«En la horca negra, amable manco, bailan, bailan los paladines, los descarnados actores del diablo; danzan que danzan sin fin los esqueletos de Saladín. ¡Monseñor Belcebú tira de la corbata de sus títeres negros, que al cielo gesticulan, y al darles en la frente un revés del zapato les obliga a bailar ritmos olvidados!»
~ Arthur Rimbaud.
«I had a dream, which was not all a dream. The bright sun was extinguished, and the stars did wander darkling in the eternal space, rayless, and pathless, and the icy Earth swung blind and blackening in the moonless air; morn came and went—and came, and brought no day, and men forgot their passions in the dread of this their desolation; and all hearts were chilled into a selfish prayer for light: and they did live by watchfires—and the thrones, the palaces of crownéd kings—the huts, the habitations of all things which dwell, were burnt for beacons; cities were consumed, and men were gathered round their blazing homes to look once more into each other's face...»
~ Lord Byron
I[]
La noche en Kuzcotopía era feroz. Una fuerte lluvia, junto a una neblina tan opaca y misteriosa como la tierra misma, escondían al imperio y las antorchas que lo iluminaban del mundo exterior.
Kuzco, emperador, observaba su imperio desde el balcón de su habitación en una de las partes más altas de su palacio de oro macizo.
Fruncía el ceño de vez en cuando. Se tocó la barba y al sentir el tacto del pelo retiro la mano de inmediato. Su cuerpo le recordaba lo viejo que estaba. Ya no era el joven y carismático emperador que disfrutaba de su trabajo y de pasarla bien con sus siervos. Estaba a finales de la mediana edad, casado con Malina y en espera de su futuro hijo y heredero. Sabía que debía ser maduro y responsable, pero cada vez que recordaba el presente, le venían a la cabeza mil recuerdos del glorioso pasado.
Cerró los ojos y retiró todos las imágenes de su mente. Debía concentrarse en el ahora. Sobre todo en la guerra. La horrible guerra que él y su rival protagonizaban. Los remordimientos y la culpabilidad le llegaron tan abruptamente como disparados de un cañón. Los abrió y fijó su atención a lo que se encontraba más allá de la neblina. Otro pensamiento le llegó. ¿Sería el enemigo capaz de sobrepasar nuestras defensas y arrasar con todo? Este le rompió la paz. Se mordió la lengua hasta que saboreó la amargura de su propia sangre. Sus lágrimas mancharon el borde del balcón.
Malina se despertó al escuchar los gemidos de su esposo. Al notar su cara enrojecida y sus ojos aguados, se levantó de la cama dejando caer las sábanas al suelo y caminó hasta abrazarle por detrás con sus delgados brazos.
Kuzco sintió la presión del abdomen de su esposa contra su espalda. Esto le hizo volver los gemidos en el llanto de un bebé. Malina le besó la mejilla y eso fue suficiente para que parara.
-Oh, mi amado, ¿qué es lo que no te deja dormir?- le preguntó su esposa con los ojos reluciendo por las llamas que iluminaban toda la habitación.
Kuzco devolvió la mirada al imperio oculto por la niebla. Su esposa le toco la espalda. Sabía perfectamente que significaba aquel gesto. Se volvió a morder la lengua. Giró totalmente y tomó de los dedos a Malina. La llevó hasta el borde la cama doble y ahí se sentaron. Se miraban el uno al otro. Él con preocupación y ella con empatía y ganas de escuchar.
Puso una mano sobre la cabellera de su esposa y le preguntó:
-Mi niñez me ha despertado, Mali. Creo que los dioses se han contactado conmigo y he de responderles lo más rápido posible. ¿Pero como puedo hacerlo si las imágenes que me dan me perturban y me hacen confundir más y más?
Mati le tomó con ambas manos las suyas. Esa conexión siempre le tranquilizaba y no había nada que pudiera molestarle por el momento. Apretó más y ella hizo lo mismo.
-Dime. Dejadme ser la primera en escuchar y darte consejo. ¿Por que no es eso por lo que estoy aquí? ¿Para amarte, satisfacerte y entenderte?
Lágrimas volvieron a salir de los ojos de su esposo. Mati le dio un largo beso. Kuzco se tranquilizo por unos minutos. Le dijo:
-Ahora. Dí sin parar y así lo expulsaras todo. Hazlo o no serás capaz de dormir hoy.
