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2012 03

Pudimos perder a los demonios esos, llegamos hasta el pueblo, sanos y salvos; no teníamos ni idea de qué pasó con Simone y Francesco y por qué querían atacarnos de ese modo, aunque yo sabía que tenía algo que ver con esa luz blanca. Pensar que mi hermana y yo pudimos terminar así nos ponía los pelos de punta.

Frente a nosotros estaban Adriana, Cristina y Luigi, quienes esperaban de nosotros angustiados. Ellos corrieron a abrazarnos, pero no fue necesario que pasara mucho tiempo para que se diesen cuenta de que Simone y Francesco no estaban presentes.

-¿Dónde está Simone?- Preguntó Luigi muy preocupado.

-¿Y Francesco?- Continuó Cristina también preocupada.

-Se han convertido en monstruos- Dijo Elena llorando desesperadamente y abrazándome con fuerza. – Nos querían matar.

-¿Cómo así?- Preguntó Cristina cruzando ambos brazos con un tono brusco, diciendo así que no me creía ni una sola palabra. Adriana seguía en silencio, la veía con un rostro de angustia muy notorio, cuya causa no entendía, pero a mi me estaba poniendo nervioso.

-Escuchen- Digo Luigi levantando los brazos tratando de llamar la atención. – Ya sé lo horrible que puede ser el bosque de Via della notte. Pero eso no significa que hallan monstruos allá adentro. ENTENDIDO.

De un momento a otro comencé a notar que Cristina y Adriana quedaban con la misma mirada con la que Elena, Simone y Francesco quedaron al ver la luz blanca de la capilla. Una mirada que no me causaba ningún placer ver. Luigi nos estaba mirando fijamente, pero yo giré mi cabeza muy lentamente hacia el bosque tragando un poco de saliva, y lo que vi al hacerlo altero nuestros nervios nuevamente.

Allá vi unos ojos de un amarillo muy intenso que brillaban dentro de las entrañas del bosque, y se acercaban cada vez más hasta que pudieron ser visibles por la luz del pueblo. Todos quedamos estupefactos del terror que nos causaba ver esos horribles rostros pálidos, con ojos amarillos y dientes puntiagudos que se nos acercaban mirándonos horriblemente; yo abracé a Elena. Luigi quedó sorprendido y comenzó a retroceder, a lo que Adriana y Cristina también lo hicieron.

Eran más de veinte, y varios de ellos tenían sus bocas llenas de sangre, pero en el momento que más repulsión sentí, fue cuando vi a uno de ellos con un pedazo de carne en la boca chorreando sangre y triturándolo con sus dientes puntiagudos. De un momento a otro no me aguanté más el horror y grité.

-MUÉVANSE- Avisé a todos, a lo que me obedecieron. Adriana, Cristina y Luigi fueron hasta la cabaña de mi abuelo, mientras yo llevaba a Elena de mi mano, y ambos corríamos aterrorizados. Uno de esos seres saltó sobre nosotros, no nos perdía de vista, y parecía un cazador violento. Su diabólica mirada asesina nos causaba horror, atrás estaban mis dos hermanas y Luigi quienes parecían preocupados por nosotros dos, pero al ver como esos monstruos se acercaban para alimentarse de nuestra carne no se atrevieron a acercarse.

El horrible demonio se abalanzó sobre nosotros. Yo lo golpeé con mi puño, pero por el modo en el que se puso de pie me di cuenta de que fue inútil. Estaba a punto de mordernos abriendo su boca hasta más no poder, pero en ese instante ocurrió algo que nos causó alegría, y horror al mismo tiempo.

La mitad de la cabeza del monstruo había explotado tras el ruido de un disparo de rifle. Elena y yo quedamos manchados de sangre y sentirlo nos causó repulsión. El monstruo seguía de pie, dio dos pasos más y cayó lentamente al suelo. Miré hacia atrás y vi en la puerta de la cabaña a mi abuelo apuntando con un rifle.

-PAOLO, ELENA, VENGAN, RÁPIDO- Gritaba él con desesperación mientras que Adriana, Cristina y Luigi ingresaban rápidamente.

Contemplando por última vez al cadáver, los dos corrimos hasta la cabaña. Mi abuelo efectuó un tiro más de rifle, pero no nos dimos cuenta de que pasó luego de eso.

Al estar adentro, cerramos todas las ventanas con prisa. La que más alterada estaba parecía ser Adriana, y sinceramente aparte de la situación tan crítica en la que estábamos, no entendía el por qué de su actitud; no era de terror, sino de culpabilidad o algo por el estilo. Sin embargo, yo cerraba todo lo que podía, y tome un revólver de la vasta colección de armas de mi abuelo, aun cuando nunca en mi vida había manipulado uno.

-Adriana, Cristina, y Elena, escóndanse- Gritó mi abuelo mirando a la puerta con una mirada extraña. –Luigi, permanece aquí. Y Paolo- Hizo una corta pausa y siguió- Necesito hablar contigo.

Cuando mis tres hermanas corrieron al segundo piso con horror, mi abuelo me lazó una miraba furibunda.

-Paolo- Comenzó él con un tono suave, pero después lo elevó- TE DIJE QUE REGRESARAS ESE OJO.

-Lo hice- Me excusé yo viendo el rostro pálido y asustado de Luigi, tomando una pistola de la colección de armas. 

-¡No me engañes!- Me dijo regañándome- Acabas de enfurecer al demonio de la luz del bosque.

