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Me desperté con un sobresalto.

La luna todavía colgaba alta entre las estrellas, ensuciando las paredes de mi habitación con destello apagado, insinuante.

El resto permanecía en una oscuridad impenetrable, opresiva. Me tomó algunos minutos tomar conciencia de que estaba despierto. Los lejanos ecos de un sueño interrumpido, tal vez una campana, un par de álamos susurrando en el viento, se aferraban a mis oídos.

A medida que mis ojos se habituaron a la penumbra comencé a vislumbrar los objetos prosaicos que me rodeaban: ropa tirada en el suelo, edificios de libros que desafiaban la gravedad, una mesa y una silla sepultadas por un alud de papeles.

Extendí el brazo derecho, tanteando para alcanzar un vaso con agua. Mi mano se detuvo en el aire. Me pareció ver una luz, un resplandor quedo que se amortiguó entre las sombras.

Clavé la mirada al frente.

Nada.

Ninguna luz.

Ningún resplandor.

Tomé el vaso, y justo cuando mis ojos se desenfocaron los vi con absoluta claridad: dos puntos brillantes, astutos, en el otro extremo de la habitación.

Me resulta imposible, y hasta inadecuado, describir la sensación de entumecimiento que experimenté durante esos angustiosos segundos. Mientras más trataba de diluir la visión, o de confirmarla, más clara se hacía ante mis ojos. Mi mente elaboró una secuencia asombrosa de teorías racionales a una velocidad frenética. Sin embargo, esa otra parte que cree en aparecidos, en complejos vórtices de vida determinados a existir, aunque enterrada y convenientemente muda durante la vigilia, se empeñó en no admitir ningún argumento.

En aquella pared nunca hubo nada, me dije, salvo un espejo...

La idea, lejos de tranquilizarme, me perturbó aún más.

Me incorporé. Me obligué a avanzar. Cada paso, cada ínfimo esfuerzo muscular, requirió de toda mi voluntad. Me enfrenté al espejo y lo vi: una sombra cuyos ojos iluminaban un rostro difuso, sin sentimientos, sin ninguna emoción perfilándose en sus facciones. Solo me devolvía la mirada con ojos fijos, ausentes.

El resto de lo que ocurrió esa noche pertenece al sueño y a la locura.

Permanecimos enfrentados, la Sombra y yo. Su forma remota se ensanchó, luego se retrajo. La oscuridad se agrupó en torno suyo, crecía en densidad, se volvía espesa, semilíquida, como un vapor de negrura condensado alrededor de esos ojos inescrutables.

No sé si formulé en voz alta la pregunta o si solo alcancé pensarla. Lo cierto es que la Sombra habló.

Vi lo que parecían ser sus labios, una grieta torcida y abyecta, moviéndose mientras articulaba las palabras.

No me sorprendió notar que los sonidos provenían de otra parte; de mi propia boca, tal vez, o de las notas incorpóreas que habitan los libros.

¿Quién se despertó aquella noche?

¿Fue la Sombra o yo?

¿Cuál de las dos habitaciones es la real: la mía, triste y prosaica, o la del Otro, donde los libros se leen de forma inversa?

Medité sobre todo esto durante los minutos de lucidez que preceden al alba.

Creo que existo, definitivamente, entre los muros de mi habitación. El resto de la realidad es una brumosa pesadilla. A veces alcanzo a vislumbrar un cuchillo, una traición, la risa de una mujer.

Creo también que me muevo cuando Él se mueve, que veo cuando Él ve, que el cuchillo y la risa de la mujer son suyas, pero la traición es mía.

Creo que despierto, o que sueño que despierto, cuando la Sombra duerme.

Afiebrado, tomé un libro, porque la Sombra decidió leer. No me sorprendió que estuviese escrito al revés.

Ahora repito, como un eco, la imperiosa afectación de la Sombra, desde el lado más frío del cristal.