Su esposo afirmó con la cabeza, aún con lágrimas deslizándose por sus mejillas. Se restregó la sien unas veces mirando al suelo. Levantó la vista y encontró a su esposa aún mirándole con esos ojos que reflejaban la luz y la oscuridad al mismo tiempo.
-Esta es la historia de mi encuentro y batalla con el dios Illapa, que domina los vientos. Empieza con un niño vestido con ropa lujosa y una alpaca tan blanca como la nieve, perdidos en lo más profundo de la selva…
El sonido de una guacamaya guiaba al joven montado en la alpaca blanca. Llevaba en mano una lanza que encontró escondida, quizá olvidada, dentro de unos matorrales. Creía que sería suficiente para protegerlos a ambos. Eso era lo único que su mente infantil le permitía elaborar.
De los lugares más recónditos salían expulsados animales coloridos y gordos. Cada vez que la alpaca veía uno, extendía su cuello para atraparlo. Pero ellos eran más rápidos y cada uno de los intentos fueron en vano. Al joven le parecía gracioso.
Llevaba recorriendo la selva por más de dos horas. Estaban perdidos, pero eso no sería toda la verdad. El chico se había escabullido con la alpaca para asustar de muerte a su protector y tras recorrer dos kilómetros ya se había perdidos.
Su aventura terminó cuando se vieron rodeados y sin escapatoria. Solo quedaba seguir adelante porque no tenía sentido devolverse. Al final del laberinto se encontraron el inicio de una cueva. Un semicírculo tan oscuro como la noche. De éste emanaba un olor que espanto al chico y le obligó a taparse la nariz. Su compañera no tuvo la misma reacción. Con su hocico olió el aroma y se le hizo agua la boca.
La alpaca corrió hacía la apertura. El joven se cayó de su lomo. La lanza se insertó verticalmente en la tierra. Cuando logró levantarse y eliminar un poco del dolor, el animal ya había desaparecido.
Sacó con esfuerzo la lanza. La agarró con ambas manos. Entró sin pensarlo dos veces. Se fue tropezando con piedras grandes y animales que plácidamente dormían en el suelo.
Unos murmullos que provenían de la parte noreste captaron su atención. Se acercó. Con el tiempo fue reconociendo una luz a la lejanía. Una fogata. Una fogata dentro de la cueva. Y en la circunferencia de luz, la sombra de un hombre agachado que manipulaba algo tirado en el piso.
Se acercó silenciosamente y se escondió detrás de una piedra. Al levantar la mirada, se tuvo que tapar la boca para no gritar. El cadáver de su compañera estaba en la seca tierra. De su vientre un extraño ser extraía tripas y sangre. Las mordía y masticaba con notoria ansiedad. Juntaba sus manos, sacaba un poco de sangre y se la tragaba con la intensidad de un moribundo en el desierto.
El ser era un hombre de piel gris. Lampiño debido que no tenía ningún pelo a la vista a pesar de estar descamisado. Llevaba amarrada a la cadera una honda y una porra. En la parte superior izquierda de la cabeza tenía una herida abierta de la que se veía el hueso.
El joven inconscientemente dejó salir un chillido. El ser dejó de devorar a la alpaca. Se levantó, sacó la porra y camino lentamente a la piedra de donde provenía el ruido. Aprovechó la oscuridad del exterior y trotó a otra piedra, al lado contrario al que se acercaba el hombre con el rostro y las manos rojas. El ser paró en seco, olfato el aire y cambio de rumbo hacía donde se encontraba. Iba a moverse cuando el sujeto corrió a gran velocidad hasta la piedra y de un tajazo la corto a la mitad. Logró escapar y se puso esta vez sobre una plana. Levantó la lanza en dirección del pecho del ser y, corriendo todas sus fuerzas, la lanzó.
Se insertó en la garganta. El ser la tomó con ambas manos e intentó sacarla, pero por su notable debilidad no pudo. Retrocedió sacando la lengua, escondiendo los ojos, y terminó cayendo sobre una piedra plana. Al hacer contacto su espalda con la superficie, está la sobrepaso como cuan fantasma y el sujeto entró totalmente más no salió.
Al ver que el sujeto no volvía, tomó a su compañera y corrió con lágrimas en los ojos hasta que logró salir y encontrar a su protector. Cuando este le preguntó que le había pasado a su Ilka, le respondía que había sido atacada por unas bestias salvajes.
