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Nadie ha querido celebrar la Navidad conmigo. Y nunca sé la razón.

Se supone que la Navidad es una época de alegría. Que es la época de dar. De compartir. Pero al parecer estas leyes no aplican conmigo. Nunca.

Solo una vez pude celebrar la Navidad. Una única vez. Fue el momento más feliz de mi vida. Pero de lo bueno siempre hay algo malo. Algo grotezco. Algo horrible. ¿Quieres saber de qué hablo? Muy bien. Pero después tendrás que celebrar esta Navidad conmigo. Solo quiero ser feliz una vez más.

Fue la navidad pasada. La recuerdo lo suficiente. Eran vísperas de Navidad. Esa especie de ambiente navideño se sentía en todas partes. En calles. En casas. En centros comerciales. Incluso en el aire se podía oler esos tan característicos pinos que ponen en sus hogares. Yo nunca tuve la oportunidad de tener un árbol de esos. Pero siempre me conformé sintiendo el aroma a distancia. Eso también me hacía feliz.

Estaba yo en una banca, al frente de una tienda. Era un día con baja temperatura y de cielo gris. La calle estaba bastante concurrida. Había una gran cantidad de autos en el pavimento y personas en las aceras. Al otro lado de la calle, estaba esa tienda. Era una de esas en donde puedes hacer las compras de Navidad. Había ornamentos y luces a la venta para esta gran festividad. Recuerdo que estaba llena de personas. Mucha personas. Docenas de personas.

Pero solo una me llamó la atención.

Fue como un rayo de luz en una habitación oscura. La vi cuando pasaba por la calle. Llevaba un abrigo de tela de color rojo, pantalones Jean oscuros, casi negros, con manchas blancas tenues sobre los muslos. También llevaba unas botas de invierno negras y un gorro del mismo color.

Tenía una hermosa cabellera debajo de su gorro de lana. Cabello negro. Tanto como el carbón, muy hermoso. También poseía unos ojos verdes muy claros. Tan verdes como un retoño de árbol floreciendo. Tan verdes como el césped del mejor jardín después de un refrescante rocío en las mañanas.

Una piel de color miel.  Suave contextura. Era la mujer más perfecta que había visto. En el instante que pasó al frente de mí, mi cuerpo empezó a temblar. De manera violenta. Tanto que pensé que me daría un ataque.

La dama entró en el local, al frente de donde estaba sentado. Tomé la decisión de levantarme en la banca y quedarme fuera del local hasta que saliese y así hablarle. Los minutos transcurrían. 1 minuto. 2 minutos. 10 minutos. Estaba ansioso por conocerla, pero ¿Cómo me le acercaría? ¿Pensará que no soy digno de estar en su presencia?

El tiempo pasaba y yo me ponía más nervioso. Más ansioso.

Por fin, la chica salió, repleta de bolsas de sus compras para la época. Se veían bastante pesadas. Yo podría ofrecerle mi ayuda; pero justo cuando iba a pedírselo, tropezó y cayó. Había tenido un mal encuentro con una pequeña roca en la acera. Preocupado de que se lastimase; fui a ayudarla. Recogí los paquetes que habían caído al suelo y se los di; Estaba contento de que esta oportunidad se presentara. Era la oportunidad perfecta. Fue el destino. Nos quería juntos. Y nadie lo puede negar. Ni siquiera ella. Proseguiré con mi relato…

Al darle sus paquetes me vio a los ojos. Pude allí presenciar de nuevos esos ojos. Sus ventanas al alma. Notaba algo de inocencia en aquellos ojos; algo que me emocionaba. Era algo que nunca había visto en mi vida. A los segundos escuche que murmuró.

“Gracias…” dijo, casi susurrando, mientras bajaba la vista hacia el suelo. Noté como se arreglaba un mechón de cabello que se escapaba del gorro. “Hay veces en la que soy muy torpe”. “No te preocupes.” contesté con amabilidad. “¿Necesitarás ayuda con eso? Se ve bastante pesado.” “No, no… Claro que no.” Respondió, la noté algo asustada. “Tal vez es tímida” pensé. Pero eso no iba a evitar que la conociese y estuviese junto a ella. Nunca. “Puedo yo sola. Solo son unas cuantas calles con todo esto. Además, no quiero ser ninguna molestia para ti” dijo finalmente, esbozando una sonrisa. La mejor sonrisa que he presenciado. “Tengo tiempo… Vamos, te ayudaré con eso” insistí, tomando las bolsas. “Vamos, yo te sigo.”

