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Alguien golpeaba la puerta, y lo hacía con una mano temblorosa, ya algo débil. Cuando Augusto fue a atender, antes de tomar el picaporte una sensación desagradable le recorrió el cuerpo. Ya había experimentado aquella sensación: algo muy malo estaba cerca, pero intuyó que no era la persona tras la puerta. En el umbral se encontraba un hombre ojeroso con cara de espantado:

–Buenas tardes -lo saludó el tipo-. Soy Romario Gonzáles.

–Que tal. Augusto Fuentes. ¿En qué puedo ser le útil?

–Me ha pasado algo muy raro, y sé que estoy en peligro y… es complicado de explicar.

–Pase y hablamos -lo invitó Augusto.


Antes de entrar Romario miró hacia todos lados, como si temiera que lo siguieran. Augusto vio que el tipo estaba muy nervioso, le ofreció café y fue a prepararlo. Romario se tronaba los dedos de las manos y se las restregaba nerviosamente. Algo lo afligía y mucho.


Augusto volvió con dos tazas grandes de café, se sentó frente al otro y lo estudió nuevamente mientras lo veía sorber un gran trago. Romario se sintió mas seguro allí y empezó a hablar:


–¿Usted cree en demonios y cosas así?

–Creer no sería la palabra correcta, sé que existen, sí, pero en el que creo es en Dios -le contestó Augusto.

–Claro, claro, pero sabe que existen esas cosas. Verá, estoy seguro que una mujer endemoniada, poseída o como se diga me está siguiendo. No la he visto desde aquella noche, pero sé que me va a encontrar, es como un presentimiento terrible. ¿Puede ayudarme?

–Voy a tratar, pero tiene que decirme algo mas. Habló de una noche, cuénteme qué pasó esa noche, ¿por qué cree que un demonio está tras usted?

En ese punto Romario dudó. Tenía que confesar algo delicado, que implicaba la muerte de dos personas. Pensó en dejar el asunto allí, pero al imaginarse nuevamente solo con su secreto, se decidió al fin:

–Ocurrió hace unos días -comenzó Romario-. Era de noche, venía manejando por una ruta muy poco transitada. No sé cuánto rato estuve sin cruzar por ningún vehículo. En una parte donde la ruta está rodeada por bosques, vi unas luces rojas que advertían sobre un vehículo parado, y el vehículo era una patrulla policial. Pasé lentamente por ellos. Eran dos policías: uno había levantado el capó de la patrulla e iluminaba el motor con una linterna; el otro intentaba comunicarse por radio. Dentro del vehículo había alguien mas pero en ese momento no lo vi bien. ¡Maldito sea el momento en que me detuve...!! Disculpe, pero es que estoy tan arrepentido, debí seguir y no detenerme… Como sé bastante de mecánica, me detuve un poco mas adelante y les ofrecí mi ayuda.

En un primer momento los dos actuaron como desconfiados, supongo que es el procedimiento, pero después me agradecieron. No soy muy observador, pero los noté algo nerviosos.
El que tenía el radio intentaba comunicarse una y otra vez pero el aparato estaba muerto. La primer impresión que tuve al mirar el motor fue que el auto era muy nuevo, y el policía me dijo que lo era. Cuando me dijo que todo el tablero se había apagado, quise verlo, y ahí fue cuando vi a la mujer. Estaba en el asiento de atrás. Tenía una cabellera larga y blanca pero muy escasa en volumen, tenía la cabeza calva en algunas partes, aunque no parecía ser muy vieja. Su sonrisa maligna y su mirada me hicieron erizar la piel. Enseguida traté de no verla mas y volví al motor. El policía debió notar que la mujer me impresionó, ellos tampoco se sentían cómodos. Me dijo en voz baja que la mujer era parte de un culto satánico que mataba animales, y se sospechaba que también gente. Saber aquello me impresionó más.