Nunca le contó a nadie tal infortunio y hasta hoy le sigue atormentando.
Kuzco hacía tiempo que no miraba a Malina a los ojos. Ella, por su parte, estaba putrefacta.
Su esposo se levantó de la cama y puso los codos sobre el borde del balcón. Se acercó a él y le volvió a tomar de la mano. No le devolvió la mirada.
-Est…estoy segura que esto tiene solución. ¿Verdad, amor? Todo puede tener solución. Solo es de buscar ayuda -giró el rostro. Estaba aterrada en este momento. Ya no tenía su fortaleza y lo único que se me manifestaba de su rostro era el sudor en su frente y las ojeras. Una idea le estalló en la cabeza. Volvió a mirar a Kuzco; esta vez menos estresada y con un tono de mínima esperanza.- ¡El chamán! Seguro tendrá la respuesta a todos tus conflictos del alma. -Sí. También creo que es la mejor opción que tenemos -respondió distante.
Malina, con una profunda tristeza, se devolvió a la cama. Al subir las cobijas, se abrazó a si misma y durmió con lágrimas en los ojos. La inexistencia de emociones que a veces le daba a su marido era de las pocas cosas que realmente le bajan el ánimo.
Kuzco levantó los ojos al cielo y se quedó boquiabierto. El cielo se había aclarecido y en el firmamento solo se encontraba una nube. Tenía la forma de un cráneo humano con un hacha insertada desde la cima hasta la barbilla.
II[]
Yzma se resbaló en una piedra lisa y la tos que procedió al golpe duró algunos minutos. Kronk, frunciendo el ceño y tocándose la sien a cada segundo, no prestó atención a la caída de la centenaria. La vieja se levantó a duras penas con su bastón, dio algunas pasos y le dio una cachetada tan fuerte a su ayudante que esté quedo absorto y casi se tambalea, pero tomó el control antes de que sucediera.
Siguieron bajando la cueva hasta llegar a una zona, semi-plana, llena de estatuas de antiguos faraones. Kronk se quedó mirando la de un faraón enano con una larga melena. Yzma le tomó de la oreja y se adentraron más en la oscuridad, iluminados por solo una antorcha.
De la nada Kronk le preguntó a Yzma la razón de su interés en los mitos de la cueva. No le respondió. Al preguntarle si esto tenía algo que ver con el emperador, la hechicera paró en seco. Giró lentamente y, de un salto, puso sus arrugados manos sobre la ancha garganta de su ayudante. Cayeron al piso. Lo ahorcó con todas las fuerzas que su cuerpo le permitía. No pudo ni le interesó quitarse a la vieja de encima. El dolor de cabeza y las alucinaciones ya eran suficientes.
-No menciones su nombre de nuevo. No en mi presencia. Eliminare a todos quienes le conocieron y me asegurare que su estirpe no florezca jamás. ¿Acaso has olvidado lo que me hizo, a la mujer que lo crío como su propio… hijo? -sus ojos quedaron en blanco por el tiempo que recordó el pasado y presente. Recuperó la conciencia y apretó más fuerte.-No solo lo quiero muerto, Kronk. Necesito verle sufrir en el otro mundo. Y para ello haré que su sufrimiento empiece ahora. Así…así entenderá una vez por todas el ser la un monstruo como yo.
Lagrimas cayeron de sus ojos. Las secó con la palma de la mano y se alejó corriendo. Y mientras se introducía en el templo en ruinas que era su destino, fue gritando: ¡No has visto nada! ¡No has visto nada!
Kronk se quedó en el suelo, recordado a pedazos el conflicto que tuvieron el emperador y su consejera hacía muchos años. Aseguraría que en ese tiempo aún no le había crecido la larga y ruinosa barba que tiene ahora. Yzma aún era soportable de ver a la cara y Kuzco no no parar de crecer en sabiduría y musculatura.
Kuzco se casó con Malina. La boda dio como resultado una reforma en el consejo y la guardia. Muchos sirvientes reemplazados por unos nuevos. El antiguo chamán sacado a la fuerza de su oficina y reemplazado por uno de Pachacámac, muy talentoso para la edad de dieciocho años.
