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No podía, no podía parar de limpiar hasta que cada rincón de mi departamento esté impecable. Soy enemigo del polvo, de la mugre y los gérmenes. Con tan sólo pensar en una minúscula mota de polvo siento un escalofrío en todo mi cuerpo. Mantendré mi piso limpio, cueste lo que cueste.

Paso cada uno de mi días limpiando, se ha convertido en algo más que solo sacudir el polvo, ya es una pasión para mí. El hecho de contemplar cómo todo reluce me hace sentir excelente, como si todo mi trabajo ha valido la pena.

Cada vez que voy al baño, me cepillo los dientes tres veces, me enjuago cuatro y utilizo el enjuague bucal dos, para estar seguros (y esto lo aplico cinco veces al día, de ser necesario seis); además de, claramente, dejar todo en su lugar y en perfecto estado.

Cuando me toca hacer la comida, procuro colocar el resultado en bolsas para no ensuciar platos; antes de probar mis bocados debo tener los cubiertos uno al lado del otro, desde la pequeña cucharilla de café hasta el cuchillo para la mantequilla. Cada bocado debe rellenar el cubierto sin dejar espacios y tener al menos una altura de dos centímetros, sino, vuelvo a intentarlo hasta que sea dicha medida; aplica en todos los platillos exceptuando la sopa, en donde solo es necesario que la cucharilla esté totalmente llena. Al finalizar, limpio cada uno de los elementos utilizados y los que no, también, por las dudas.

Paso más de cuatro horas limpiando cada rincón de mi departamento, desde las esquinas hasta terminar por bañarme, donde puedo fácilmente durar dos horas hasta quedar completamente limpio.

Pero... ya no era suficiente.

¡Necesitaba más! Cada vez sentía que la mugre aparecía con mayor rapidez, más de la que yo podía limpiar. Así que un día decidí ir más allá.

Salí de compras a la tienda y traje a casa dos desinfectantes y más de dos litros de cloro puro, ahora sí sería la mayor limpieza de mi vida. Limpié con mayor esmero esta vez, el olor a cloro y desinfectante eran tan fuertes que no podía parar de estornudar, pero todo valdría la pena, valdría cada maldito segundo. Mis ojos se cristalizaban por la pureza del cloro, mis manos estaban a salvo gracias a los guantes, pero mis ropajes estaban decolorándose poco a poco.

No podía parar de limpiar, sentía como cada vez me encontraba más cerca de la victoria contra la mugre. Era ahora o nunca.

Luego de finalizar, sólo faltaba algo, o mejor dicho, alguien por limpiar: yo.

Así que, sin contratiempos, entré a la ducha, no podía esperar el poder lograr mi cometido, estaba tan cerca... procedí a tomar un estropajo y frotar con fuerza mi piel, esta comenzaba a tornarse rojiza, pero no me importaba, tenía que seguir limpiando, debía estar impecable. Tomé un poco de cloro y comencé a restregarlo por todo mi cuerpo, sentía un escozor infernal, pero seguía frotando con fuerza, ya que, si me ardía, era porque me encontraba realmente sucio. Lágrimas brotaban de mis ojos, alaridos de dolor salían de mi boca sin darme cuenta. Necesitaba más, ya estaba cerca, sé que podía lograrlo. Mis brazos y pecho comenzaban a sangrar, pero no era momento de parar. Tomé una esponja de alambres y comencé a frotar con más y más fuerza. ¡Ahora la sangre no va a destruir lo que tanto me había costado lograr! ¡No ahora! Seguí, y seguí, hasta darme cuenta que ya no solo eran gotas, sino un charco de sangre que se diluía con el agua que bajaba por la cañería. Mis brazos no tenían más fuerza, sentía como toda mi piel ardía como si estuviese cubierto en llamas, lo había logrado. Ahora puedo decir que estoy "moribundamente" impecable.

~With Love: Hvrtz.