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La primera vez que morí no me di cuenta de lo que había sucedido. Vi la cara sorprendida de mi esposa ante mi cuerpo inerte. Sentí que sus manos me sacudían. Escuché sus gritos de incredulidad mientras yo no respondía. Vi a los paramédicos sacudir la cabeza.

El miedo me acompañó en mi camino a la morgue. El terror lo reemplazó cuando sacaron los escalpelos y bisturís para comenzar una autopsia. Sentí un dolor que nunca antes había conocido cuando me abrieron y sacaron mis órganos.

Sin embargo, aun era consciente. Cuando no se encontró nada extraño sobre mi muerte, comenzó mi entierro. Sentí como mi cuerpo fue enterrado en un agujero abierto y como pusieron un árbol sobre mí. Siempre había creído en la naturaleza y pensé que alimentar un árbol con mis restos sería una manera de completar el círculo de la vida.

Sentí todas las etapas agonizantes de la descomposición, pero con el tiempo comencé a notar otras sensaciones. La luz caliente del sol. La lluvia fresca. El balanceo de los miembros. Con el tiempo me di cuenta, dado que el árbol se alimentaba de mi cuerpo, mi alma fluía hacia él.

Pero ninguna de estas sensaciones tenía comparación con lo que vino después, la sensación de otras mentes. Había elegido ser enterrado en un bosque que había sido plantado con gente como yo. Otros que habían permitido que los árboles crecieran con los nutrientes de sus cuerpos. Ahora era consciente de mi buena elección. Algo nos había atraído hacia los árboles y, de alguna manera, podíamos comunicarnos.

Los más jóvenes aún usaban lenguaje para hablar. El más antiguo había superado esa necesidad. ¿Por qué utilizar la barrera de las palabras para describir el amor de la familia o el calor del sol cuando se puede enviar los sentimientos directamente a otro? Era una serenidad que nunca había experimentado.

Años más tarde, escuchamos noticias de una joven. Nos habló de la guerra. Nuestro país había invadido a otro. Siguió una avalancha de jóvenes que contaban la misma historia. La guerra no iba bien. Nuestro bosque crecía y nos llenaba de inquietud.

Entonces, oímos gritos de dolor y agonía de alguien en nuestro borde. Se suponía que el bosque estaba protegido por el respeto a los muertos, pero se necesitaban más suministros. La madera era necesaria para alimentar las máquinas de la guerra. Desamparados, esperamos como nuestros amigos y familiares nos eran arrebatados.

Los jóvenes fueron los primeros, todavía usando palabras para maldecir y gritar de dolor. Los adultos vinieron después, proyectando la mordedura del metal en su corteza. Finalmente, cuando los más viejos cayeron, enviaron la misma sensación de muerte a través de nosotros.

No podía ver, pero podía sentir el retumbar de la tierra mientras sus máquinas se acercaba hacia mí. No podía oír, pero podía sentir las vibraciones de sus sierras. No pude gritar, pero pude sentir el mordisco de sus hojas cuando llegó mi segunda muerte.