E Yzma fue la última. El emperador le tomó mucho tomar la decisión. Por su relación e historia, principalmente. La consejera llegó al trono, llevada de los hombros por dos guardias pintados de azul y rojo, temblando. Cuando se la dejó frente a frente con Su Majestad, las puertas de varios metros se cerraron estrepitosamente.
Al dejar de comerse las uñas empezó a hablar sin tomarse un descanso. El emperador la paró al minuto. Ya había escuchado suficiente. Se levantó de su trono, bajó las escaleras y abrazó a la consejera antes de que los guardias la sacaran y la llevaran a su nueva residencia.
Mientras bajaba las escaleras, le llegó una imagen a la mente. Era su habitación de oro. Pero sus telas y esculturas ya no estaban ahí. Veía la cara del nuevo consejero invadiendo y arruinándolo todo. Otra se interpuso entre la de su cuarto destruido. Los fabulosos platillos que ya no se podría comer. Ella con trigo seco en el tenedor, llevándolo a su boca, masticándolo y tragándolo. El sabor le llegó a la boca y vomito. Los guardias la llevaron al chamán más cercano. Este le obligó a beber una asquerosa sustancia color miel. Pero valió la pena, el sabor y las angustias se fueron. Quedo dormida y tiempo después fue llevada a la habitación principal de su nueva casa para que durmiera cómoda. Kronk se hizo cargo de su recuperación.
Tras dos semanas en la cama, Yzma se despertó gritando. A esto le siguió una tos seca que la dejo sin aliento.
Giró la cabeza y encontró, vestido con su delantal de chef, a Kronk sosteniendo una bandeja con un desayuno que llenaba todo el plato.
-Excelente. Al fin te despertaste. ¿Cómo te sientes? -le preguntó, con una sonrisa honesta, mientras se quitaba el gorro.
Yzma pestañeó dos veces e intentó responderle, pero las palabras no se le formaban y lo único que salió fue un bisbeo. Kronk le puso un dedo en los labios y dijo:
-No hables. El chamán ha dicho que por el momento tu alma ha perdido la capacidad de hablar. Pero no te preocupes. Ha asegurado que no es para siempre. Utiliza esto -le pasó a la vieja una hoja de papel y una pluma con tinta en la punta.
Yzma dibujo la cara de Maliana y del emperador. Bajo estos puso su habitación llena de estatuas y tesoros.
Tras analizar detenidamente las figuras, Kronk le respondió:
-Hace ya tiempo que la emperatriz se ha instalado. Ella y su marido duermen en la misma cama. Tu antigua habitación se convertirá en la del heredero. Pero creo que eso no es tan importante ahora que…
Yzma no le escuchaba. Tenía la mirada fija en sus sábanas pero su mente la había devuelto a su alcoba antes de todo. Tocó las paredes de oro. Miró con fascinación en techo, aunque este era la única parte que no poseía nada en especial. Tras estudiarlo todo con la mirada, su estatua junto a la ventana captó su atención. Se acercó. La figura de piedra estaba puesta al revés. La giró y para su espanto encontró la cara de un recién nacido sobre un rostro que obviamente pertenecía a una persona de avanzada edad.
Kronk retorno de sus recuerdo de la infancia y vio a su compañera con los ojos en blanco, la boca abierta y las sus mantas tornándose oscuras oscuras. Le dio una cachetada y volvió a la normalidad.
Repentinamente, Yzma le tomó del brazo, arañándolo, y acercó su oído a sus descoloridos labios. Susurro:
-¿Y como es el estado de la emperatriz? ¿Ha quedado finalmente preñada? Escúpelo o te prometo que le daré tus tripas a los cuervos.
Kronk quedó estupefacto. Sus ojos no se alejaban de los de ella por un segundo. Temblando le respondió:
-Como ya te lo he dicho. En el segundo mes de embarazo. Y el sábado se dará una ceremonia para celebrar su embarazo y las últimas victorias del ejército.
Yzma sonrió de punta a punta. Y mientras una gota de baba verde se le escurría por el mentón, pronunció:
-Pues manos a la obra -junto sus manos.-Que quiero darle al emperador mis felicitaciones y de pasó un regalo que jamás olvidará.
Nadie estaba en la parte trasera del palacio más que ellos dos. Pararon al frente de una pared de oro que estaba cerca del jardín real. Kronk frunció el ceño mientras que Yzma no se quedaba quieta.
-¿Y qué tiene de especial esta pared? -le preguntó.
