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Por lo que a mí respecta, este caso empezó cuando leí una noticia en la sección necrológica del Gentleman's Magazine de principios del siglo XIX.

-El 26 de febrero, en su residencia de la catedral de Barchester, ha fallecido el venerable John Benwell Haynes, Dr. en Teol., arcediano de Sowerbridge, rector de Pickhill y Candley, a los 57 años de edad. Perteneció al College... de Cambridge, donde, por su talento y constancia, se granjeó la estima de sus superiores; cuando, a su debido tiempo, obtuvo la licenciatura, su nombre figuró entre los primeros de la lista de honor.

Estos méritos académicos le valieron inmediatamente una beca para seguir los estudios. En el año 1783 recibió las sagradas órdenes, y fue propuesto para la vicaría de Ranxtonsub-Ashe por su amigo y protector, el difunto y venerable obispo de Lichfield... Sus rápidos ascensos, a canónigo primero, y luego a la dignidad de chantre de la catedral de Barchester, constituyen un testimonio elocuente del respeto con que fue considerado y de sus méritos académicos. Alcanzó el arcedianato con motivo del súbito fallecimiento del arcediano Pulteney, en 1810. Sus sermones, ajustados siempre a los principios de la religión y de la Iglesia que él honraba con su persona, pusieron de manifiesto en grado eminente, y sin el menor asomo de vanidad, el refinamiento del erudito y las virtudes del cristiano. Exento de toda virulencia fanática, e inspirado en el espíritu de la más auténtica caridad, sus palabras perdurarán mucho tiempo en la memoria de sus oyentes. (Aquí hay otra supresión).

Entre las producciones de su pluma se cuentan una hábil defensa del episcopado, en la cual, tras haberla leído y releído atentamente, el autor de este homenaje a su memoria no encuentra sino un ejemplo más de la falta de liberalidad y valentía de los editores de nuestra generación, rasgo que es ya común entre ellos. Sus obras publicadas se limitan, en realidad, a una valiosa y elegante traducción de la Argonáutica, de Valerius Flaccus; un volumen de Discursos sobre hechos diversos de la vida de Josué, pronunciados en su catedral, y un cierto número de exhortaciones pronunciadas con motivo de las visitas que hizo al clero de su arcedianato. Éstas se distinguen por su... etc., etc. La cortesía y el cálido interés de quien nos ha inspirado estas líneas no las olvidarán fácilmente los que disfrutaron de su amistad. Su celo por el venerable e impresionante edificio bajo cuya blanca bóveda ofició y participó con tanta puntualidad, en el aspecto musical de sus ritos sobre todo, podría calificarse de filial, y contrastó de manera sorprendente y hasta chocante con esa correcta indiferencia que exhiben tantísimas dignidades eclesiásticas de nuestra catedral en los tiempos presentes...

El párrafo final, tras informarnos de que el doctor Haynes había fallecido soltero, decía:

-Todo hacía suponer que una existencia tan sosegada y beatífica alcanzaría su fin a una edad avanzada, extinguiéndose de manera igualmente tranquila y apacible. ¡Pero cuán insondables son los designios de la Providencia! El pacífico y solitario retiro en que la oscura vida del Dr. Haynes discurría hacia su fin estaba destinado a verse turbado y aun arruinado por una tragedia tan espantosa como inesperada. En la mañana del 26 de febrero...

Pero quizá sea mejor que deje el resto del relato hasta que haya contado las circunstancias que condujeron a él. Éstas, en lo que ahora tienen de accesibles, me han llegado por otros cauces. Yo había leído la nota necrológica que acabo de citar por pura casualidad, junto con otras muchas de la misma fecha. Desde luego, había despertado un poco mi curiosidad, pero como no se me pasó por la cabeza que iba a tener ocasión de examinar los archivos locales de dicho período, y que tendría que esforzarme en recordar lo que había leído sobre el doctor Haynes, no presté la menor atención a su caso. Recientemente estuve catalogando los manuscritos de la biblioteca del College al que había pertenecido. Terminé con los volúmenes clasificados de las estanterías y pregunté al bibliotecario si había más libros que, a juicio suyo, debía incluir en mi descripción.

—Creo que no —dijo—, pero será mejor que echemos una mirada a la sección de manuscritos para cerciorarnos. ¿Tiene usted tiempo ahora?

