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No lo puedo evitar, cada vez que la recuerdo una dichosa sonrisa alza a mis labios. En intervalos, mi corazón tiene un compás militar, luego de danza tropical, luego de ahogado a punto de morir, y luego de un loco saltando de dicha tras presenciar un milagro. Y mis memorias de ella, una película cortada y borrosa, mas la mejor película del mundo, va surcando por mi mente con la deslizadiza instantáneidad de una estrella fugaz. Y la veo con mis ojos. Veo la cosa más hermosa del mundo. Todos los días. Así, aunque el resto de mi cuerpo viva en un infierno, tengo el privilegio de que mis ojos vivan en el cielo.
Esa tarde, me hallaba pacífico en los asientos del bus 47, con destino al estadio Teatro Villanueva, donde mi obra teatral favorita iba a tomar lugar dentro de media hora.
Una señora de tercera edad a mi lado leía un libro religioso con meloso cansancio. Desvié mi mirada suspirando desinterés. En frente de mi hilera se hallaba sentada en el bus una atractiva adolecente rubia de alrededor de 16 años. Acababa de sacar un espejo de mano, y ocupaba su tiempo retocando su excesivo maquillaje. Puse los ojos en blanco y procure ignorar soberbiamente a aquella niña mimada, quien a todas luces era un monumento a la superficialidad y a la frivolidad humana que tanto detestaba mi amargado corazón.


Desde que Catherine murió, estoy sufriendo tormentos insoportables. Nunca sonrío, no tengo amigos, no tengo ganas de estar vivo. Odio al cielo sombrío que palpita encima de mi cabeza. Odio estar solo en este mundo. Odio a esa maldita anciana sentada a mi lado, escoria de la sociedad, ineficiente mujer vieja y amargada, parásita del dinero que el gobierno exprime de la sociedad y destina a los asilos. Odio a aquella inmadura jovenzuela de 15 años, pequeña prostituta juvenil, tonta y superficial, solo viviendo de su propia vanidad, lo único que le importa es su apariencia y lo que la gente opine de ella. No da sexo por dinero, pero igual es una puta.

Acaricié el metal frío de la pistola que escondía dentro de mi maleta. El escalofrió que recorrió mi columna era señal de un peligroso pero delicioso sentimiento... ¿Por qué no matarlas en ese instante? Pensé con gloriosa alegría. Sería liberador y excitante satisfacer mis sádicos anhelos… Pero no… eso no era correcto. Ese acto me transformaría en un animal, en un diabólico ser muchísimo peor que la perra de 15 y la anciana parásito. Yo no era un asesino. En todo caso, esa pistola solo tenía una bala, y ya estaba reservada para otra persona que todavía seguía viva y que no era ninguna de mis compañeras de viaje.
En ese instante, el bus paró repentinamente. Las puertas se abrieron quejosamente, dejando que un hombre y una niña entraran para luego sentarse en un lugar cercano a mí.
El hombre tenía unos ojos grises terribles, helados como el platino y astillosos como cráteres de vidrio. Poseía una cara redondeada, y una nariz y un mentón retraídos, de tal forma que si uno ignoraba aquellos feroces ojos, aquel rictus patentaba la inocuidad de un osíto de felpa.
Después baje rápidamente la vista en busca de la niña que lo acompañaba… Para mi sorpresa, la pequeña criatura ya estaba observándome antes que yo a ella. Menos de un segundo después de que nuestras miradas se cruzasen, las mejillas de la niña enrojecieron, y su delicada y nívea piel se arrugó para dedicarme la más hermosa sonrisa que jamás había visto en mi vida. Me sorprendí de sobremanera al observarla detenidamente… Era imposible…
Mi corazón retumbó fuertemente. Sentí como mi nivel arterial duplicaba la presión. La infinitamente preciosa niña sonrió aún con más entusiasmo. Y un fulgor poderoso se encendió detrás de ella, así de su rostro divergían millones de lazos celestes que alumbraban la estancia.
-Que… ¿Qué eres? –pregunté con nerviosismo. La gente en el bus no exhibió acción alguna en reacción a los látigos plateados que irradiaba. Tampoco se inmutaron cuando mi voz frenética llenó el habitáculo. Era como si todos los presentes en la escena estuvieran ciegos y sordos, ignorando totalmente el desenvolvimiento de todo.
-No uses esa pistola… En el infierno ya te están esperando, pero en el cielo también. –dijo la niña con una voz dulce e hipnotizarte como perfume. Hablaba lentamente mientras sonreía con un gozo sobrenatural… Por mi parte, sentía que estaba al margen de fallecer.

