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Tantas situaciones se ha visto este condenado mundo en la desdicha de padecer.. Situaciones que nos hacen pensar que únicamente la oscuridad y el fuego eterno de las tinieblas existen para atormentar nuestras vidas. Momentos en los que creemos que no hay luz alguna que ilumine el camino a seguir en nuestras vidas, cuando sentimos que la sombra siniestra del mal asecha por nosotros buscando sangre de la cual alimentarse. Tantas muertes, tantas guerras, tanta miseria, tantas epidemias han creado en la humanidad la idea de que únicamente el odio, el rencor, y la soberbia alimentan nuestros corazones. Pero me pregunto si alguna persona habrá vivido experiencia tan horrible como la que a continuación os voy a narrar.

Yo era un joven como cualquier otro, Paolo Nizzola, vivía en la bella ciudad de Florencia, Italia; pero hasta un ambiente tan majestuoso como tal puede verse claramente opacádo por uno de los peores acontecimientos que este mundo se ha visto sometido a vivir, un acontecimiento que muchos no desean recordar. No ha habido evento más sangriento durante los últimos trescientos años en Europa, un evento del cual desafortunadamente mi familia y yo fuimos víctima, aun en la protección que mi ciudad tenía para brindarnos… la segunda guerra mundial. Pero la historia tan oscura de la que os hablo no se remota a este suceso.

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Mi padre era descendiente de una familia judía, razón por la cual los soldados nazis buscaban de nosotros. No sabía exactamente para qué, pero estábamos todos de acuerdo en que no permaneceríamos por allí para averiguarlo. Ellos ya sabían dónde vivíamos nosotros, por lo que pronto nos vimos en la necesidad de emigrar, por el momento de la ciudad, pero si se veía necesario del país y del continente. Mis padres no pudieron acompañarme, ellos tenían que ver cómo controlar esta difícil situación que estábamos viviendo, y como lo hace cualquier buen padre, protege a sus hijos cueste lo que le cueste. Me vi en la obligación de emigrar hasta Roma con mis tres hermanas menores, y para entonces yo contaba con tan solo dieciséis años, mi segunda hermana, Adriana, con trece; mi tercera hermana, Cristina, con once; y por último mi hermana menor, Elena, con ocho. 

Entre muchos malos ratos que había vivido para entonces, ese había sido el momento más duro de mi vida, cuando me vi obligado a subirme a un tren con mis tres hermanas, despidiéndome de mis padres. Me causó tanta tristeza ver como lloraban cuando el tren comenzó a alejarse de la estación, y hasta hoy recuerdo lo que me dijo mi madre antes de partir, “Cuida bien de tus hermanas”. Juré por mi vida que lo haría.

Recuerdo después, mi llegada a la ciudad de Roma, capital de Italia. Los soldados nos ayudaron a bajarnos del tren, y nos entregaron nuestras maletas. Fuimos transportados en una carrosa hasta la casa de nuestro abuelo, en las zonas rurales de la ciudad, y para entonces, contaba únicamente con ocho mil liras en mi bolsillo.

Recuerdo también cuando éramos transportados hacia nuestro destino en medio del bosque romano, donde una horrible oscuridad reinaba de forma siniestra; me sentía hundido en el mar de la perdición. Nada se podía ver a través de los árboles, podíamos presenciar como la sombra de éstos se proyectaba sobre nosotros con la luz blanca de la luna, y como desaparecía a lo que continuábamos por aquel espeluznante paseo. Únicamente se escuchaba el galope de los caballos dentro de un silencio absoluto, que me ponía los pelos de punta. Ver el rostro aterrorizado de mis hermanas me causaba pavor hasta a mi, y preocupado pero al mismo tiempo muerto de la curiosidad, asomé mi cabeza por la ventana de la carrosa, pudiendo así respirar aquella solitaria y meditabunda atmosfera que nos rodeaba. Como el intenso aire frio nocturno se golpeaba contra mi rostro. 

-¿Ha dónde nos llevan?,- Pregunté yo al cochero y su acompañante, quienes permanecieron en silencio ante mi pregunta, por lo que una vez más la repetí.- ¿A dónde nos llevan?.

Un minuto de silencio paso, que me hizo pensar que esos sujetos no podían escucharme, sin embargo, mi pregunta fue respondida. –Via della notte-. Sus voces eran frías, no parecían demostrar sentimiento alguno mientras pronunciaban aquellas tres palabras. En mi vida había escuchado un nombre parecido, el sólo hecho de hacerlo me ponía los pelos de punta, y no podía creer que en realidad mi abuelo se decidiera por venir a un sitio como éste.

La carrosa se detuvo. La única luz que daba contra nosotros era la que los faroles de la carrosa emitían, cuyas llamas estaban a punto de extinguirse; y la majestuosa luz lunar que era lentamente cubierta por un tumulto de nubes blancas. Yo respiraba profundamente viendo el rostro de horror de mis hermanas contemplando el macabro panorama que yacía fuera de allí. A nuestra izquierda veíamos algo parecido a un pueblo, cuya presencia no era algo muy normal aquí dentro de la gran ciudad de Roma, y de un momento a otro empecé a preguntarme que tan conocidas eran esas zonas por allí, pero en caso de que no lo fuesen no tenía por qué extrañarme.