Sí tenía tiempo. Fuimos a la biblioteca, revisamos los manuscritos y, al terminar, llegamos a un estante que yo no había visto. Casi todo lo que había eran sermones, resmas de trabajos incompletos, ejercicios de estudiantes, el Cyrus (un poema épico en varios cantos, producto del ocio de un cura rural), unos apuntes de matemáticas confeccionados por un profesor ya fallecido, y un montón de material del mismo género con el que estoy más que familiarizado. Tomé breve nota de todo. Finalmente, había una caja de hojalata; la saqué y le limpié el polvo. Su etiqueta, muy borrosa, decía así:

-Papeles del Ven. Arcediano Haynes. Donados en 1834 por su hermana, la Srta. Leticia Haynes.

Inmediatamente me di cuenta de que ese nombre lo había leído yo en alguna parte, y no tardé en recordarlo.

—Seguramente se trata del arcediano Haynes, que tuvo un final tan extraño en Barchester. He leído su nota necrológica en Gentleman's Magazine. ¿Puedo llevarme esta caja a casa? ¿Sabe si hay algo de interés en estos papeles?

El bibliotecario accedió de muy buen grado a que me llevara la caja para examinarla detenidamente.

—Todavía no la he revisado —dijo—, a pesar de que siempre he pensado hacerlo.

Estoy casi seguro que ésta es la caja de la que nuestro antiguo decano dijo una vez que el colegio no debía haberla aceptado jamás. Se lo dijo a Martin hace años, y dijo también que mientras él mandara en la biblioteca no la abriría nadie. Martin fue quien me lo contó a mí, y me dijo que tenía unas ganas tremendas de saber lo que contenía, pero que el decano era el bibliotecario y que la tenía siempre guardada en sus habitaciones; así que durante todo este tiempo no ha tenido nadie acceso a los documentos. Cuando falleció se los llevaron equivocadamente sus herederos, y los devolvieron hace unos años, nada más. Todavía no sé por qué no los he examinado; pero, puesto que esta tarde tengo que marcharme de Cambridge, será mejor que se los lleve usted y los examine primero. Confío en que no publicará nada impropio de nuestros archivos.

Me llevé la caja a casa y examiné su contenido; posteriormente he hablado con el bibliotecario sobre la posibilidad de publicar estos papeles y, ya que está dispuesto a acceder con tal que se oculte la identidad de las personas a las que hacen alusión, voy a intentar llevarla a efecto. Los materiales de que dispongo son, naturalmente, diarios y cartas en su mayor parte. Los pasajes que cito textualmente y los que incluyo de manera abreviada dependerán del espacio de que disponga. Para comprender con exactitud la situación, he tenido que realizar algunas investigaciones —no muy embarazosas—, para las que me han sido de gran ayuda las excelentes ilustraciones y textos del volumen que tiene dedicado a Barchester la obra Cathedral Series, de Bell.

Para entrar en el coro de la catedral de Barchester hay que cruzar una reja entre mármoles de color diseñada por sir Gilbert Scott; entonces se llega a un lugar pelado y detestablemente amueblado se puede decir. Los sitiales son modernos y carecen de dosel. Los sitios de las dignidades y los nombres de cada miembro, por fortuna, han sido respetados y están grabados en pequeñas placas de bronce clavadas en cada sitial. El órgano está en el triforio, y la parte visible de la caja es de estilo gótico. El retablo y demás son semejantes a los de cualquier catedral.

Los minuciosos grabados de hace un centenar de años muestran una catedral bien distinta. En uno de ellos, el órgano está encima de la maciza reja clásica. Los sitiales son también sólidos y clásicos. Sobre el altar hay un baldaquino de madera con hornacinas en los extremos. A la derecha hay una recia mampara de trazado clásico, con un tímpano en el que se ve un triángulo del que parten algunos rayos, y unas letras hebreas en oro en su interior. Un grupo de querubines contempla el triángulo. En el extremo oriental del coro, la parte más próxima al altar, hay un púlpito con un gran tornavoz, mientras que el suelo está pavimentado con losas de mármol blanco y negro.