“No uses esa pistola…” Entendí esas palabras con total exactitud… Esa bala era para mí… estaba dispuesto a suicidarme justo después del culmine de la obra teatral hacia donde el bus me estaba dirigiendo. Nunca había revelado mis intenciones a absolutamente nadie. ¿Cómo ella lo sabía?
-Eres, eres, ¿eres un ángel? –balbuceé.
-No, pero después de mandarte este mensaje, espero que me pueda convertir en uno -dijo, totalmente tranquila y solemne. Por mi parte, mi perplejidad aumentó.
-Entonces, si no eres un ángel… ¿Cómo sabes que quería matarme?

-No se necesita ser un ángel para salvar la vida de otro ángel- dijo con una vos llena de ternura - ¿Ves a ese hombre? –preguntó señalando al tipo de ojos aterradores- Él es mi papá… está muy enfermo… Él es pedófilo, y debido a eso ha vivido toda su vida acompañado de terribles dolores sentimentales, baja autoestima, y frustraciones sexuales inimaginables… -relató la niña, mientras miraba al piso, y una lágrima luminosa como un diamante resbalaba sobre sus ojos- Esta noche piensa abusarme sexualmente, y luego va a asesinarme… -mi corazón casi sale de mi pecho cuando escuché semejante ignominia.
-¡Oh, dios mío! ¿Necesitas ayuda? ¿Quieres que llame a la policía? –le dije con desespero, pero ahora procurando usar un volumen muy bajo, para que nadie (particularmente su padre) escuche los detalles de aquella importantísima conversación. De todas formas, esta precaución parecía innecesaria, debido a que el señor aterrador permanecía sentado mirando a través de la ventana, totalmente indiferente a mi conversación con su hija. La abuela continuaba su lectura, la adolescente no paraba de maquillarse…
-No, no necesito ayuda. Dios ya me está ayudando completamente-dijo, mientras alzaba los ojos al cielo, como mirando a Dios… al Dios que yo nunca pude ver.
-¿Él te va a salvar?
-Él ya me salvó hace dos mil años, cuando murió en la cruz. Gracias a él, cuando muera volveré a sus brazos, en lugar de irme a… -en ese momento su voz se detuvo, como dudando si continuar- con Lucifer –pronunció el nombre en voz baja, como si tuviera miedo que alguien escuchase. Se escuchó el sonido de un trueno rompiendo el cielo justo cuando la niña pronunció su nombre… Mis huesos temblaron… Si aquella invenciblemente hermosa princesita le temía a Satanás… no quería ni imaginar lo terrible que debía ser el príncipe de las tinieblas… Tragué saliva.
-Bueno, me alegra que tengas confianza en Dios, princesa -alegué nuevamente- Pero ahora que sé que tu padre quiere hacerte daño te juro por mi vida que haré todo lo posible para evitarlo –prometí de corazón, dispuesto a salvar aquella prodigiosa vida a cualquier costo. Sin embargo, el asombro me sobrecogió cuando de sus ojos comenzaron a escapar finos cometas de plata que traslucían una melancolía única.
-¿Por qué lloras, pequeñita? –inquirí apesadumbrado, mientras mi garganta se ahogaba en las lagrimas que yo no quería dejar escapar. Aquella niña inspiraba una empatía excepcional– No te preocupes, no voy a dejar que nadie te haga nada malo. Te protegeré.
-No lloró por mi futuro… lloro por tu pobre y desafortunada alma -dijo ella lentamente.
-¿A qué te refieres? –proferí sobresaltado, fuera de guardia.
-Tratas de salvarme… pero ni siquiera te puedes salvar a ti mismo. Tú creías que suicidándote hoy ibas a liberarte de tu dolor, pero te equivocas. Tú te has estado muriendo todos los días, desde hace dos años, cuando tú esposa fue asesinada. Odias cada cosa que tocas, cada persona que miras, cada nuevo día que pasa. Eres incapaz de amar o ser amado. Escapas de Dios como si fuera veneno, y persigues al veneno como si fuera Dios. Vives en tu propio mundo… Y no te das cuenta que en tu mundo solo vive uno: Tú. Pero tu egoísmo te hace olvidar algo muy importante: Tal vez en tu mundo solo vive uno, pero en el mundo de Dios no hay uno que no viva. El más grande milagro del universo es la existencia de una existencia que no sea tu propia existencia. Es el hecho que haya un trillón de corazones palpitando para hacer música, en lugar de un único corazón solo tocando una monótona y solitaria marcha a la infinita melancolía… ¡Ahora hay 7 billones de personas en el mundo para amar! Y si tan solo, tan solo amaras a solo una… Dios estaría saltando de un pie de la alegría…
Las lágrimas brotaron de mis ojos fácilmente como si no hubiera llorado durante siglos. Aquellas palabras eran como flechas que volaron por el cielo y besaron lo más profundo de mi ser. No sé por qué, pero llorar patéticamente en su presencia me provocó vergüenza e incomodidad, por lo que escondí mi rostro con mis manos para que mis desafueros no perturben a la pequeña divinidad.
-Quizá tengas razón.
Pasé unos cinco minutos sollozando para mí mismo, arrepintiéndome cada segundo de las polémicas de mi vida.