Después, miré para el asiento trasero y la arrestada ya no estaba allí. El que estaba con la radio lo notó también e iluminó la parte de atrás con su linterna, ya no estaba. ¿Cómo podía haber desaparecido así, con tres personas tan cerca? ¿Dónde estaba? Cuando uno de los agentes apuntó su linterna hacia el bosque la iluminó de frente. Ella sonreía con mas malicia todavía, y los retó a que la siguieran con un gesto de la mano, giró y se internó en el bosque. Los policías salieron corriendo tras ella. Apenas se habían internado en la espesura cuando comenzaron los gritos. Sin dudas eran los policías los que gritaban, y aquellos eran gritos de dolor, gritos desgarradores de agonía, de dolor inmenso.


En ese momento me golpeó el terror. Salí corriendo hacia mi auto, y un instante después arranqué a toda velocidad. Pero la cosa no terminó allí, porque al mirar por el retrovisor vi espantado que la mujer o lo que fuera aquello me seguía corriendo velozmente. Estaba toda cubierta de sangre y su cara se había transformado horriblemente. Cuando aceleré mas, aquella cosa empezó a andar en cuatro patas, y casi me alcanzó, pero finalmente la dejé atrás.
Había escapado pero ya no me sentí a salvo. Estoy seguro que va a venir por mí. ¿Me cree?

–Le creo. La noticia de los policías despedazados sigue recorriendo los informativos. Así que usted estuvo ahí.

Alguien mas lo sabe? -le preguntó Augusto.

–No, nadie...!!

–Ya estaba presintiendo algo así. Mire, lamentablemente no está equivocado, seguramente vendrá por usted. Anda tras su terror, tras su miedo, eso fortalece a un ser así. Esa mujer voluntariamente habrá aceptado a un demonio. No estamos hablando de el Diablo. Tampoco un demonio así posee un poder que no se pueda combatir. Lo voy a ayudar. Lo mejor va a ser que se quede aquí, esta casa es muy segura. Están anunciando una tormenta para esta noche. Seguramente vendrá con el mal tiempo, pero lo vamos a enfrentar juntos. ¿Le parece?

–Sí, muchas gracias.

La tarde ya comenzaba a oscurecerse porque unas nubes oscuras se iban amontonando en el cielo.
Crecía la noche y con ella la tormenta. Ya se oían truenos. Romario tenía los nervios destrozados; Augusto tenía que hacer algo para calmarlo. Su demoníaca visita estaba cada vez mas cerca.

–Romario, venga aquí -le dijo Augusto, que se encontraba parado frente a una ventana.

–¿Ya vino? -preguntó muy preocupado Romario, y se levantó rápido del sillón donde estaba.

–No, tranquilo. Quiero que vea esta ventana. ¿Ve el grosor de las paredes? Y mire eso, esos barrotes son de acero. Hay prisiones con barrotes menos apretados y gruesos que estos. Los vidrios no son comunes, son laminados, como los de los parabrisas pero más fuertes. Ahora le voy a mostrar la persiana. Como ve, es metálica, y se engancha ahí abajo. Solo esta persiana podría detener a un intruso, y están los barrotes y el vidrio blindado. Esta casa fue construida por alguien un poco paranoico, o por alguien que tenía algo muy valioso que proteger, en realidad no lo sé; pero como sea, esta casa es casi invulnerable. Lo que lo persigue a usted no va a poder entrar.

–Que bien, ¿y las puertas? -dudó Romario.

Augusto fue hasta la puerta y la golpeó con el
puño:

–Es acero de cinco centímetros, y mire las bisagras; por ahí no pasa nada. y además tengo otra cosa que nos va a proteger. Espere aquí, siéntese de nuevo, ya vuelvo.
Romario se sintió un poco mas seguro. No lo había notado antes por su estado de nervios, pero era obvio que aquella casa era una pequeña fortaleza.
Augusto volvió con un libro que parecía ser muy viejo, era un manuscrito:

–Le voy a hacer una pregunta -le dijo Augusto, y se ubicó en un sillón enfrentado, dejando el libro en el posa brazos de este -. ¿Ha tenido usted un objeto muy querido, un objeto con el que pasara mucho tiempo, cualquier cosa, que un día perdió o lo robaron?