Dos damas y un caballero admiran el efecto general. Por otros medios he podido averiguar que el sitial del arcediano estaba entonces, como lo está ahora, junto al trono del obispo, en el lado sudeste del coro. Su casa, casi enfrente de la iglesia, es un precioso edificio de ladrillo rojo de la época de Guillermo III. Aquí trasladaron su residencia el doctor Haynes y su hermana en el año 1810. Esta dignidad había sido durante mucho tiempo la meta de sus deseos, pero su predecesor se había negado a marcharse, aun cuando había alcanzado la edad de noventa y dos años. Y hacía aproximadamente una semana que este anciano había celebrado el nonagésimo segundo aniversario de su nacimiento con una pequeña fiesta cuando, una mañana de finales de año, al bajar el doctor Haynes alegremente a desayunar, frotándose las manos y tarareando una cancioncilla, se encontró con una escena que le cortó su desbordante euforia: su hermana estaba sentada en su sitio de siempre, por supuesto, pero se hallaba inclinada hacia delante y sollozaba desconsoladamente sobre su pañuelo.

—¿Qué..., qué ocurre? ¿Alguna mala noticia? —preguntó.

—Ay, Johnny, ¿es que no te has enterado? ¡El pobre arcediano!

—¿El arcediano? ¿Qué le pasa, está enfermo?

—No, no; lo han encontrado esta mañana en la escalera. ¡Qué espantoso!

—¿Es posible? ¡Válgame Dios, pobre Pulteney! ¿Había sufrido algún ataque?

—Dicen que no, y dicen que eso es lo peor. Parece que toda la culpa es de esa estúpida criada que tienen, Jane.

El doctor Haynes guardó silencio.

—No entiendo, Leticia. ¿Por qué ha de tener la culpa la criada?

—Bueno, por lo que he oído decir, faltaba una varilla de esas que sujetan la alfombra de la escalera, y ella no dijo nada, y el pobre arcediano puso el pie en el mismo borde del peldaño (ya sabes lo resbaladiza que es la madera de roble), y al parecer, ha debido caer rodando casi todo el tramo de la escalera y se ha desnucado. Qué desgracia para la señorita Pulteney. Naturalmente, despedirán a esa muchacha inmediatamente. A mí nunca me ha gustado.

Volvió a empezar el llanto de la señorita Haynes con renovada fuerza, pero finalmente cedió lo bastante como para permitirle desayunar algo. No le sucedió así a su hermano, quien, después de permanecer en silencio ante la ventana unos minutos, abandonó la habitación y no se dejó ver en toda la mañana. Me limitaré a decir que la descuidada sirvienta fue despedida en el acto, y que encontraron la varilla de sujetar la alfombra debajo de esta, lo cual fue una prueba más, si es que se necesitaba alguna, de su supina estupidez y negligencia. Desde hacía muchos años había sido designado el doctor Haynes por su talento —que debía de ser verdaderamente considerable— como el más probable sucesor del arcediano Pulteney, y sus esperanzas no se vieron defraudadas. Tomó posesión del cargo y pasó a desempeñar celosamente las funciones propias de la persona que ostenta tal dignidad.

Una buena parte de sus diarios está llena de expresiones de asombro ante el estado de confusión en que el arcediano Pulteney había dejado los asuntos de su oficina y los documentos de su competencia. Las contribuciones procedentes de Wringham y Barnswood habían dejado de recibirse durante doce años por lo menos, y ahora eran prácticamente irrecuperables, no se había realizado ni una sola visita en siete años, y había cuatro presbiterios que era ya casi prácticamente imposible reparar. El personal elegido por el arcediano había sido casi tan incompetente como él. Casi era de agradecer que no siguiera este estado de cosas; una carta de un amigo suyo lo corrobora: «ó katékhon —dice (aludiendo cruelmente a la Segunda Epístola a los Tesalonicenses)— ha caído al fin. ¡Pobre amigo mío! ¡En qué maremágnum te vas a meter! Te doy mi palabra de que la última vez que crucé el umbral de su despacho no tenía un solo papel a mano, ni fue capaz de escuchar una palabra de lo que dije, ni pudo recordar dato alguno que hiciera referencia al asunto que me traía. Pero ahora, gracias a una sirvienta negligente y a una alfombra floja, será posible solventar los asuntos de importancia sin tener que perder la paciencia y la voz». Esta carta estaba guardada en la solapa de la cubierta de uno de sus diarios.

