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No es posible, no puede ser verdad que esto esté pasando. Sigo corriendo, mis pisadas haciendo ruido al chapotear entre la sangre de mi familia. Giro por el pasillo hacia la salida, solo unos metros más y tendré la oportunidad de salir vivo. Aparece en la entrada, aunque sea imposible, pues estaba detrás mía en el pasillo hace un segundo. Intento frenar y cambiar de dirección, pero resbaló con la sangre y acabó en el suelo, a sus pies.

Se lanza sobre mí, siento un sabor metálico en la boca y me desmayo.

Despierto en una habitación oscura, atado a una silla. Él susurra a mi oído:

-No te molestes en gritar, aquí no hay nadie para oírte-, para después reír en un tono bajo pero histérico, enfermizo. Entonces dice con un tono cantarín-: La música sigue sonando- y ríe, esta vez en un tono más alegre.

-He decidido que, dado que por ella murió tu familia, te contaré mi historia. Has de contarla, hacer que se conozca, que el mundo sepa que ese hijo de puta merecía lo que le hice y mucho más.

>>Mi vida era normal, más o menos. Tenía a mis dos padres y una hermana pequeña, Laura. Ella era lo que la gente llama una goma rota, una hija no deseada. Mis padres nunca la habían buscado, y nunca le demostraron el más mínimo aprecio. Siendo así, me tuve que convertir en un padre para ella. Prácticamente la crié solo, mis padres se conformaban con fingir que no existía. Si no fuera por mí, Laura ni siquiera cenaría.

Cuando tenía dos años, Laura sufría terrores nocturnos, así que empecé a cantarle una canción, más bien una melodía para que se tranquilizara, cada vez que tenía pesadillas. Pese a que hacía años que no tenía pesadillas, seguíamos cantando juntos la cancioncilla antes de dormir.

Un día, ocurrió lo impensable. Íbamos con nuestros padres en coche a visitar a unos parientes lejanos. Llovía y había helado por la noche, con lo que, siento por la mañana, había aún una ligera capa de hielo. Se veía poco a causa de la lluvia, por lo que no podíamos haber imaginado siquiera que ese coche iba a entrar en la autopista justo en ese momento. Cuando mi padre lo vio intentó frenar, pero ya era demasiado tarde. Sentí el choque en los huesos, y más tarde un dolor atroz que me hizo desmayarme.

Desperté. Me dolía todo el cuerpo. Noté algo en mi mano izquierda. Con un gran esfuerzo logré girar la cabeza y ver que era la mano de mi hermana, que debía de haber agarrado antes del choque. Tardé unos cuantos segundos en darme cuenta de que lo rojo que la manchaba era sangre. Horrorizado ante lo que me esperaba, levanté la mirada hacia ella. Tenía un tubo de hierro atravesándole el pecho, y tenía la piel de la cabeza arrancada en parte, mostrando el hueso. Me quedé un tiempo pensando en lo que pasaba, hasta que me di cuenta de que era un hecho evidente. Estaba muerta. Sentí cómo me daba vueltas la cabeza, y humedad en mis mejillas, probablemente lágrimas. Luego me desmayé.

Desperté en una cama de hospital, con un tubo pinchado en mi muñeca y sujeto a una bolsa llena de un líquido transparente, el cual supuse que era suero. Oí a mis padres preguntar si me recupera, y a alguien decirles que solo tenia micro fracturas y varios hematomas, que en pocos días me encontraba bien.

Me recuperé bien y volví a mi casa, a seguir con la rutina normal. Los bastardos de mis padres ni siquiera mencionaron a Laura, se limitaron a fingir que no existía, como siempre, a fingir que nadie había muerto. Entonces, un día, justo cuando me estaba durmiendo, la oí.

Una suave y tranquila música. Al momento la reconocí como la canción que siempre le cantaba a mi hermanita antes de dormir. Miré hacia el lado de la cama, y la vi. Laura estaba allí. Pero no como si nada hubiera pasado. En su pecho había un enorme agujero y le faltaba parte de la cara, a través de la cual veía el hueso. Eso despertó todo el odio acumulado hacia mis padres, hacia aquellos que nunca la quisieron, hacia aquellos que la ignoraron incluso tras su muerte. Me levanté, fui a la cocina y cogí un cuchillo de carnicero.

Fui a la habitación de mis padres con Laura, escondiendo el cuchillo a mi espalda y les dije:

-Os lo merecéis, os lo merecéis por lo que le habéis hecho.

Mi padre me preguntó:

-¿Lo que le hemos hecho a quién?

-A Laura, está aquí, a mi lado-le respondí. Miró a mi lado y volvió a mirarme a mí con cara de incredulidad.

-No hay nadie ahí.

-Es normal que no la veas, después de todo no la veías en vida. ¿Cómo ibas a verla cuando está muerta?

Acto seguido me lancé a él con el cuchillo y lo apuñaló en el estómago una, dos y tres veces. Luego me giré a mi madre y le dije:

-Os lo merecéis-le agarré del pelo y la degollé.

Me fui de allí, pero no me sentía tranquilo, sentía que había algo que no había completado. Entonces caí en la cuenta de qué era lo que faltaba, el culpable que seguía vivo. Tu padre. El cabrón que había salido a conducir un día lluvioso estando borracho. El muy idiota me dio su tarjeta en el funeral de mi hermana, y en ella estaba su dirección. Volví a mi casa, recogí la tarjeta y algo de dinero, y cogí autobuses hasta llegar aquí.

Cuando llegué no me resultó muy difícil entrar, habíais dejado una ventana abierta. Entré y maté a tu madre antes de que pudiera gritar con un tajo a la garganta. Fui al salón, donde estaba tu padre. Has de saber que antes de matarlo le di la oportunidad de disculparse por matar a mi hermana, de irse al otro lado en paz, pero el muy idiota solo lloraba por su mujer, así que lo apuñalé. Pero al parecer no quiso dejar de darme problemas, y gritó, haciéndome huir. Pero tuviste suerte, vi tus lágrimas, tu expresión al ver toda esa muerte a tu alrededor, y decidí que eras inocente, que no tenías que morir. Por eso ahora te estoy contando esto, por eso no estás muerto.

-Estás enfermo- le digo-. ¿Acaso crees que tu hermana hubiera querido esto?

Le cambia la expresión a una insegura, angustiada y furiosa. Entonces se tranquiliza y vuelve a sonreír levemente.

-Todo está bien, después de todo, la música sigue sonando.

Lo veo acercarse a mí y siento como algo frío entra en mi pecho, transformándose en puro dolor candente. En mi último momento en este mundo logró ver lo que había tras él, aquello que antes no podía ver. Una niña pequeña, con la cara destrozada y sangrante, cantando una nana.