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A sus trece años, Martín se encontraba siempre solo. Dejado de lado por sus desinteresados padres y tachado de raro por los niños de su edad ante sus "peculiares gustos", el pequeño vivía encerrado en sí mismo, en sus imaginaciones; recreaba en sus fantasías situaciones cotidianas que le daban una idea de cómo era socializar con los demás.

Sin embargo, conforme los años corrían, sus curiosos intereses iban influenciando cada vez más aquellas situaciones imaginarias. Quizás impulsado por algún deseo de venganza o una curiosa idea de superioridad, no lo sabía con exactitud, las escenas que vivía en mente se volvían grotescas y violentas. El que por fuera era un chico calmado y solitario, por dentro era un asesino que había cometido cientos de crímenes... en su cabeza. Cualquiera de nosotros ha experimentado estas simulaciones enfermizas en nuestro cerebro, y todo eso es normal e incluso sano mientras se mantenga ahí; caso que no fue el de Martín.

El joven comenzó a obsesionarse con sus "crímenes" y constantemente buscaba formas de llevarlos a la realidad, impulsado por desconocidas voces. Una y otra vez, se planteaba cómo podía cometer aquel delito sin huellas, sin explicación, sin razón aparente: todos sus esfuerzos e ideas eran enfocados a cometer el "asesinato perfecto". Y no lo consiguió.

"Según la información que nos ha sido proporcionada" -Hablaba la mujer de las noticias.- "Un joven de dieciocho años ha sido detenido hace unos instantes por el presunto degollamiento y violación de dos jóvenes, de veinticuatro y veintiún años, respectivamente..."

El joven fue llevado a la penitenciaría. Estando fuera de sí, era necesario que sus muñecas estuviesen esposadas y sus brazos bien sujetos por el oficial que le llevaría al interrogatorio cuando se calmase. Cuando esto se dio, Martín se vio encerrado en aquel cuarto frío, con una luz que aturdía sus ojos.

El oficial que le escoltaba se encontraba detrás de él, y otro, que hacía el papel del interrogador, se encontraba en frente. Aún sin estar en completa calma, el joven miró a ambos hombres y una sonrisa depravada se mostró en su rostro. "Hm, jugaremos al policía bueno y al policía malo", llegó a decir.

El interrogatorio fue sumamente sencillo: Martín no negó nada y no intentó ocultar ni un sólo hecho. Apenas se le preguntó, comenzó a narrar con suma calma lo que había hecho.

- Fue relativamente fácil -Sentenció.- Secuestrarlas pudo haber sido lo más difícil, aunque lo hice con rapidez. No fue nada de otro mundo. De todas formas, fue grato tomarme un respiro y divertirme un poco al violarlas. De alguna forma debían compensarme el esfuerzo, ¿no? -Ambos oficiales se miraron las caras. Uno de ellos hizo un ademán de querer decir algo, pero se detuvo cuando Martín continuó.- Una de ellas intentó huir... Sólo tuve que dispararle. Una bala en la cabeza fue suficiente, pero la emoción del momento me hizo jalar el gatillo unas cuatro veces más. Luego de eso, sólo las degollé.

Un policía tomó entonces la palabra, intrigado por el crimen tan grotesco que había cometido un chico tan joven.

- ¿Por qué lo hiciste? ¿Alguien te lo ordenó? -La pregunta pareció causar nerviosismo en Martín, quien se mantuvo en silencio un largo rato. Antes de que el oficial se viese obligado a repetir la pregunta, contestó tartamudeando.

- La-Las voces... Las voces me lo mandaron.

No fue necesario extender más el interrogatorio. Reflexionado la respuesta del menor, ambos oficiales llegaron a la conclusión de que ante ellos estaba un enfermo psiquiátrico, aunque eso era bastante obvio desde un principio.

Posteriormente, teniendo pruebas de la esquizofrenia del joven ante el juez, se le internó en un centro de salud mental al no poderle "culpar" por sus crímenes por su delicado estado. No estaría en prisión por el resto de sus días, pero quizás, el lugar al que fue enviado era peor.

Ahí reinaba el caos. Apenas pasados unos días, los demás internados le rodearon en un momento en el que andaba desprevenido. Uno de ellos le entregó a Martín un cuchillo que había tomado de la cocina, y le encaró empuñando otro entre sus manos: todos exigían que se enfrentaran, para mostrar la valía del nuevo. Martín no lo pensó dos veces cuando su contrincante se abalanzó sobre él. De una sola puñalada certera le quitó la vida, pero no por eso se detuvo.

Las voces le exigían más. Mucho más. Ante los ojos horrorizados (o quizás, interesados) de los demás internos, Martín desquitó sus impulsos en el cadáver. Fueron alrededor de cincuenta puñaladas las que perforaron el cuerpo del difunto.

Ante la aprobación de los demás, sumado al enojo de algunos, el joven huyó. Logró escapar de las instalaciones y continuó con sus ataques esa noche, apuñalando al que se le cruzara en frente: todo lo que quería era que aquellas voces se callaran. Y se callaron, justo en el momento en el que se abalanzó contra la persona equivocada, y sus muchos compañeros lo acribillaron en el acto.

Pero ahí no termina la historia; pues en el momento en el que la vida se le salía de las manos entre tantos disparos, Martín lanzó una sentencia a gritos. "No dormirán en paz; nos veremos cuando duerman."