No puede ponerse en duda el celo y el entusiasmo del nuevo arcediano. «Dadme tiempo para poner algo de orden en los innumerables yerros y desaguisados con que me enfrento, y me uniré al viejo israelita, gozosa y sinceramente, en el cántico que tantas gentes entonan, aunque me temo que de labios para afuera». Estas consideraciones las he encontrado, no en su diario, sino en una carta; parece que los amigos del doctor devolvieron sus cartas a su hermana tras la muerte de aquél. Sin embargo, no se limita a hacer consideraciones. Sus indagaciones sobre los derechos y deberes de su ministerio son bastante precisas y prácticas, y en uno de los papeles hay un cálculo del tiempo que necesitaba para poner al día los asuntos del arcedianato. Esta estimación ha sido exacta, al parecer.

Durante tres años se dedicó a las reformas, pero en vano he buscado, al final de ese período, el prometido Nunc dimittis. Después encontró una nueva área de actividad. Hasta aquí, sus ocupaciones le habían impedido más de una vez asistir a los oficios de la catedral. Después empieza a interesarse por el edificio y la música. No voy a entretenerme en contar sus disputas con el organista, un señor anciano que había venido ocupando este puesto desde 1786; no consiguió sacar nada en limpio. En cambio, tiene más importancia para el caso su repentino entusiasmo por la catedral propiamente dicha y su mobiliario. Se conserva el borrador de una carta dirigida a Sylvanus Urban (la cual me parece que no llegó a enviar), en la que describe la sillería de fecha relativamente reciente; de 1700, más o menos.

«El sitial del arcediano, situado en el extremo sudeste, a la izquierda del trono episcopal (tan dignamente ocupado en la actualidad por el muy excelente prelado que honra la sede de Barchester), se distingue por su singular ornamentación. Además de las armas del deán West, merced a cuyos esfuerzos se terminó de amueblar la parte interior del coro, el atril de dicho sitial termina, a la derecha, con tres pequeñas tallas de aspecto grotesco y singular. Una es la figura exquisitamente ejecutada de un gato, cuya postura encogida expresa admirablemente la agilidad, vigilancia y astucia de este temible adversario de la especie mus. Al otro extremo hay un personaje sentado en su trono e investido con los atributos de la realeza, pero no es un monarca de este mundo lo que el escultor ha pretendido retratar. Sus pies están estudiadamente ocultos por el largo manto que lo envuelve, pero ni la corona ni el gorro que lleva sobre la cabeza consiguen ocultar sus puntiagudas orejas y sus curvados cuernos que delatan su origen tártaro, y la mano que descansa sobre su rodilla está armada de unas uñas espantosamente largas y afiladas. Entre estas dos figuras hay un personaje de pie, embozado en una capa. A primera vista podría tomarse por un monje o "fraile franciscano", porque va encapuchado y tiene una cuerda ceñida a su cintura. Pero si lo examinamos con más atención, nuestra conclusión será bien distinta; enseguida descubrimos que esa cuerda es en realidad un dogal que sujeta con una mano oculta entre sus ropajes, en tanto que sus rasgos hundidos y, me resulta espantoso describirlo, su carne agrietada y pegada sobre sus pómulos le identifican como el rey del terror.

Estas figuras son, evidentemente, obra de una gubia verdaderamente hábil; si por casualidad conoce usted a alguien que pueda aportar alguna luz sobre su origen y significado, mi agradecimiento hacia su inestimable atención por todo será infinito». Hay en este borrador algo más sobre dicha descripción que tiene gran interés, puesto que esa obra en madera ha desaparecido. Es un párrafo del final que merece la pena citarse:

-Recientes investigaciones sobre las cuentas del cabildo me han revelado que la talla de los sitiales no fue, como se ha dicho a menudo, obra de artistas holandeses, sino que fue ejecutada por un vecino de esta ciudad o distrito llamado Agustín. La madera la sacaron de un robledal vecino, propiedad del deán y del cabildo, conocido con el nombre de Holywood. Con motivo de una visita que he hecho a la parroquia en cuyas proximidades se halla situado, me he enterado por el viejo y respetable párroco de que aún subsisten tradiciones que hacen referencia a las enormes dimensiones y lo añosos que eran los robles que se utilizaron en la magnífica obra descrita (aunque imperfectamente) más arriba. En particular, se recuerda uno de los árboles, el que se alzaba en el centro del robledal, al que llamaban el roble del ahorcado. Dicho nombre le convenía cabalmente, como lo confirma el hecho de haberse encontrado huesos enterrados entre sus raíces, y porque hubo un tiempo en que los que querían asegurarse el éxito, ya fuera en el amor o en los negocios, solían ir a colgar de sus ramas monigotes toscamente hechos de paja, de ramas u otras materias igualmente rudimentarias.

