfuerzo en el mismo tono bajo—. Me habías pedido ayuda. He venido a buscarte... cariño...

Las palabras, aunque llegó a pronunciarlas, murieron en sus labios. Vio que la joven se quedaba inmóvil un instante, mirando perpleja, como desconcertada ante un obstáculo que le impidiera el paso. Igual que los sonámbulos, miró a su alrededor, hermosa como un sueño, aunque consciente sólo a medias de su entorno, Sus ojos brillaban a la luz de la luna; y tenía las manos extendidas, aunque no hacia él.

—Diana —se oyó gritar a sí mismo—, ¿Puedes verme? ¿Ves quién soy? ¿No me reconoces? He venido a ayudarte... ¡A salvarte!

Era evidente que ni le oía ni le veía, aunque estaba de pie delante de ella. La joven tenía conciencia de una presencia obstructora, nada más. Sus ojos relucientes, víitreos, miraban más allá de él... a lo largo de la Senda. Y Norman comprendió con terror que, a menos que él hiciese lo adecuado, Diana se perdería para siempre.

Se incorporó de un salto y corrió hacia ella; pero inmediatamente tuvo la extraordinaria sensación de que tropezaba con un muro que dificultaba el normal movimiento. Era casi como abrirse paso en el agua de una corriente o en una ráfaga de viento, y sólo con gran esfuerzo llegó junto a ella.

—¡Diana! —exclamó—. ¡Diss... Diss! —utilizando el nombre con que la llamaba su madre—. ¿Puedes ver quién soy? ¿No me reconoces? He venido a salvarte... —y alargó las manos hacia ella.

No obtuvo respuesta; la joven no hizo muestra ninguna.

—He venido a llevarte de regreso... a conducirte a casa. ¡Por el amor de Dios, contéstame, mírame!

Diana volvió los ojos hacia él, como para mirarle a la cara, pero su mirada pasó por encima de él, perdiéndose en el páramo iluminado por la luna. Sólo observó Norman, mientras ella miraba fijamente con ojos ciegos, que su mano izquierda toqueteaba débilmente un minúsculo crucifijo que colgaba de una cadenita de plata alrededor de su cuello. Norman alargó la mano y le cogió el brazo; pero en el instante en que la tocó, se sintió imposibilitado para moverse. Una extraña parálisis se apoderó de él. Y a la vez, la Senda entera se encendió asombrosamente con una especie de resplandor preternatural, y una extraña luz verdosa cubrió su recorrido a través del páramo, más allá de donde estaban ellos. Un profundo temor por sí mismo y por ella le invadió simultáneamente. Comprendió, con frío sobresalto, que tanto su alma como la de ella corrían súbito peligro. Sus ojos se volvieron irremisiblemente hacia la Senda, tan extrañamente iluminada en la noche. Aunque su mano aún tocaba a la muchacha, su mente estaba sumida en posibilidades fantasmales. Porque dos pasiones le dominaban y luchaban dentro de él: el deseo furioso de poseerla en el mundo de los hombres y las mujeres, y el de irse con ella, temerariamente, y compartir algún inefable éxtasis de felicidad más allá del mundo conocido y del tiempo y el espacio que lo gobernaban. La propia naturaleza de ella tenía ya la clave y sabía el peligro... El ser entero de Norman se estremeció.

Las dos pasiones incompatibles le alanceaban el corazón. De repente, comprendió cuál era la alternativa: la oscura desolación del progreso humano con su futuro opresivo, o el gozo y la gloria de una felicidad sin alma que la razón negaba y el corazón acogía no obstante como suprema verdad. ¡Una de dos! Sin embargo, ¿Qué valor y significado podía tener Diana para él, como esposa y madre, si era arrastrada ahora... al lugar donde vivía ahora su madre una vida imperecedera, dorada, intemporal? ¿Cómo podría afrontar este exilio diario del alma de ella, este aislamiento hora tras hora, este rapto de su ser normal que su propia naturaleza terrena tenía por tan preciado y valioso? Por otro lado —en caso de salvarla, de retenerla en el hogar humano— ¿cómo la conservaría para él, si él mismo se manchaba con el dorado veneno...? Norman vio las dos opciones con implacable claridad en ese instante fugaz, mientras la Senda adquiría una radiante luminiscencia. Sabía que su mente lógica se había retirado; predominaba su corazón, que latía furiosamente. Con supremo esfuerzo, seguía manteniendo el contacto del brazo de Diana. Sus dedos atenazaban el fuerte tejido de su manga. Todo su ser parecía embargado por un éxtasis increíble. Estaba de pie, mirándola, asombrado, sumido en un inefable sueño de belleza- Sólo a un lazo con lo normal se agarraba con la fuerza de un torno: su contacto con la manga de recia tela de tweed y, en su memoria evanescente, la imagen de un crucifijo que los dedos desmayados de ella toqueteaban débilmente.