-En una parte de esta, -le susurro Yzma sin levantar los dientes -está el orificio de una cerradura de la cual muy pocos, incluyéndome, poseen.
Kronk afirmó con la cabeza, no del todo convencido. Puso las manos sobre ella y las movió en todas direcciones, esperando encontrar la susodicha cerradura o el marco de la puerta.
Yzma lo jaló del pelo. Kronk torno la cabeza y vio que le mostraba a la cara una llave de bronce. Lo apartó y la insertó sin mirar. Encajó a la perfección y la ex-consejera la giró dos veces.
Los bordes de una puerta doble se hicieron presentes. Yzma la empujo con esfuerzo y esta se abrió hacia adentro. Ingresó sin esperar a su ayudante y corrió hasta el centro de la estancia, donde había en el techo un domo gigante, el cual reflejaba a todos lados los rayos del sol, y una escalera de caracol que llevaba a una puerta semicircular.
Kronk entró cuidadosamente y cerró firmemente la puerta. Caminó hasta donde Yzma esperaba saltando y gimiendo. Iba a preguntarle a quien esperaban, pero la puerta de arriba se abrió precipitadamente y salió de ella la sombra de un ser de baja estatura que vestía una manta marrón.
Yzma se inclinó sobre la primera escala, con las mismas ansias de un escudero que espera ser investido como caballero por el rey.
El ser, que por su grave y rasposa voz se podía concluir que era un hombre de avanzada edad, bajo lentamente las escaleras. Al llegar al lado de Yzma, se quitó la capucha y preguntó a la anciana:
-¿Qué quieres esta vez, Yzma? Estoy ocupado en mis investigaciones y tú irrumpes sin avisarme antes.
-Amado, amado Lay, gran chamán, os ruego que me des tu más terrible veneno. Te lo ruego en mi terrible estado.
Layca la observó enarcando las cejas. Tomando aire, preguntó a Kronk:
-¿Y a esta que bicho le pico?
Kronk puso un dedo cerca de su cabeza y lo giró rápidamente a la dirección de las manecillas del reloj. Layca afirmó con la cabeza.
El viejo chamán bajó las escaleras, ignorando la impresión de la enferma, recorrió hasta llegar a una columna y puso una de sus manos regordetas sobre ella. Un pequeño temblor y una ventanilla se abrió. Layca sacó de allí un tubo de ensayo, sellado, con una pócima amarilla en el interior.
Se la tiró a Kronk. Este la agarró por suerte en el aire para serle quitada segundo después por Yzma, quien se la llevó al bolsillo y dio un sonoro beso en la mejilla al chamán.
Este escupió en su cara, pero ella no se inmuto por ello. Es más, se alegró. Ambos miraron a la vieja danzar y saltar con el objeto en la mano.
-Asegúrate de darle todo lo que encuentres -advirtió a Kronk- porque ni con mi magia logró que una loca como ella vuelva a la normalidad.
Se alejó subiendo las escaleras. Kronk volvió hacia Yzma cuando el chamán ya no estaba en su vista.
-Y de qué forma vamos a lograr pasar toda la seguridad del emperador. Ya no tienes los mismos privilegios que antes.
Su sonrisa desapareció y quedó solo una línea casi invisible. Giró para ver a su ayudante a los ojos y después a su maltrecho vestido.
-Mi espejo. Dadme mi espejo -le ordenó con un tono de voz anormal para ella. Un poco más seca de lo que se espera.
-No traje ningún…
-No quiero tus asquerosas excusas, Kronk. Tu eres el que sabe más que nadie que cuando exijo algo, es para que se cumpla al instante. ¡Mueve tu trasero y traeme un maldito espejo en este instante -gritó con la frente tornándosele rosada.
Kronk se dirigió al estante ya mencionado, sudando y respirando con dificultad. Tras buscar con la mirada, encontró junto a un oso de peluche un espejo ovalado del tamaño de una mano.
Se la entregó y ella lo uso para ver el estado de su boca. La encontró llenas de dolorosas llagas y varios dientes negros. Tras verse unos minutos, lo tiró al piso y el vidrio se rompió en varios pedazos. Yzma dio una carcajada que hizo un profundo eco. Se acercó a su ayudante y, con una horrible sonrisa, le espetó:
-Dime Kronk, ¿qué vale más… un par de dientes rotos o tu mayor enemigo muerto a tus pies?