Pero dejemos las investigaciones arqueológicas del arcediano para volver a su carrera propiamente dicha, según se desprende de sus diarios. Esos tres primeros años de trabajo intenso y meticuloso nos lo muestran animoso en todo momento, y es indudable que era bien merecida la fama de hospitalidad y cortesía mencionada en la nota necrológica. Después, con el paso del tiempo, veo cernerse una sombra sobre él —más adelante se convertirá en la más absoluta negrura—, y no puedo por menos de pensar que debió de reflejarse en su actitud ante los demás. Gran cantidad de temores los confía a su diario: no podía desahogarse de otro modo. Era soltero, y su hermana no estaba siempre con él. Pero me equivocaría completamente si dijera que cuenta en su diario todo lo que podía habernos contado. Entresacaré unos cuantos trozos:

30 ag. 1816—Los días empiezan a acortar más sensiblemente que nunca. Ahora que los papeles del arcedianato están en orden debo buscar otra ocupación para las noches de otoño o de invierno. Es un gran contratiempo que la salud de Leticia no le permita estar aquí todos estos meses. ¿Por qué no sigo con mi Defensa del Episcopado? Puede que eso me ayude.

15 de sept.—Leticia se ha marchado a Brighton.

11 de oct.—Se han encendido las velas del coro por primera vez en las oraciones vespertinas. Me he llevado una especie de sobresalto; le tengo verdadero pavor a esta época del año en que oscurece temprano.

17 de nov.—Estoy francamente impresionado por el tipo de tallas de mi pupitre. Creo que no las había examinado detenidamente hasta ahora. Me he fijado en ellas por pura casualidad. Durante el Magnificat me sentía, lamenta tenerlo que decir, casi vencido de sueño. Mi mano descansaba en el lomo de la figura de gato, que es la más próxima de las tres que hay en el sitial. No me había dado cuenta porque no estaba mirando en esa dirección, hasta que llevé un sobresalto al notar algo así como una cosa blanda, una sensación da pelo blando y áspero, y un súbito movimiento, como si el animal hubiera vuelto la cabeza repentinamente para morderme. Me he despabilado inmediatamente, y tengo la impresión de haber dejado escapar un grito de sorpresa porque el señor tesorero volvió la cabeza vivamente para mirarme. La desagradable impresión que he sufrido ha sido tan fuerte que, sin darme cuenta, me he frotado la mano en mi sobrepelliz. Este incidente me ha llevado a examinar las figuras, al terminar las oraciones, más detenidamente de lo que había hecho hasta ahora, y me he dado cuenta por primera vez de lo perfectas que son.

6 de dic.—Verdaderamente, echo de menos la compañía de Leticia. Noches después de trabajar todo el tiempo que me es posible en la Defensa, me hacen interminablemente penosas. La casa es demasiado grande para hombre solo, y las visitas que recibo son demasiado escasas. Cuando subo a habitación tengo la impresión de que hay alguien a mi lado. El hecho es digo yo) que oigo voces. Sé muy bien que esto es un síntoma muy corriente de la progresiva debilitación del cerebro... y creo que me sentiría menos inquieto si tuviera una prueba sólida de que es así. Pero no tengo ninguna..., ninguna ni existe en mi familia precedente alguno que aducir en favor de esta hipótesis a Trabajar, trabajar duro, y atender con puntualidad los deberes que recaigan sobre mí, ése es mi mejor remedio, y tengo la completa seguridad de que el resultado.

1 de enero.—Debo confesar que mi inquietud va en aumento. Anoche, volver al deanato, pasadas ya las doce, encendí la palmatoria para subir a habitación. Estaba llegando a lo alto de la escalera, cuando oí que me susurraban: «Permítame desearle un feliz Año Nuevo». No cabía ningún error, era una voz clara y con un énfasis peculiar. Se me cayó la vela de la mano, ni más menos, y tiemblo de pensar en las consecuencias que eso habría podido acarrear. De todos modos, me las arreglé para terminar de subir la escalera, encerré con llave en mi habitación, y no volví a ser molestado.

