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Hace unos meses fui a una casa abandonada que hay a unas cuadras de mi casa. Abrí las puertas y al entrar decidí dirigirme hacia unas escaleras que llevaban a uno de los cuartos del segundo piso. Subí por las escaleras y mientras avanzaba comencé a ver el estado de las habitaciones. Todo en el segundo piso parecía haberse quemado, sin mencionar que todo parecía terriblemente roto.

Decidí que ir a ese piso era peligroso, ya que podía derrumbarse el suelo —debilitado por las llamas— y no me agradaba la idea de caer más de 3 metros hasta la planta baja. Me volteé y comencé mi descenso, fue en ese momento que oí una voz que decía: "Por favor, no quiero que te vayas". Suponiendo que era producto de mi imaginación no le di mayor importancia. Terminé mi descenso y, viendo que no había nada más interesante por ver, decidí marcharme, pero cuando intenté cruzar las puertas de la entrada, estas se cerraron solas. Volví a oír la voz, esta vez con mayor claridad:

"Quiero que estés conmigo, por favor no te vayas. Quiero que estés conmigo, por favor no te vayas. Quiero que estés conmigo, por favor no te vayas."

Sotano-terror

Corriendo volví a subir las escaleras y le dije a la voz "¡Quiero que te calles!", a lo que me respondió "No quiero callarme". Entré a uno de los cuartos y me oculté tras una cama. La habitación estaba llena de polvo, telarañas y restos quemados de lo que debió ser una linda habitación en su día. Mientras esperaba a que esa voz me encontrara, pensé tres veces "Quiero irme a casa", sin embargo nada pasó en los siguientes minutos, por lo que con cuidado salí del cuarto, bajé las escaleras, caminé con cuidado hacia las puertas, las abrí y atravesé rápidamente, y una vez me encontré fuera empecé a correr lo más lejos de la casa que pude.

Tras varias cuadras creí estar a salvo, reduje la marcha para recuperar un poco el aliento, sin embargo no pasó mucho tiempo antes de que la voz se hiciera oír nuevamente: "¿Por qué te fuiste? Quisiera estar contigo, por favor, vuelve a la casa y sé mi amigo para siempre", a lo que le respondí, gritando, "¡No quiero ser tu amigo!". No tenía esperanzas en que eso funcionara, pero ya no sabía qué hacer. Llegué a mi casa, esperando pronto volver a oír a esa voz, sin embargo no pasó nada cuando abrí la puerta, ni cuando entré a mi hogar, ni cuando cerré apresuradamente la puerta, es más, ya nunca más volví a escuchar esa voz.