El emperador consideró que el evento debía de representarla la fraternidad de la realeza y la fortaleza del imperio, pues no debemos de olvidar que en aquellos tiempos la tierra era fértil y las tropas de Kuzcotopia ganaban terreno y vencían a terribles enemigos. Por lo que se ordenó que toda la ciudad se pintara de oro y estatuas de los dioses Inti (sol) y Viracocha (vida) se pusieran por todas partes.
La celebración se dio dentro del palacio, en el salón de visitas. Amigos del imperio y viejos conocido fueron invitados y estos llegaron con variados regalos para el emperador y su esposa. Gente importante del mismo imperio (incluyendo a conocidos y familiares de Kuzco, destacando a Pacha y su familia) llegó vistiendo sus mejores prendas. En la mitad del evento, cuando ya todos estaban dentro y los guardias multicolor terminaban de cerrar las puertas y el banquete estaba a punto de iniciar, Yzma se presento vistiendo su característico vestido púrpura (el cual le quedaba el doble de grande que la última vez), acompañada de la mano por un Kronk bien vestido.
-¿Y cual es el plan? -le preguntó preocupado.
-¿Qué? -respondió Yzma.
-Yzma, -la tomó del hombro - ¿qué hacemos cuando el trabajo este hecho?
-No sé a que te refieres, Kronk. Lo único que quiero es cortarle la garganta y que un chorro de sangre manche el traje de esa falsa -apartó la mano de su ayudante y apresuró el paso hacía la puerta que daba al salón.
Al entrar, todos giraron hacía donde estaban ellos. Todas esas miradas hicieron sudar a Kronk. Yzma, o no le importaba o no las percibía.
Kuzco se levantó de su silla, tomó del brazo a su esposa, al cual se levantó de mala gana, y ambos fueron a recibir a la inesperada invitada. Mientras se acercaba, Yzma puso su mano derecha en su espalda para tomar el mango de la espada.
Los emperadores se quedaron en el centro del lugar. Melina, a pesar de solo estar apenas una semana embarazada, se cansaba fácilmente.
Aprovechando el momento, dejo de caminar y corrió lo más rápido que pudo. En el proceso sacó y levantó la arma con la punta manchada de veneno, apuntando a la frente de la emperatriz. Kuzco logró empujar a Melina hacía atrás. Antes de que lograra cortar el cuello del emperador, un guardia se tiro sobre ella. La vieja se vio aplastada por este y otros tres.
Al lograrla inmovilizar, la llevaron tomada de la garganta hasta donde Kuzco abrazaba a su amada Melina, ambos en el suelo. Al verla, se le enrojeció la cara y, señalándola frente a todos los dirigentes de los pueblos vecinos y varios de sus más grandes amigos, la sentenció a exilio de por vida. Con garantía de muerte si se le ocurría pisar el sagrado pasto del imperio.
Mientras la sacaban, Yzma gritó con todas sus fuerzas y, al estar en el borde de la puerta y ver a los ojos a Kuzco, maldijo a todo los presentes mediante frases sin sentido e insultos.
Curiosamente, nadie acuso a Kronk de complice. Aunque no fue necesario, pues el grandote acompañó a su compañera a las afueras del Kuzcotopía. Y fueron fugitivos del mundo por algunos meses, comiendo lo que la gente se dignaba a tirarles y durmiendo en madrigueras con otros desgraciados como ellos.
Kronk se levantó del suelo. Se sacudió la parte trasera del traje y fue hacía donde Yzma. Esta se encontraba absorta en su propio mundo, viendo una extraña roca de forma irregular de cuyas brechas salían musgo.
-Mira, Kronk -dijo, con entusiasmada, señalando a la roca.- Una obra del gran Supay. Dentro esta un líquido de incalculable valor. Y con él en mis manos, el emperador morirá de la forma más espantosa que tu pequeña se pueda imaginar. Oh, es maravilloso -empezó a morderse los dedos.-Sus huesos pulverizados dentro de su piel.Los ojos llorando sangre y la boca expulsando vómito a borbotones. ¡Es magnifico, magnifico! -alzó los brazos al cielo por unos segundos y después los bajó.-Ya puedo oler su cadáver putrefacto siendo devorado por los cuervos.