15 de enero.—Anoche tuve que bajar al despacho a coger el reloj queme había dejado olvidado al irme a acostar. Creo que tenía yo el pie en el último escalón, cuando de pronto: «Tenga cuidado». Me agarré al pasamanos, y, naturalmente, eché una mirada a mí alrededor. Como era de esperar, no vi nada. Seguí mi camino —porque no merecía la pena dar media vuelta por eso—, pero estuve a punto de caerme: un gato (un gato enorme, según noté por el roce) se me cruzó entre las piernas, pero luego, por supuesto, no vi nada. Puede que fuera el gato de la cocina, aunque creo que no lo era.

27 de febr.—Esta noche me ha sucedido algo que me gustaría olvidar. Puede que el escribirlo aquí me ayude a contemplarlo en sus verdaderas dimensiones. Estuve trabajando en la biblioteca de nueve a diez aproximadamente. La escalera y el recibimiento parecían estar desusadamente llenos de lo que sólo me es posible calificar de movimiento sin ruido; quiero decir con esto que parecía haber un continuo ir y venir, y cada vez que dejaba de escribir y prestaba atención, o me asomaba al recibimiento, la quietud era absoluta. Y al retirarme a mi habitación a una hora más temprana de lo habitual —serían alrededor de las diez y media—, no logré percibir nada que pudiera decirse que fuera ruido. Y sucedió que yo le había dicho a John que pasara por mi habitación a recoger la carta para el señor obispo, porque tenía interés en que se entregara por la mañana temprano en el palacio. Por tanto, él estaría levantado para pasar a recogerla cuando me oyera que me retiraba. A mí se me había olvidado ya, aunque me había acordado de llevármela a mi cuarto. Pero luego, cuando le estaba dando cuerda al reloj, oí una leve llamada a la puerta y una voz baja me dijo: «¿Puedo pasar?» (Estoy absolutamente seguro de que fue eso lo que oí). Me acordé de pronto, tomé la carta del tocador y dije: «Claro, pase». Nadie respondió a mi invitación; fue entonces cuando, presa de un súbito recelo, cometí un error, abrí la puerta y tendí la carta. Es seguro que no había nadie en el pasillo en ese momento; y en el preciso instante en que me encontraba yo en la entrada de mi cuarto, se abrió la puerta del otro extremo del pasillo y apareció John con una vela. Le pregunté si había llamado antes, pero siento tener que decir que no. No me gusta la situación, pero aunque mis sentidos estuvieron completamente alerta, y aunque transcurrió algún tiempo antes de que pudiera conciliar el sueño, debo añadir que no noté nada inquietante.

Con el retorno de la primavera, época en que su hermana se vino a pasar con él unos meses, las anotaciones del doctor Haynes se hacen más animadas y, desde luego, no se discierne en ellas el menor síntoma de depresión; hasta primeros de septiembre, en que vuelve a quedarse solo. En efecto, a partir de entonces vuelve a sentirse molestado, y esta vez de manera más apremiante. Luego volveré sobre esta cuestión; primero quiero transcribir un documento que, mucho o poco, me parece que tiene relación con el hilo de la historia.

En los libros de cuentas del doctor Haynes, conservados junto con los demás papeles suyos, aparece, fechado muy pocos días después de su toma de posesión como arcediano, un pago trimestral de 25 libras a J. L. Esto no habría tenido importancia ninguna de no haber sido más que eso. Pero yo lo relaciono con cierta carta mugrienta y muy mal escrita que, como otra que he citado antes, estaba en la solapa de un diario. No tiene ni rastro de fecha o matasellos, y no me ha sido fácil averiguar lo que pone. Dice así:

Muy señor mío:

He estado esperando carta suya esta última semana, y como no escribe, supongo que no a recibido la mía en la que le comunicaba que mi marido y yo estábamos atravesando una mala racha esta temporada, que parece que todo nos viene en contra en el campo y no vemos la manera de pagar la renta que tenemos que pagar, si usted no tiene la inmensa (liberalidad, parece que pone, aunque me es imposible descifrar esa palabra) de mandarnos cuarenta libras, de lo contrario tendríamos que hacer lo que no nos gusta. Como usted fue la causa de que yo perdiera mi puesto en casa del Dr. Pulteney, creo es justo lo que le pido y usted sabe mejor que nadie lo que sé si viniera el caso, pero yo no deseo hacer una cosa desagradable porque soy de las que les gusta tener cosas agradables a mi alrededor.

Su humilde servidora, JANE L.

Alrededor de la fecha en que supongo que fue escrita esta carta hay, efectivamente, un pago de 40 libras a J. L. Pero volvamos al diario.