Solo se inmuto en decir un simple “Gracias...” mientras comenzaba a avanzar en dirección a su hogar.

El resto del camino hubo un prolongado silencio. Caminábamos uno al lado de otro. No supe si era porque la chica era tímida o simplemente no había nada de qué hablar. Pero no perdí el tiempo y me puse a admirarla. No podía hacer otra cosa que contemplarla. Me llenaba de emoción cada vez que giraba un poco su cabeza para empujar su lindo mechón de la cara.

El clima comenzaba a empeorar a medida de que avanzábamos. Caminamos varias cuadras antes de llegar a un edificio. Era de unas 5 plantas y se veía levemente deteriorado. Viejo. Entramos y recuerdo que subimos 3 escaleras y giramos dos veces a la izquierda. Llegamos a un pasillo y la chica se detuvo.

“Mi apartamento es el que está al final del pasillo…  ¿Podrías dejar los paquetes en la cocina cuando estemos dentro?”

Finalmente llegamos a su puerta. Recuerdo que su apartamento tenía el número 21 en  una placa pegada a la gran puerta marrón. Tenía también una leve decoración navideña y la cara de un viejo con barba y un gorro rojo con bordes blancos. Nunca supe quién era él.

Al entrar sentí una sensación cálida. Un trueno acababa de sonar a la distancia, lo que iluminó un poco la habitación. No pude ver más que siluetas de objetos que no reconocía. Eso significaba que se avecinaba una gran tormenta… Sería una buena oportunidad para intentar agradarle más. Conocerla más. La chica, que estaba al frente de mí encendió la luz del cuarto y por fin pude ver su interior. Era algo pequeño, pero la casa en general estaba bastante ordenada. Podía ver ornamentos en cada espacio de la pared. La decoración era abundante pero no exagerada. Llegue a la cocina finalmente y Muchas de las decoraciones también llevaban la cara del anciano que ya había visto en la puerta. Cada vez más me gustaba el sombrero que usaba. Se veía bien.

Pero un sonido me sacó de mis pensamientos del viejo con barba. Del sombrero rojo.

Un ladrido.

Antes de que pudiese reaccionar, ya estaba allí, desafiándome con esa mirada. Con esos ojos negros y profundos. Tratando de intimidarme. El gruñido lo hizo más evidente. Después ladró otra vez. Y otra. Y nuevamente otra vez. Era irritante escucharlo. Era imposible soportarlo. Era…

Un perro.

“¡Santita!” Exclamó la chica de ojos verdes, arrojando las bolsas sobre la mesa y corriendo en dirección del cachorro. “¿Te portaste bien mientras no estaba?” dijo con voz Yo, señalando al animal pregunté “¿Es... tuyo el cachorro?”. Ella me miró con un gesto, extrañada por obvia pregunta. Pensando que soné muy hostil agregué “Pensé que vivías sola…” “Pues no…” Me contestó y aclarando la voz, como si estuviese orgullosa de lo que iba a decir, añadió “Se llama Santitas. El nombre es porque mis padres me lo obsequiaron en Navidad hace unos años.” Observo al perro, y lo comenzó a acariciar en el lomo. El cachorro, acostado sobre la blanca alfombra del suelo, giró su cabeza como reacción a la caricia. Después de unos segundos, los hermosos ojos verdes se cruzaron con los míos. La chica sonriendo continuó “Desde entonces hemos sido los mejores amigos. Significa el mundo para mí”

Eso era lo que temía. Justo eso. Que tuviese a alguien más. Aunque fuese un perro. Quería que esta chica fuese mía. Solo mía y de NADIE más. ¡¿Es que no entendía que la deseaba?! ¡¿Que estábamos hechos el uno para el otro?! ¡¿O acaso, simplemente no aceptaba tal futuro, en el que yo… No. Nosotros fuésemos felices juntos, sin nadie que nos pudiese detener?!

Me sentí indignado, solo, enfurecido… Todo a la vez.

Las malditas palabras retumbaban en mi cabeza.

“Significa el mundo para mí.”

“Significa el mundo para mí.”

“Significa el mundo para mí.”

“…para mí.”


“¿Te pasa algo?”

Salí de mis pensamientos abruptamente. Allí al frente de mí, la chica estaba mirándome como si fuese una cosa rara. Perdí la moción del tiempo al divagar y ahora no sabía ni siquiera cuanto tiempo pasó desde que dijo… “¿Te pasa algo?” Repitió, con un tono de voz preocupado. “Estuviste mirando al vacío por un momento. Incluso estas pálido…” “No.. nada.” Respondí. No era lo que quise decir en realidad. Si hubiese dicho lo que sentía, probablemente se espantaría. “Quiero muerto a tu perro” pensaba. “Bien.” Contestó. Se le formo otra sonrisa y me preguntó “¿Quieres algunas galletas? Están recién horneadas. Parece que se nos viene una tormenta. Sería mejor que te quedases mejor aquí. Por tu seguridad”.

