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Yo lo lamento, hice una estupidez al no ayudarte. Tú solo eras un perro de diferente raza y yo al final fui un desgraciado.

Vivimos mucho tiempo juntos y lo arruiné. Tú siempre me ayudabas, eras la mejor mascota que cualquiera podría tener y te perdí, Nieves...

Te encontré en una caja en la calle cuando solo tenía 15 años. Eras un hermoso cachorro de color blanco y ojos amarillos. Me miraste y me dije: "Lo llevaré a casa". Te recogí y te llevé a mi casa con mis padres. Te alimenté y bañé. Eras muy juguetón pero cuando yo hacía la tarea, no te prestaba atención.

Pasaron días, meses y años: yo tenía 21 años y tú ya eras un adulto. Te enseñé trucos pero a mis padres no les gustaba que estuvieses conmigo. Querían echarte porque ya eras maduro, pero yo no los dejaba.

Empecé a salir con chicas y me olvidé de ti, Nieves. Conseguí una chica hermosa y a ella no le gustaba que pasara más tiempo contigo.

Estábamos saliendo en la noche, casi llegando a la casa, hasta que vino un ladrón que nos apuntó con una pistola. Tú viniste a salvarnos. Le mordiste la mano, él te arrojó y te disparó en el corazón...

Yo también sentí la bala. Caí arrodillado frente al cuerpo de mi perro y lloré descontroladamente. ¡Maldición!

Yo no te ayudé y tú sí a mí porque no tuve el valor... ¡Por qué! ¡Por qué! ¡No tuve el valor!

A la noche siguiente me acosté en mi cama y vi una silueta en la ventana. Te vi, salí y te abracé y dijiste: "Te perdono".

Te desvaneciste en el aire y desperté, y a mi lado está a tu collar y lo tomé. Deje caer una lágrima de felicidad en el collar porque tú me perdonaste.