22 de oct.—En las oraciones vespertinas, durante los Salmos, he vuelto a sufrir la misma experiencia del año pasado. Tenía la mano posada sobre una de las figuras como la vez anterior (desde entonces he tomado la costumbre de evitar tocar la del gato) y... experimentó un cambio, iba a decir, pero parece que le estoy concediendo demasiada importancia a lo que probablemente se deba, después de todo, a alguna anomalía de mi propia sensibilidad; en cualquier caso me pareció que la madera se ponía fría y blanda como si fuera ropa mojada. Sería capaz de precisar en qué momento tuve esa sensación. El coro estaba cantando el pasaje que dice (Deja al impío el gobierno de sí mismo y) permite que Satanás se ponga a su derecha.

Los susurros en casa se han hecho más persistentes esta noche. Ni siquiera en mi habitación me he visto libre de ellos. No los había advertido hasta ahora Una persona nerviosa, y yo me considero tal, se habría sentido incómoda, si no alarmada, con este tipo de fenómenos. El gato ha estado en lo alto de la escalera esta noche. Pero en la cocina no hay gatos.

15 de nov.—Debo consignar otra vez una cuestión que no entiendo. He tenido unos sueños que me han inquietado sobremanera. No era nada concreto, pero me he sentido acosado por la viva impresión de unos labios húmedos que me susurraban al oído una serie de cosas con énfasis y precipitación. Después de eso, me parece que me quedé dormido, pero me desperté sobresaltado con la sensación de que una mano se me había posado sobre el hombro. Entonces, para asombro mío, me he dado cuenta al despertarme de que estaba de pie en el descansillo del primer tramo de escaleras. La luna brillaba intensamente a través del ventanal, lo que me permitió ver el enorme gato que había en el segundo o tercer peldaño. No me es posible hacer ningún comentario.

Me metí en la cama otra vez. No sé cómo. Sí, el peso de mi carga es pesado (luego sigue una línea o dos que han sido raspadas. Me parece que pone algo así como «obré con la mejor intención»). Poco después, descubro con toda claridad cómo la firmeza del arcediano comienza a resentirse bajo la presión de estos fenómenos. Omito, por innecesariamente dolorosas y afligidas, las exclamaciones y las oraciones que empiezan a aparecer en los meses de diciembre y enero, y se van haciendo progresivamente más frecuentes. Durante todo este tiempo, no obstante, se empeña en aferrarse a su trabajo. No entiendo por qué no pretextó cualquier enfermedad y se refugió en Bath o en Brighton; mi impresión es que no le habría servido de nada; era de esa clase de hombres que, de reconocer su derrota frente a todas estas molestias, habría sucumbido inmediatamente, cosa de la que se daba perfecta cuenta. Trató de paliar la situación invitando a sus amistades a su casa. Y consiguió el resultado obtenido de la siguiente manera:

7 de enero.—He convencido a mi primo Allen de que pase conmigo unos días; ocupará la habitación contigua a la mía.

8 de enero.—Una noche tranquila. Allen ha dormido bien, aunque se ha quejado del viento. Sigo teniendo las mismas experiencias de antes: susurros y más susurros. ¿Qué será lo que quieren decir?

9 de enero.—Hemos estado Allen y yo en la biblioteca hasta las once. Me ha dejado dos veces para ir a ver qué hacían las sirvientas en el recibimiento; al volver la segunda vez me ha dicho que ha visto a una de ellas cruzar la puerta del final del pasillo, y ha comentado que si estuviera aquí su mujer las haría andar más derechas. Le he preguntado de qué color era el vestido que llevaba la criada, y me ha dicho que gris o blanco. Me lo suponía. 11 de enero.—Allen se ha marchado hoy. Debo ser firme.

Estas palabras, Debo ser firme, se repiten una y otra vez en los días siguientes; a veces constituyen la única anotación. En estos casos están escritas con letras muy grandes, apretando la pluma sobre el papel de una manera tal que hubiera podido romperla.