Y así, me guio hasta su salón, en donde hubo galletas. Planeaba tratar de pasar la Navidad con ella. A ver si había un poco de suerte y podríamos terminar juntos.

Deshacerse del animal que interferiría entre nosotros era uno de los planes también.

. . .

Poco recuerdo de lo que pasó después de las galletas. Solo que fue la mejor Navidad que he pasado. Reímos. Hablamos. Incluso quedamos para pasar Navidad en su casa. Justo como quería que pasase.

Ahora lo del perro… Fue diferente.

Al día siguiente de conocer los ojos verdes de la chica, no volví a ver al maldito animal. Su dueña lo busco por todas partes. Lo sé porque la acompañe. Pero no tenía ni la más mínima intención de encontrarlo. Estaba feliz.

Ahora ya no había nada que se interpusiera entre nosotros. Ahora podía ser mía. Justo lo que quería. Ella me pertenece desde el primer momento en que la vi. Estaba claro.

No recuerdo más de aquella navidad. De aquellos momentos. Ahora todo está… en tinieblas. Pero hay algo. Si, algo. Algo que aún no menciono… La mejor parte de mi relato.

Era la mañana de la Navidad. Desperté en mi cama. No recuerdo nada de lo que hice el día anterior, salvo la pérdida del perro.

Se me forma una sonrisa en la cara al recordarlo.

Me levantó de mi lecho y camino unos cuantos pasos para salir de la habitación hacia la sala. Todo el apartamento esta desordenado. Hay basura, restos de comida, papeles esparcidos por todos lados. Pero hay algo diferente. Algo majestuoso. Lo veo como una obra de arte. La mejor obra de arte que haya visto. Esta allí, en el blanco suelo.

Manchas rojas en todo el suelo.

No recordaba si esto lo había hecho yo. Pero sentía algo dentro de mí. Algo que me dice que esas manchas son parte de algo bueno. Algo perfecto. Algo me dice que ha sido lo mejor que ha pasado. Como un regalo del destino. Noto que hay un patrón en medio de todo el desastre. Como un camino. El camino a la solución de todo los problemas. El camino a la felicidad.

Curiosamente me recuerda al sombrero del anciano de barba larga.

Sigo el camino y al final de este hay una caja. Una caja blanca. Una caja blanca con un lazo. Un lazo de regalo. Rojo, como las hermosas manchas que había alrededor. Era…

Era un obsequio. Un obsequio de Navidad.

Corro apresuradamente hacia este como un niño. Jadeaba de la ansiedad. Confundido, me doy cuenta de que tiene una etiqueta. Una etiqueta que dice “Para la chica de ojos esmeralda. De parte de: Un amigo” Era todo lo que decía. ¿Qué habrá en su interior?  No lo sabía. Pero sin ningún retraso lleve la caja hacia su dueño. La chica de piel color miel. La chica de cabello carbón. La chica… de ojos esmeralda.

Al llegar, ella me recibió agradablemente. Empezó diciendo “¡Feliz Navidad!”. Y me abrazo.  La sensación cálida de su cuerpo me estremeció. No quería que nunca acabase.

Sin perder tiempo le dije que le tenía un regalo. Para animarla por su animal perdido. Con lágrimas en los ojos me dio las gracias y comenzó a abrir el regalo.

El interior de este fue sorprendente. En ese punto recordé porque mi habitación estaba repleta de peculiares manchas. Recordé lo que hice el día anterior. Recordé… el interior del regalo. Era. Como ya dije, la solución de todos nuestros problemas.

Era el perro.

Era Santita.

Pero solo su cabeza.


Después de tremendo regalo. La chica se puso a llorar de la emoción. Comenzó a gritar y patalear. Obviamente, no se esperaba un regalo tan hermoso. Creo que la hice feliz. Ya nada podía separarnos.

Ahora ya no recuerdo más. ¿Qué pasó después? No lo sé. Solo sé que a los días mi chica deseada se volvió igual de irritante que el maldito animal. Supongo que termino igual ¿no?

Eso fue todo, ya no tengo nada más que contarte. Fue la mejor Navidad que alguien pudo tener ¿verdad?

Y ahora lo celebrarás conmigo este año… ¿Verdad?