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Desperté con su dulce nombre haciendo eco en mi cabeza.

-Mairiam…- dije, pensando en voz alta, evocando esa noche. Tan poco tiempo había pasado. 

Me vestí y fui al trabajo.

Volví a mi casa, y, como un relámpago, su nombre regresó a mí. Las imágenes lúcidas de esa noche.

-Mairiam…-  Y mi sonrisa se hizo aún mayor. Fui a mi cuarto. Su ropa aún estaba allí; tirada.

-Mairiam…- No limpié ni ordené mi habitación desde ese día. Era perfecta tal como estaba: las ropas desparramadas; el olor fétido, las sábanas blancas; la ventana cerrada con la cortina para no profanar tu obra de arte, para no llenarla de luces indeseadas, molestas.

-Mairiam… te estuve esperando una semana ¿dónde estás?- Y mi sonrisa creció aún más, evocando esa noche. Pegoteándonos. Viviéndonos. Sintiéndonos. ¡Amarrándonos  el uno al otro! ¡Mordiéndonos con tal fervor! Con tal pasión…

-Mairiam…-

Tiemblo.

-Mairiam…-

Sudo.

-Mairiam…-

Recuerdo.

-Mairiam… ¿cómo olvidar tu visita, Mairiam?- Mi habitación hecha un desastre.-¿Cómo olvidarte, con estas marcas en el cuello, y rasguños en todo mi cuerpo?- Las sábanas, blancas y rojas. Multicolor.  Manchadas, fétidas, con olor impregnado a mujer, a mujer podrida ¡a Mairiam pudriéndose ahí abajo!

-Mairiam… niñata desagradecida- Las sogas con las que te amarré aún están en mi cama-

-Mairiam… destello de luz en una vida monótona – mi cama tiene un secreto bajo ella.

-Mairiam… destello rojo, niñata desagradecida ¡destello rojo!- Las sábanas blancas y rojas ¡impuras, fétidas!

-Mairiam… amor sin sentido –ningún sentido. Se pudre en mi habitación.

Mairiam… dolor inconmensurable. –Sábanas multicolor. Eterno hedor. Putrefacta abajo de mi cama.

-Mairiam… lo siento.- Mi sangre unida a la tuya, manchando las sábanas antaño blancas. Mi cadáver arriba de tu cadáver. Separados por un colchón.



-Mairiam… te amo.- Habitación fría. Helada. Muerta.