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Aquel día me habían dejado a mi legado tres muñecas de porcelana con un aspecto algo tétrico.

Mi tía ya no estaba entre nosotros y mi mamá me dio una bolsa donde éstas se encontraban, algo sucias y con sus pequeños vestidos de color algo desgastados. Les tomé mucho afecto ya que mi tía siempre se preocupaba por nosotros, y ella había cuidado de mí desde que era una niña.

Todos los días les limpiaba el polvo y les acomodaba sus vestidos con mucho cariño, eran especiales para mí porque era lo único que había dejado mi tía a mis manos.
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Un día, mi mamá me dio la noticia, me preguntó si quería ir unos días de viaje por un curso vacacional, acepté con gusto ya que mis mejores amigas irían, pero no me sacaba de la mente quién cuidaría de las muñecas mientras me encontraba ausente. Mi hermano y mi papá casi nunca entraban a mi habitación y además, las personas que entraban les daba pavor apenas verlas de cerca.

Suspiré rendida, la última opción era mi mamá y ella además de siempre trabajar y estar haciendo la mayoría de los quehaceres de la casa, no tenía opción.

Después de unos días volví a casa agotada por el viaje, mi mamá me recibió cariñosamente como de costumbre y cuando entré a casa corrí rápidamente a mi habitación para poder ver a mis muñecas finalmente.

Cuando entré a mi habitación me quedé congelada, las muñecas estaban completamente limpias, tal cual  las había dejado el último día que las había limpiado. Mi mamá entró y dejó mis maletas en la cama y pude sentir su mirada en mi espalda.

Rápidamente volteé hacia ella la cual me miraba con algo de curiosidad y le pregunté si había cuidado de las muñecas de porcelana, su respuesta hizo que un escalofrió recorriera todo mi cuerpo.

‘-¿Qué dices, cariño? Yo no he entrado a tu habitación en estos días, he estado ocupada en el trabajo…’

Podía sentir que me ponía mas pálida de lo que estaba y mi mamá tan sólo me miro con una cara de preocupación un poco más notable. No dijo nada más y antes de poder comentarle algo más salió de la habitación.

Me senté en mi cama sin calmarme y tan solo decidí no pensar más en el asunto, sabía que si seguía pensando en algo lógico terminaría perdiendo la cabeza en cualquier momento.

Desempaqué rápidamente y me tiré en la cama para ver TV un rato hasta que mi mamá me llamara para comer, pasó el día muy rápido y cuando menos me di cuenta ya era de noche y me encontraba acostada en mi cuarto esperando que el sueño me dominara.

Dormía profundamente cuando un sonido me despertó de golpe, era como si algo se cayera sobre el piso de mi habitación. Me quedé quieta en la cama sin hacer ningún movimiento, moví lentamente mi mirada hacia el reloj de al lado de mi cama y podía ver claramente que decían que eran las tres y cuarenta de la mañana.
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Quité la sabana que me arropaba y toqué mis pies con el frío suelo de la habitación, me levanté y con la poca luz que había vi una de las muñecas de porcelana en el piso.

Corrí hacia ella y la tomé en mis manos revisando rápidamente si se había roto alguna parte, fue extraño ver que no  tenía alguna imperfección por el golpe. Me extrañé ya que siempre recostaba las muñecas en la pared para que esto no pasara.

De repente sentí unas pequeñas risas a mis espaldas y cuando volteé la cabeza me congelé del horror al ver las otras muñecas al fondo de la habitación con sus rostros algo desfigurados horrendamente, sonriéndome de lado a lado de una manera casi imposible.

Grité y solté la muñeca de mis manos y corrí hacia la perilla de la puerta, pero esta no abría, no importara cuánto me esforzase. Me quedé quieta y escuche de nuevo aquellas risítas tan espeluznante a mis espaldas…

-‘¿Nos extrañaste, verdad?’
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