Última parada, amigo, debes salir del bus. – gruñó una voz gruesa que provenía de algún lugar encima de mi cabeza. Abrí los ojos, aturdido. El bus estaba absolutamente despoblado. Mi reloj marcaban las 10 de la noche… ¡Al parecer había dormido durante poco menos de cinco horas!
-¿Qué estaba soñando? Se la paso gritando frases extrañas durante todo el trayecto… Los pasajeros estaban asustados… -afirmó el conductor, arrugando el semblante. Mi atolondrada mente solo logró pensar en una respuesta.
-Soñé con los angelitos.
Quisiera poder decir que desde esa experiencia, mi vida dio un giro de 180 grados, y que ahora soy un hombre feliz, con paz interior y sin problemas. Pero lamentablemente, aunque exista la irrealidad, la mayoría del tiempo vivimos en la realidad, y allí las cosas nunca son sencillas. Continúo sufriendo terribles depresiones, fruto de la soledad. En ocasiones, sigo perdiéndome en el laberinto que los humanos nos ponemos encima de la cabeza cuando tratamos de entender a Dios, pero a pesar de todo, después de esta experiencia, y gracias a meses de entrenamiento emocional y terapia psicológica, por lo menos siento la reconfortante sensación de que cuando Dios mira mi vida, sonríe dos veces y llora una sola vez. Sigo rezando para qué algún día logre mejorar este record.
-¿Hey, Marco, viste ayer las noticias? –preguntó Pablo.

-No, ¿Mostraron algo interesante? –quise saber.
-Un tipo fue a la comisaría, y se entregó el mismo por haber asesinado a su hija… ¡Dice que el mismo pidió que se le impartiera la sentencia de muerte!
-¿Cómo se llama esa niña?
-No me acuerdo… Creo que Angélica. ¿Por qué?
-Por nada. Es una simple curiosidad.