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Juan Manuel era un hombre común, con esposa e hijos. Su trabajo era duro, era albañil. Se levantaba temprano cada mañana para encontrarse con sus compañeros en las precarias construcciones del pueblo. El dinero apenas alcanzaba para vivir, pero al ser la suya una familia humilde, se las arreglaban fácilmente.

Juan Manuel había escuchado de Martiniano, un compañero de trabajo, que se rumoreaba en el pueblo la llegada próxima de un hombre adinerado que planeaba poner una sucursal de su empresa en la zona. Se decía también que este hombre no había contratado a nadie de la cuidad, porque les tendría que pagar el viaje y la estadía; la gente de pueblo, en cambio, cobraría menos.

No habían pasado más de tres o cuatro días hasta que un representante del adinerado señor Garodián, impulsor de la empresa, se presentó en el pueblo en busca del equipo de albañiles que ayudarían en la gran construcción que planeaba hacer la multinacional. Fue un trabajo arduo, de meses, en que todos los hombres tuvieron que abandonar a sus familias para viajar al límite de la capital y el pueblo; dejaron a sus esposas e hijos con un poco de dinero para poder alimentarse y pagar gastos obvios.

Terminado el año, los hombres ya habían vuelto a sus hogares y esperaban ansiosos recibir su pago. Esperaron semanas, esperaron meses, incluso hasta mitad de año. Fue una reunión de los trabajadores la que los había llevado a pensar en una demanda, pero no hubo respuestas. El sistema se había consolidado con ellos afuera, sin respaldo. El pueblo entero sabía de la estafa, pero nada se podía hacer. Fue entonces cuando Martiniano encontró una solución poco usual y algo peligrosa, aunque aquellos pocos que no habían crecido en el pueblo la consideraban obsoleta y poco creíble. Decía poder acudir a un familiar, pero a cambio había que darle lo que él pidiese. Al escuchar la palabra «familiar» algunos de los hombres se estremecieron, se conformaron con haber sido engañados y volvieron a sus casas con la idea de que todo había terminado y no querían estar envueltos en este nuevo contrato a firmar. Pocos confiaron en Martiniano, y Juan Manuel, a pesar de ser un hombre de fe, acompañó a su amigo en la busca de quien podría darles una solución.

Esa noche los hombres que habían rechazado la oferta de Martiniano casi no durmieron. Los que no habían entendido muy bien, y malinterpretaron la idea de Martiniano, estaban algo confundidos por la reacción de los otros.

La mañana siguiente partieron. Juan Manuel y su compañero se alejaron del pueblo y subieron al monte, allí donde solo los cazadores se aventuraban, incluso más allá de eso, donde la densidad del follaje dejaba ver poco y nada de lo que se aproximaba. Juan Manuel se preguntó quién en su sano juicio viviría en ese lugar; solo un anciano, una bruja, un poblador originario o un viejo inmigrante, quizás. Caminaron por horas hasta llegar a un punto donde Martiniano pidió seguir solo y ordenó a Juan Manuel que esperara, y que si escuchaba la partida de alguien en un caballo, que no hiciera ningún ruido y siguiera esperando.

Juan Manuel esperó hasta que finalmente escuchó la partida de un caballo y pudo notar en la esquina del ojo un hombre saliendo a través de los árboles, montando un gran caballo negro a toda velocidad. Unos minutos después apareció Martiniano, quien no quiso dar muchas explicaciones, y pidió que se encaminaran rápidamente de vuelta al pueblo. Llegaron cansados y casi a oscuras, Juan fue el primero en llegar y contarle el extraño encuentro de su compañero a su familia.

Esa noche Juan no supo nada más de su amigo, ya que supuestamente habría ido directo a su casa. No fue hasta el día siguiente que Estefanía, la esposa de Martiniano, fue preocupada a encontrarse con Juan, ya que su esposo no había vuelto a casa la noche anterior y tampoco lo había encontrado por la mañana. La búsqueda de su compañero fue en vano, y si no fuera porque la familia de Juan Manuel aseguraba que ambos habían pasado por la casa y que luego de saludar a todos Martiniano siguió su camino, Juan habría sido juzgado. Nunca más se supo de su paradero, y cuando Juan dio a conocer su visita a un hombre que vivía alejado del pueblo, en el monte, todos parecían haber comprendido aquella desaparición tan repentina. Pero Juan no supo nada hasta que encontró una suma muy importante de dinero escondida en su uniforme de trabajo, sorpresa que también habían recibido sus compañeros.

Tiempo después empezó a correr la voz de que el señor Garodián había tenido un encuentro desagradable una noche al volver de una peña. Su chofer se había salvado, pero lo presenció todo. Cuentan que estaban recorriendo una ruta casi desolada desde un pueblo hacia la capital, cuando desde atrás de los árboles se desprendió la figura de un hombre montado en un caballo, y se dirigió de forma violenta hacía el auto del señor Garodián, quien se bajó enojado a reprocharle el arrebato. En ese ínterin el extraño bajó del caballo y el chofer, aún en el auto, pudo oír el sonido de sus pezuñas cayendo en el asfalto en medio del silencio sepulcral de la ruta. Un escalofrío recorrió su cuerpo y el del señor Garodián al ver las patas de cabrío por debajo del sobretodo que traía puesto el desconocido. Al escuchar el quejido de su jefe recibiendo una puñalada en el estómago, el chofer arrancó sin mirar atrás. Más tarde pudo pensar claramente en que esa criatura tenía un rostro familiar, juraría haber visto a un hombre muy parecido en la construcción a la que solía llevar a su jefe unos meses antes.

Esa tarde había visto a un hombre bajar del monte en un caballo negro. Papá nos obligó a meternos en la casa, pero mi curiosidad pudo más y miré por la ventana.

Mi padre, tu abuelo, estaba apuntando al hombre con una escopeta; le indicaba que se fuera.

El visitante tenía patas de cabra. Subió a su caballo y volvió al monte.

—Mi padre.