Al parecer, los amigos del arcediano no notaron ningún cambio en su comportamiento, lo que da idea de su valor y determinación. El diario no nos cuenta nada más de los últimos días de su vida, aparte de lo que ya he dicho; Como final, puede servir el cariñoso comentario de la nota necrológica:

-La mañana del 26 de febrero fue fría y tempestuosa. La servidumbre entró muy temprano en el recibimiento de la residencia que ocupaba la llorada persona motivo de estas líneas. Y cuál no fue el horror al descubrir la figura de su querido y respetado señor tendida en el rellano de la escalera principal, en una postura que inspiraba el más intenso terror. Inmediatamente intentaron prestarle asistencia, pero la consternación fue general al comprobar que había sido objeto de un ataque brutal y homicida. Le habían fracturado la columna vertebral por más de un sitio. Esto habría podido atribuirse a una caída; la alfombra de la escalera estaba suelta en uno de los escalones. Pero, además de esto, presentaba heridas en los ojos, la nariz y la boca (resultaría espantoso describirlas) que le hacían irreconocible. Huelga añadir que no le quedaba el menor soplo de vida y que, según el respetable testimonio de las autoridades médicas, llevaba así varias horas. El autor o autores de este crimen continúan ocultos en el misterio y hasta ahora han fracasado los más empeñados esfuerzos por esclarecer el deplorable enigma que ha planteado tan luctuoso suceso.

El escritor prosigue con una serie de conjeturas acerca de la probabilidad de que los escritos de Shelley, Lord Byron y Voltaire hubieran contribuido a desencadenar este desastre, y concluye con la esperanza, un tanto vaga, de que tal suceso pueda servir de ejemplo a la nueva generación; pero no vale la pena transcribir textualmente estas últimas observaciones.

Yo me había informado de la opinión de que el doctor Haynes era el responsable de la muerte del doctor Pulteney. Pero el incidente relacionado con la figura de la muerte tallada en el sitial del arcediano le daba un cariz francamente desconcertante. La posibilidad de que hubiera sido labrada con la madera del roble del ahorcado no era remota, pero esto no parecía justificar nada. No obstante, fui a visitar Barchester, en parte con la idea de averiguar si quedaba algo del trabajo en madera del que tanto había oído hablar. Uno de los canónigos me presentó al director del museo local, que era, según me habían dicho, la persona que probablemente estaría en mejores condiciones de facilitarme información al respecto. Le hablé a este señor de la descripción que había leído sobre ciertas Figuras y armas que antiguamente adornaban los sitiales, y le pregunté si quedaba alguna aún. Me enseñó las armas del deán West y algunos fragmentos más de la obra.

Estos fragmentos, dijo, habían pertenecido a un viejo de la localidad, al cual había pertenecido igualmente una figura..., seguramente una de aquellas por las que yo preguntaba. Ocurrió algo muy extraño con esta figura, dijo: «El viejo que la tenía me contó que la había recogido de un taller de ebanistería, en donde estuvo también el resto de las piezas existentes, y se la llevó a su casa para que sus hijos jugaran con ella.

De camino a su casa comenzó a manosearla, hasta que se le abrió en dos trozos entre las manos y de su interior cayó un papel. Lo recogió y, al ver que estaba escrito, se lo metió en el bolsillo; una vez en casa, lo guardó en un jarrón que tenía encima de la repisa. Yo estuve en su casa no hace mucho, y sucedió que, al coger el jarrón para verle la marca, el papel vino a caerme justamente en las manos. Cuando se lo entregué, el anciano me contó lo que le acabo de referir, y me dijo que podía quedarme con él. Estaba algo arrugado, así que lo pegué sobre una cartulina, y así es como lo conservo aquí ahora. Si es usted capaz de decirme su significado, le estaré muy reconocido, y puedo decir que muy sorprendido también».

Me dio la cartulina. El papel, completamente legible, estaba escrito en un tipo de letra antiguo, y ponía lo siguiente:

-Cuando vivía en el bosque

Me regaban con sangre.

Ahora estoy en la iglesia

Y a quien me toca con su mano,

Si la tiene manchada de sangre

Le aconsejo ser precavido

No reciba algún golpe,

Sea de día o de noche.

Y sobre todo cuando sopla el viento

En las noches de febrero.


Esto soñé. 26 de febrero. Ao. 1699. John Austin.

—Supongo que será algún hechizo o conjuro, ¿no lo llamaría usted así? –dijo el director.

—Sí —dije—. Supongo que sí. ¿Qué fue de la figura donde estaba guardado?

—¡Ah, se me había olvidado! —dijo—. El anciano me dijo que era tan horripilante y desagradable, y asustaba tanto a sus niños, que la tiró al fuego.