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Cementerioo

Me encontraba comprando unos cigarros para pasar la noche que se aproximaba, me dirigí a mi casa y vi a un grupo de chicos que discutían. Me acerqué y noté que estaban frente a la entrada del cementerio de mi pueblo. Este lugar era muy pequeño, pero le rondaban múltiples historias de fantasmas, demonios, criaturas extrañas, a las cuales nunca presté atención. Los niños seguían con su relajo y decidí acercarme para ver que sucedía.

- ¡Momento! ¿Qué pasa?

- Es que Juan dijo que si no conseguía un beso de Any entraría al cementerio a tocar el árbol encantado- me respondió uno de ellos.

- Bien, Juan, para que esto termine iré contigo.

-¡YO TAMBIÉN VOY! - gritó uno de los niños. Ambos llevaban una pulsera que habían ganado en la feria.

Entramos al cementerio y de inmediato pude sentir que algo no estaba bien. El ambiente se oscureció y veía, de reojo, movimientos por todas partes.

De repente, volteé a ver a mi derecha y había un ave tan negra que solo le distinguía el brillo de los ojos, iluminados por las lejanas luces del camino. Noté que Juan no estaba, tampoco el otro niño. El ave sostenía algo alargado en su pico pero no logré ver qué era, levantó el vuelo y lo seguí, se posó sobre un árbol seco que estaba en medio de tres lápidas. Cuando me acerqué, un destello de luz de luna, iluminó una horrenda imagen ante mis ojos.

Lo que el ave sostenía en su pico era un brazo que llevaba una de las pulseras que los niños tenían. Logré ver el resto del árbol seco, de sus ramas salían extremidades humanas, mismas que le arrebataron el brazo del niño al ave, para después introducirlo en algo que parecía una boca, que se encontraba entre las extremidades.

Me volteé y empecé a correr, pero nuevamente, una imagen horrorosa me paralizó: los cuerpos de los niños eran traídos por más de esas malditas aves, sin brazo ni orejas, con el estómago abierto y siendo picoteados. Los cuerpos pasaron a mi lado y logré escuchar la voz ahogada de Juan.

-Señor... Ayúdeme.

Solamente pude correr y correr hasta encontrar la salida. Nada se supo de los dos niños después, pero jamás olvidaré la voz moribunda de Juan pidiendo ayuda, porque no hice nada, a pesar de que sabía que ese árbol los masticaría vivos.

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