–No entiendo por qué me lo pregunta, pero sí, tuve muchos años un reloj de cuerda y lo perdí.

–Bien, ¿y cómo se sintió luego de perderlo?

–Lógicamente, mal, sentía que me faltaba algo.

–Y era así. Le faltaba el objeto y la energía que había depositado en este, porque sin saberlo, depositamos energía en nuestros objetos mas próximos, sobre todo a los que le prestamos atención. ¿Entendió?

–Sí, nunca lo había pensado, pero es hasta lógico.

–Así es. Bien, lo que tengo aquí, este libro, es el diario personal de un padre católico que hizo varios exorcismos, todos exitosos. Este libro tiene parte de su energía, lo tuvo casi toda la vida.
He estudiado mucho sobre el poder de algunos objetos, y por todo lo que sé, le aseguro que este es poderoso. Lo voy a desarmar con mucha pena, mas la situación lo requiere. Si pegamos sus hojas en las aberturas, nos va brindar una protección extra.

–¡Fantástico! -se emocionó Romario, mas el entusiasmo le duró poco-. Pero, aunque esta noche esa cosa no pueda entrar, ¿qué voy a hacer después? No voy a poder estar siempre acá.

–No lo va a necesitar. Le explico: el asesinato de los policías fue hace varios días, por lo que no creo que al demonio le quede mucho tiempo aquí. Los cuerpos poseídos se deterioran rápidamente, no duran. Los adoradores del Diablo son unos tontos, creen que les va a dar poder, cuando en realidad solo firman su sentencia de muerte, y un pasaje de ida al infierno. A esa mujer, ahora un engendro, no le debe quedar mucho.

–Eso es un alivio.

–Sí, pero por otro lado, la tormenta que se aproxima le va a dar mucha energía, y va a hacer todo lo posible por entrar, o hacernos salir.

–¡Maldición! ¿Por qué a mí? ¿Por qué me persigue? -se desmoronó de nuevo Romario, y se echó hacia atrás en el sillón, con las manos en la cara.

–Seguramente lo persigue porque el terror que usted sintió aquella noche fue muy fuerte, y eso es como un manjar para el demonio. Si sorprende a alguien que no sabe qué es, el terror nunca va a ser tan fuerte, aunque seguramente ya se cobró otras víctimas, pero usted es, digamos, “el plato principal”, y… tal vez hay algo más… Pero usted no se rinda. Vamos a sobrevivir a esta noche. Ayúdeme a pegar estas hojas. Tome estas -y Augusto le dio medio libro y un rollo de cinta adhesiva.
La tormenta ya estaba encima de ellos. Relampagueaba, y tras una luz blanca estalló el primer rayo. La tempestad se precipitó sobre la casa, pero en el interior el sonido llegaba apagado, como lejano, porque hasta el techo era muy grueso.

Augusto pegó una hoja en una de las dos ventanas de la sala, otra en la puerta. En la siguiente estaba Romario, pero en vez de pegar la hoja, la dejó caer en el suelo; estaba petrificado mirando hacia afuera. Cuando Augusto lo notó dio unas zancadas hacia allí y miró hacia donde lo hacía Romario.
El demonio estaba afuera, los miraba a través de los ojos inyectados en sangre de la mujer. Lucía mucho mas horrible: ya no le quedaba cabello y tenía toda la piel flácida, blanca, y al sonreír con malicia se le caía el labio inferior hacia un lado.

–¡Romarioooo! ¡Ya llegué! -gritó el demonio con una voz espantosa.
El ser demoníaco había llegado. Augusto y Romario vieron a la repulsiva mujer aferrarse a los barrotes de la ventana. El espantoso ser forcejeó contra los barrotes, pero a pesar de su fuerza sobrehumana, se necesitaba mucho mas para moverlos en un primer intento, mas el demonio tenía toda la noche.
Augusto apartó a Romario de un empujón, tomó la hoja del diario y la pegó en la ventana. Como esperaba, la energía del cura exorcista repelió a la criatura. Lo que antes fuera una mujer, se apartó dos pasos, como asqueada por algo, después se agachó para tomar impulso y se precipitó hacia la ventana, pero fue contenida por una fuerza invisible, y lanzó un grito aterrador de impotencia y rabia.
Ahora tenían que hacer lo mismo en todas las aberturas. No podían confiar solo en la fortaleza de la estructura de la casa.


