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Molly

Molly

El fin de año se acercaba.

Molly, una pre-adolescente de 14 años de edad, se encontraba en su cama, pensando en todas sus asignaturas. Dos de sus notas estaban muy bajas, y eso podía hacerla reprobar el año, pero no le preocupaba realmente. Estaba segura de que le iba a ir bien.

Molly era una joven normal, relativamente pequeña si se trataba de altura, ojos marrones y un pelo castaño enrulado que le llegaba por debajo de los hombros. Sus mejillas eran algo rosadas, pero entre tanta belleza había un “error”: Molly era excesivamente cerrada, e introvertida, aunque si alguien estudiaba su mente podría sorprenderse. Tan sólo tenía dos o tres amigos. Le irritaba no poder relacionarse con las personas de su alrededor; y por si fuera poco, padecía de nerviosismo y era algo histérica durante las clases. Se preocupaba más por el resultado que por el proceso, y eso le daba dificultades durante el estudio.

Llegaron las 17:43, y Molly se encontraba moviendo el pincel en su cuarto de trabajos. El movimiento de su mano era armonioso, delicado. Debía entregar aquella pintura del rostro humano al día siguiente. Intentaba alcanzar la perfección. Era la única forma de poder calmarse.

El despertador sonó cuando llegó a las 6:30, mientras que una Molly semidormida se quejaba, pero de todas formas debía de levantarse para comenzar la rutina, aburrida. Empezaba despertando, como cualquier ser humano. “Cualquiera vivo…”, pensaba. Desayunar, algo simple, sin mucho trabajo. Ir al colegio –y morir en el proceso, volver a su hogar, terminar los deberes que los múltiples profesores le habían dado, cenar, tomar una ducha y volver a dormir, para que el despertador suene a las 6:30, y la rutina vuelva a comenzar.

Pero aquel día algo distinto pasaba en Molly. Estaba decaída, pero no era la primera vez que le sucedía. De alguna forma podía pasar de estar bien a mal, sin saber él porque, pero la costumbre la obligó a adaptarse. Había leído algo así en un libro… “Si estás triste, no te preocupes, ya pasará… Si estás feliz, no te preocupes, ya pasará”. Y ciertamente estaba de acuerdo con ello, pero esos pensamientos no se encontraban en su cabeza en ese momento.

Luana, una de sus mejores amigas –posiblemente la única.- se acercó a la decaída Molly, percatándose de su lastimoso estado. Hace unos minutos había entrado por la puerta, y se ubicó junto a Molly, quien le lanzó una mirada más de repugnancia que de tristeza.

-¿Qué? Tú ya sabes cómo estoy todas las mañanas. Vete… -dijo en un tono forzado.

Luana decidió no pronunciar palabra. Cuando Molly se encontraba molesta, solía tratar mal a todos.

El día marchó lento, sin cambios precipitados. Y al final, la adolescente volvió a su casa con mucha pereza de seguir la rutina. Sus amigas la acompañaron en la vuelta a su hogar, y su malhumor había quedado atrás. Pero el recuerdo de tener que volver a su hogar le pesaba en la cabeza.

Entró, como cualquier persona, por la puerta delantera, se dirigió a su cuarto, y se mantuvo encerrada durante el resto del día. No quería ver a nadie, ni que nadie la viera. Quería escuchar música, al menos hasta que su padre llegará. Dicho hombre era alguien estricto e indiferente ante su familia. La razón por la cual se quedaba era desconocida. Ignoraba completamente a Molly, y su dureza no tenía igual. Por otra parte, su madre era más atenta y cariñosa. Pero ella era una de las pocas cosas por la cual se sentía presionada por millones de cosas, entre ellas la nota escolar.

Un hombre llegó a la casa, e instintivamente Molly supo que era su padre; podía sentir su malhumor. Empezó a oír, a pesar de escuchar música, que se quejaba del supuesto desorden de su casa y la suciedad de los muebles. La madre había estado limpiando todo el día, sin descanso, para complacerlo. Pero no era suficiente. La madre entristecía ante los comentarios de su esposo. A la hija tampoco le agradaban los comentarios de su padre ¿A quién le gusta que critiquen, de forma maleducada y violenta, algo que hiciste realmente bien? Ella lo odiaba.

