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Adrián era un hombre sin problemas. Bien acomodado económicamente, solterón y que trabajaba en una especie de empresa. Un alienado, un esclavo que se comía el verso. Él se creía feliz, pero de vez en cuando se daba cuenta de que no lo era. No tenía ninguna emoción en su vida (el trabajo, pues no tenía más). Tuvo un par de novias por las que nunca sintió un carajo, y una familia horriblemente normal. Sus amigos eran como él, o aun peores. La única discrepancia es que él era infeliz, pero estaba tan acostumbrado a serlo que no conocía la diferencia.

Un día fue a mear, con la comida lista en la cocina, y vio a un alacrán al lado del inodoro. Se horrorizó y, mientras caminaba lentamente hacia él pensaba en muchas formas de evitarlo. Estaba descalzo. Tenía que ir a buscar algo. Lo pisó.

Encontró la forma de ser atendido correctamente y luego de un tiempo internado, salió. Cuando pisó el alacrán había sido por fin libre, y se había sentido bien, mucho mejor que toda su vida anterior, oprimido por las sagradas costumbres y la estricta moral del individualismo, el libre mercado y Dios.



Pero Adrián no se convirtió en alguien que trascendiera a la historia simplemente porque no entendía cómo hacerle frente a eso, cómo ser realmente feliz. Por eso, un día, se subió a lo alto del edificio de quince pisos en el que vivía, miró para abajo, y saltó. Por fin sintió placer hasta que un golpe seco, ni más ni menos, lo mató.