–¡Romario! ¡Hay que pegarlas en las otras habitaciones también! -le gritó Augusto;
Romario estaba petrificado de miedo.
Augusto lo tomó de las solapas del abrigo y lo sacudió:

–¡Ayúdeme! ¡Reaccione, hombre! -le exigió.

Romario se sobresaltó, lo miró a los ojos, pero solo se quedó allí, mirándolo como un idiota.
Augusto lo soltó. Salió corriendo por el pasillo, entró en la habitación siguiente y pegó una hoja en la ventana, bajando después la persiana metálica. Le quedaban tres habitaciones mas y la cocina.
La tempestad ahora rugía por todos lados, y el relampaguear y los truenos eran constantes. Cuando Augusto entró en otra habitación, la poseída ya estaba en la ventana, y tironeaba de los barrotes.
La endemoniada criatura lo vio, y antes de que Augusto pudiera hacer algo, en engendro maligno deslizó una mano entre los barrotes y arañó el vidrio con movimientos rápidos. Pero el vidrio resistió. Entonces Augusto pegó otra hoja, y la energía de esta hizo que el demonio se apartara.


La situación ahora era una carrera que Augusto no podía ganar. Cuando llegaba a una habitación, la abominación ya estaba en la ventana intentando arrancarla. El hombre trataba de no mirarla directamente, porque aquellos ojos rojos eran maldad pura, una maldad que quería penetrar el alma, y era la maldad de innumerables tormentos y atrocidades, de sufrimiento sin fin, aquellos ojos eran, dos aberturas al infierno.
Gracias a la fortaleza de la vivienda, Augusto consiguió pegar la última hoja. Cuando volvió a la sala, Romario estaba acurrucado en un rincón. Estaba sentado en el suelo, con la cabeza entre las rodillas, meciéndose y balbuceando algo. El tipo no tenía ni un poco de autocontrol, era inútil hablarle.


Un rayo estalló muy cerca y las luces parpadearon. Era frecuente en aquella zona que la electricidad se cortara durante una tormenta intensa. Augusto fue hasta su cuarto y volvió con un par de linternas y un farol a baterías. Ahora encontró a Romario de pie, estaba blanco como un papel:


–Están golpeando la puerta -dijo Romario.
Efectivamente, golpeaban la puerta como llamando.
Augusto se arrimó y escuchó, deteniendo a Romario con el brazo extendido, y luego le ordenó hacer silencio con un gesto.

–¡Hola! Necesito ayuda, ¿pueden abrirme? ¡Hola! -dijo una voz de niña desde afuera.

–Es una niña -opinó Romario.

–No, es un truco de la poseída, es el demonio que tiene dentro. No hay que hablarle -le susurró Augusto.

–¡Ah! ¡Aquí afuera anda una mujer muy fea! ¡Déjenme entrar, por favor…! -insistió la voz de niña.
Como no abrieron la voz dejó de insistir; era un truco del demonio. Como ahora los dos estaban atentos, escucharon arañazos en la pared, y los arañazos subieron hasta el techo, después escucharon pasos arriba. Los pasos resaltaban sobre el estruendo de la tormenta, y parecía que algo muy grande caminaba sobre el techo. Después volvieron los arañazos, esta vez corriendo a lo largo de la pared.


Tras el cañonazo de dos rayos, solo escucharon el sonido apagado de la lluvia. Aquella ausencia de ruidos resultaba mas aterradora, porque no sabían qué estaba haciendo el ser infernal, qué tramaba.
En medio de la incertidumbre, se cortó la luz. Augusto encendió el farol y lo colocó en el medio de la sala; Romario empezó a girar iluminando con la linterna los rincones que permanecían ensombrecidos.
–Creo que es buen momento para rezar -le dijo Augusto, y lo invitó a sentarse en el suelo, cerca del farol.
Romario se sentó pero no siguió su consejo, porque no podía dejar de mirar hacia todos lados.

