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El miedo a la oscuridad no es un miedo insensato. La humanidad vivió la mayor parte de su historia nocturna en las sombras, alumbrado por el fuego, las velas y recién a finales del siglo XIX a través de lámparas a gas y finalmente bajo el brillo constante de la luz eléctrica. Es lógico pensar que hasta la llegada de la luz eléctrica el hombre no conoció las sombras inmóviles. Hasta entonces, la luz del sol, del fuego y de las velas proyectaban sombras móviles, inquietas, inconstantes.

El miedo a la oscuridad es uno de los miedos más racionales que podamos padecer, precisamente porque no parte de un principio erróneo, sino de la certeza atávica de que la oscuridad esconde peligros frente a los que conviene estar alerta.

Cuando es excesivo este miedo tiene un nombre científico: Nictofobia, palabra que proviene del griego Nyx, "noche"; y Fobos, "miedo". En este caso hablamos de un "miedo irracional" a la oscuridad o a la noche, generado por una percepción distorsionada de lo que la oscuridad realmente significa.

El miedo a la oscuridad es un miedo universal. No es exclusivo de los niños, como solía pensarse, ni está relacionado con la juventud. En realidad, podemos pensar en él como un miedo por desplazamiento. No es justamente la oscuridad lo que asusta, sino lo que ésta puede ocultar.

Durante el crecimiento incluso es deseable que los niños manifiesten cierto temor a la oscuridad. De hecho, éste aparece antes de los dos años de edad en todas las culturas del mundo. En este sentido, nadie puede declararse inocente. Todos somos nictófobos en recuperación.