Usualmente –y recalco, usualmente- era feliz, pero el sentimiento de saber que debería volver a su “hogar”, con su supuesto “querido padre”, era insoportable. Creía que él lo hacía a propósito. Por eso su hermano se había marchado al extranjero, argumentando que no lo toleraba. Fue una noche de fuerte discusión, pero su hermano era tan inteligente como para saber qué responder y se marchó en un incómodo silencio. Ella lo hubiera seguido, aunque no era tan inteligente, pero amaba a su madre.

Y así proseguía la semana, con un estrés impropio de una adolescente promedio. Su madre con los nervios por las nubes, su padre molesto por quien sabe qué razón, y su hermano en el extranjero. La depresión inundaba a Molly, y el aire de alegría que despedía ella se iba agotando… Día a día… ¡Pero jamás protestó! Cargaba con todo el peso de sus acciones. Tal vez lo guardaba para el peor momento.

Llegó el martes, y para suerte de Molly –o mala suerte- las materias más pesadas estaban en el menú. La profesora, una mujer estricta pero cariñosa en sus momentos, dijo algo que a Molly le quedaría grabado en la memoria por lo que le quedara de vida: “Somos iguales ante la ley, distintos ante la vida.”

Sonó el timbre de salida al terminar de pronunciar “vida”, pero la frase quedaría en su conciencia.

Su padre había llegado más temprano, y el cansancio de ella estaba en su punto máximo. Lo último que quería era tenerlo a él haciendo comentarios sobre el desorden, la suciedad, el aspecto, los deberes, etc. No podía permanecer callada ante él. Caminaba por el pasillo a su cuarto, que ahora parecía más extenso. Su padre le gritaba, pero ella no lo escuchaba. No quería escucharlo. Se quedó estática, dio media vuelta para dar cara a su padre. -Si tanto te molesta, podrías ayudarnos, ¿no te parece? – dijo la joven.

El hombre, con una furia infernal, tomó del cabello a la adolescente y la empezó a agitar como si de una muñeca se tratase.

-¡¿Qué dices?! Si todo lo que tienes es porque yo te lo di, ¡zorra mal agradecida!

Y en un intento por zafarse, intentó golpearlo. Pero era demasiado débil y corta de estatura como para tocarlo. El miedo la superaba.

-¡Estás enfermo!- dijo con lágrimas en los ojos.

Su padre comenzó a golpearla, sin piedad y sin detenerse. Poco a poco, como si de una cortina se tratase, todo se ocultó en la oscuridad.

Despertó, y se encontraba en el suelo. Su cara destruida por los golpes, ya no sentía dolor. No podía sentir nada. Sus nervios empezaron a tomar fuerza. Tan sólo logró abrir un ojo, el otro no respondía. Con la cabeza dando vueltas, intentó ponerse de pie. Su madre estaba el borde del ataque de nervios.

Molly la miró.

-¿Dónde estabas cuándo más te necesitaba? – preguntó, en un tono sin emociones- ¿Dónde está “papi”? ¿Dónde estaba “mami”? ¡¿No escuchabas mis suplicas?

Caminó hacia su madre petrificada.

-Yo… -empezó a decir.

-No me hables.

Su madre no podía reconocer a su hija. Sus hermosos rulos se transmutaron en un cabello despeinado, sin forma. El ojo se tornó triste, y la palidez era casi cadavérica.

-Madre… Somos iguales ante la ley, pero distintos ante la vida. ¡¿Por qué me dieron esto?! –dijo Molly, acercándose a su madre, tirando todo a su paso- ¡¿Acaso lo merecía?!

Su madre lloraba.

-No digas que no recuerdas el momento en el que no te importó lo que me sucedía, sólo lo decías para hacerlo sentir mal. ¿Con qué objetivo? Supuestamente me amabas.

La tomó del cuello, y la acorraló contra la pared. Ahora se sentía fuerte. Y con mucha ira. -¡¿Dónde está?! No le cubras ¡¿Dónde está ese hijo de puta?!

La madre señaló el patio, allí se encontraba su padre. Se abalanzó sobre él, y con una fuera sobrehumana, dirigió golpes a su rostro y cuello, provocando heridas fatales y excesivamente dolorosas. Le agradaba.