Los sofás proyectaban unas sombras inmensas sobre una de las paredes, y unas variaciones diminutas en la intensidad de la luz del farol las hacían temblar. En la calle seguía lloviendo y relampagueando.
Repentinamente surgió una voz desde el otro extremo de la casa:


–¡Romario, voy por ti! -la voz era potente, espantosa, reverberaba en las paredes.

–¡Está adentro! -gritó Romario, irguiéndose inmediatamente.

–No puede ser -dijo Augusto-. No pudo entrar sin hacer ruido, y las hojas del manuscrito… no pudo entrar.

–¡Prepárate para sufrir! ¡Te voy a hacer pedazos! -amenazó la voz, y ya se escuchaba mucho mas cerca, avanzaba por el corredor.
Romario dio unas zancadas hacia la puerta; Augusto intentó detenerlo y le gritó:

–¡No salgas! ¡Eso es lo que el demonio quiere! ¡Solo debe ser otro truco!

–¡Tenemos que huir, está aquí adentro! ¡Ahí viene! ¡Déjame salir!
Mientras los dos forcejeaban frente a la puerta, la horripilante figura de la poseída apareció en la sala desde la oscuridad, y los llamó con un gesto de la mano, como lo hiciera con los policías.
Romario lanzó un grito desesperado de terror y a la fuerza hizo a un lado a Augusto, destrabó la puerta y salió corriendo a la calle. La poseída desapareció de la sala, nunca estuvo allí, era otro truco.
Augusto supo que ya no podía hacer mas nada por Romario. Lo vio alejarse a la carrera. Cerró la puerta y la trabó. Enseguida escuchó un grito desgarrador; la poseída ya estaba sobre Romario. Después retumbaron uno tras otro unos truenos, y la tormenta rugió aquí y allá, en todo el cielo.
Augusto pensó que era mejor así, no quería escuchar los gritos de su protegido; al final había fallado.
Pasó el resto de la noche rezando. Antes del amanecer escuchó sirenas y frenadas: habían encontrado un cuerpo. La tormenta había disminuido junto con la oscuridad. Cuando todo quedó claro, Augusto espió por una de las ventanas. Había policías, unos noticieros y curiosos al por mayor. Un rato después un policía vino a golpear su puerta:

–Buen día -saludó Augusto.

–Buen día, señor. Estamos haciendo averiguaciones en todas las casas de esta zona. ¿Durante la noche escuchó o vio algo inusual?

–Además de la tormenta no escuché más nada.

–Sí, fue una tormenta terrible, aparentemente nadie vio nada, no es de extrañar con un tiempo así.

–¿Qué pasó ahí? -Augusto lo preguntó porque tenía que fingir sorpresa.
Él había hecho todo lo posible por salvar a Romario, no merecía ser sospechoso de un asesinato. El policía se levantó la gorra y, mirando hacia la escena dijo mas de lo que debía, como suele pasar:

–Alguien encontró el cadáver de una mujer. Por el estado en que está diría que murió hace días, seguramente la arrojaron ahí aprovechando la tormenta. Si es que la mataron quién sabe dónde fue.
Bueno, si recuerda algo llámenos. Disculpe la molestia.

–No es molestia, oficial. Adiós.

Augusto ahora sí estaba sorprendido. ¿Dónde estaba el cuerpo de Romario? No podía haberse salvado, el demonio lo había atrapado. Mirando a los curiosos que andaban en el lugar reconoció un rostro: era Romario, ya lucía bastante mal y tenía el pelo casi todo blanco. Había vendido su alma por unos días mas de vida y una promesa falsa. Las miradas de ambos se encontraron un instante y Romario sonrió asquerosamente; Augusto entró y cerró la puerta. Durante la noche había sospechado aquello, pero de todas formas debía intentar salvarlo.


Fin.

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