Ahora bien, mis sueños fueron, poco a poco, convirtiéndose en pesadillas. 

No tardé mucho en alcanzar el supremo clímax del horror, después del cual mis únicas opciones serían despertarme de inmediato o perder la cordura para siempre. Había soñado que una inmensa horda de abominaciones simiescas pululaba enloquecida sobre la faz de la Tierra, arrasándolo todo en una interminable explosión de crueldad irracional y sin sentido. 

Aquellas criaturas sanguinarias y despiadadas, ajenas a todo sentimiento de compasión, incluso entre ellas mismas, no hacían otra cosa que torturar, corromper y destruir, ennegreciendo los mares y los cielos con sus exhalaciones mortíferas, extendiendo por las verdes selvas, antaño preñadas de vida, la aridez del desierto, y transformando los ríos de aguas cristalinas en cenagales hediondos.

Incapaz de soportar durante mucho tiempo tales atrocidades, no tardé en despertarme. Pero entonces me percaté, horrorizado, de que mi pesadilla se había convertido en una terrible realidad, del mismo modo que la vida real a menudo acaba convirtiéndose en una pesadilla.

Sin embargo, no me dejé llevar por el pánico, pues sabía que aquellas bestias sanguinarias, aunque indeciblemente feroces y perversas, también eran débiles y necias. Así pues, pronto abandonaré el silencio y la quietud de mi lecho para iniciar el higiénico exterminio de esos seres abyectos. 

Sé muy bien que esa, y no otra, es la misión que me han encomendado los Hados inexorables, a mí, al Gran Cthulhu, único capacitado para salvar al mundo de esas obscenas sabandijas, que, según creo, se autodenominan “hombres”.

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