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Mi mujer ha muerto. Han pasado sólo tres días tras su fenecimiento, y mi alma está oprimida por la culpa. Culpa que se manifiesta con la tormenta caótica que se está librando fuera de mi casa, con las nubes moviéndose erráticamente y las calles que se ven sumidas al agua que se estanca por la cantidad no mundana de la lluvia; opacando lo que debería ser una tarde preciosa.

No he tenido el valor para decirle a los detectives “es mi culpa, yo soy culpable” cuando estaban investigando el caso. Pero, ahora mismo eso ya no es de aclararse para mí, simplemente estoy sentado en el sillón de dos plazas, el que compartíamos cada mañana y noche cuando yo regresaba de trabajar. Mi cabeza duele, y mis lágrimas se desbordan por mis mejillas. Soy culpable, soy culpable, soy culpable; es lo único que pasa por mi mente.

El tiempo pasa, mis pensamientos pasan; todo pasa como las gotas incesantes de lluvia. Me levanto de mi asiento, y camino hacia lo que alguna vez fue el lugar más energizante: la cocina. Aquí siempre estábamos listos para cualquier cosa, el lugar donde yo iniciaba con una sonrisa por todo lo que hacia ella por mí. Cada desayuno, almuerzo y cena era felicidad para mí, porque ella se preocupaba por mí, ella hacia esa clase de cosas por mí. Abro el refrigerador y tomo una botella de cerveza, después la alacena y tomo en una de las gavetas el destapador. Quito la tapa y bebo, sin respirar, todo el contenido de la botella. Es mi culpa, es mi culpa; todo es mi culpa. Dejo el destapador en el aparador cercano y regreso a la sala de estar.

Me mantengo en pie, mirando fijamente esa sala; esos muebles en el medio de todo. Camino hacia el ventanal cercano a ésta y observo a detalle mi vecindario. Toda casa está a oscuras, tal vez por algún corte de luz. Yo no sé, no he encendido ninguna luz y no me fijé en el refrigerador. Cierro las cortinas y me sumerjo aún más a la oscuridad.

Subo hacia el segundo piso, con mucho cuidado. Es mi culpa, es mi culpa; todo es mi culpa. Llego hasta lo que alguna vez fue el lugar donde yacían dormidos o “jugando” una pareja muy unida: mi dormitorio. Los muebles siguen exactos, y las ultimas marcas de su cuerpo esbelto aún están ahí junto al mío. No he tocado la cama desde que ella feneció, para nada. He dormido en la sala, pues este lugar es lo único que me queda de ella. Lo que era ella, lo que era antes de ser llevada de aquí. Me aproximo al lugar donde ella dormía. Acerco mi rostro e inhalo, inhalo todo lo que puedo de ella; yo la olí primero, pero otros más lo hicieron, y lo gozaron. Regreso a la puerta y miro nuevamente esa habitación: “que el amor que alguna vez procedió siga vigente” me digo de forma contundente.

Ingreso al baño. Intento encender la luz, pero, evidentemente, no la hay. La oscuridad ahora es aplastante, me sume en ella. No puedo ver mi rostro en el espejo… pero sé que lo rompería si me viera. Soy un miserable, soy culpable, soy un malnacido. Soy todo lo peor que un hombre puede ser; soy un asco de hombre.

—Qué hice, Dios… qué hice… M-mi mujer, Dios… q-qué he hecho…

Mi voz es cortante, llena de culpa. Las lágrimas continúan su recorrido por mis mejillas, y son opacadas por mis constantes respiros. Respiro, profundamente, y me retiro del baño.

Bajo hacia la sala, nuevamente. Y permanezco inerte, mirando la sala… Qué he hecho… qué he hecho… ¡No merezco ser llamado hombre! ¡No merezco nada! No merezco esta vida, nunca merecí a mi mujer, nunca, NUNCA. Es mi culpa, es mi culpa; todo es mi culpa. ¡Soy un bastardo!

Mis pies se debilitan y caigo al suelo. El llanto, mis sollozos, es todo lo que se escucha en lo que una vez fue un hogar lleno de felicidad. Es mi culpa, es mi culpa; todo es mi culpa. Debo ser castigado… debo ser castigado… Pero no por la policía, no por ellos… no por ellos. Esto es algo de lo que deben ocuparse el infierno. Quiero verme arder, quiero ver cómo me torturan, quiero verme pagando por lo que he hecho. Soy un malnacido, un bastardo, poco hombre; ni siquiera me debería llamar “hombre”. Merezco ese castigo, ahora… quiero mi castigo. Me reincorporo, y camino hacia el armario de la sala… ahí está. Esta soga… esta soga que iba a servir para construcción, ahora será mi verdugo. Tomo una silla del comedor y la coloco debajo de una de las vigas del techo. Me subo en ella y ato, cuidadosamente, la cuerda en ella. He visto cómo se hace este nudo… y lo he hecho.

Está todo listo. No llamé a ningún familiar y amigos: todos ellos están muertos. Ahora mismo ya me la he puesto en el cuello. Mis últimos momentos… estos últimos momentos de vida. Lo he echado todo a perder, y todo desde ese día que tuve que apostar… ¡ME ODIO! ¡Es mi culpa, es mi culpa; todo es mi culpa! Vendí a mi mujer, he perdido a mi mujer, mi mujer ha muerto, ella ha muerto; ¡Y TODO POR MI CULPA! ¡Dios, hazme sufrir por haber hecho esto, por haber perdido a lo único bueno que me ha pasado en esta vida! ¡Es MI culpa, es MI culpa; todo es mi cul-- ...

Mi culpa