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Aquel día iríamos a pasar el fin de semana a casa de campo de mi amigo Adrián para celebrar mi cumpleaños.

Yo nunca había sido alguien muy popular, pero ese año el grupo de la gente “guay” me había aceptado como un miembro más…

Era una calurosa mañana de Junio, todos estábamos preparados para pasar uno de los mejores fines de semana de nuestras vidas, mi 18 cumpleaños, alcohol, nuevos amigos y un fin de semana en una casa en medio de la montaña, sin la presencia de ningún vecino, ¿qué podría salir mal...? Estábamos todos listos:

Alejandro, Paula, Adrián, Jose, Miguel, Nerea, Marta, Alberto, Pablo y yo, Iván.

Todos nos moríamos de ganas de que empezase la fiesta, pero para eso habría que esperar a la noche, ya que durante la mañana y la tarde los padres de Adrián estarían en la casa.

Todos nos divertíamos y reíamos mientras chapoteábamos en la piscina. Yo empecé a notar que algo raro pasaba, todos hablaban entre ellos y cuando me acercaba a unirme a la conversación se callaban o cambiaban de tema rápidamente.

Más que enfadarme y preguntarles que estaba pasando, pensé que estarían preparando algo por mi cumpleaños y me alegré bastante.

Ya llegaba la noche y los padres de Adrián se marcharon. Pasados unos minutos escuché la voz de Nerea llamándome desde la parte de atrás de la casa. Intrigado cogí la toalla y fui hacia allá. Al llegar me encontré a Nerea sentada en una silla de plástico con una sonrisa —en su rostro.

—Felicidades cumpleañero… —dijo con una voz provocadora. Se levantó lentamente y se acercó lentamente a mi rostro. De un momento a otro Nerea me dio un apasionado beso; yo impactado lo seguí, pero en un instante algo golpeó mi cabeza.

Me desperté dentro del salón de la casa atado a una silla.

—Buenos días dormilón —me dijo Adrián mirándome con una macabra sonrisa en su rostro.

—Vaya, vaya… Al fin te tenemos a nuestra merced —me susurró Nerea mientras reía.

—¡Pero qué cojones os pasa, soltadme cabrones! —Grité cabreado.

—Entiendo que estés confuso, tranquilo, voy a dejarte las ideas claras… ¿Recuerdas a al niño tímido que atropellaste con el coche de tu padre el año pasado? —dijo Adrián.

—¡Fue un accidente!, el freno no funcionó y pues…

—¡Lo mataste! —me interrumpió— Pagarás lo que le hiciste a mi hermano, y pagarás por mi sufrimiento y el de mi familia…

Entre Miguel y Jose me llevaron al cobertizo y me encerraron allí. Yo no terminaba de creerme lo que estaba pasando. El odio y la rabia se empezaron a apoderar de mí. Me levanté del suelo y registré el cobertizo, encontrando un machete detrás de unas cajas. Empecé a sentir un gran odio hacia mis falsos amigos. Y mi mente no pensaba con claridad.

Agarré una máscara de espantapájaros que seguramente usaron para Halloween y me la coloqué. Agarré el arma con ambas manos y de un par de golpes llenos de ira tiré la puerta abajo.

Mientras caminaba con el machete en mano escuché ruido en el baño de fuera y observé la luz encendida. Aproveché el fuerte sonido de la música para dejar de lado el sigilo. Con una brutal patada tumbé la puerta y entré lleno de rabia. La escena que allí encontré me enfadó todavía más. Alberto estaba teniendo sexo con Nerea, de la cual yo estaba enamorado perdidamente; pero el odio eclipsó al amor y con los ojos llorosos clavé el machete en la cabeza de Alberto. Nerea asustada intentó escapar, pero conseguí agarrarla del pelo y volver a meterla en el baño.

Cerré la puerta con pestillo, arranqué el machete de la cabeza de mi primera víctima y lo clavé en una mesa de madera con el filo apuntando hacia la parte externa de la mesa. Agarré a Nerea y completamente desnuda pegué su cara a la mesa, y empecé a penetrarla sin piedad. Hasta que en una de las embestidas su cabeza se acercó demasiado al machete, clavándoselo en la frente y muriendo en el acto.

Tras terminar el trabajo salí del baño con el machete en la mano, y me dirigí hacia la cocina, donde me encontré a Marta y a Alejandro preparando algo de comer.

Sigilosamente agarré con la mano izquierda a Alejandro mientras con la derecha clavaba el machete en el cogote de Marta haciendo que la punta le saliese por la boca. En ese preciso instante agarré a Alejandro y mientras suplicaba piedad sumergí su cabeza en el aceite hirviendo de la freidora hasta que dejó de moverse. Quedaban 5 personas vivas en la casa, y mi sed de sangre aumentaba con cada víctima.

Me dirigí hacia una de las habitaciones y me encontré a Pablo y a Paula durmiendo uno apoyado encima del otro. Tras unos segundos observando sus últimos segundos de vida atravesé a ambos con el machete dejándolo clavado en sus torsos.

Volví a la cocina y agarré el cuchillo más grande que había.

Mientras andaba por el pasillo Jose salió del baño y me vio; rápidamente corte su cuello haciendo que un chorro de sangré manchase mi máscara. Eso me trastornó todavía más, mi mente se rompió por completo.

Con el cuchillo goteando de sangre abrí la puerta del cuarto del final del pasillo encontrándome a Adrián sentado en la cama limpiando una pistola. Lentamente me acerqué a él por la espalda, con un golpe certero le corté la mano que sujetaba la pistola y lo tumbé en la cama. Mientras con una mano agarraba su cuello, me acerqué a su oído y le susurré: "Lo que le hice a tu hermano fue un accidente, pero lo que te voy a hacer ahora va a ser totalmente a propósito".

A continuación agarré el cuchillo y rajé el abdomen de Adrián, dejando ver todas sus entrañas, saqué sus intestinos y mientras aún respiraba lo asfixié con ellos, dando fin a la vida de todos los que me tendieron esa trampa.

Ahora estoy sentado en el salón de la casa, sigo llevando mi máscara, el olor a sangre llena mis fosas nasales.

Sigo esperando a la policía, para que así puedan observar mi obra de arte.

Ha sido el mejor regalo de cumpleaños que he tenido desde que salí del psiquiátrico…