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En lo que ese pensamiento vino a mí, me di cuenta de que mi visitante no deseado había dejado de moverse. Las sábanas de la cama yacían tranquilas y quietas; pero habían sido reemplazadas por algo mucho más aterrador. Una lenta, rítmica y áspera respiración escapaba de la cosa de abajo. Me podía imaginar su pecho subiendo y bajando con cada respiración sórdida, sibilante y confusa. Me estremecí, y deseé, más allá de toda esperanza, que se fuera sin incidentes.

Entonces algo únicamente escalofriante sucedió: se movió. Se movió de una manera diferente que la de antes. Cuando se agitaba en la cama parecía inmotivado, descontrolado, casi animal. Este movimiento, sin embargo, fue impulsado por la conciencia, con propósito, con un objetivo en mente. Pues esa cosa que yacía en la oscuridad, esa cosa que parecía estar decidida a aterrorizar a un niño, tranquilamente y con indiferencia, se sentó. Su dificultosa respiración se había vuelto más ruidosa ahora que solo un colchón y unas cuantas tablillas delgadas de madera separaban mi cuerpo de ello. Me quedé inmóvil, mis ojos se llenaron de lágrimas.

Un miedo, que las meras palabras no pueden expresar ni a ustedes ni a nadie, corría por mis venas. Me imaginé cómo luciría esa cosa sentada ahí, escuchando desde debajo de mi colchón, esperando obtener la mínima señal de que estaba despierto. La imaginación entonces se convirtió en una realidad desconcertante. Comenzó a tocar las tablillas de madera sobre las que mi colchón se sostenía. Parecía que las tocaba con cuidado, llevando lo que me imaginaba que eran dedos y manos a lo largo de la superficie de la madera. Luego, con mucha fuerza, hizo presión entre dos tablillas, en el colchón.

Incluso a través del relleno, se sintió como si alguien me hubiera metido violentamente sus dedos en mi costado. Dejé escapar un alarido y la sibilante y temblorosa cosa en la cama de abajo respondió a ello haciendo vibrar la litera, como lo había hecho la noche anterior. Una vez más fui bañado en luz, y allí estaba mi madre, amorosa, preocupándose por mí como siempre lo hacía, con un abrazo reconfortante y palabras tranquilizadoras que eventualmente atenuaron mi histeria. Por supuesto, ella me preguntó lo que me pasaba, pero no pude decirle, no me atreví a decirle. Simplemente dije una palabra una y otra y otra vez.

Se fue. Casi inmediatamente después, se movieron las tablillas y volví a tener miedo, miedo a lo desconocido, miedo a no saber qué cosa me acechaba debajo de mi cama, miedo a ver la apariencia de ese monstruo.

Finalmente, decidí con demasiado miedo ver debajo de mi cama. Con mucho gusto pensé en que solo era mi perro, solo mi perro. Después caí profundamente dormido. Al despertar, sentí que mi "perro" movía las tablillas, después recordé por mi mala suerte que vivía en un edificio y que no estaban permitidos los animales. Recordé que nunca tuve un perro.