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Amores que matan, nunca mueren...

Muerte, ¡ah! Me gustaría recordar el día en que esa palabra dejó de tener un significado tan sencillo. Muerte, morir, estar muerto... ¿Estoy muerto? No, biológicamente mi cuerpo me dice que sigo vivo, mi corazón late y bombea sangre al resto de mi cuerpo, mi cerebro aún manda impulsos nerviosos permitiéndome mover mis extremidades, mis sentidos siguen dándome pleno conocimiento del mundo que me rodea. Sí, eso es vivir. ¿Vivir?

¿Cuándo es que cosas tan simples se volvieron tan complejas? Quizá fue en aquel tiempo en que comencé a amarte. Esa fría noche de noviembre cuando los pálidos rayos de luna se convirtieron en el escondite predilecto de mi sentencia hacia los conceptos que fueron cambiados por el roce tierno de tus labios con los míos. Cuando vivir dejó se ser algo meramente biológico y comenzó a ser algo casi divino. Tu mirada y la mía encontrándose de vez en cuando mientras jugaban infantilmente a ignorarse, mientras nuestras manos tímidas se entrelazaban en la incomodidad del sudor corporal y nuestros absurdos corazones se entregaban a un mar de dudas y miedos por el simple deseo de estar juntos. La noche en que te convertiste en mi vida...

Estoy muerto, ahora lo sé, estoy seguro de ello. Mi muerte fue anunciada esa tarde en que te vi partir apurada por encontrarte con él. Cuando entre mentiras y secretos te llevaste nuestros sueños, nuestros anhelos y nuestro futuro. Cuando tus ojos dejaron de jugar con los míos y tus manos ya no buscaban, ya no acariciaban, ya no me sentían... Y comencé a vivir de recuerdos, a alimentarme de fantasmas, a vivir biológicamente. ¿Por qué tuvo que ser así? ¿Por qué le diste mi vida a alguien más? ¿Estás muerta?

No, tú nunca morirás, siempre vivirás en mí. Aunque tus ojos ya no volverán a abrirse nunca más y tus labios no vuelvan a besar como se supone deberían hacerlo; aunque tu corazón no volverá a bombear esta sangre -que recorre mis manos y se desliza furtivamente por tu pecho- al resto de tu cuerpo, aunque tu cerebro ya no mande impulsos nerviosos y te permita mover tus extremidades. Porque ahora entiendo: yo di mi vida por ti, entregué mi vida para que tú siguieras viviendo en mí, fue el pago que acepté para poder conservarte. Por eso, no necesitas seguir viviendo de una forma tan mundana, ahora yo vivo por los dos, ¿entiendes?

Así que por favor, no pienses mal de mí. No pienses que corté tu cuello porque odiaba cómo alguien más borraba mis besos con los suyos, no pienses que mutilé tus brazos porque ahora hacían sentir vivo a alguien más y, por sobre todo, no pienses que desgarré tus entrañas buscando el amor que se suponía debías darme sólo a mí. Nada de eso, mi amor, todo fue necesario. Ahora ya no hay obstáculos para que tú y yo vivamos juntos para siempre. Yo en ti y tú en mí, siendo uno por toda la eternidad.

Voy a amarte, incluso hasta después de la muerte, ¿recuerdas?