Sentimos como alguien caminaba hacia nosotros. Las puertas de la carrosa se abrieron y un sujeto pálido con ojos saltones, cargando una lámpara de petróleo nos pidió que lo siguiéramos con una expresión muy seria que creaba en mí una sensación de horror tan intensa que por un momento dudé en hacerlo. Los cuatro nos bajamos de la carrosa, aunque si temblábamos de miedo cruzando el bosque allí dentro imagínense como fue en el momento en el que tuvimos que caminar hasta una de las cabañas que vimos a lo lejos. Uno de los dos sujetos que venía con nosotros cargaba de una maleta, aunque la forma en la que caminaba me ponía nerviosa. Deje que el sujeto de la lámpara guiara a mis hermanas, mientras yo ayudaba al otro con las maletas.

Finalmente llegamos a nuestro destino. Allí mis hermanas abrazaron a mi abuelo, cuya feliz expresión sirvió para ahuyentar el terror que me causaba caminar por ese horrible lugar. Descargué yo sólo todo el equipaje; allí dentro quede sorprendido con la vasta colección de armas de fuego que él tenía, sin embargo, me limité a terminar con mi trabajo y saludar a mi abuelo. Nunca en toda mi vida me había alegrado más de verlo, aunque no supiera que pensar de él después de que ver tantas armas.

Elena y Cristina corrieron a su habitación en el segundo piso de la cabaña, que era una entre muchas de las que se encontraban en ese majestuoso lugar; aunque no entendía como un lugar como éste podría encontrase dentro de un pueblo con un ambiente tan macabro. Mientras tanto, yo permanecía en el comedor  cuidando de Adriana, viendo como mi abuelo preparaba unas cosas con alegría; todavía recuerdo su sonrisa, con su barba y su cabello blanco.

Él dejó unas tazas de café con unos panes sobre la mesa.

-Permaneced aquí, iré por tus hermanas,- Me dijo mientras yo lo miraba fijamente a los ojos. Realmente me alegraba su presencia, puesto que yo no sabía si realmente podría cuidar de tres mujeres solo, sin saber cuándo fuese a terminar esa horrible guerra que toda Europa estaba respirando.

Él se fue por la escalera. Me extrañaba que un viejo de su edad todavía pudiese caminar así de bien. Pronto Adriana y yo quedamos solos en el primer piso.

Bebí un largo sorbo de café, pero me percaté que a través de una de las ventanas de esa cabaña se contemplaba todavía ese espeluznante ambiente al que nos tuvimos que enfrentar durante todo el viaje desde la ciudad hasta allí. Yo no quería tener esa imagen proyectándose en mis ojos, por lo que aterrorizado, corría hasta la ventana y la cerré de un golpe. Di un fuerte suspiro, pero en ese instante escuché una risita burlona detrás de mí.

-Que cobarde- Supuse que fue Adriana.

Yo me sentí desconcertado ante estas palabras, sobre todo porque ella también estaba asustada dentro de ese horrible recorrido, y fue así como le respondí.

-¿Cómo te atreves a burlarte de mí mientras…..?,- Yo di media vuelta pronunciando estas palabras, pero me di cuenta de que Adriana se había esfumado. La puerta de la cabaña estaba abierta, y en verdad no me creía que ella fuese capaz de salir al pueblo. Me vi en la obligación de hacerlo, pese a que sabía el ambiente tan oscuro y macabro que me esperaba, pero la promesa que le hice a mi madre es que mientras mis hermanas estuviesen a mi lado, nada les pasaría.

Salí de la cabaña de un brinco, topándome así con el resto de cabañas que daban la apariencia de un pueblo frecuentado a diario por la muerte. Las casas no estaban deshabitadas, pero aun así el pueblo experimentaba un silencio absoluto y misterioso, cuya causa prefería yo no saber. De ellas salía una débil luz, que iluminaba levemente los ladrillos envejecidos de un blanco manchado que formaba cada una de ellas; entre todas esas la única que tenía buena presencia era la de mi abuelo.

ADRIANA-, Gritaba yo intentando contener mis nervios, pero su voz no me respondía. No sabía qué tipo de broma estaba jugándome, pero fuese lo que fuese no era divertido. 

Volteé a mirar al bosque, donde una sombra siniestra cubría sus entrañas como si estuviese a punto de sumergirme en una de mis peores pesadillas. Caminé hacia él despaciosamente con mis manos en el pecho; sentía el fuerte y rápido latido de mi corazón, por un momento sentí que estaba a punto de saltar a mi garganta y salir por mi boca. Una vez más pronuncié el nombre de Adriana, y a unas risitas burlonas respondieron entre lo más profundo de ese siniestro lugar, alejándose cada vez más. No parecía Adriana, era alguien mucho menor, pero aun así me introduje en el bosque.