-¿A quién?- Pregunté yo apretando los ojos como si no entendiera lo que él trataba de decirme.

-Al demonio de la luz del bosque,- Repitió él,- No les había contado nada ni a ti ni a tus hermanas para no asustaros, pero tú has hurtado una de sus pertenencias, y ya han pasado diez años sin que la devolvieras. –Hizo una corta pausa y continuó,- Ahora ha salido en busca de ellas, y mientras no las tenga, convertirá a más de nosotros en demonios.

-¡Pero lo hice!,- Me defendí yo- Lo juro,- Dije casi con ganas de llorar.- Deje el ojo allá, pero alguien ha tomado el otro.

-¿Cómo así?- Me dijo casi perdiendo la paciencia.

-Alguien ha tomado el otro ojo- Repetí.

Mi abuelo estaba a punto de dirigirme la palabra, pero en ese instante algo causó un revuelco en mi corazón hasta el punto de que casi me da un infarto. Uno de esos seres rompió la ventana, y buscaba la forma de entrar como cualquier animal salvaje. Claramente yo quería dispararle, pero nunca en mi vida había manipulado un arma, por lo que tiré del gatillo, pero nada pasó. Antes de que ingresara, mi abuelo le disparó y evitó así que lo lograra.

-Tenemos que huir de aquí entonces- Dijo-RÁPIDO.

Él me explicó como usar el arma, y pronto salí y comencé a disparar a los monstruos con él, mientras que Luigi corría con mis hermanas para ver como salir.

Los dos salimos de la cabaña viendo como esos monstruos nos rodeaban. Yo quería matarlos, pero no era capaz de disparar del terror. En ese instante Luigi llegó con mis hermanas y me di cuenta de que estaba apunto de ir con ellas hacia la iglesia del pueblo.

-¡Espera!- Le grité yo antes de que se fuera. – Yo iré con ellas- le dije acercándome a él y entregándole el arma. No parecía entender, pero aceptó. Mi abuelo parecía contento de que yo me decidiese por cuidar a mis hermanas, y recordando la promesa que le hice a mi madre, corrí con ellas por el pueblo mientras escuchaba rugidos de esos monstruos acercándose junto a los disparos. 

Estaba a punto de llegar a las puertas de la iglesia, y no sabía por qué me habían encomendado ir allá, sin embargo, las abrí de una patada, y lo que vi allí me hizo arrepentirme de haber entregado el arma. Sobre el suelo yacía el cadáver ensangrentado de una mujer, y veía dos de esos monstruos con ojos amarillos brillantes triturando su carne horriblemente y devorándola, y como la sangre escurría de sus bocas.

Yo quedé paralizado a lo que estos me observaron con esa mirada asesina que me ponía los pelos de punta. Intenté huir hacia atrás, pero vi de inmediato que más de esos monstruos habían hecho una barrera rápidamente, y nos impedían el paso.

Allí estábamos los cuatro atrapados, y de un momento a otro llegó nuevamente esa luz blanca que comenzó a intensificarse cada vez más ante nosotros, era claro que era para convertirnos en uno de ellos. Los dos monstruos se retiraron del cadáver y se acercaron a nosotros. No sabía que era peor, si ellos, o la luz. Si me cubría nuevamente, nos atacaría el demonio. Estaba a punto de rendirme, y de aceptar mi situación, pero de un momento a otro, Adriana gritó llorando sofocada.

-BASTA- Yo la miré de inmediato respirando profundamente por el horror que me causaba aquella situación. Sacó algo de su vestido con desesperación, un ojo rojo idéntico al que yo robe, y verlo en su mano me dejo estupefacto. Era ella entonces la causa de la perdida del otro ojo. 

Los horribles seres comenzaron a alejarse de nosotros con pavor y emitiendo un rugido infernal. 

–No sabía que todo esto terminaría así,- Se quejaba Adriana, y arrojó el ojo hacia la luz blanca con fuerza, la cual llegó hasta su punto máximo de intensidad en ese mismo instante y los cuatro nos vimos en la necesidad de movernos pensando en que nos convertiríamos en unos de ellos.

Vimos como los monstruos caían retorciéndose grotescamente en el suelo, y su carne comenzaba a descomponerse horriblemente hasta convertirse en polvo y como sus esqueletos caían al lentamente al suelo. Contemplar esa escena me causaba repugnancia y horror, pero lo que más me sorprendió fue lo que vimos en el momento en el que horrorizados ante esa escena, giramos la cabeza hacia la luz blanca.

Esta comenzó a esparcirse por toda la iglesia, pero su intensidad disminuía hasta el pudo de poder ver lo que tras ella acechaba por nosotros todo ese tiempo. Pude ver a esa mujer… a esa mujer del vestido blanco apretando algo que daba un notorio brillo rojo dentro de los destellos de luz blanca, y como lo hacía agachando la cabeza y cerrando sus ojos. Ella los abrió y levanto su cabeza muy lentamente, viendo como nosotros retrocedíamos temblando y reflejando una notoria sensación de horror en nuestros rostros.

Sus ojos brillaban con ese amarillo intenso, nos sonrió diabólicamente mostrando unos dientes blancos y puntiagudos; el destello de luz roja desapareció de su mano, a lo que dos alas de murciélago blanco salieron de su espalda. Así se mantuvo durante unos segundos hasta que emprendió vuelo rápidamente hacia el bosque como esa luz que me atormentó allí desde hace diez años.