Ahora había figuras que caminaban furiosas, deprisa, a lo largo de la Senda; Norman podía verlas acercarse de lejos. Era una visión inspiradora, embriagadora y, no obstante, totalmente creíble, sin fantasmagorías estúpidas e infantiles de ningún tipo. Todo lo veía con la misma claridad que si presenciara una parada militar en Whitehall o el desfile de una Batalla floral en algún país del sur. No obstante, era hermoso, alegre, espléndido, e irresistiblemente seductor. A medida que se acercaban las figuras, aumentaba el esplendor, de manera que se hizo evidente que irradiaban luz propia en la oscuridad del páramo. No eran especialmente sorprendentes las figuras en sí, y menos aún excepcionales. Parecían cosa «natural», aunque sólo en el sentido de que eran ciertas y probadas. A la cabeza, cuando se acercaron más, vio Norman un hombre alto y oscuro sobre un caballo blanco; detrás iba una mujer rubia y radiante, con un vestido verde, y largos cabellos dorados que le llegaban a la cintura; sobre su cabeza vio una diadema de oro en la que había engarzada una piedra roja que brillaba con ardiente llama. Junto a ella marchaba otra mujer, morena y hermosa, con el cabello salpicado de piedras blancas que centelleaban como diamantes o cristales. Era un espectáculo alegre y luminoso. Sus rostros brillaban con el éxtasis de la Juventud. De alguna indescriptible manera, todos difundían felicidad a su alrededor, y sus ojos irradiaban una paz y una benevolencia que jamás había visto Norman en unos ojos humanos.

Pasaron éstos, y luego otros, y otros, unos a caballo, otros a pie, jóvenes y viejos y niños, hombres con jabalinas y arcos sin tensar, después figuras juveniles con arpas y liras, todos haciendo gestos amistosos de invitación a que se incorporasen a la comitiva, al cruzar ante ellos en silencio. En silencio, sí, en silencio; sin un ruido de pasos o un susurro de los brezos; en silencio, a lo largo de la Senda iluminada. Y aunque era un desfile silencioso. Norman percibía cantos, risas, incluso música de baile. Estas figuras, se dio cuenta, no podían moverse sin un ritmo; un ritmo de sonido y de gesto, porque era tan esencial para ellas como la respiración. Eran felices, radiantes, alegres, ajenas a la agotadora lucha y enconadas batallas evolutivas del mundo: eran libres, aunque sin alma. La «Gente Alegre», como las llamaban los de la región. Y la visión removió las más profundas raíces de su propio ser heterogéneo. ¿Irse con ellos y participar eternamente de su dicha desalmada... o quedarse y afrontar la batalla agotadora de la terrible —noble, sí, pero casi desesperanzada— evolución humana? Decir que se sentía, desgarrado en dos sería poco. El dolor abrasaba y consumía sus centros vitales. Diana, la joven, tiraba con una fuerza que parecía provenir de las estrellas; y su mano aún sentía la tela de la manga de ella bajo los dedos. Su cabeza y su corazón, sus nervios, sus músculos tensos, parecían fundirse en una furia de contradicciones y aceptaciones. La gloriosa procesión discurría interminable, como si las estrellas hubiesen rozado la tierra común del páramo, desprendiendo gotas de su oro generoso en mudo esplendor... cuando, de repente. Diana se soltó de un tirón y echó a correr hacia ellos.

La mujer de los cabellos dorados, vio Norman, se había salido de la Senda y se había detenido frente a él. Radiante y maravillosa, permaneció un segundo en suspenso.

—Diss... Diss... —oyó Norman, con un acento como de música—. Ven... ven conmigo. ¡Únete a nosotros! El camino está siempre abierto. ¡No hay excusa...!

La joven se hallaba ya a medio de camino en dirección a su madre antes de que él hubiese logrado romper el espantoso hechizo que le tenía inmovilizado. Pero el recio tejido de la manga se quedó entre sus dedos, y con él la cadena rota que sostenía el pequeño crucifijo de ella. Osciló la cruz de plata y se balanceó unos momentos; luego cayó entre los brezos. Y al inclinarse frenéticamente a recogerla, el Destino jugó esa carta extraña e insólita que siempre tiene de reserva para los momentos en que el mundo parece perdido; porque al inclinarse, centelleó su propio crucifijo, en el que no había pensado ni una sola vez, y le rozó los labios. Creyendo que era una punta de brezo que le había pinchado, lo apartó de una manotada, sólo para descubrir que era el ridículo símbolo de metal que Diana le había hecho prometer que llevaría para su propia seguridad. Fue su viva punzada de dolor, no la supersticiosa reacción mental, lo que le impulsó a actuar inmediatamente. En un segundo estuvo de píe otra vez; y al segundo siguiente había alcanzado a la joven, rodeando su figura posesivamente con ambos brazos. Un instante más tarde, sus labios se posaron sobre los de ella, y la cabeza y los hombros de Diana descansaron sobre su pecho.

—¡Diss! —exclamó Norman frenéticamente—. ¡Debemos quedarnos aquí juntos! ¡Tú me perteneces! ¡Te retendré con todas mis fuerzas, aquí... siempre!

No recuerda qué más gritó. Sintió que ella se derrumbaba en él con todo su peso. Al parecer, la cogió en brazos: sentía sus sollozos convulsivos contra el corazón. El brazo de ella le rodeaba con fuerza. Vio perderse a lo lejos el desfile de figuras, a medida que se internaba en el páramo envolvente y se hundía en la curvada oscuridad. Las nubes cruzaban veloces sobre la luna. No se oía un solo ruido, el aire seguía inmóvil, no sonaba ningún rumor de cascada; las avefrías dormían. Cubriendo a Diana con su propio abrigo, la llevó a casa... Y pasado un tiempo se casó con ella; se casó con Diana, con Diss, una muchacha rara y adorable, aunque sin alma, y casi sin mente; una muchacha corriente como la esplendorosa nulidad retratada, con los dientes centelleantes, en las cubiertas de las revistas populares: una criatura estereotipada cuya esencia se había ido «a otra parte».


Algernon Blackwood (1869-1951)