Caminé despaciosamente, tratando de no golpearme con las ramas de los árboles. Frente a mi nada podía verse con claridad, pero entre lo más profunda de esas sombras y esa fría atmosfera que me hacían sentir que un espectro estaba caminando a mi lado, pude distinguir a alguien a lo lejos. Portaba un hermoso vestido blanco que relucía dentro de aquella infernal oscuridad. Yo recuerdo que Adriana portaba un vestido púrpura, pero aun así tenía la esperanza de que fuese ella y corrí gritando su nombre, pero ella se ocultó en un sitio que no pude reconocer.

En parte estaba seguro de que ella no era la chica que yo estaba buscando, pero aun así podía ser alguien que necesitase de mi ayuda, por lo que corrí a toda marcha escuchando mis pasos en la hojarasca y como en un momento una manada de murciélagos me hizo frenar en seco aterrorizado. En ese momento sentí que mi corazón casi sufre un infarto de la impresión que me lleve, pero por fortuna ya había llegado a mi destino. 

Frente a mí yacía algo similar a una capilla abandonada con siglos de existencia. Su aspecto difícilmente podía contemplarlo por la horrible oscuridad nocturna que reinaba sobre ella, pero aun así ingrese, pero no sin antes hacer una corta oración. Al entrar quedé sumergido en las sombras tenebrosas de ese lugar, mi corazón latía cada vez más rápido, sentía un profundo terror y una intensa agonía. ¿Cómo era posible que la persona que ingresó a ese lugar no estuviese presenté ahora?. No quise ni imaginarme de que se trataba ese extraño ser, y por un rato pensé que Adriana ya debería estar de vuelta en la cabaña, por lo que decidí regresar sabiendo que ya no había motivo alguno por el cual permanecer en ese lugar, pero antes de hacerlo, algo captó mi atención. Vi algo brillando misteriosamente en el centro de ese lugar… algo con un rojo intenso, me le acerqué muy lentamente, y me di cuenta de que eran unos ojos de cristal. Pensé por un momento que eso tendría un alto valor, y recordando mi crítica situación económica, tomé uno de los dos, aunque estaba adherido a una estatua, por lo que tuve que hacer un poco de esfuerzo.

Al hacerlo escuché un escalofriante rugido ensordecedor, y frente a mí se proyectó una luz blanca que iba intensificándose cada vez más. Yo me cubrí el rostro con ambas manos y me deje caer sobre el suelo; escuchaba unas voces incomprensibles, a lo que me puse de pie y salí corriendo con pavor guardando el ojo rojo dentro de mi bolsillo.

Miré hacia todos lados aterrorizados, pero lo único que veía era árboles y neblina. Corrí sin saber exactamente por donde iba, y cuestionándome al mismo tiempo de la extraña causa de aquel misterioso acontecimiento. Mientras lo hacía, sentía como si esa luz blanca estuviese siguiéndome, por lo que preferí no mirar hacia atrás. Por un minuto reconocí que había cometido un grave error, me provocaba sacar ese ojo de mi bolsillo y arrojarlo hacia cualquier lado, pero en el momento que lo iba a hacer tropecé con la raíz de un árbol y caí sobre una hojarasca. Tenía el ojo en mi mano, y sentía como si esa luz se acercara a mi cada vez más. En el momento que vi como la imagen de los árboles torcidos era cada vez más nítida cubrí mi rostro con horror, pero lo único que escuche fue unos pasos acercándose a mí y pronunciando mi nombre.

-PAOLO, ¿Qué haces por aquí?,- Me alegré al saber que era mi abuelo con una lámpara, aunque su expresión parecía molesta. A su lado estaba Adriana mirándome con preocupación, aunque su corto cabello negro que llegaba hasta la parte más baja de su cuello fue algo que difícilmente pude notar; además, éste cubría parte de su rostro.

Se puede decir que me salí con la mía. Y que mis horrores por esa noche por fin habían cesado, pero no. Observar ese ojo rojo en mi mano creaba en mi un sentimiento de frustración y arrepentimiento tan grande que me producían deseos de suicidarme. Esas escabrosas vocecillas no salían de mi mente, y mucho menos la imagen de la chica vestida de blanco que brillaba misteriosamente dentro del oscuro bosque. 

Cuando llegué a la cabaña ya era más de media noche. Fui a la cama, pero esos recuerdos no desaparecían de mi mente. Esa noche tuve la peor de todas las pesadillas que he tenido en mi vida. Soñé que me encontraba en un lugar desierto a plena luz del día; de fondo escuchaba la débil y espeluznante melodía de una flauta, y frente a mí yacía un montón de cadáveres decapitados, descuartizados y mutilados bajo un enorme charco de sangre que causaban en mi una sensación de horror mezclado con repulsión… un sentimiento que difícilmente puedo describir. Y al girar mi cabeza, veía nuevamente esa luz blanca intensificándose cada vez más desde el cielo, a lo que las nubes comenzaron a hacer un remolino alrededor de ésta. La luz se dirigió hacia mí rápidamente, y yo no pude reaccionar, pero en ese instante desperté de un brinco, bañado en sudor, y dándome cuenta de que me había retorcido horriblemente en la cama mientras tenía ese sueño. 

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