-¡¿No se siente bien, papá?! –rugía, mientras terminaba con la vida de aquel hombre. La sangre salpicaba en diferentes direcciones.

Cayó al suelo, ella se levantó y, movida por una fuerza canibalística, arrancó un trozo de su cuello, para luego escupirlo sin piedad. Chorros carmesíes pintaban el césped verde. Las patrullas empezaron a llegar, seguro algún vecino metiche. La joven no comprendía, y tampoco entendió porque unos seis o quizás cinco patrulleros entraban en el patio. No era estúpida, pero su ira era excesiva. Atacó al más cercano, sin muchos resultados, pues la sedaron antes de lograr una estupidez. Ahora, mientras la cortina negra volvía a caer, vio hombres vestidos de un color azul verdoso o verde azulado. Paramédicos atendían el cuerpo de un deformado hombre, aparentemente muerto. Su padre. Una sonrisa se dibujó en su rostro antes de caer nuevamente inconsciente.

La noche cayó. Molly poco a poco fue abriendo su ojo. Su madre se encontraba en la sala de espera. La joven había pasado por varios estudios y, por cuestiones de seguridad bien argumentadas, la ataron a un camilla.

Un impulso de ira fue lo que despertó a Molly, sin resultados intentó liberarse. Su ojo izquierdo se encontraba cubierto por un parche. A cada movimiento ella sentía dolor.

Los médicos informaron a la madre:

-Está muy herida, tanto física como psicológicamente. Le costará moverse, y varias cicatrices perdurarán durante mucho tiempo. Lo siento, pero…

La mujer ya no escuchaba. Se acercó a la sala, abrió la puerta y allí vio a su hija. No. Simplemente ya no era su hija. Era un monstruo. Molly intentaba moverse, quería atacar a su madre.

-Vamos a tener que trasladarla a un lugar donde la tratarán mejor que aquí. Le tendremos que poner un barbijo y una camisa de fuerza. Eso es todo, señora… Lo siento.

La madre no respondió. Jamás lo volvió a hacer.

Molly gritaba, se movía, quería golpear algo, liberarse. Pero al mismo tiempo lloraba desde su único ojo. Le colocaron un barbijo y calló. No obstante, la estupidez de un residente la liberó. La había desatado, pensando que se quedaría quieta. Corrió por el corredor del hospital, pero se golpeó con una mesa llena de distintas jeringas, las cuales se inyectaron por todo su cuerpo. Su único ojo sano se tornó de un color claro. Los hermosos rulos dorados ahora estaban opacados.

Molly fue trasladada a un hospital psiquiátrico. Debieron atar a Molly con cadenas a una pared acolchonada y ponerle una camisa de fuerza reforzada por las correas azules que la mantenían en la camilla.

Finalmente, la madre habló. Preguntaba si iba a estar bien, si iba a salir, que dónde estaba su esposo. Los psiquiatras sólo le dijeron que debía ir a la comisaria, ahí responderían todas sus dudas.

Molly jamás volvió a saber algo de su madre “querida” o su padre “querido”. Sólo estaba allí, en aquel cuarto acolchonado, en soledad, y con paz interior.

Una semana después, un psicólogo entró al cuarto de Molly, y retiró su barbijo con seguridad. Sabían que Molly no podía hacer daño. No mucho….

-Y… te escucho- le dijo.

Una sonrisa se dibujó en la cara de Molly.

-Mi padre casi me mata.

-En realidad, Molly…- empezó el psicólogo.

La joven lo interrumpió.

-La gente dice que somos iguales, pero que a su vez somos distintos. Eso confunde bastante, pues si decimos que una persona es igual a la otra es porque no hay personalidad notable, por ende, somos distintos.

El psicólogo sonrió para sus adentros, miró a Molly durante unos segundos, y se reincorporó.

-¿Algo más para decir? – dijo con una sonrisa en su rostro.

-Somos iguales ante la ley, distintos ante la vida -respondió automáticamente.

El psicólogo se retiró.

Un año más tarde, y de forma inesperada, su madre fue a visitarla. La sorpresa la inundó al saber que su hija no estaba donde debía, no conocían a una paciente menor de edad llamada Molly.