Devolvió la mirada. Kronk no le había prestado atención desde la primera palabra, pero eso no importaba. Él ya sabía cual era su trabajo y lo hizo sin reprochar nada. Porque nadie como él siquiera se atrevería a levantarle la voz y eso era lo mejor.
El grandulón se acercó a la roca, alzó al pica que tenía en la mano y dio varios golpes rápidos hasta que, en la mitad del proceso, paro.
Yzma se le quedó mirando y le alegó porque se atrevía a parar. No fue hasta que vio con sus propios ojos lo que su ayudante había encontrado.
La cara de un demonio. Con las fauces de un orangután, el pelaje de un león y los ojos de una serpiente. La boca del acabado era un pequeño agujero del que podría haber salido una flecha delgada. De ella emanó el líquido que tanto ansiaba la vieja. Yzma sacó de su túnica un balón de destilación y dejó que el chorro se introdujera hasta llenarlo por completo. El balón de destilación, así como la roca, explotaron de repente. Pedazos de vidrio se incrustaron en la mano de Yzma. Esta solo se limitó a grita mientras veía su mano ensangrentada y deforme. Kronk fue tumbado por un pedazo de roca que lo dejó inconsciente en el piso.
Cuando se despertó, se quedó quieto y no respiro por unos segundos. Una bestia de dos metros, hecha a partir de burbujas azules y gases oscuros, llevaba ya casi todo el torso de Yzma en su boca. A pesar de que uno no pudiera encontrar en un monstruo como ese unos dientes con los cuales triturar la carne, se escuchaban sonidos de huesos siendo triturados y carne siendo despedazada.
Kronk agarro la roca que lo había noqueado y lo tiró a la criatura. Esta rebotó como de lanzar un objeto a una cama se refiere.
La bestia succiono lo que quedaba de Yzma y giro la mitad de su cuerpo. En el interior de esa masa semi-transparente, los restos de Yzma se derretían y mezclaban con otros compuestos. Creando una mezcla que cambiaba cada minuto de color y del que no tardó el ayudante en captar. Era como ceniza mezclada con champú.
Al terminar de digerir, la criatura se movió con lentitud hacía un Kronk petrificado. Sus movimientos se asemejaban al del agua en un riachuelo o el de una serpiente. Siempre analizando la próxima acción de su presa y atenta al momento ideal para atacar.
Modificó una parte de su forma para crear un tipo de brazo. Con este atrapó a Kronk y lo acercó a si. La bestia abrió dos fauces. De una salieron los ojos y la mandíbula de Yzma. Con estos formo un tipo de cara que a los segundos tomó la apariencia de alguien que Kronk conocía tan bien como la palma de su mano. De la otra salió la susodicha mezcla: un tipo de juego rojizo, con ciertos pedazos de carne por ahí y algún tejidos de la ropa.
Debido a un impulso mecánico, Kronk abrió la boca para emitir un grito, pero no se produjo nada. Aquella cara lo hizo salirse de este mundo e ir a otro muy distinto. Sintió que todo a su alrededor se oscurecía al tiempo que la criatura expulsaba a su boca lo que había hecho su “estómago”. Y la cara que había adquirido, al de su viejo padre, sólo aceleraba el proceso.
Cuando recibió la mezcla, con las ansias de un polluelo, Kronk ya había sido reemplazado. Sus ojos dieron toda la vuelta y solo quedo una esclerótica con venas azules. Las venas de la frente se hicieron presentes y algo de cabello cayó al suelo.
Illapa fue tocando cada parte del cuerpo de Kronk. Masajes en la cabeza, toques en el cuello, arrancando cabellos del pecho, deslizando la mano por la cadera y terminando en las piernas. Al terminar, afirmó con la cabeza. Ya tenía completo control del mortal y, gracias a los nutrientes y químicos que la anciana había proveído, sería capaz de soportar la hambruna y el cansancio por lo menos una semana.
Illapa fue salió de la cueva sin necesidad de la luz de la fogata. Sabía perfectamente por donde debía salir. Un agujero cercano daba a un sistema de cuevas que llevaban a la cascada de un manantial que estaba aproximadamente a unos quince kilómetros de Kuzcotopía.
La bestia, convirtiéndose de nuevo en la inmundicia oscura, se fue por una abertura. El dios del viento no hizo caso a lo que hiciera el monstruo. Ya no era relevante para cumplir su venganza en contra del joven de la alpaca.