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Las mascotas del vecindario empezaron a desaparecer en Junio de 1982.

Yo pensaba que estaban conectadas, como si se tratara de una conspiración en mi primer mes en el cuerpo de Alabaster, en Ontario. Pero el Capitán me recordó que éramos la policía, y no la perrera. Y siempre que recibíamos una nueva llamada él decía:

“Si quieren un cartel, diles que se vayan a la tienda de fotocopias.”

Después, desapareció Tim Wilson.

Creo que el Capitán me envió a la tienda de fotocopias porque no tenía estómago para tragarse su ironía. El cartel de desaparecido tenía una foto en blanco y negro de Tim en su cuarto curso. Abajo la señora Wilson describía como lo había vestido esa mañana: zapatos rojos, camiseta amarilla, vaqueros y una gorra azul de baseball.

La gente vino de otros dos pueblos para ayudar en la búsqueda. Juntos cubrimos al menos 1,400 acres del bosque. Alguien encontró una Nike cerca de Shuter Falls y cambiamos la búsqueda río abajo. Pero ese zapato fue lo único que se encontró.

El Capitán lo archivó como un accidente, suponiendo que Tim se cayó y el río acabó tragándoselo. La gente volvió a sus pueblos. Los Wilson vendieron su minivan. Todos en Alabaster fueron al funeral, y enterramos un ataúd vacío.

Tengo 58 años ahora. Mis hijos han crecido y en abril seré abuelo. Estoy canoso. Mi cadera es de plástico. Y mi cuerpo no para de quejarse. Pero en todos estos años, no he creído ni por un segundo que Tim se perdiera en el bosque.

Hoy todo ha cambiado.

Me llamaron para ir a la casa de Lester Pelletier sobre las nueve. Red Foster había olido algo y se había colado dentro como un héroe. Excepto que cuando llegué allí, estaba en el porche, llorando como un niño pequeño.

En el sótano, descubrí el por qué.

Desde lo alto de las escaleras parecía que Lester se había caído. Le pasa a la gente mayor, incluso me preocupa a mí también. Pero de cerca podías ver las marcas de dientes y la carne desgarrada. De que… No quiero saberlo.

La habitación justo debajo me dio una idea aproximada. Fila tras fila de estanterías, cada una llena de tarros. Algunos del tamaño de botellas de vino, otros pequeños como de conservas. Dentro: Monstruosidades. Es como puedo llamarlas. Pelo, músculo animal retorcido, flotando en formol. Miembros intercambiados, bocas extras, patas extras, cabezas extras. Era como si el zoológico del infierno hubiera llegado al pueblo.

Contra una pared, una mesa de trabajo roja que no siempre lo había sido. Lámparas a un lado, herramientas afiladas en el otro, esquemas demenciales en la pared. Algunos estaban tachados, ¿pero otros? Estaban anotados. Perfectamente emulados.

Y, en la esquina, había una jaula grande, abierta y rota, con una gorra encima. Gorra de baseball azul. Tamaño pequeño.

El Capitán no se equivocaba: Tim se cayó al río. Lo creo ahora, con todo mi corazón. Porque la alternativa, es algo con lo que no podría vivir.