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Tenía que matar al monstruo.

La 45 milímetros pesaba en mi mano, podía sentir que tiraba de mi muñeca, rogándome que la pusiera en el suelo. La decisión que tenía que tomar era imposible, y no se la desearía ni a mi peor enemigo. Mi esposa, tal como la recordaba, lloraba a mi derecha sin parar de decir:

—Te amo, te amo. Detente, por favor. No lo hagas, por favor.

Mi hijo, mi único hijo, recién salido de la universidad, listo para convertirse en un hombre estaba a mi izquierda. Su tono era muy diferente:

—Papá, escúchame. Esa maldita cosa no es tu esposa. Dispárale. Soy tu carne y tus huesos. Mamá ya esta muerta, y lo sabes. Mátala, por favor".

Empezó a sollozar ante la mención de su madre. Apenas logró terminar su oración, los miré cuidadosamente a sus ojos en busca de una señal, un desliz para justificar mi decisión; no encontré nada.

Disparé a la frente de mi esposa, cuyo cuerpo se desplomó. Mi hijo veía el cuerpo de su madre sin vida, y un horrible pensamiento cruzó mi mente:

«¿Maté al monstruo o me convertí en uno?»

Antes de que mi hijo supiera qué estaba sucediendo, le disparé en su sien, y su cuerpo resonó en el suelo. El monstruo había muerto, pero mi trabajo no había terminado; puse el cañón de la pistola debajo de mi barbilla y, con ironía, anuncié mis ultimas palabras:

—Mejor me aseguro.