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Mi nombre es Robert Carson. Con suerte estaré muerto pronto.

Los vestigios del apocalipsis están sobre nosotros. Aquellos en mi grupo han caído, reclamados por la horda o por la misma tierra.

Cuando el declive ocurrió, nadie sabía lo que estaba pasando. Pánico ciego, revueltas, suicidios en masa. Siempre se decía que mi generación estaba preparada para una plaga zombi, era un chiste universal. La gente había escrito guías de supervivencia, creado docenas de videojuegos y películas… “caminatas zombi”, carreras contra gente disfrazada de no muertos. Divertido.

La realidad fue mucho más terrible. Los jugadores entusiastas fueron el buffet libre. Ninguno sabía usar un arma, e incluso si sabían usarla, nadie quería dispararle a la cabeza a su vecino.

Hubo intervención militar. Eso al menos era justamente como lo que se veía en las películas, pero no duró mucho. Es más fácil poner cuarentenas y quemarlo todo que dar apoyo continuo. Una vez que se pierde las estructuras, todo lo demás se va al infierno.

La comida pronto se convirtió en un problema. Salir afuera era imposible, la horda caía sobre aquel demasiado valiente o estúpido para intentarlo. No era algo bonito de ver. Yo mismo vi a la hija de mi vecino en la calle, frente a mi apartamiento, perdida y confusa. Caminando sin rumbo, iluminada solo por la luz de la luna y algunas farolas. La rodearon en una esquina. Vi como eso la hizo despertar y como sus ojos brillaron al saber que pasaba. Le arrancaron miembro a miembro, y la tiraron a un contenedor cercano que había estado ardiendo por días. Sin misericordia. Sin humanidad.

He contado innumerables muertes, más de las que recuerdo, y ahora deseo la mía. Desafortunadamente, más allá de una muerte atroz por inanición, no soy capaz de morirme. No duraré mucho. Los fuegos a los límites de la ciudad están cada vez más cerca. Donde va la horda, el fuego le sigue. Estarán aquí pronto.

El apocalipsis zombi no es como lo pintan en las películas. No hay héroes o bombas que salven todo. Es un infierno que se hincha. Es un enjambre infectado que arrasa con todo, salvajismo ciego y el sabor de la carne humana en tu boca, llorando, gritando y suplicando por piedad. Es la sangre gorgojeante ardiendo en tu estómago mientras ves como la luz se va apagando de los ojos de tu última comida.

Nadie se imaginó que cuando eras mordido no te conviertes en un animal sin cerebro, carente de emoción y la capacidad de comprender su entorno más allá de su último deseo necesario.

Mi Nombre es Robert Carson y fui mordido hace diecisiete días, una semana y media después de la plaga. No existe cura. No hay salvación. Veo los fuegos acercándose y espero paciente la horda de supervivientes que vendrá y que limpiara a los últimos infectados de la faz de la tierra. Hasta entonces, tengo el dolor del hambre, y las memorias de aquellos que he matado, para hacerme compañía.

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