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Linda siempre ha sido la niña consentida de su padre. Es una chica preciosa de 14 años, con un cabello rubio y ondulado y unos enormes ojos azules. Tiene muchísimos amigos, porque es una de las chicas más populares de su colegio.

Su mayor afición es la moda. Siempre se viste con vestidos de temporada, ropas caras de grandes diseñadores. Esta misma semana su padre le compró una chaqueta italiana de cuero verde estúpidamente cara que ella viste siempre, en cualquier sitio. Su segunda mayor afición son los caballos. Este mismo mes su padre le compró un caballo de doma alemana, absurdamente caro, que se molesta en recordar a cualquiera que quiera escucharla.

Ayer mismo, Linda estaba cabalgando ese caballo, galopando a través de acres y acres de granja. Nadie iba a pararla, poco le importaba que su caballo estuviera destruyendo cultivos o echando abajo las plantas de maíz. Su padre la sacaría de los problemas, como siempre hace. Cuando su caballo se encabritó y ella se cayó al suelo, no lloro de dolor o rabia, a pesar de que se había hecho daño. Estaba sorprendida. Nunca le había pasado algo como eso, y aun estaba esperando que alguien se acercara a consolarla, como siempre ocurría.

Seguro que alguien debería haberla visto caer ¡Todo el mundo la mira! Pero no hoy. Nadie la vio desaparecer entre las plantas verdes de maíz de ese campo. Gritó, pero nadie respondió. Acabó dándose cuenta con horror que no podía mover sus piernas ni brazos un milímetro, el golpe había sido más fuerte de lo que pensaba.

Se quedó tirada ahí mismo durante más de una hora, entre los enormes cultivos verdes de maíz. Y cuando escuchó el sonido de las maquinas segadoras acercándose, empezó a odiar, como nunca antes, su preciosa chaqueta verde.